Maraca: la poesía de Víctor Hernández Cruz



La maraca es, por definición, un idiófono, instrumento cuyo cuerpo es una caja de música natural y cuyo sonido se produce por vibración del mismo cuerpo. Los sonidos se generan entrechocando sus partes, por punteo, por frotamiento o por percusión. Aunque con diversidad de nombres, la maraca ha sido utilizada, milenariamente, por brujos y hechiceros en todas las tribus del mundo como una manera de exorcizar los malos espíritus. Su sonido, si se reproduce de manera constante y sostenida, es capaz de arrebujar a quien le escucha. La maraca, por medio de quien las manipula, tienen que sonar con la precisión de un metrónomo, como si el mero hecho de tenerlas en la mano confiriera al usuario la responsabilidad de determinar el tiempo. Y todo eso es Maraca, la antología personal de Víctor Hernández Cruz: lenguaje como rito sagrado que se desplaza, con su capacidad sonora, en el tiempo.

Un exorcismo, una celebración de la vida, una aserción de la identidad hispanoamericana.

Maraca recopila treinta y cinco años de poesía que resuenan como las semillas dentro de la maraca. Prevalece la constante, cual gen inevitable, de la musicalidad rítmica del poema, distintivo de la sangre afro-antillana.

La imagen de la maraca es recurrente y poderosa a través de todo el libro, que va desde los primeros poemas de Hernández Cruz, publicados en 1966, hasta la gesta más reciente, a la entrada del Tercer Milenio. La maraca funciona a través del libro como aserción de la identidad y como elemento de resistencia dentro de la cultura de la metrópolis. En la transposición de la experiencia del poeta a la urbe neoyorquina, el sentido de pertenencia resuena en el sentido musical: “Marimba tango samba/ Danza Mambo bolero/… Areyto/ Maraca güiro and drum / Quicharo maraca y tambor/ Who we are/ Printed in rythm and song”. En la Babel de Hierro, la polifonía citadina reverbera como un zumbido o ruido blanco, un bisbiseo que asemeja al sonido de las maracas.

El arma principal de Víctor Hernández Cruz es el doble espacio suscitado por un lenguaje compuesto por dos lenguas que suelen antagonizar la una con la otra: el inglés y el español. El resultado es un “sandwich of language”, como lo llama el propio Hernández Cruz, el spanglish ambivalente que lo ratifica como un sujeto híbrido.

Frances Aparicio, estudiosa de la literatura latina en los Estados Unidos, ha dicho que “La vida es un Spanglish disparatero”. Sin embargo, en la poesía de Hernández Cruz ocurren desarticulaciones plurivalentes donde lo importante no es el uso del inglés o del español, sino la función poética de las signos, en tanto el poeta niuyorican entra a un discurso que le es foráneo, lo interviene (a la vez que es intervenido), lo reta, lo transforma y le amolda en un nuevo sentido.

Resistir no es rechazar, sino irrumpir en la escena colonial y enfatizar las fricciones culturales, ha dicho Selwyn Cudjoe. Así, Víctor Hernández Cruz manifiesta el encuentro de su lengua materna con el idioma sajón en el poema “Snaps of Immigration”: “At first English was nothing / but sound / Like trumpets doing yakity yak / As we found meaning for the words / We noticed that many times the / Letters deceived the sound / What could we do / It was the language of a foreign land”. En “Matterative”, el poeta natural de Aguas Buenas elabora: “Within English/ you don’t know how something looks like till you see it —Spanish / is specific to the rhythm of the sound —what you follow is that / timing for accuracy of letters— /The Sound of one language / given to the other is visual-audio translation…”

Razón tendría Cudjoe al afirmar que, en la literatura, las palabras deben ser como balas. El juego de tensiones lingüísticas representa depende de deseo de destruir la morfología y la sintaxis de los dos idiomas vehículos para transformar la realidad inmediata. Lucha de guerrillas, llama Víctor Hernández Cruz a esas invasiones semánticas donde él injerta el español en el inglés. Frances Aparicio considera que esta irrupción léxica es como un conjuro que constantemente enraíza al poeta con su identidad cultural. El resultado es una propuesta idiomática que vive y cobra identidad poética. Para un puertorriqueño emigrante en los Estados Unidos, el lenguaje se convierte en ese nuevo territorio creado como producto de la hibridez. Precisamente, ese será el sentido de pertenencia e identidad.

Es en el lenguaje que el poeta es verdaderamente libre de inhibiciones sintácticas y ortográficas, y se remite a la cualidad sonora de las sílabas. Es así que él conceptualiza y celebra su identidad, como canta en “Geography of the Trinity Corona”: “Take my boat /Yoruba y Arare / Lucumi /Cascabeles of Romany Gypsies /Nativo antillano /Hindus /Gallegos /Africano /Caribe /Rhythmic circle /The islands are beads of a necklace”. La identidad revuela en esta libertad poética sustituye en cierto modo las geografías nacionales. Dicho desmantelamiento lingüístico rememora el trabajo contra-discursivo de James Joyce en Finnegan’s Wake.

Víctor Hernández Cruz somete el inglés y el español a una serie de torceduras arbitrarias que hacen de su discurso poético un nuevo lenguaje en el cual se conjugan arquetípicamente todas las culturas y razas que hierven en su sangre. Es en ese lenguaje que el poeta se encuentra seguro. Cómodo. En paz consigo mismo y con su entorno. Es en ese lenguaje que el poeta es nadie, y a la vez, es todo el mundo. “I am nothing and no one/ I am the possibility of everything…”. En esta desintegración de todo en la nada, el lenguaje suena, resuena, se agita, sacude, como la música de las marcas, instrumento musical cuyo registro data desde la Edad de Piedra, y perteneciente a la única familia de instrumentos presente en todas las culturas del mundo.

Foto: Victor Hernandez Cruz lee durante la noche inaugural del Poets Forum 2010. (En la foto, Sharon Olds, Ron Padgett, Carl Phillips, Robert Pinsky sentados de izquierda a derecha) Photo: © