Sobre John Cage, 4'33" y el silencio

Foto: Akihito Takuma; Painting, "Lines of Flight


La composición musical más conocida de John Cage es una pieza de cuatro minutos y treinta y tres segundos de puro silencio, aptamente titulada 4’33”. La pieza, en compás de ¾ y en clave de Fa, se dispone en tres movimientos que contemplan la ejecución solitaria de cualquier instrumento o, si se prefiere, hasta una orquesta sinfónica. Su duración es de 270 segundos silenciosos. Si las palabras y la música son sonidos dispersos en el tiempo, 4’33” es desprender el tiempo del espacio.

En nuestra existencia construida y predispuesta a priori por el lenguaje –presencia de sonidos-, el silencio es una experiencia frecuentemente incomprendida.

Y aún así, una pregunta satura la inmediatez con la afonía de las dudas: ¿guarda el silencio un lenguaje propio? ¿O se trata de que el silencio es una mera reverberación de lo pensado pero no dicho?

En sí mismo, el silencio puede manifestar tanto lo dicho como lo por decir. Pero sobre todo, el silencio también habla por lo indecible. Lo metaforiza. Lo canaliza hacia otros modos de aprehensión del entendimiento. El silencio es lo que queda al otro lado de la frontera de las palabras que, en su limitación más tenaz, solo pueden mediar la realidad, nunca nombrarla enteramente. El silencio es música, sonido articulado con expresividad. 4’33” es música y poema.

En una entrevista que el compositor ofreciera en 1991, Cage dejó establecido que nuestra concepción cultural generalmente separaba los conceptos de “música” y “sonido”, tal vez a la manera en que Truman Capote separó “escritura” y “mecanografía” en su comentario sobre el trabajo de Jack Kerouac (“That’s not writing; that’s typing”). La música es el sentido, mientras que el sonido es percibido como una degradación de lo afable y melodioso, o una propiedad inferior de lo sonoro. La música siempre es sonido, pero lo opuesto no siempre se da por cierto.

El silencio a veces ensordece con el sigilo del aire.

Antes de inventarse el lenguaje, el mundo ya estaba poblado de sonidos en su forma natural, que es el ruido. Pero en tanto lenguaje, el silencio es su principio inamovible. Una de las figuras retóricas más primitivas todavía en existencia en la poesía es la onomatopeya: la representación lingüística de sonidos creada para significarlos. Y, sin embargo, el silencio, la ausencia de palabras, es lo que nos aplaza en ciertos momentos donde las palabras no bastan. Es muy frecuente que nos encontremos ante una situación que nos deja mudos, o “sin palabras”.

En su vínculo con la poesía, la filosofía es una práctica arqueológica que tiene por objeto entender las palabras y los sentidos que expresan. Kant hablaba (como el Alberto Caeiro de Pessoa) de la realidad que se podía “ver”, pero que no se podía asir, y, por tanto, no se podía conocer, puesto que no poseíamos la herramienta apropiada para hacerlo. El lenguaje es solo mediación, metáfora –nunca el objeto en sí. Esa parte de la realidad (el nóumeno, lo llamaba) no podía ser conocida nunca. Las palabras, en efecto, faltaban. Es entonces, en pleno silencio, donde la plenitud filosófica reside: entender sin palabras.

El silencio dice.

Y a veces, sencillamente, es un espejo.

En «La reticencia de Lady Anne», un cuento magistral de Saki (Héctor Munro), el personaje principal, Egbert, luego de una discusión con su esposa durante el almuerzo, regresa a la sala donde Lady Anne reposa tensa y tiesa sobre una butaca. Cuando el marido toma los primeros pasos hacia la reconciliación, la mujer se mantiene “atrincherada en el silencio”.

El silencio es refugio. El que calla, otorga; el que calla, también habla.

Egbert continua con sus intenciones de tender cordialidades reparadoras de la distancia, pero Lady Anne “persistía en el silencio”. El marido formula preguntas para las cuales no obtiene otra respuesta que la interpretación que él mismo hace del silencio de su esposa. Por ejemplo, cuando, con buen humor, le pregunta: «¿No crees que nos estamos comportando como un par de tontos?», el narrador recalca en la inexpresividad de la esposa. «Si lady Anne pensaba igual, no lo expresó», nos dice. Es entonces que tanta ausencia de palabras lleva a que Egbert admita: «Supongo que yo en parte he tenido la culpa», su buen humor evaporándose.

Egbert se humilla (en el sentido de abrazar la humildad) ante su mujer, solo para descubrir que, tras el virtual monólogo en que ha caído, Lady Anne enfriaba dos horas de muerta. En el silencio, a veces escuchamos nuestra propia conciencia.

El silencio –lo que se rehúsa a decir- es menos un espacio constrictivo del discurso. El silencio nombra. Menos que el límite del lenguaje, es una amplificación del sentido de lo que se ha dicho.

Como el silencio extendido de 4’33”, que es solo evocación, porque es impuesto, pues se trata de una secuencia de silencios a intervalos que requieren ser apuntados dentro de un sistema de notación musical, que es un lenguaje en sí mismo. En la pieza de John Cage, compuesta en 1952, el silencio posa como un performance: una metáfora de cuanto queremos y podemos decir y de algún modo suprimimos.

Y así es que uno es dueño de lo que dice, pero esclavo de que calla, como decía mi abuela.

Como toda el discrimen, la injusticia, la marginación y la desigualdad que nos tragamos por miedo a denunciarlas. Como todas las mentiras que nos bebemos como hechos por no quedarnos solos al desnudarlas. Como la violenta asfixia de la voz acallada.

[Publicado originalmente en Nagari




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