Nagari significa “de la ciudad” en sanscrito. También da nombre a una revista de creación cultural que, según establecido por ellos,  "intenta aglutinar a nivel global todas las propuestas tanto literarias como visuales que signifiquen un aporte al mundo social y compartido en que vivimos".

Nagari, que da se da a prensas convencionales como a la web, se publica en Miami, pretende promover la ciudad y sus voces, asi como a los escritores y/o artistas hispanos que radican fuera y dentro de EE.UU y Europa. 

En su más reciente entrega, han publicado un cuento titulado "Asesinar la memoria". El texto íntegro lo pueden acceder aquí: http://nagarimagazine.com/asesinar-la-memoria-elidio-la-torre-lagares/.





El amor no se acaba.

Esa es la conclusión a la que llegamos unas amistades mías y yo mientras nos damos unos tragos en un suave atardecer naranja de finales de verano. Mis amigos, seres humanos de carne y hueso, se enamoraron, se casaron y se divorciaron temprano en sus vidas, y ambos se preguntan si es justo tener que escoger entre morir en vida o quemarse por los siglos de los siglos en los calderos del infierno.

La ley de la vida es que las cosas nacen, crecen y mueren, y las relaciones matrimoniales por ninguna razón, física o metafísica, están exentas. Después de todo, los protagonistas seguimos siendo hombres y mujeres dotados de inigualable imperfección y que tomamos decisiones, acertamos y cometemos errores, todo en nuestro perfecto derecho. Errar es de humanos y perdonar es divino, escribió el poeta inglés Alexander Pope, le digo a mis amigos en ánimo de consolarlos. Por supuesto, me responde Lisandra. Y es por eso los lápices traen su goma de borrar.

Callamos un rato y parecemos un anuncio de Medalla melancólico, incoloro y en cámara lenta, en el cual, en lugar de pintar el Patria’s Place, buscamos reconstruir el Hotel Corazón. Y es que divorciarse es una cosa tan común en estos tiempos, que hasta me pregunto si no sería más conveniente hacer que casarse sea más difícil. Quizás uno sabe que si se separa formalmente de su pareja, está expuesto a división de bienes gananciales (prueba de que el matrimonio sí es un negocio), a pensiones alimentarias e inclusive, a que se les vede la entrada al reino de los cielos. Mas, yo me pregunto, ¿qué cosa espera la sociedad de dos personas cuyo compromiso nupcial se ha tornado en tedio inertemente lineal y la relación se marchita y se pulveriza, como sacudida por una ráfaga sulfúrica?

Quique me mira y cree tener la respuesta, porque, luego de meses de estar eludiendo la realidad de que sus relaciones con su compañera no funcionaban, comenzó a buscar el calor de hogar en otra casa. Es lo más racional, dice con pasión herida. Lo irracional fue cuando su mujer se enteró y ésta procedió a dejar a Quique muy maltrecho y excoriado, al lacerarlo con sus filosas uñas, un fetiche letal y traicionero. Desde entonces Quique, quien intenta rehacer su vida amorosa, y quien dormía del lado derecho de la cama, se acuesta del lado izquierdo en el lecho que ahora comparte con su nuevo amor.

En el caso de Lisandra, su marido mantuvo una dictadura psicológica que la hacía creer a ella que era una inútil que jamás trascendería sus propios sueños. En Arabia Saudita basta con que un hombre se niegue a llevarle café a su esposa para garantizarle a ésta el derecho al divorcio, argumenta Lisandra. En nuestros tiempos, la mujer a veces tiene que ser víctima de una o varias golpizas para que alguien atienda su caso y le haga justicia. Mi abuela decía que lo que descarrilaba para mal, terminaba, irremediablemente, mal.

