Las cuencas de los ojos vacías. El rostro cadaveroso al relieve. No es una imagen del Día de los Muertos. La imagen es terrorífica, morbosa, grotesca. Quienquiera que hizo esto, quería enviar un mensaje. No, no es literatura.
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Son 43. Más otros 14 que ya han sido encontrados muertos. Las interrogantes se difunden como la proposición narrativa de un policial. ¿Quién organizó el ataque? ¿Quiénes son los responsables de tal situación? La parte del mundo que clama por justicia quiere saber dónde están los normalistas de Ayotzinapa.
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«Es una crisis en la que inciden muchos factores, no se debe a una causa única. La revelación de los detalles del asesinato ha causado un shock nacional. México, de repente, se ha reencontrado con su pasado»– Enrique Krauze, historiador, comenta para El País, España.
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La humanidad siempre ha sido marcada por grandes asesinos. El Príncipe de Valaquia, Vlad III, asesinaba con el propósito de advertir a sus enemigos e insurgentes de la suerte que correrían si osaban retarlo. El mote de Vlad el Empalador lo ganó a partir de la noche en que, luego de invitar a los nobles boyardos a su palacio- y conociendo que estos querían retar su poder- hizo que sus hombres apuñalaran y empalaran en estacas a los invitados. 
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«Es un problema de la humanidad»– Pepe Mujica, Presidente de Uruguay.
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Data desde el 2007 cuando el gobierno de Zeferino Torreblanca en Guerrero reclamaba con vehemencia que el Estado carecía de fondos para financiar el internado de los estudiantes, quienes, alertados ante la inminencia de la desaparición de la institución educativa, se movilizaron, realizaron bloqueos y manifestaciones en Chilpancingo de los Bravo, expresaron su malestar. La violencia solo engendra violencia.
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«En México estamos decididos a construir una verdadera sociedad de derechos en la que todas las personas, independientemente de su origen étnico, puedan ejercer en su vida diaria los derechos y libertades que reconoce nuestra constitución y los tratados internacionales»– Presidente Enrique Peña Nieto en discurso ante las Naciones Unidas el 22 de septiembre de 2014, según difundido en Twitter por @PresidenciaMX.
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Ayotzinapa significa, en Náhuatl, lugar de las tortugas. Se localiza en el estado mexicano de Guerrero, sede de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos para profesores de educación primaria.
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«Si el gobierno quiere seguir cerrando escuelas rurales, el pueblo tendrá la última palabra. Es la bienvenida que se da al visitante de Tixtla, el pueblo de Guerrero donde está la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa»– entrada del 12 de diciembre de 2011 en el blog Nuestra Aparente Rendición.
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«De Ferguson a Ayotzinapa, una sola lucha»– coro en la manifestación de la ciudad de Nueva York frente al Consulado de México.
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La realidad fagocita la posibilidad de la ficción. Entre 1585 y 1610, la condesa Elizabeth Báthory, perteneciente a la nobleza de Hungría, torturó y asesinó cientos de jovencitas campesinas, en cuya sangre ella solía bañarse bajo la creencia de que le devolvería la juventud. Sus fuertes afiliaciones al poder del Estado previnieron que la condesa fuese enjuiciada. El Estado- ese otro terror.
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«De acuerdo con indicadores de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México tiene el tercer porcentaje más alto de jóvenes que no estudian ni trabajan: 24.7%, entre las treinta y cuatro naciones que integran ese organismo. Suman en total 6.2 millones. Instituciones de magro actuar, como el Instituto Mexicano de la Juventud (IMJUVE), con cinismo se justifican diciendo que ese porcentaje de jóvenes está en la “informalidad”»– Miguel Ángel Adame Cerón, Casa Latino-américaine de Québec.
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El 26 de septiembre de 2014, la esposa del Presidente Municipal, María de los Ángeles Pineda, ofrecería en Iguala, Guerrero, su informe anual como Presidenta del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, evento herméticamente celado por las autoridades federales, estatales y municipales. Los estudiantes del Normal, anticipando la oportunidad, se trasladaron hasta allí para protestar contra la práctica discriminatoria en la contratación de maestros egresados de universidades urbanas, lo que margina las oportunidades de empleo para los normalistas. Sin embargo, a la llegada de los vehículos procedentes desde Ayotzinapa, las autoridades les salieron al paso y los persiguieron hasta lograr acorralarlos en una de las calles.
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«Desde el 4 de octubre han sido encontrados al menos 38 cuerpos en fosas clandestinas. La Procuraduría General de la República (PGR) considera que al menos 30 de ellos no corresponden a los normalistas»– José Roberto Cisneros Duarte, CNN México.
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Los cuerpos no son los de los normalistas. Entonces, ¿a quiénes pertenecen?
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El método siempre fue el mismo. Llevaba sus víctimas hasta los oscuros callejones de la ciudad de Londres, en donde las degollaba y desmembraba sus cuerpos, muchos de los cuales quedaban irreconocibles. Las autoridades nunca dieron con el paradero de quien simplemente denominaron como Jack el Destripador.
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Miembros de la organización Guerreros Unidos (facción residual del cartel Beltrán Leyva), ayudados miembros de la policía, asesinaron a los estudiantes y los enterraron en Pueblo Viejo, según informa el diario Reforma. Los ejecutores, en su confesión de los hechos, aluden a que Los Rojos, rivales de Guerreros Unidos, también participaron de la masacre. Los normalistas fueron quemados vivos con madera y diesel sobre una fosa.
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«[U]n estudiante se bajó de camión para solicitarle el libre transito [a las autoridades], pues no entendían el por qué del acoso. Se abrió la puerta del camión el estudiante temeroso bajo y disimuladamente vio su reloj, apuntaba las 8:00 de la noche, después de dar 5 pasos más y dirigirse a la patrulla municipal, se oyeron disparos certeros que dieron a la cabeza de estudiante. Cayó muerto al instante, sus compañeros al ver lo que sucedió y sentir las balas encima, salieron del autobús huyendo de la masacre, entre ellos el “Chilango” que salió junto con un compañero pero las balas de los cuernos de chivo eran mas veloces que su pies. A unos cuantos metros cayó al piso y sus compañeros vieron cómo lo subieron a una patrulla Municipal. En un inicio pensaron que lo llevarían a un hospital o ya lo peor detenido, pero nunca pensaron lo inimaginable»-–Proyecto Diez, Periodismo con Memoria.
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No es una imagen del día de los muertos. No es una calavera de alfeñique. Es Julio César Mondragón, normalista. Aparece con el rostro desollado.
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«En efecto, por informalidad se puede entender muchas cosas: desde los trabajos no reconocidos y superexplotados, el vagabundeo urbano, los vendedores callejeros y metronáuticos, la delincuencia y el pandillerismo, hasta la participación de los adolescentes y jóvenes en grupos de edad y de pertenencia en búsquedas de identidades, euforias, compañerismos y canalización a sus inquietudes creadoras, artísticas y/o políticas en las llamadas tribus urbanas: metaleros, punks, anarcos, progres, neomarxistas, neojipitecas, emos, hiphoperos, raperos, góticos, pokemones, reggaetoneros, cholos, raperos, eskatos, darketos, funks, rockabillys, rastas, graffiteros, capoeiros, etcétera»– Miguel Ángel Adame Cerón, Casa Latino-américaine de Québec.
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Asesinos en serie. 22 policías arrestados en Iguala el 28 de septiembre de 2014. Los culpables caen como moscas bajo el humo. 37 personas se añaden a los perpetuadores de la masacre, incluyendo al exalcalde de Iguala, José Luis Abarca, y su esposa, María de los Ángeles Pineda. Las presiones alrededor del mundo y la propia tensión política fuerzan al gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, a solicitar licencia para separarse de su cargo.
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Gilles de Rais, teniente del ejército francés que batalló en la Guerra de los Cien Años junto a Juana de Arco, se sentaba todas las tardes a besar las cabezas de los niños que violaba y luego decapitaba en honor a Satanás, a quien invocaba como protector. Cuando descubrieron sus perversiones y lo condenaron a morir de la misma manera, quiso besar su propio cráneo. Tampoco era una calavera de alfañique.
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«Ayotzinapa somos todos», René Pérez, de Calle 13, durante la interpretación de «El aguante» en  la 15ta. Premiación del Grammy Latino.
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Vivos se los llevaron. Vivos los queremos, gritan aún los padres de los muchachos. No, esto no es literatura.
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El Estado es ese otro horror.


en paz esterilizada, la cena

desabrida en Acción
de Gracias enfría
mis manos convulsas
de perderte sin fin

es indigno para un pavo
morir en vano, pienso
con el hambre perdida

y la parada de Macy’s
diferida en la tele

a tu lado, el cielo otoñal
se acuesta perezoso
como el agua de estrellas
espesa en tu rostro

en tus ojos se apaga
la tarde y la sed
te anuncia el golpe
de la luz en la ventana
a la orilla de un tiempo
acorralado entre el suero
y la quimio sin mañana

es injusto llorarte triste
si vives en vilo, pienso
en mi sombra podrida

y tú, con todo y cama, elevada:
un flotador en la parada de Macy’s

mientras dices adiós,
allí quedó entre la multitud
de espectros que celebra tu vida,
y esos que desfilaron antes


lástima que nada de esto
cabe en un poema,

mas tu recuerdo
aún transmite en vivo

The e-Inquirer, publicación del programa de MFA en Escritura Creativa de la Universidad de Texas en El Paso, acaba de publicar una colaboración mía, «the levity of firing into the dark», poema que comparto a continuación:

the levity of firing into the dark

sitting on the hood of the Jeep you stole
the moment to call the night suspended in
cigarette smoke and mescal       wasted
time of desperate bad blood cursing
the utterly dead
town we scorned with cul-de-sac blue
love of strangers looking from afar on a hill

even silence stuttered, lead
to numb the stars when you loaded
the magnificent possibility of blasting
at the unmerciful universe above us

worm of Mount Alban swam
still at the shallow bottom       Glock 19 shades
sparkled in my blurry vision

you said let’s pierce heaven
blind, strange broken rancor
enticing me to pick the handgun and shoot
the thrill out of a godless sky

glassy brown eyes burned behind
Buddy Holly glasses that didn’t help
enough to make you see through
things that simply happened like becoming
the orphan that made you my brother
in a novel i would never write

the wind trimmed your crew
cut and shaved your high cheekbones
when you first fired into the night

bullet casings dripped
as rain     i merely winced

you hoped to drill the dark
wallpaper of stars we’d never reach
out in our small lives of late night fried
rice combos     Ego rolls      underage beer
drinking      the loss of our fathers

you discharged those shots in
anger and a grim taste
agave minus one bullet

you insisted i should try
but I simply recoiled in stillness

with fear worming in my eyes
i swallowed the drunk
nothing as we made the trip downhill
past the skeletons of trees futile
as moths pureed on the windshield

you dropped me off home with the dogs
barking at the noise of my thoughts

poems milked out of impassive slumber
and the low light in my front porch

as you drove away, i missed you
didn’t fist-bump me or say goodbye

i will never forgive myself for not firing
the one last bullet you took with you




A veces la poesía hay que decirla por lo bajo, arrastrada por la página, sin sonoridades extremas. Lo menos siempre es más cuando se mira desde la posibilidad. El poeta se queda en la nominalidad de lo simple, que es difícil. Es una operación cuántica. Bajar hasta el fondo de la palabra y quedarse en un poema sin salida. Entonces, hay que volver. Una y otra vez, con el ansia del respiro siempre fresco. Y me parece que así son los poemas de Jocelyn Pimentel en su primera publicación, Veintiún regresos, galardonado con el premio Nacional de Poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
Jocelyn Pimentel es una poeta de raro vuelo. Anteriormente, ya había sido reconocida por los poemas de la Caligrafía del silencio en  el certamen del diario El Nuevo Día de Puerto Rico y un puñado de publicaciones en revistas. Su estilo se circunscribe predominantemente a poemas tamaño de bocado. Digeribles en una sentada. EnVeintiún regresos, no solo queda vaticinada la fijación de la lectura y sus incidentales repeticiones –el lector ha de volver a cada poema con detenimiento insistente- sino que alude a los “veintiún gramos” que “pierde una persona la morir/ dicen que es el peso del alma/ o el exceso de equipaje/ que supone el tenernos” (“distancias 0.1”). El número es impar, por lo que en el último regreso no hay vuelta atrás. Queda la palabra como morada de la memoria.
Si fuera jeringa, sería vivificadora.
Poemas como “adiós”, “distancia” y “vacío” –entre otros– incluso vienen calibrados como los gramajes en el costado del tubo. Son poemas que entran por la vena como un suero magnífico y melancólico, como si su dosis tratara de reponer las perdidas. Como en el poema “Ítaca”, habita una anemia pronunciada por la duda. El cuerpo famélico es un estadio transitorio hacia alguna forma de muerte emocional. “[M]ejor no hablar:/ el gesto siempre/ antecede/ a la partida”. No hay duda: un regreso infiere una partida inicial, desprendimiento originario, necesidad de regresar al nexo roto. “[C]uando regreso a ti/ piensan mis manos/ en la caricia que no supe leer,/ en la mujer que se me escapa/ al borde de esta partida”.
Este poemario, si algún día olvidara su nombre, podría llamarse partida, una cartografía del vacío y su equipaje.
Veintiún regresos es un poemario de otra manera de emigración: la partida desde un cuerpo hacia otro, sin otro cargo de conciencia que no sea fallarse a uno mismo, una maleta que pesa poco o pesa mucho. No importa. “[M]igrar/ del hombre isla/ migrar/ desde/ hacia/ hasta/ para/ por/ otra tierra/ otro mar/ otros silencios:/ en oleada de olvido/ migrar/ para alcanzarme”.  Claramente, las preposiciones marcan esa relación espacial del sujeto hablante y su objeto poético.
A pesar de la narrativa interna que hila el libro, Jocelyn Pimentel trabaja un conjunto de finos poemas que puede ser abordado por bibliomancia. Así son las cosmicidades. Cualquier página al azar es buena para comenzar la lectura, desatendiendo el ordenamiento que inicialmente otorgara la poeta. En fin. La idea no timbra en lo que dice directamente, sino en las tensiones semánticas que, en su opresión mutua, destilan el sentido de los poemas. Los adjetivos aparecen cuando se necesitan. Los adverbios se pueden contar. En su lugar, aquí se va a todas con la imagen, el límite mismo de la poesía.
De cualquier manera, tenemos un bocado de poema que nos deleita desde la intimidad resquebrajada, como si estos poemas hubiesen sido escritos desde la soledad en compañía en una habitación pequeña. “[E]sta habitación,/ ese agujero/ arrojado a las vías”. Lo que queda es apagar el fuego o encenderlo, como sugiere “adiós 0.5”. Se trata de la relación sentimental y su anverso, que es el deterioro. “[M]irar que al hogar han llegado las cenizas”, dice la hablante que une estos poemas al final de la primera sección del libro, titulada “sin manos ni sur”.
El fuego consume, pero no genera vida. Es rehacer el renacer.
El segundo movimiento del poemario, “nuestro éxodo”, es una extensión de las partidas que van poblando Veintiún regresos. Se habita y se deshabita. La carne –el conductor– queda exiliada y hueca. Un cierto sinsentido embarga la materialidad. Se queman puentes, el adiós es un ritual donde persiste la idea del “aquí y el allá”, cuya ambigüedad es maleable, como ir del presente al pasado, igual que pudiese sugerir ir del presente al futuro. “¿[Q]ueda entonces vedado el olvido?”, se plantea la hablante.  De la voz y su secuestro, queda el reducto de la melancolía.
A medida que avanza el poemario, van gotereando los versos como si se arrojaran desde el filo de la aguja, en caída libre por las figuraciones del aire. “Ítaca no cabe ya en las geografías”, dice el poema que da título a la segunda sección. Una mujer inventa su patria “y acontecen/ sus pasos/ como mapas”. En Ítaca, conocemos todos, vivía Ulises junto a Penélope y su hijo. Poblada de olivos, cipreses y laureles, Ítaca es el comienzo, la partida y el regreso en La Odisea. Pero no, no es Ítaca (como dijo el poeta Corretjer). En Ventiún regresos, el viaje de vuelta es fútil. “[H]e dejado/ de tejer tu ausencia/ en las noches” proclama “Penelope” hasta la gloriosa despedida de “Postal”: “somos / una partida/ el eterno irse// no me esperes”.
Son veintiún regresos. Veintiún gramos. Veintiún días rompiendo el frío.
Lo que se queda no es la ausencia. Lo que se queda es el poema, inyectado  fluyendo por el torrente sanguíneo alucinando que es olvido.


