Los callejones de Antonio Alvarez Gil


Cuando me inicié como editor profesional de libros creo que era 1995, aunque si cuento mi primer poemario, podría apuntar al 1993. En todo caso, estuve activo detrás la carrera de muchos escritores todo ese tiempo hasta 2010, cuando decidí que no quería hacer otras cosas. Esos años de editor también fueron años de crianza de mi hija, así que en la medida que ella fue ganando independencia, yo fui adquiriendo nuevos deseos de libertad, sobre todo artística.

De las raras excepciones bajo las cuales he vuelto a trabajar con algún autor, recientemente tuve la oportunidad de leer Los callejones de Arbat, de Antonio Álvarez Gil. El autor sueco-cubano cuenta, entre sus más recientes triunfos, con el premio Vargas Llosa de Novela de 2009 por su obra Perdido en Buenos Aires. Arbat le precede, aunque apenas sale de prensas.

La novela llegó a mí en un correo electrónico, emancipada de plataformas convencionales, así, libre, en un anejo en un correo electrónico. 

Luego de su lectura, llegó mi admiración hacia su autor, Antonio Álvarez Gil.  

Como a muchos de mi generación, la caída del Muro de Berlín y del bloque socialista suele ser el hito que marca el comienzo del siglo XXI histórico. Es también el momento donde nace Los callejones de Arbat, una novela que se dice con belleza y elegancia, sí, pero, sobre todo, con un maravilloso control del tono, ese elemento que a veces despachamos como un je-ne-sais-quoi. Es un texto en el que se imbrican la autoficción y la historia en una narración que es tanto metaliteraria como autocontenida en sus propios términos.

En Arbat, la sencillez es compleja. Hija de la caída de las utopías y del desplome de la historia como hegemonía (revelada aquí como otra gran ficción), la novela de Álvarez Gil se instala en la patria del lenguaje como espacio de libertad pura. En efecto, en la medida que Ajmátova, Pasternak, Tsvetáyeva, entre otras grandes plumas oprimidas en la Rusia estalinista, cruzan el texto, la metonimia de la escritura acallada por su peligrosidad poética, que es la revelación de una verdad, toma contundencia.  

Pero, sobre todo, Álvarez Gil nos ha regalado una hermosa historia de amor furtivo: Mario (narrador protagonista, casado con Vera, de origen ruso-español) y Dolores –actriz rusa descendientes de españoles-,  recrean en muchas medidas a El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. 

Como he dicho en otras ocasiones, el amor siempre redime. En Arbat, el amor se manifiesta como la capacidad regenerativa del alma. 

Entonces, la esperanza de algo mejor prende como un bosque en llamas. 

Mis respetos a Antonio Álvarez Gil, por el regalo de la palabra.

Foto: Letralia



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