Retomamos el silencio, pero Quique irrumpe en la solemnidad del momento para contarnos acerca de Robert, nuestro otro amigo divorciado, quien fue sorprendido picando fuera del hoyo y su mujer, a manera de venganza, le preparó una noche un rico chocolate caliente como el que a él le gustaba. Sólo que la bebida fue preparada con un ingrediente especial: Ex-Lax. Roberto se pasó una semana en el hospital y por poco se vacía. 

La risa fue inevitable. 

Luego comentamos casos de gente conocida y no tan conocida, como el de Kira, a quien su marido la olía sus partes íntimas todas las noches para verificar si ella se había acostado con alguien. O el de Jaime, a quien su mujer seguía a todas partes: al billar, al pub y hasta la cena de negocios, y donde lo encontraba le montaba un ridículo espectáculo digno de la WWF, con amenazas de sillazos y todo ese jazz. También hablamos de los muchos otros casos donde la infidelidad es la sombra tras la cual muchos esconden su gran infelicidad.

Yo pregunto si hay que llegar a los extremos para darse cuenta que ya una relación palidece como un suela de zapato viejo, y mis amigos me contestan, nuevamente, con el silencio. 

Luego nos damos cuenta que, en cualquiera de los casos citados, existen varias causales de divorcio válidas y totalmente comprensibles, pero sólo una razón impera con suficiente poder como para que tal cosa ocurra: se acabó el amor, y somos una canción de La Secta.

El amor se acaba, dice Lisandra con nostalgia de niña que descubre que Santa Claus es un falso viejo gordo. No. El amor no se acaba, le digo. 

Uno puede reclamar incompatiblidad de caracteres, problemas financieros, adulterio o maltrato, pero eso sólo puede ocurrir cuando el amor se seca, o cuando uno se da cuenta que éste nunca quemó lo suficiente como para encender eternamente. Pero, no. No se acaba. 

 La energía no se crea ni se destruye. Sólo se transforma. Y el amor, por más corny que suene, es energía. Así lo declaro, sin aprehensión nihilista. Así es.

Quique y Lisandra de pronto se tornan muy tristes. Sólo se escucha la risa de unos niños jugando en la arena.

Ah, los niños. Quique y Lisandra tienen hijos de sus respectivos matrimonios, y sólo hay que ver la manera en que sus caras se deforman y se desencajan cuando comentan qué se harán sin ellos. Yo pienso en el calor de la familia, la compañía, el comfort de un beso, y luego antepongo el hogar resquebrajado, la soledad y la falta de una caricia, y entonces me pongo triste. 

Tener todo y tener nada. 

 Ver como un gran amor se va marchitando como un árbol envenenado hasta quedar trunco y seco como el recuerdo de una sabiduría lejana y perdida. Y sobre todo, ver que uno ama a esos dos seres que tanto daño se hacen a ellos mismos por no hacérselo a uno, y tanto daño que le hacen a uno, por no hacérselo a ellos mismos, todo con la incógnita de si morirse en vida o quemarse por los siglos de los siglos en los peroles del infierno.

Lisandra y Quique me hablan con sus miradas de agua, de una soledad espantosa. Y casi puedo tocar la melancolía azul que mis amigos sienten por aquellos momentos cuando el mundo parecía pequeño, porque ellos tenían los pasos grandes— momentos que fueron sediendo a la erosión de la falta de un “te quiero”— o tal vez, a la falta de un abrazo— una sonrisa. Quién sabe si hasta se les desgarra la falta de un gesto de agradecimiento— un compartir sin tiempo— aunar versos en el espacio— la magia de un dar sin sentarse a recibir. En algún momento, probablemente, se decidieron a ser media naranja, pero ya para entonces la otra mitad ya no tenía zumo, y es entonces cuando muchas nuevas verdades comienzan a diluviar como cuchillos de hielo, y finalmente uno llega a la circularidad de imperfección.

Como que nosotros no traemos goma de borrar.

