El Día de las Madres transcurre pasivamente trágico.

La tarde se mantiene soporífera en premonición del verano. Lenta y silenciosa, excepto por el cándido canto de los pájaros. Mis manos acalambradas apenas se mueven con dificultad sobre las teclas del computador. Me parece que le hago agujeros a la pantalla. Es asunto de cubrir el tiempo que debió ser de mi madre, que ya no está.

Intento mirar una película en la que una pareja mantiene una relación de cuartos de hotel. Fuera de estos, no pueden funcionar. Se deben a vidas apartes. Aparte de eso, no hay mucho más que pueda suceder. Las escenas de sexo vuelan por los fotogramas.

Este asunto de mirar cosas de las cuales no participo.

Voy al Facebook, y el mundo es otro. Las imágenes de celebración del segundo domingo de mayo. Madres con hijos; hijos con sus madres. Tarjetas. Memes. Más fotos. Mensajes de amor detonado al mundo. El mundo gira en un orden que no tiene mi número. Es mi orfandad.

Leo sobre costumbre griega del Día de la Madre, que en tiempos ancestrales consistía en una extendida celebración en nombre de Rhea, la gran diosa madre de los dioses Zeus, Poseidón y Neptuno, entre otros miembros de la familia extendida. Los romanos, que se apoderaron de toda la mitología griega, tornaron la celebración hacia el templo de Cibeles.

Observo algo de béisbol. En las Grandes Ligas, muchos jugadores celebran el Día de la Madre con fervor rosado. Bates, guantes, lazos en los uniformes informan acerca del riesgo de cáncer del seno. Mi lazo es negro. Mi madre murió de cáncer del seno

Al perder a su madre de muy joven, Ana Jarvis inició una cruzada para honrar a las madres vivas y celebrar la memoria de aquellas ya fallecidas. Una celebración unánime. En 1914 el congreso de Estados Unidos aprueba la celebración del día de la madre el segundo domingo de mayo con el fin de “honrar y homenajear el cuidado, las labores y el amor de todas las madres”.

Hoy marco el número de teléfono de mi madre. Suena. Al segundo timbre, una voz lenta con el sonido de la estática me contesta. Hola, mi hijo, dice. Cuelgo. Me parece imposible. Mi madre murió en diciembre pasado.

Entonces me siento entre las memorias mientras observo los aviones que aterrizan y parten. Siempre hay un lugar al que llegar, pienso. Mi madre es hoy de la materia de la luz, llegada y partida.

Dos días antes de morir mi madre, la miré a los ojos. El pavor era intenso. La muerte le colgaba de los párpados, y mamá lo sabía. Hubiese querido ponerse bien, me dijo. A dónde vas, vas a estar mejor, mami, le dije. Ella me lanzó una mirada de sorpresa y curiosidad. Ya nada va a doler adónde vas, le dije. 

El día que fue dada de alta del hospital, la escena fue muy lastimosa. Mi padre insistió en llevarla en el asiento delantero, junto a él, como cuando salían de paseo juntos. Cuando la acomodé, mi madre se despidió con una última mirada.  Fue un adiós articulado sin mover los labios.

Un día como hoy le hubiese dicho “Felicidades, doña Mamita”. Era mi código. La frase que nadie jamás diría. Como cuando la llamaba y le decía: “Doña Mamita, what’s going on in the cooking night”, y luego llegaban sus carcajadas y al final me devolvía la frase de intercambio: “Disparatero”.

Hoy hubiese querido abrazarla. Reposar mi cabeza en su hombro. Sentirla. Hablar del clima y de la política. Contarle las ocurrencias de mi hija y hablarle de sus dibujos espectaculares. Tomar café juntos. Mirar la tarde hundirse por las montañas. Pescar el sol sin remedio naranja. Esperar la lluvia que nos serviría de excusa para no ir a ninguna parte que no fuera la geografía de los dos juntos.

Relatar esto tiene el valor de desperdigar intimidades que a nadie le importan, mucho menos si exigen tiempo de lectura. Pero pensé que, tal vez, lo libero, tal vez me haga más yo; si me desprendo, tal vez me componga; si lo escribo, tal vez lo recupere.

A fin de cuentas, es mi orfandad. Mía.

Enteramente mía.

Feliz Día de las Madres, Mami.
La familia de Casa Pueblo acaba de lanzar su primer libro electrónico titulado Vieques en crisis ambiental, el cual recoge sobre una década de investigaciones intensas y solidarias que siguen vigentes en la discusión de una agenda ambiental inconclusa.

El libro contiene video, enlaces vivos hipertextuales y toda una investigación coordinada por el doctor Arturo Massol. 

