El nirvana en una taza de café



Recientemente, unas visitantes europeas le expresaron a una amiga mía el deseo de desayunar al estilo puertorriqueño. Para nosotros, que tenemos confusion con eso de las definiciones, representó todo un reto.

Tamaña tarea, ¿eh? Y que hablarle a un boricua de comida.

En cualquier caso, mi amiga, un tanto cándida, se las ingenió para agasajar a las invitadas con unos huevos revueltos, tocineta y tostadas de pan club con mantequilla. Las visitantes, un tanto desilusionadas, declararon que aquello no era para nada un desayuno boricua.

Entonces, ¿qué es un desayuno boricua?

Mi amiga, ni corta ni perezosa, acudió al proverbial pase de la papa.

Fíjese la manera en que resolvemos los asuntos de comida: con más comida.

Y es que, como dijera una vez Luis Aguilar León en su definición de los cubanos, los puertorriqueños “nacen con sabiduría”.

Todo lo sabemos. No necesitamos viajar, ¡todo lo hemos visto! Los puertorriqueños somos algo así como el pueblo escogido... por nosotros mismos.

Y por eso, yo digo que en Puerto Rico uno podría quedarse sin desayunar, pero nunca, nunca sin tomar café.

Así que al menos ya tenemos el epicentro de nuestra primera comida del día. En mi caso, el café me completa: me une con ese otro que me mira desde el espejo del baño.

Créanme. Yo me crié entre los cafetales de Adjuntas y, por tanto, la idea de levantarse en mi casa no existía sin una poderosa dosis de cafeína. Así, la mañana no comenzaba hasta que llegara esa taza de café prieto acabado de pasar por colador, que entibia el estómago y eleva el alma. O la electrifica. Da igual.

Lo que va con el café –nótese que en la mayoría de los países orientales y europeos lo que se toma es té– queda sujeto a esa pasión romántica por los farináceos que una vez fueron nuestra dieta principal y de la que muchos de nosotros no podríamos renegar.

Claro, los cereales calientes y las cremas que hacían nuestras abuelas no son típicamente boricuas; se consumen mucho en Africa, Europa central y el sur de Estados Unidos, pero ni modo: en Puerto Rico todo es hibridez y préstamo.

Ahora, pienso en una cremita de maíz, ese regalo taíno que no tiene otra manera de decirse porque es del protectorado de los dioses. En el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, la humanidad entera nace del maíz. Por eso, uno vuelve a la vida en unos surullitos con queso, con o sin salsa para remojarlos y en cantidades industriales.

Y todo esto sale con su buena taza tamaño Super Size Me de café, con o sin leche.

En China y Asia se desayuna mucho arroz, vegetales, carnes y huevos (como los famosos ‘huevos de los cien años’, que son gelatinosos, de un color y olor putrefacto, y que provocan, de verlos nada más, repulsión). Incluso, en Filipinas le someten al arroz frito con lechón para el desayuno, como si se tratara de un combo de $2.99 en la cafetería de la esquina. En África se dan al pescado, algo de frutas, cereales y té. Pero nuestro desayuno tradicional es más bien mediterráneo: panes, pastelería, algo de queso tal vez, un jamoncito por aquí o por allá, y sobre todo, café, que llueve en el campo y completa el viaje antropológico hacia África, donde también nace la vida.

Sabemos de la empanadilla amasada con la sabiduría de la memoria y el tiempo de los que veían una comida al día (como mucho), pero sobre todo rellena, de proa a popa, con carne o queso.

La quemadura será inevitable en el delicado cielo de la boca, por supuesto.

Pero, nuevamente, no hay manera de bajar un desayuno de estos si no es con una taza aromática de café.
Así que olvídese de los pancakes o los waffles. El rey del desayuno boricua es el pan acabado de hornear, ungido en mantequilla y acompañado del cáliz lleno de café. Y eso es así, porque en Adjuntas, por ejemplo, donde siempre es septiembre, hay una panadería por cada dos habitantes.

Okay, exagero. Aunque siempre es septiembre, es una panadería por cada cinco habitantes.

Pero en lo que no se me va la hipérbole es en el hecho que hacen un pan de manteca que cuando sale a temperaturas inmanejables y altamente termales –o sea, que pela–, hay que dejar que el paraíso se disuelva en la boca rumbo a la panza. El olor a pan recién horneado suele rondar –como un fantasma sabroso– todo el pueblo durante la mañana.

Y no me pida que hable de las mallorcas que hacen allí.

Es más, si le dicen que la gente convive con los ovnis en Adjuntas, lo va a creer cuando vea una de esas monumentales y polvoreadas mallorcas, que como todo buen boricua, aguanta lo que sea.

Lo que impera en esa mesa por la mañana es, sin duda, el café, cosechado, recogido y tostado en esta tierra de la cual se forman los sueños cuando dejan de ser sueños y se convierte en materia.

Esa taza de café en la mañana despierta muertos e ilumina vivos. Ese café es aromático, como versos de humo en los que, no es raro, que se nos pierda la mirada. Y nos rehacemos.

Oh, sí. Llámele como sea, pero el Nirvana vive en una taza de café.


Artículo publicado originalmente en Café Plus Magazine (No, 7, 2009).


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