Quique de pronto dice que es verdad, que tengo razón y que el amor no se acaba. El es conciente de que la vida ya no serán la misma, pues un algo de decepción usurpó la ilusión que una vez lo llevó a unir su vida con otra persona hasta que la muerte los separara, pero no se considera un perdedor en el amor. Lisandra concuerda con él y dice que ella tampoco se arrepiente de las decisiones que ha tomado. El divorcio, tanto para Quique como para Lisandra, no ha sido metáfora del fracaso, sino metonimia de un nuevo amanecer— crecer nuevamente.

Sí, les digo y sonrío, mientras el suave atardecer naranja de finales de verano palidece. Después de todo, el amor no se acaba. 

Simplemente, se muda a otro lugar.


Nota: Este artículo fue publicado en su versión original en la sección "Mirador" de la Revista Domingo en El Nuevo Día. Los mismos pasarán a formar parte de un colección breve de comentarios culturales a ser publicada.
 
Foto: «Breaking Up», de Laurie Lipton.



Let me take you home,
‘cause I’m going to Strawberry Fields,
Where nothing is real”
-The Beatles


Porn star, decía la camiseta, en letras perladas y rosa sobre un fondo blanco marfil.

La chica entró al café cortando el aromatizado aire de Mocha y Latte, latiendo al ritmo de su propio aliento, deslizada en sus mahones skinnywash-out, boot cut, low rise y exhibiendo el ombligo atravesado por un diminuto aro. Ella se acercó a una señora, de esas que lucen Botoxed-up, tangerine-tanned y air-brushed, y le dijo: “Estoy aquí, mamá”, cosa que era algo así como un pleonasmo, porque todos ya habíamos notado su presencia.

Porn star, se imponía orgullosa, con una aire de seguridad en sí misma. Porn star, con suma candidez.

Y me confirmó la tesis inscrita en el evangelio de Jenna Jameson: el sexo es poder.

Para la Jameson, oriunda de Las Vegas, Nevada, Eva no pervirtió a Adán, sino que fue más lista que él.

Yo no soy un connoisseur, que conste, pero todos hemos visto el rostro de Jenna en algún momento.

Claro que sí. Por supuesto que sí. No lo niegue. Estamos en intimidad, ¿eh?

Además de aparecer en la Internet, la Jameson ha cobrado protagonismo en VH1 y en E!, los premios Grammy, varios videos musicales, revistas como Harper, Cosmopolitan y Glamour, y hasta hizo una incursión literaria con su obra Como hacer el amor como una estrella del porn: una historia aleccionadora (Harper Collins, 2004). Todo esto conjuga a Jenna en celebridad.

La actriz (con énfasis en lo mímico) es catalogada como la más grande estrella de todos los tiempos en el cine para adultos. Pero si le parece vacuo y voluble, sepa que recientemente Jenna fue oradora invitada en la Universidad de Oxford en Inglaterra. Como dijera la revista Rolling Stone: Jenna puso la estrella en la frase "estrella del porno".

Su fama se erige sobre un nuevo paradigma: lo femenino liberado y puesto al servicio de un nuevo Eros colectivo, como diría Baudrillard.

Jameson de pronto ha puesto en boga una industria que, aunque en es condenada por el mundo occidental, conforma una parte de la idiosincrasia cultural en muchos países europeos. “Escogí la profesión ideal”, dijo Jameson recientemente a un reportero de CNN. “Esto es un negocio”.

Un negocio sí que es.

No hay duda que la cultura popular ha sido invadida por la subcultura del porno. Nótese que, en estos días, el ideal de belleza femenina que se representa en el mercado de consumo deriva directamente del negocio del entretenimiento adulto. Un paseo por cualquier galería de compras le revelerá escaparates que exhiben piezas de cuero y vinilo que van ceñidas por hebillas, broches y/o lazos anudados e intrincados como arte celta, cadenas zapatos de tacón vertiginoso y con amarras, y hasta mini faldas a cuadros que evocan la fantasía de la niña colegial, cortesía de Britney Spears, circa 1996.