El comunicado lee: 

"Un crimen ambiental – 63 años de bombardeos por la Marina de Guerra de los Estados Unidos en la isla de Vieques– se convirtieron en la más grande injusticia contra todo un pueblo. De un fuerte reclamo popular, evidenciar el daño científicamente era necesario ante el eterno vacío de las agencias de gobierno que debieron velar por el ambiente isleño. La gestión de ciencia comunitaria permitió levantar un hilo de conocimiento crítico para entender el problema e identificar soluciones".

Terranova Editores es pionera en Puerto Rico y el mundo de habla hispana en las tecnología digitales de libros electrónicos al igual que en los llamados "Book Trailers", al igual que ha implantado una estética en sus libros impresos en soporte tradicional.

El libro, cuyo montaje estuvo a cargo de Ana Ivelisse Feliciano y Terranova Editores, ya ha sido bajado sobre 500 personas en menos de 24 horas, y contando. El mismo lo pueden bajar completamente gratis en este enlace: http://casapueblo.org/index.php/vieques-en-crisis-ambiental-arturo-massol-deya-elba-diaz-de-osborne-2/.





Llega mayo con la salida del número 27 de OtroLunes - Revista Hispanoamercana de Cultura, anuncia Amir Valle, su editor. En el mismo, como de costumbre, se encuentra un escrito mío  titulado "Cuando me convertí en mi padre". El mismo comienza así:

»Hoy estoy en la escuela de mi hija como personaje mítico. El héroe cotidiano de su vida, dice el cartel con mi foto, una biografía que ella se conoce de memoria y varios ornamentos dibujados a tinta por la mano artística de mi niña. Ella me presenta antes sus compañeros de clase. «Este es mi padre, mi héroe de todos los días». Me siento Atlas. El peso sobre mis hombros me oprime como una asfixia.

Recuerdo el día, hace mucho tiempo, en que tuve la oportunidad de pronunciar un orgullo similar durante una actividad muy parecida. Mas, en aquel entonces, la silla donde se suponía que se sentara mi padre era una añoranza vacía. Las razones de su ausencia no la conozco. Quizás se debía a las exigencias de su trabajo, o tal vez simplemente lo olvidó. No importa ya como tampoco importó aquel día. Creo. Simplemente procedí a hablar de mi héroe de todos los días: mi padre.

De niño, yo veía a mi padre como un gigante. Medía unos tres metros de alto. Su voz era potente como la de los dioses. Cuando hablaba, los vientos se desataban por el mundo, por lo que no convenía hacerlo enojar. Mi padre jugaba al béisbol y usaba una mascota tan grande que hasta se podían capturar nubes con ella. Siempre quise ser jugador de béisbol para poder utilizar la maldita mascota, pero mis manos me parecían que nunca serían tan grandes. Mi padre también poseía una envidiable colección de zapatos que, entre mis tareas, yo brillaba para él. Llegué a contar hasta veintidós pares de zapatos y me preguntaba si él sería capaz de vestirlos todos a la vez, cosa que nunca pude corroborar. Similarmente hiperbólica suponía ser su colección de corbatas, pero estas nunca pude terminar de contarlas todas. Tampoco encontré agujeros en las chaquetas de mi padre, por los cuales tenía que sacar sus potentes alas para volar por el tiempo.

Los sábados en la tarde, mi padre me llevaba de paseo en su auto. Sin el requisito de un asiento protector para niños en aquel entonces, mi lugar era a su lado, como todo un copiloto. Juraría que su carro era una carroza de fuego tirada por recios corceles irresistibles a la mirada de los transeúntes, porque la gente no podía evitar mirarnos, cosa que también era lo peor de salir a pasear con mi padre, pues todos se detenían a saludarlo, y esto convertía a nuestro tiempo de paseo juntos en una peregrinación muy interrumpida y lastimosa. Siempre debes tratar la gente por lo que le hace gente, me dijo un día. Todavía vivo bajo ese axioma.

Caminar junto a mi padre era otro asunto muy desigual. Él, con su tranco alargado e impecable; y yo, en mi intento constante de alcanzar sus pasos. Mi padre contentaba las flores cuando pasaba cerca de ellas. Hacía florecer a los naranjos y el árbol de aguacates que se posaba en nuestro patio daba tantos frutos que se podía alimentar todo el pueblo con ellos. Igualmente, el conocimiento del mundo salía por sus labios en historias increíbles y fantásticas que nunca parecían culminar, porque se reproducían en sí mismas. Ciencia, astronomía, ufología, gastronomía, literatura, deporte, ocultismo e historia… solo había que proponer el tema y sentarse a escuchar a mi padre. Cuando mi padre me narraba el mundo, nuevas estrellas poblaban la oscuridad de la noche, cuando el rostro de mi padre era un claroscuro...

El resto del artículo lo pueden leer aquí: http://otrolunes.com/27/otra-opinion/cuando-me-converti-en-mi-padre/
Como siempre, agradecido de su lectura. 





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