El vapor se difunde en el aire. Infiere translucidez.  Es una fase fantasmagórica de la materia, transita entre mundos o estados físicos de la existencia. Su imperativo molecular es el equilibrio. El vapor es el estadio intermedio hacia su condición líquida, por lo que siempre alberga la posibilidad de otra cosa- la transformación posible, la disolución en formas paralelas de existencia.
Quizás nada de esto ocupó la mente de Javier Ávila a la hora de condensar en un tomo, precisamente titulado Vapor, toda su producción poética hasta el presente.
El título casi sugiere cómo este libro debe leerse: relaciones paralelas que se relacionan a través de vasos comunicantes desde un mismo Yo poético. Es decir, estos son los mismos poemas separados por las gradaciones de sus respectivos registros. Después de todo, la palabra de vapor es un cognado y sirve bien los dos idiomas de manejo en esta antología.
Ávila no es un poeta del azar.
Reconocido desde su debut literario con Vidrios ocultos en la alfombra, la obra poética de Ávila se completa con Simetría del tiempoCriatura del olvido y el Premio Nacional de Poesía ICP, El papel del difunto. El volumen, como conjunto, cierra una etapa en la escritura de Javier Ávila, autor de la celebrada novela Different y que fuera llevada al cine en años recientes. Javier Ávila, que todavía se precia en ser considerado una de las voces jóvenes de la poesía puertorriqueña transnacional, cierra con este tomo una etapa de su carrera.
Javier Ávila es un apostador del juego. Por ello, estas traducciones no son fidedignas: son lo que me atreveré llamar aproximaciones a los originales, una búsqueda de sentido que a veces se traiciona por los mismos límites del lenguaje que correspondientemente se persigue. En el mejor de los casos, la brillantez del español se tiene que conformar con las opacas aproximaciones de las equivalencias semánticas en inglés. Otras veces, es el idioma inglés el que hace que los poemas más prosaicos en español adquieran brillante agilidad poética. Por ejemplo, en “La sangre”, en el verso “La sangre ya no quiere perder tiempo. /Se arrastra con euforia” se traduce como “Blood isn’t in the business/ of wasting time. It slithers/ euphorically”.  La sangre se desliza de un concepto ambiguo y pasivo -una personificación de la sangre que pierde el tiempo y donde nada sucede- a uno más concreto: es el “negocio” de perder el tiempo, lo que implica transferencia, comercio y, sí, ganancia, aunque también encierra pérdida. Mientras, en el verso en español la sangre simplemente repta –tantas posibilidades que vienen a la mente-, la versión en inglés utiliza el verbo “slithers”, movimiento particular de las serpientes. La labor del poeta es siempre hacer lo abstracto más palpable, más cercano. Aquí, en todo caso, triunfa la poesía.
En otras instancias, como en “Vicente en el invierno”, es el poema en español el que sale victorioso: “Agrietado, su rostro/ perdido entre las horas/ contempla las orquídeas/ que Ariana cultivaba” traduce como “His wrinkled face is lost/ amidst the hours./ He contemplates the orchids/ Ariana once planted” en “Vicente in the Winter”.  Como en una cinta de Moebius, los dos poemas mantienen simetría en el número de versos, pero, a partir del citado ejemplo, notaremos que la versión en español, que se expresa en una sola oración, ha requerido que se recomponga en dos para significar la idea aproximada de su equivalencia en inglés. Por otra parte, aunque “wrinkled” confiere la grieta del rostro, su connotación tienen menos peso que decir “agrietado”.  En la versión del poema en español, la profundidad del verso es insondable. Mas, no obstante, lo que sostiene el tránsito de un poema a otro se salva: la noción del tiempo.
Las aproximaciones de Vapor vienen a funcionar como el anverso y el reverso de una misma realidad poética, relación determinada por el alcance de la lengua objetivo, convirtiendo al conjunto de la obra en un proyecto de proporciones borgianas. Son códigos opuestos dichos desde un mismo eje existencial.
Esas son las apuestas del vaivén.
Esa indeterminación ligera, movible, es condicionada por la geografía particular del poeta, que se hace locus de sus dos lenguas literarias. En fin, Javier Ávila simplemente cohabita espacios entre los que se mueve como en un Neptanla. Es diáspora dentro de la diáspora.
Así se da la lectura del libro- uno puede leer los poemas en español, en inglés, o cruzando de uno al otro. Como una banda de Mobius, ya no se sabe cual llegó primero (aunque sabemos que fueron originalmente concebidos en español, ¿habrán sido pensados en inglés?).
Vapor es indeterminación. Flujo. Solvencia. Un intento por sostener un equilibrio, en este caso semiotizado por los lenguajes en boca del autor y los sujetos líricos que detentan la voz a través de la colección, que recoge los cuatro libros traducidos por el propio autor. como los
No debe ser casual que en las antigüedad griega, e incluso durante el Medioevo y el Renacimiento, la salud física y mental del individuo se consideraba, precisamente, en términos del equilibrio del cuerpo, el cual quedaba determinado por los cuatro humores de Hipócrates, aquellos tipificados como la sangre, la flema, la melancolía y lo colérico, y cuyo desequilibrio producía los llamados “vapores” nocivos del cuerpo, y por ende, la enfermedad del individuo. Estos poemas sangran, estos poemas lloran de tristeza, los poemas están enojados con la vida, y a veces hasta son extrañamente impasibles.
Así, Vapor, editado en una bello tomo compacto, editado por Libros AC, es la totalidad de los síntomas: los “humores” del libro gozan de una belleza enfermiza, de lucidez enfebrecida y de un patetismo alegre.
En sí misma, la poesía de Javier Ávila se caracteriza por el goce de su cinismo irremediable. Es una poesía de actitudes y posturas que avanza entre juegos de palabras y, sobre todo, descansa en los valores polisémicos plantados así, como en toda escritura, conscientemente.  Se vale el autor del uso recurrente de litotes (“No saber es lo que buscas”) y de su deliciosa ironía (“Quede bruto/ cuando me acusó/ de abuso/ intelectual”), en relaciones sintácticas antitéticas, casi quiasmáticas (“Vivo bien y no sé cómo aceptarlo/ sabiendo que no vives”). Dispone Ávila, muy particularmente, de un ingenio fáustico en sus versos, pero lo más distinguible de esta poesía es que es, en efecto, un producto de la cultura letrada, de la razón y la inteligencia escrituraria, llena de subtextos, cuya broma más perversa no es el humor ácido y sarcástico del autor, sino la pasividad agresiva con la cual el poema sutilmente violenta al lector.
Oscar Wilde decía que, en asuntos de suma importancia, lo vital latía en el estilo, no en la sinceridad. La poesía de Javier Ávila supone a veces esa postura performática en la que, en poemas como “Objeto”, “Despojo”, “Fugitivo” y “Desvanecimiento”, los poemas son formas autónomas de vida que escriben al autor, al hablante y al lector, y no lo contrario. En efecto, daría la impresión de que son los poemas los que escriben y piensan este lado de la realidad.
Entonces,  el lenguaje se evaporiza.
Toma forma del sueño humano.
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La insignificancia es la esencia de la existencia, dice el personaje de Ramón a D’Ardelo en una de las secuencias finales en La fiesta de la insignificancia, la más reciente entrega del escritor checo Milan Kundera.  Está con nosotros en todas partes y en todo momento; está presente incluso cuando no se la quiere ver, añade.  La insignificancia no refiere a lo inconsecuente. La primera confiere aceptación y humildad, mientras que la segunda deviene futilidad y necedad. La insignificancia, entonces, viene a ser la corrupción de la vanidad en los tiempos de la espectacularización de la banalidad.
Kundera acude a la facilidad del difícil decir humorístico para traernos una novela sin profundidad argumental, sin planteamientos elevados ni enrevesamientos. El humor polariza. La risa revierte el orden. Si por un lado en la novela se percibe el fantasma de la dictadura soviética que cayera en los años ochenta, es la risa el elemento redentor.
Tal vez es una invitación a encontrarnos de nuevo en una de las actividades más espontáneas del ser humano: el humor. Nada revela mejor el carácter de una persona como la risa, dijo Goethe. La risa, como la novela de Kundera, es antitotalitaria, porque es liberación. Es una fiesta de indiferencias, de lo que no es importante. Como las odas de Neruda.
Kundera recurre de vez en cuando a un absurdo surrealista light en algunas escenas, pero ninguna como la renuencia de Ramón a ver una exposición de Chagall simplemente porque se niega a hacer la cola para entrar al museo.
A veces no sabemos si reír por la seriedad de la broma.
Hay que saber reírse de uno mismo.
Como en el mundo de Rabelais, la farsa y la sabiduría se coquetean mutuamente para desentender la realidad de su noción de heterogeneidad. El imaginario rabelesiano disminuye lo grandilocuente y abarcador para reducirlo a unidades poéticas mínimas y simples. En la historia de la risa, la seriedad es trasgredida, si acaso ridiculizada. La lógica se debilita y el tono se va descolorando hasta llegar a los espectros semánticos que revierten el sentido de lo normativo.
La fiesta de la insignificancia, a través de sus cinco personajes protagonistas – Alain, Charles, Ramón, D’Ardelo y Calibán- propone un método locuaz para tiempos de desafecto: respirar la insignificancia que nos rodea nos hace sabios, porque es la clave del buen humor. Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella, dice Ramón.  En fin, Kundera ha escogido el género novelesco para adentrarse en profundos cuestionamientos filosóficos sobre el lugar de los seres humanos en el presente momento histórico.
La estrategia no es nueva para Kundera.  Como Camus y Sartre antes que él, el género de la novela propone un mundo que deja al descubierto, por la función de sus propios medios y por su propensión hacia el ordenamiento y la lógica, diversos aspectos de la existencia humana.
Como producto de la modernidad, la novela lleva la piel del tiempo.