O sea, elusiones de sumisión y agresión sexual. Relaciones de poder. Master and the Slave. La perversión como construcción de fuerza.

La lencería, por su parte, dejó de ser pieza de apreciación privada desde que Madonna comenzó a andar por el mundo vestida en sostenes de encajes y mahones hace 30 años. Sólo tiene que manosear algunos de los catálogos de tiendas por departamento, los cuales aparecen en los rotativos del país, para darse cuenta de que hemos corrido la cortina, aunque sea un tantito así nomás. El famoso thong o “gistro” ya ha sido objeto de culto en cuentos y canciones y hoy día es una prenda políticamente correcta. Y notemos la proliferación de las tiendas que mercadean artefactos para la diversión entre adultos, cuyo objetivo ha trasmigrado de la privacidad clandestina a la domesticidad cotidiana. Como que hay políticos que abonan visitas a clubes de strippers en sus cargadas agendas de oficio público. Dije público.

Es la cultura del strip show. El sexo vende y nosotros consumimos.

Digo, una despedida de soltero/a sin stripper, sea hombre, mujer o ambos, es como celebrar un cumpleaños sin bizcocho. Incluso, aquel notorio programa “No te duermas” (Canal 2) contaba con su propia sección del “lap dance”, donde una modelo voluminosa danza un ritual de seducción a algún invitado al programa. La popularidad de películas como “Striptease”, “Showgirls” y “The Full Monty” no sólo han humanizado el acto del desnudo profesional, sino que lo han construido como aceptable.

Todo el mundo se ubica en la misma página y entiende el referente.

El porno ha pasado al mainstream cultural en medio de nuestra cultura de la eyaculación precoz, por citar de nuevo a Baudrillard. La seducción, que toma el sentido lúdico del ritual, hechizo o conjuro, cede ante la imagen a priori que los medios nos presentan a diario.

Ya no hay secreto. Ya no hay clandestinidad. Ya no hay bueno ni malo. El orden se revierte y las divisiones son suplantadas por un sentido orondo de la ironía. Bailamos con la sombra. Por un lado, los discursos de moral modernista nos reprimen y por otro lado nos dicen que el mundo es una orgía.

Lo peor de todo es que el porno no existe en realidad. Es, en efecto, una hiperrealidad, suma de las infusiones de información a la que el consciente es sujeto. Simplemente acudimos a lo ficticio en busca de un estímulo perdido en el mundo real. Como los juegos de video, el aspartame, Disney World y los sabores de los jugos que nuestros niños toman (“tropical blast”, etc.), el porno es una simulación de algo que queremos y no tenemos, y poco a poco vivimos la sobreproducción de ilusiones que se acumulan hasta el punto que, entonces, nada de lo que experimentamos existe en realidad.

Campos de fresas. Nada es real. Excepto que el sexo, desde Eva hasta Jenna, es mecanismo predilecto para acceder, obtener y ejercer poder.

Vivimos, como diría Umberto Eco, una autentica charada.

Quien crea la ilusión, la controla. Y nos controla.

Lo demás es pura novela.


Nota: Este artículo fue publicado en su versión original en la sección "Mirador" de la Revista Domingo en El Nuevo Día. Los mismos pasarán a formar parte de un colección breve de comentarios culturales a ser publicada.


La revista Sub-Urbano es una publicación editada en Miami desde el 2009 y que se da la tarea de reivindicar la literatura hispanoamericana en los Estados Unidos, además de difundir las artes en todas sus formas. Bajo la dirección editorial de Pedro Medina, la revista se ha convertido en un referente cultural hispano en el país.

Justamente, en su más reciente entrega, el poeta mexicano David Campos se tomó un tiempo para conversar sobre la novela Correr tras el viento, el proceso de creación literaria, poesía y hasta una dinámica de signos. La entrevista la pueden leer aquí:


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