Cuentos puertorriqueños en el nuevo milenio (Los Libros de la Iguana, 2013) es una antología bastante inclusiva que reúne cincuenta cuentos de cincuenta narradores puertorriqueños. Su editor, Reynaldo Marcos Padua, escribe lo siguiente:

"En esta compilación presentamos autores a partir de la generación del 60, a cuya cabeza siempre se ubica la narrativa del maestro Luis Rafael Sánchez, hasta incluir otros de más reciente promoción. Sus asuntos resultan variados e ingeniosos en donde se explora la literatura de problemática social, la de ciencia-ficción, la ficción histórica, la literatura fantástica, feminista, populista, homoerótica, en la que figuran los temas de la muerte, el amor y el desamor,la locura, el erotismo,el crimen, la maldad, el mundo académico, la calle, lo urbano --incluidas las ciudades de Estados Unidos-- y, en algunos casos, la vida pueblerina. No hay cuentos de ruralía o --en caso de uno específico--lo alude de forma lejana. Por su variedad de temas y estilos, la compilación viene a ser un ómnibus de la narrativa breve a la altura de este milenio. Sus cuentos son ventanas a la realidad puertorriqueña --o en el caso de los que no se refieren directamente a la nuestra-- muestran al narrador en tema universalista como es corriente ahora en estos tiempos globalizados.

Quien busque algún ángulo del Puerto Rico de hoy, mediante la ficción breve, tiene aquí su libro. Desde luego, es para lectores. Lo anterior no es redundancia: Un lector es aquel que puede dialogar con el autor, que no busca textos cortos, sino disfruta la propuesta de cada creador. No hay nada contra el texto corto, pero el cuento aquí conlleva mediana extensión.
"

Mi participación en la antología queda fichada con el cuento "Tortugo", del libro inédito Gran vacío a boca llena.

Los autores, por orden alfabético, son: Noraida Agosto, Alejandro Álvarez, Pedro Aponte-Vázquez, Yolanda Arroyo Pizarro, Janette Becerra, José Borges, Rubis Camacho, Marcelino Canino Salgado, Pablo Juan Canino Salgado, Alejandro Carpio, Emilio del Carril, Pedro Cartagena, Andrés Castro Ríos, Félix Córdova Iturregui, Mara Daisy Cruz, Tere Dávila, Aida María de Jesús, Ivonne Denis, Ángel Manuel Encarnación, Rafael Franco Steeves, Elidio La Torre Lagares, Luis López Nieves, Tomás López Ramírez, Hiram Lozada, Carmen Lugo Filippi, Ángel Maldonado Acevedo, Margarita Maldonado Colón, Héctor J. Martell, Jan Martínez, Edgar Martínez Masdeu, Ramón Felipe Medina, Miranda Merced, Iris Miranda, Mayra Montero, Ángelo Negrón Falcón, Luis Negrón, Edgardo Nieves Mieles, Imayrín Padua, Reynaldo Marcos Padua, José Peláez, Giorgiana Pietri, Juan Antonio Ramos, Edgardo Rodríguez Juliá, José E. Santos, Mayra Santos Febres, Loreina Santos Silva, Wenceslao Serra Deliz, José Manuel Torres Santiago, Carmen Valle, Lourdes Vázquez.

Espérenla pronto.

La primera entrega de un cuento de Gean Carlo Villegas en uno de mis cursos fue como el equivalente a un cartoon de Betty Boop narrado en vodka con Red Bull y bajo el grillete de 1,000 palabras o menos. Fue entonces que supe que estaba ante un escritor fuera de lo habitual, uno de esos escritores que se exceden a sí mismos.

No es la primera vez que escribo sobre Gean Carlo -y seguramente no será la última-, pero debo adelantar algo: uno nunca está listo para leer a Gean Carlo. Por eso, delegaré en él lo que una vez Mercedes López Baralt me dijo a mí: «Querido, tú no escribes para estos tiempos. A ti tendrán que aprender a leerte en el futuro».

No sé si eso es bueno. Lo único que sé es que de Villegas se dirán muchas cosas, todas increíbles.

En la revista Otro lunes se publica un comentario sobre la novela de Gean Carlo, Osario de vivos.

La novela calza a golpes la violencia urbana que se focaliza a través de los personajes de Jossie, María y su hijo Christopher. La trama se activa cuando María decide hacer un favor a Amalia, jefa de un círculo de narcotraficantes, y con el dinero que reciba a cambio poder comprar una computadora a su hijo, Christopher. María, además, habla de una segunda hija que ha muerto al prestarse a la milicia estadounidense en Afganistán. ¿Su nombre? Libertad.

El cafetal ahora es el residencial público. El catolicismo estoico es suplantado por el protestantismo enajenante. Tecatos (nuestros pintorescos narcómanos), prostitutas y “bichotas” (las “big shots”) del negocio cohabitan en este submundo de corrupción, trasiego de drogas y oportunismo existencial.

La denominada literatura “urbana” como transposición de la literatura realista-costumbrista que dominara la narrativa de la primera mitad del siglo XX.

El artículo completo, lo acceden aquí

Foto de Gean Carlo y Elidio por Alberto Martínez Márquez. 



Recientemente, unas visitantes europeas le expresaron a una amiga mía el deseo de desayunar al estilo puertorriqueño. Para nosotros, que tenemos confusion con eso de las definiciones, representó todo un reto.

Tamaña tarea, ¿eh? Y que hablarle a un boricua de comida.

En cualquier caso, mi amiga, un tanto cándida, se las ingenió para agasajar a las invitadas con unos huevos revueltos, tocineta y tostadas de pan club con mantequilla. Las visitantes, un tanto desilusionadas, declararon que aquello no era para nada un desayuno boricua.

Entonces, ¿qué es un desayuno boricua?

Mi amiga, ni corta ni perezosa, acudió al proverbial pase de la papa.

Fíjese la manera en que resolvemos los asuntos de comida: con más comida.

Y es que, como dijera una vez Luis Aguilar León en su definición de los cubanos, los puertorriqueños “nacen con sabiduría”.

Todo lo sabemos. No necesitamos viajar, ¡todo lo hemos visto! Los puertorriqueños somos algo así como el pueblo escogido... por nosotros mismos.

Y por eso, yo digo que en Puerto Rico uno podría quedarse sin desayunar, pero nunca, nunca sin tomar café.

Así que al menos ya tenemos el epicentro de nuestra primera comida del día. En mi caso, el café me completa: me une con ese otro que me mira desde el espejo del baño.

Créanme. Yo me crié entre los cafetales de Adjuntas y, por tanto, la idea de levantarse en mi casa no existía sin una poderosa dosis de cafeína. Así, la mañana no comenzaba hasta que llegara esa taza de café prieto acabado de pasar por colador, que entibia el estómago y eleva el alma. O la electrifica. Da igual.

Lo que va con el café –nótese que en la mayoría de los países orientales y europeos lo que se toma es té– queda sujeto a esa pasión romántica por los farináceos que una vez fueron nuestra dieta principal y de la que muchos de nosotros no podríamos renegar.

Claro, los cereales calientes y las cremas que hacían nuestras abuelas no son típicamente boricuas; se consumen mucho en Africa, Europa central y el sur de Estados Unidos, pero ni modo: en Puerto Rico todo es hibridez y préstamo.

Ahora, pienso en una cremita de maíz, ese regalo taíno que no tiene otra manera de decirse porque es del protectorado de los dioses. En el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, la humanidad entera nace del maíz. Por eso, uno vuelve a la vida en unos surullitos con queso, con o sin salsa para remojarlos y en cantidades industriales.

Y todo esto sale con su buena taza tamaño Super Size Me de café, con o sin leche.

En China y Asia se desayuna mucho arroz, vegetales, carnes y huevos (como los famosos ‘huevos de los cien años’, que son gelatinosos, de un color y olor putrefacto, y que provocan, de verlos nada más, repulsión). Incluso, en Filipinas le someten al arroz frito con lechón para el desayuno, como si se tratara de un combo de $2.99 en la cafetería de la esquina. En África se dan al pescado, algo de frutas, cereales y té. Pero nuestro desayuno tradicional es más bien mediterráneo: panes, pastelería, algo de queso tal vez, un jamoncito por aquí o por allá, y sobre todo, café, que llueve en el campo y completa el viaje antropológico hacia África, donde también nace la vida.

Sabemos de la empanadilla amasada con la sabiduría de la memoria y el tiempo de los que veían una comida al día (como mucho), pero sobre todo rellena, de proa a popa, con carne o queso.

La quemadura será inevitable en el delicado cielo de la boca, por supuesto.

Pero, nuevamente, no hay manera de bajar un desayuno de estos si no es con una taza aromática de café.
Así que olvídese de los pancakes o los waffles. El rey del desayuno boricua es el pan acabado de hornear, ungido en mantequilla y acompañado del cáliz lleno de café. Y eso es así, porque en Adjuntas, por ejemplo, donde siempre es septiembre, hay una panadería por cada dos habitantes.

Okay, exagero. Aunque siempre es septiembre, es una panadería por cada cinco habitantes.

Pero en lo que no se me va la hipérbole es en el hecho que hacen un pan de manteca que cuando sale a temperaturas inmanejables y altamente termales –o sea, que pela–, hay que dejar que el paraíso se disuelva en la boca rumbo a la panza. El olor a pan recién horneado suele rondar –como un fantasma sabroso– todo el pueblo durante la mañana.

Y no me pida que hable de las mallorcas que hacen allí.

Es más, si le dicen que la gente convive con los ovnis en Adjuntas, lo va a creer cuando vea una de esas monumentales y polvoreadas mallorcas, que como todo buen boricua, aguanta lo que sea.

Lo que impera en esa mesa por la mañana es, sin duda, el café, cosechado, recogido y tostado en esta tierra de la cual se forman los sueños cuando dejan de ser sueños y se convierte en materia.

Esa taza de café en la mañana despierta muertos e ilumina vivos. Ese café es aromático, como versos de humo en los que, no es raro, que se nos pierda la mirada. Y nos rehacemos.

Oh, sí. Llámele como sea, pero el Nirvana vive en una taza de café.


Artículo publicado originalmente en Café Plus Magazine (No, 7, 2009).

Reseña de "Simone" de Eduardo Lalo, publicada en inglés, y la primera de una serie de artículos escritos en ese idioma sobre literatura puertorriqueña y caribeña.

Hispanic New York: Book Reviews/ Eduardo Lalo’s 'Simone': Intimacy By Degrees - By Elidio La Torre Lagares | Posted Sat., July 6, 4:21 p.m. http://www.hispanicny.com/p/intimacy-by-degrees-eduardo-lalos-simone.html?spref=tw



 



1. Escribir o leer cuentos largos acorta la vida.

2. Escribir o leer cuentos cortos no alarga la vida, pero la enriquece.

3. En la naturaleza del cuento corto está el ser caprichoso, imprevisible e impuntual. No le gusta ser citado, previsto, preparado. El cuento corto simplemente sucede.

4. Que no te digan que el cuento corto no es profundo. Replícales con este cortísimo y de quién sabe quién, que trata de toda la condición humana: "Nació, vivió, murió".

5. No creas que suprimiéndole palabras a un cuento largo obtendrás uno corto. El cuento corto suele nacer ya con su justo número de palabras.

6. Un cuento, si corto, dos veces un buen cuento.

7. Más vale cuento corto volando por los aires que novela larga arrastrándose por tierra.

8. El que a cuento corto mata... quizá de novela larga muera.

9. Un cuento de 50 páginas es un cuento corto si está narrado con la máxima velocidad. (Pero debes saber que es dificilísimo, prácticamente imposible, lograr esa velocidad en 50 páginas).

10. Dios, si existiera, sería un cuento corto... aunque eterno.

por José de la Colina (España, 1934)

Este decálogo se publicó en la revista El Malpensante, en su número 125 de noviembre 2011.



Carmen Graciela Díaz publicó, la semana pasada en El Nuevo Día, una interesante relación sobre los espejos en la cultura, titulada "Reflejos de ficción y realidad", para la cual me hizo algunas preguntas. Aquí mi breve intervención:

Mitos como el de Narciso y aquella fascinación letal por su propia imagen reflejada en el agua, con “la función especular de reflejar la condición humana” de acuerdo con el autor y editor Elidio La Torre Lagares, se unen al cuerpo literario que ha reinterpretado los espejos.

“Uno de los escritores que más ha mencionado el espejo es (Jorge Luis) Borges que veía al hombre como reflejo de Dios y el personaje como reflejo del escritor”, abunda La Torre del proyecto borgiano en el que se cultivó el tema en obras como cuentos y poesía con un tratamiento que perturba y fascina, como puerta a otras percepciones.

En El aleph, ilustra, “hay un reflejo en el que todo está contenido y el narrador lo narra en forma secuencial aunque se plantea que lo está viendo todo a la misma vez”. De ese relato se desprenden potentes líneas como “vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó”.

Desde ese enigma llegamos a la vertiente que considera que los espejos pueden tener rasgos sobrenaturales. “Existen leyendas donde los espejos están dotados de propiedades mágicas con apariciones, imágenes del pasado o como puertas para pasar a otro lado que nos permiten que nuestra alma, según dicen, pueda desasociarse y estar en dos lugares a la vez”, indica Gómez como muestra de las cualidades misteriosas asignadas al espejo, plasmadas en trabajos como la película Candyman.

En esa línea también se encuentran los que, anclados a supersticiones, jamás quisieran que un espejo se rompa para evitar la mala suerte o una maldición. La Torre resalta además el significado místico que rodea al espejo como artefacto vinculado a los cimientos de la humanidad en la magia y en religiones como el cristianismo que afirma que Dios creó al hombre “a su imagen y semejanza”.

Pero, cuando el espejo se pronuncia en la cultura, en las imágenes más inmediatas están los relatos de dos protagonistas femeninas que acompañan la niñez y la adolescencia de muchos. La Torre menciona que en Alicia a través del espejo de Lewis Carroll, la curiosa niña accede a otro mundo por medio del espejo y que, en Blancanieves, de los Hermanos Grimm, el espejo habla.

Esa preocupación que se captura en el “espejito, espejito, quién es la más bella”, la fatalidad como en el cuento En el fondo del caño hay un negrito de José Luis González o la búsqueda de belleza revelan que en el espejo habitan enormes posibilidades del “yo” (y de la metáfora de la otredad, de nuestra tridimensionalidad, dice La Torre). Nos queda buscar uno y encantarnos con ese objeto que habla de verdades y de tanta fantasía extraña y cercana.


El artículo íntegro lo acceden aquí.

Foto: Lucas 2012

Cuando me inicié como editor profesional de libros creo que era 1995, aunque si cuento mi primer poemario, podría apuntar al 1993. En todo caso, estuve activo detrás la carrera de muchos escritores todo ese tiempo hasta 2010, cuando decidí que no quería hacer otras cosas. Esos años de editor también fueron años de crianza de mi hija, así que en la medida que ella fue ganando independencia, yo fui adquiriendo nuevos deseos de libertad, sobre todo artística.

De las raras excepciones bajo las cuales he vuelto a trabajar con algún autor, recientemente tuve la oportunidad de leer Los callejones de Arbat, de Antonio Álvarez Gil. El autor sueco-cubano cuenta, entre sus más recientes triunfos, con el premio Vargas Llosa de Novela de 2009 por su obra Perdido en Buenos Aires. Arbat le precede, aunque apenas sale de prensas.

La novela llegó a mí en un correo electrónico, emancipada de plataformas convencionales, así, libre, en un anejo en un correo electrónico. 

Luego de su lectura, llegó mi admiración hacia su autor, Antonio Álvarez Gil.  

Como a muchos de mi generación, la caída del Muro de Berlín y del bloque socialista suele ser el hito que marca el comienzo del siglo XXI histórico. Es también el momento donde nace Los callejones de Arbat, una novela que se dice con belleza y elegancia, sí, pero, sobre todo, con un maravilloso control del tono, ese elemento que a veces despachamos como un je-ne-sais-quoi. Es un texto en el que se imbrican la autoficción y la historia en una narración que es tanto metaliteraria como autocontenida en sus propios términos.

En Arbat, la sencillez es compleja. Hija de la caída de las utopías y del desplome de la historia como hegemonía (revelada aquí como otra gran ficción), la novela de Álvarez Gil se instala en la patria del lenguaje como espacio de libertad pura. En efecto, en la medida que Ajmátova, Pasternak, Tsvetáyeva, entre otras grandes plumas oprimidas en la Rusia estalinista, cruzan el texto, la metonimia de la escritura acallada por su peligrosidad poética, que es la revelación de una verdad, toma contundencia.  

Pero, sobre todo, Álvarez Gil nos ha regalado una hermosa historia de amor furtivo: Mario (narrador protagonista, casado con Vera, de origen ruso-español) y Dolores –actriz rusa descendientes de españoles-,  recrean en muchas medidas a El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. 

Como he dicho en otras ocasiones, el amor siempre redime. En Arbat, el amor se manifiesta como la capacidad regenerativa del alma. 

Entonces, la esperanza de algo mejor prende como un bosque en llamas. 

Mis respetos a Antonio Álvarez Gil, por el regalo de la palabra.

Foto: Letralia



Nagari Magazine, revista de creación, acaba de lanzar su más reciente número, el cual cual marca el debút de una columna mía que llevará por título “La realidad aumentada”. Resulta que la invitación a formar parte del cuerpo editorial de la revista coincidió con la otorgación del Premio Rómulo Gallegos de Novela 2013 a Eduardo Lalo.

Entonces, la ecuación no fue difícil.

Una gran obra, un merecidísimo premio y una necesidad terminaron en el escrito que titulé “Los grados de separación en Simone de Eduardo Lalo”.

Como artefacto literario, Simone tiene la materia de las grandes obras literarias.

En cierto modo, la vida de los dos personajes nos sirve para repensar las condiciones materiales de la vida en la ciudad de San Juan, la cual el narrador recompone en un acopio de citas y fragmentos narrativos que vertebran los principios estructurales de la obra. De esta manera, los aspectos formales del orden son suplantados casi como un modelo a escala de la gran novela de la modernidad puertorriqueña, En Babia, de José I. De Diego Padró, la cual desarrolla en los años ’20 en la ciudad de Nueva York, y en algún punto en la lista de lecturas de Lalo.

Así, en Simone se recrea la mirada del flaneur citadino que se va dispersando por una ciudad pequeña como San Juan, e incluso se atomiza en recorridos por los centros comerciales, esas ciudades dentro de la ciudad que ya son referentes sociales en las sociedades consumistas.

El resto del ensayo lo pueden leer aquí:

http://nagarimagazine.com/los-grados-de-separacion-en-simone-de-eduardo-lalo-elidio-la-torre-lagare/

Y las gracias para Omar Villasana Cardoza por la invitación.

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