Y, en efecto, narrar es desplazarse en el tiempo y a través del espacio por medio del lenguaje. En su tarea, el género se plantea interrogantes e intenta abordar alguna que otra respuesta. Por eso, Milan Kundera escribe novelas como una forma de actuar en el mundo.
Plantearse cuestionamientos filosóficos desde la cotidianidad parece ser el fuerte de esta novela episódica, breve y delectable, escrita para leerse con la misma liviandad existencial que Kundera abraza en trabajos anteriores. Así, Alain, por ejemplo, inicia sus disquisiciones sobre el ombligo femenino y casi lo convierte en una sinécdoque del erotismo femenino. Precisamente, la primera vez que se sintió atraído por el misterio del ombligo fue cuando vio a su madre por última vez (la oración hace de título del capítulo en el cual narra ese primer encuentro, lo que le hace considerar el origen de la primera mujer, el primer parto, el primer dolor de Eva, que por haber sido creada, no posee ombligo. Casi con retórica filosófica, y partiendo de la erotización del ombligo, Alain procede  a considerar los pliegues de su minucia: Madeleine, su madre, había querido terminar el embarazo, para lo cual había recurrido al suicidio arrojándose a un río (el regreso al útero). Un joven que atestigua el intento de suicidio la socorre e intenta salvarla, pero Madeleine termina por ahogar a su rescatador. La sensación de ser un hijo indeseado es irreparable.
El tema de la madre se ata a la historia de Charles, quien posee una empresa de catering e imagina una obra de teatro para marionetas, trabajo que nunca escribirá y en el que aparecería un ángel en el acto de cierre. Es una broma, dice Charles, quien también es detentor de un anecdotario sobre la vida de Stalin. Un chiste extendido que sirve para redimirse del inevitable dolor de perder a su propia madre, que se encuentra en patente agonía. Es así que a través de Charles encontramos planteamientos teogónicos sobre el papel de Dios y los ángeles en la confección de mitos que, a fin de cuentas, solo sirven para mediar la insignificancia de nuestra existencia. Los ángeles tampoco traen ombligo porque carecen de sexo.
D’Ardelo, por su parte, es un alma libre y mujeriego que se reconoce por sus bromas moralistas, optimistas, correctas, enrevesadas de cierta elegancia y complejidad que provoca reacciones inmediatas. Y de pronto ha decidido mentir a sus amigos y les informa que le ha sido diagnosticado un padecimiento de cáncer. Y, curiosamente, al pensar en el sinsentido de la mentira, D’Ardelo el impulso de la risa se apoderaba de él.
Eso. Solo risa.
Nada de explicaciones lógicas.
La risa es obliterar el pasado cruel. Cancela la memoria dolorosa. Ya antes, en El libro de la risa y el olvido (1978), Kundera apuntaba a la risa como placebo para las utopías perdidas, de la misma manera que en La broma (1967) ensayaba a plenitud el cinismo nihilista que se cuela en La fiesta de la indiferencia. En todo caso, Kundera termina por aludir a cierto grado de amnesia como metáfora de la discontinuidad con el pasado. El punto es evidente en las bromas de Charles sobre Stalin, que ya no provocaban nada de risa porque eso es fue la dictadura de Stalin: anulación y desplazamiento de la risa.
Finalmente, se añade el personaje de Calibán –mote sustraído de La tempestad, la obra de Shakespeare- se ha inventado su propio lenguaje, puesto que ya no es posible subvertir el mundo ni tampoco restituirlo. Sencillamente, el único camino era no tomarlo en serio, todo para proclamar que “la vida es más fuerte que la muerte, porque la vida se alimenta de la muerte!”. La risa es el elemento integral de regeneración.
La fiesta de la insignificancia es una novela que se escribe desde la composición de campo- se parte de ideas y caracterizaciones, si bien carece de la tierna complejidad de otras novelas de Kundera como La insoportable levedad del ser o de La inmortalidad, se nos plantea magistralmente ágil, con capítulos que se encabalgados unos en otros aunque carecen de relación causal en su movimiento narrativo. El reducto es una novela que no se lee como novela y donde la memoria es más un recinto de tristezas y soledades que han de ser apaciguadas con humor, sexo y alcohol.
Y hay más:
Kundera utiliza con eficacia todos los secretos que guarda en su escritura y empuja el género novelesco hacia sus límites. En el esfuerzo, nos trae a consideración la vigencia de la novela, o su relativa disolución.
¿No ha explotado ya todas sus posibilidades, todos sus  conocimientos y todas sus formas?, se pregunta el autor en El arte de la novela.
La respuesta ya es obvia.

El artículo original lo leen aquí: 


En celebración del equinoccio de otoño, y a partir de hoy, 20 de septiembre de 2014, estará mi primer libro de relatos, Septiembre, disponible de manera gratuita hasta el 23 de septiembre, que es "El día que llovió dinero en Adjuntas". En el libro, claro está.

Pulse aquí para leerlo en iBooks.
Pulse aquí para leerlo en Kindle.

Sobre el libro, Eugene Mohr, fenecido crítico literario, dijo entonces:

«Las 13 historias en la colección quedan unificadas por temas comunes, por la voz narrativa de un niño entre sus primeros años de escuela primaria y la graduación de escuela secundaria, y por Adjuntas, en donde las historias se desarrollan o hacia dónde apuntan. El Adjuntas* de La Torre Lagares no es simplemente un pueblo pequeño. Es un lugar de niebla y lluvia y noches frías, un lugar aislado por las montañas que lo separan del resto del mundo de vacías, pero encantadoras, promesas.

Septiembre tiene varias significaciones en las historias. Un número de adjunteños participó en la revuelta del Grito de Lares el 23 de septiembre. El clima es, entonces, cambiante, puesto que septiembre marca el paso del verano al otoño, de la juventud a la madurez. "Septiembre" es un hermoso y conmovedor testimonio de un hombre que hace las paces con su juventud marcada por comedia, visión, esperanza, pasión y dolor que nunca podrá ser exorcizado».

Septiembre fue publicado en el 2000 por Editorial Cultural y recibió premio del Pen Club de Puerto Rico ese año.



Este artículo habla sobre el trasero de Jennifer López y se publicó en El Nuevo Día el 9 de abril de 2000. Sin embargo, como ocurre con ciertos cuerpos celestiales de nuestra galaxia, su temática reincide en la cotidianidad de nuestra cultura popular. Luego de ver su presentación en  los Fashion Rocks Awards, no tuve más opción que desempolvar el escrito. Tal vez, de aquí a otros 14 años no tenga que volver a remezclarlo. Pero, ese es el asunto con los mitos. 


De su cuerpo de continente resaltan los dos portentosos tambores africanos que carga por trasero, y que han hecho del tener glúteos abultados, más que una moda, una característica distintiva de la sensualidad femenina, y yo, como muchos otros y otras, me deleito en su feminidad. Y hay quien diga que no, que eso es sexista, que eso es explotación de la mujer, pero a mí, en este momento, me importa un bledo, porque yo creo que detrás de de Jennifer López, además de sus nalgas, se ordena el inevitable cenit eterno de la evolución de la raza. 

Big, big booty. What you got? A big booty.

Bueno, tal vez ande filosofando sobre un par de nalgas, pero nos cualesquiera nalgas: se trata de las nalgas de Jennifer López, cotizadas entre las más famosas y selectas del mundo.

Kim Kar...who?

Y yo las miro, y mis amigos las miran, y tú las miras y nosotros las miramos y hasta parecemos niños de campo en cumpleaños de pueblo. Es nuestra naturaleza. De hecho, un estudio reciente revela que, de todas las partes del cuerpo humano, lo más que miramos -hombres y mujeres, ¿eh?- son las nalgas.  
Ya alguien había dicho que no se le puede dar la espalda a nadie. 

Big, big booty. What you got? A big booty.

De los entrevistados, unos dijeron que lo primero que miraban eran los ojos; otros aseveraron que el rostro, pero todos concordaron en que, en momento determinado, también miraban las nalgas. 100% de los hombres entre 44 y 54 años dijeron que miraban las nalgas de las mujeres. En general, entre los entrevistados de todas las edades, el echarle una miradita a las sentaderas siempre obtuvo sobre el 57%. ¿Conclusión? Nadie nunca pasa las nalgas por alto, tengan éstas apariencia de peras, manzanas o pollos entecos. 

Y somos tan ingratos que pensamos que las nalgas son sólo para sentarse, lo que provoca pensar en todos esos poemas que han cruzado mis ojos y mi mente- tantos poemas que han vagado por mis libretas de apuntes, y ninguno- ni uno sólo ha tenido el honor de ser dedicado a ese par de fieles compañeras que van con nosotros a todas partes. Se han escrito poemas dedicados a los ojos, a los labios, a la boca, a las manos, a la espalda, al cabello, pero nadie ha escrito a las nalgas; odas a las narices, a las cebollas, a los jarrones, pero ninguna dedicada a esos dos santos hemisferios glúteos. 

Buns of steel, anuncia la promoción de un conocido programa de ejercicios para fortalecer esa parte de la anatomía. 

El punto es que a todos nos gustan, pero, ¿qué diría usted si alguien le dice “Me gustan tus nalgas” con la misma naturalidad que le dicen “Me gusta el color de tu pelo”? Dios nos libre de abocetar semejantes piropos, aunque la verdad es que para cuando le elogian el cabello, a uno ya le han calculado el trasero desde diversos ángulos. Ah, pero piedad, Señor, piedad. Verificar la tablilla ajena es puro comportamiento natural humano. 

El argumento, mi hipócrita lector -mon semblable, mon frère!- es científico.

El eminente investigador puertorriqueño Juan A. Rivero, profesor distinguido de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, dice en su libro Las llamadas del sexo que las nalgas cumplen una función biológica en la preservación de las especies. A algunos animales se les infla en pecho, a otros les cambia de color, pero en los humanos, que estamos capacitados para tener sexo en cualquier época del año, las llamadas sexuales visuales son de otra índole. 

Según Rivero, las nalgas son atractivas porque, cuando la especie humana se tornó bípeda, los músculos glúteos tuvieron que agrandarse y fortalecerse para lograr que la pelvis y el tronco se mantuviesen alineados con la cabeza del fémur y permitir la posicíon erguida del cuerpo. Como antes el hombre tenía sexo como los animales, y ahora… ahora, pues, la situación no viene al caso, pero sí le digo que como las mujeres tienen el cuerpo más arqueado que el hombre, la evolución hizo el cambio más conspicuo en ellas. 

She got the boom, shake the room/ that's the lightning and the thunder.


Así, la función de las nalgas en la mujer trasciende el aspecto mecánico y asume, ante la escasez de otros medios visuales, un interés erótico que despierta el viejo instinto animal. 

Los hombres podremos estar dispuestos al eterno “¡sí!”, así, con cortejado por signos de exclamación and all that jazz; pero es exclusivamente femenino el clavarnos un “no” en medio del pecho, como una estaca de hielo. Eso es lo que yo llamo poder. Las mujeres deben saber utilizar muy bien el suyo.

Shake your bon-bon o “mueve tu cucu”. 

Ya sea vistiendo mini faldas o hot pants, bailando macarena o perreando, el deseo por resaltar el trasero es un definitivo llamado al sexo —un retroceso al instinto primario— una vuelta al génesis, o el cierre de un círculo, que a su vez es un reclamo legítimo de la desemejanza biológica (biológica, puramente biológica) entre los hombres y las mujeres— esas diferencias que nos hacen como aire y fuego. Créame que el único propósito de utilizar zapatos de tacón alto, moda que data desde el siglo XVII, es resaltar las nalgas y exaltar la sensualidad de los relieves y contornos del cuerpo femenino. 

Las nalgas son esa parte de nuestra anatomía que habla en silencio.

Bueno, cada quien, a su manera, entenderá el lenguaje en que le hablen y lo que le digan, porque hay nalgas y hay nalgas, pero, ¿alguna vez le han dado un saludo de pelotero? Me refiero a ese ritual cada vez que un jugador llega a primera base y el coach le da sus palmaditas de cariño. Seguro que sí, aunque usted jamás haya jugado béisbol, lo disfruta. Es algo especial. Digo, no a todo el que va errabundo por los senderos de Dios le permitimos que nos toque las pompis. Las nalgadas en el béisbol tienen la apacibilidad de un beso en cada mejilla. Pero no por ello vamos agarrándanos de nalgas. Inconcebible. Y es que las nalgas, sabemos bien, son más de lo que aparentan ser.
Mi planteamiento trata de algo más que una mera fijación con un par de sentaderas sin las cuales nuestra cuerpo se vería impedido de caminar y que son nuestras mejores aliadas a la hora soportar una vacuna. Las nalgas, insisto, son poder: el poder de la seducción, un arte que es más instintivo y efectivo en las mujeres que en los hombres, lo que lo convierte en un arma importante para las féminas, porque ese arte atraviesa el deseo y el goce y va más allá de lo sexual o de lo productivo. Los hombres, como espectadores, estamos vinculados al aspecto productivo y concreto del acto sexual, pero la seducción femenina, en cambio, está arraigada al universo de lo simbólico—a lo sugestivo—a lo insinuado; viaja en lo intangible— en la fantasía y la imaginación. Se destila entre rituales lúdicos. Constructo o no, es así.

Me gusta la manera en que Jennifer López evoca todo esto y me recuerda que, sin una mujer, no hay nada completo, porque no hay vida; que sin ticket, no hay laundry; que la rosa trae espinas y que no hay fuego sin aire. Me gusta creer que una mujer puede ser tan suave como un susurro y tan fuerte como un desprecio. Me gusta entender porque si los hombres inician el juego, las mujeres cantan las jugadas. 

Si las nalgas, como dice el profesor Rivero, son un llamado visual al sexo, y, por consiguiente, a la procreación de la especie, entonces Jennifer López es más que un nuevo canón de estética en el mundo, o el rompimiento con el prototipo de mujer bulímica, la fabricación estentórea de un ideal de belleza que sublima el deseo en muerte como bien de consumo.

I wanna take that big 'ol booty shopping at the mall...

JLo, en fin, es el arquetipo del llamado a la unión de las almas y cuerpos de todos los que llevamos sangre latina— la evolución de la Raza— la preservación de todo lo que es hispano, y sobre todo, de la identidad puertorriqueña. 


Bueno, no se lo tiene que tragar. Yo tampoco me creo la mitad de lo que dije. Solo buscaba una excusa para mirar el video, desempolvar mi escrito y celebrar a JLo.

El juego es mirar. 

Big, big booty. What you got? A big booty.



Nosotros, escritores y escritoras del país expresamos nuestra indignación y repudio ante la violencia contra la mujer en Puerto Rico, consternados particularmente por la rebaja de cargos en el veredicto del juicio al asesino de Ivonne Negrón Cintrón. Como escritores y escritoras, no estaríamos haciendo uso útil de la palabra en su razón más básica si no nos expresamos ante este caso. 

En una argumentación que promueve la desvalorización y menosprecio a la vida de las mujeres, la defensa en este caso propuso como razonable la idea, tantas veces perpetuada, de que un hombre se “ciegue” ante la negativa de una mujer de darle sexo. Un jurado encontró razonable el planteamiento de que un hombre “ciego” apuñalase 26 veces a una mujer y la cortara en trozos luego de matarla. No vio premeditación, justificó al hombre. Si perpetuamos este mensaje como aceptable y correcto, tenemos un pueblo en peligro. 

El mensaje implícito de que los hombres pueden “apasionarse” ante la negativa de las mujeres a acceder a sus avances sexuales, o cualquier avance, es un mensaje licencioso a la continuidad de la violencia que impera en la Isla en contra de la mujer. Cada vez que asentimos al mensaje de que los excesos de “amor o pasión” llevan a un hombre a asesinar, apuñalar, disparar, violar o golpear a la mujer dejamos indefensas a nuestras madres, hermanas, hijas y amigas que caminan junto a nosotros día a día. 

Tenemos una gran responsabilidad de indignarnos y manifestarnos. Tenemos la obligación de reeducarnos. Debemos establecer claramente que el amor y la pasión no han estado nunca ni estarán relacionados con ningún acto violencia. Tenemos urgencia de incluir en la educación la valoración de la vida de nuestros hombres y mujeres por igual. Exigimos que se incluya la educación con perspectiva de género en nuestras escuelas. 

Ante los hechos, exigimos educación urgente al país. Este comunicado es un repudio a la violencia a la mujer, pero no resulta una defensa a la mujer solamente sino una defensa a nuestra sociedad puertorriqueña y una defensa a la humanidad. 
Firman este comunicado: 1. Marlyn Cruz-Centeno 2. Anuchka Ramos Ruiz 3. Miranda Merced 4. Alexis Pedraza 5. Alejandro Álvarez Nieves 6. Alexandra Pagán 7. Amárilis Pagán Jiménez 8. Ana María Fuster Lavín 9. Andrés O’neill Jr. 10. Ángel Isian 11. Ángel L. Matos 12. Ángel M. Agosto 13. Angelo Negrón 14. Arnaldo A. Alicea Vega 15. Bárbara González Camacho 16. Benito (Benny) Massó 17. Camille Harris 18. Carlos Vázquez Cruz 19. Carmen Marín 20. Christian Manuel Marrero 21. Cindy Jiménez Vera 22. Damaris Suarez Lugo 23. David Caleb Acevedo 24. Dr. Ricardo Rodríguez Santos 25. Eduardo Brobén 26. Edwin Figueroa Acevedo 27. Elidio La Torre Lagares 28. Emilio del Carril 29. H Roberto Llanos 30. Héctor Morales Rosado 31. Héctor Rincón Zanuit 32. Iris Alejandra Maldonado 33. Iris Miranda 34. Isabel Batteria 35. Jesús Manuel Santiago 36. Jorge Eugene López-Rivera 37. José E. Muratti-Toro 38. José Ernesto Delgado 39. José H. Cáez Romero 40. José Manuel Solá Gómez 41. José Rafael Solís 42. Juan Félix Algarín 43. Karina Gómez 44. Kisha A. Ayala-Álvarez 45. Luis Francisco Cintrón Morales 46. Luis Negrón 47. Lynette Mabel Pérez 48. Magaly Quiñones 49. Mairym Cruz Bernal 50. Manolo Coss 51. Mara Clemente 52. Marta Emmanueli 53. Mary Ely Marrero-Pérez 54. Max Chárriez, Editorial La Tuerca 55. Mayda Colón 56. Melany Minnete Rivera 57. Miriam Montes Mock 58. Moisés Agosto Rosario 59. Nancy Debs 60. Natalia Ortiz-Cotto 61. Peter M. Shepard Rivas 62. Profesora Nina Torres Vidal 63. Roberto Ramos Perea, dramaturgo 64. Ruben Rolando Solla 65. Rubis Marilia Camacho 66. Sandra Santana 67. Tina Casanova 68. Walberto Vázquez 69. Wenceslao Serra Deliz 70. Xavier Valcárcel 71. Yara Liceaga 72. Yolanda Arroyo Pizarro 73. Yvonne Dennis 74. Zayra Taranto 75. Zulma Oliveras Vega 76. Zulma Quiñones
77. Yolanda Izquierdo
78. Alexandra Román


Al inicio de Robar en American Apparel (Melville House, 2009), de Tao Lin, Sam se levanta a mediados de tarde y lo primero que hace es corroborar su correspondencia electrónica. Es su primer impulso, que pronto es secuestrado por un sentido de frustración al ver que Sheila no le había escrito. Es un Eros atrofiado que se interrumpe. Así que simplemente mira la pantalla de su ordenador como “El tonto en la colina”, la canción de los Beatles. Se ducha. Se viste. Hay un sentido de higiene y pudor que pulsa en su condición de escritor solitario de culto, que coacciona simplemente para sentarse frente a la computadora. Abre el archivo que contiene sus poemas, pero ni los lee. Simplemente desvía su atención hacia el correo electrónico nuevamente. En poco tiempo, oscurece en la ciudad.

Y así transcurre la vida de Sam, un escritor que no escribe, trabaja en un café vegetariano y roba baterías (pilas) que luego vende en Ebay. Su vida entera es una abstracción que solo cobra sentido tanto se mediatiza por las redes sociales, chats, correos electrónicos. Es un sujeto colonizado por la cultura de masas, los estilos de vidas prescritos y las grandes marcas de bienes de consumo. No tiene vida anímica alguna y su mejor rostro posee la insipiencia de la neutralidad. En la plena inmediatez del tedio, ejecuta cincuenta saltos de calistenia que lo dejan exhausto. “Por Dios, me sentía jodido acostado”, le confiesa por chat a su amigo Luis. “Necesitaba dormirme”.

El deseo se separa de su dispositivo colectivo, diría Gilles Lipovetsky. Se atemperan las entusiasmos. El sistema induce al “descanso”.

Esa recurrente evasión de la realidad va informando la peculiar novela que Tao Lin monta como si se tratara de una instalación. Escrita con desnudez retórica y sinsentido cotidiano, es un trabajo narrativo compacto, con la tensión de un sábado por la noche en Times Square y, a la vez, tan relajado como la neo-bohemia postindustrial de los manhattaneers. Los personajes de Robar en American Apparel tienen conciencia ecológica, sus conversaciones frecuentemente se remiten a un epicureísmo vegetariano, y nunca aparentan cobrar conciencia del tiempo más allá de la inmediatez. Es decir, es una novela de la manufacturación de la memoria en modo verbal presente.

Si Hemingway adoraba los sustantivos, porque lo acercaban a una realidad material que deseaba apropiar, Lin los alterna con el uso exhaustivo de pronombres indefinidos. La ambigüedad es un eco de sí misma: frecuentemente, los verbos asumen dos objetos: “¿Acaso somos bohemios o algo? “ o “Crees que debemos suicidarnos o comenzar a llorar o golpearnos los testículos”, por ejemplo. La ambivalencia en la vida de estos jóvenes es patética, enfermiza. “Qué nos sucede”, se pregunta Sam. “Creo que nos estamos volviendo locos”, le corresponde Luis.

Nótese que en el caso de las oraciones interrogativas, los signos que las señalan quedan ausentes. Son preguntas formuladas de manera enunciativa.

No hay nada que preguntarse. La incertidumbre es expresada como certeza.

Así queda propuesto cierto narcisismo seudointelectual en el cual los personajes asumen que lo saben todo cuando en realidad sus conversaciones apuntan a la propia insuficiencia del lenguaje hablado para sostener una conversación coherente, por lo que se dedican a llenar el aire de sinsentidos. La dialéctica se expresa de manera ilógica, imperfecta; a veces, casi como una mayéutica absurda y sin síntesis, donde lo que aparentemente importa es sofocar la incomodidad del silencio.

De pronto, la vida es Beckett y esperar a Godot en MySpace.

O robar en American Apparel.

Por tanto, estamos ante un tratado sobre el lenguaje y su insuficiencia en el mundo material.

En un momento de la novela, Sam y Sheila acuerdan –por correo electrónico- asistir al Film Forum para ver juntos un documental. “En el vestíbulo del teatro, no se hablaron”, nos dice el narrador en tercera persona que compone la historia para nosotros –en primera persona, Sam seguramente no hubiese tenido nada qué decir, a pesar de que se dice escritor-. Al final, intercambian comentarios y cada cual parte para su destino. Es lo más cercano a un momento de intimidad entre los dos personajes.

No hay parergon.

Los mejores diálogos –los más “elocuentes”, si se quiere– son impersonales, meras conversaciones cibernéticas donde advertimos la conciencia del lenguaje: carece de palabras acortadas o abreviadas como usualmente sucede en la taquigrafía mediática. Esto nos advierte que los personajes manufacturan la noción de memoria presente en constancia con un lenguaje, que si bien es limitado, suelen utilizarlo con propiedad. Por ello, no es casualidad que Sam y Paula busquen diversión en un partido de Scrabble, un juego cuya finalidad es construir palabras.

Precisamente, mientras juegan Scrabble –incitados por un documental que ven en la tele acerca del popular juego de mesa- , Sam y Paula llegan al contacto físico. Mientras Sam piensa todavía en crear palabras para continuar el juego –“Voraz”, le viene a la mente–, Paula le facilita un condón. El acto causa perplejidad en Sam, quien rechaza el ofrecimiento. “¿Qué debo hacer entonces?”, pregunta Paula. “Nada”, es la respuesta. Y proceden a quedarse dormidos.

La incapacidad de sentir y amar, si tan solo por el goce físico, queda cancelada. Los signos de interrogación –qué aquí sí aparecen transcritos en el texto- no nos indican la pregunta, sino que apuntan a la verdadera preocupación de la novela: estos jóvenes de veinte y tanto se encuentran perdidos en maravillas sin brillo.

Son, a fin de cuentas, los hijos abandonados por los personajes de las novelas de Douglas Coupland. El vacío, sin embargo, es el mismo. 

La novela de Tao Lin valida esa conmoción del individuo contemporáneo en la sociedad de consumo masificado, de la que habla Lipovetsky, como plena emergencia de un modo único de socialización y de individualización, de un modo nunca antes se había visto en la historia de la humanidad. La imposibilidad de contacto sexual, y la preferencia hacia las prácticas autoeróticas de Sam también subrayan el concepto del sujeto narcisista, cuyo individualismo social se desliza hacia una zona sin anclajes ni compromisos, donde todo es desapego emocional en la contingencia.

Así, llegamos a la visita de Sam a la tienda American Apparel, la compañía de ropa y lencería con matriz en Los Ángeles y que precia en sus autoproclamadas prácticas filantrópicas, filosofía ambientalistas y activismo político. También se jacta de buen trato a sus empleados. Sam, sin razón aparente, roba una pieza de la tienda por la que es apresado. “Ve y roba en otra corporación de mierda”, le dice el agente de seguridad que detiene a Sam; “[t]enemos condiciones laborales justas”. Pero robar se convertirá en un impulso que deviene en satisfacción, sobre todo si se trata de prendas de vestir hipster en espacios reapropiados y gentrificados. La subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas quedan pulverizadas, diría Lipovetsky. Tras una serie de visitas a celdas en estaciones policiales, que parecen no calar en Sam, lo inevitable es la indiferencia.

El vacío del sentido, no obstante, no conduce a un pesimismo superlativo, mucho menos a un grado cero del absurdo. Si a algo lleva, es a prescindir de Dios –o de la espiritualidad a plazos, aunque sea caduca.

El desapego es paulatino; el descompromiso, vehemente.

“Mi teléfono celular está casi sin pilas”, dice Sam al final.

Y esa es la tragedia.


(La historia la pueden acceder en la más reciente entrega de la revista de creación Nagari.) 
Foto:  HTMLgiant 


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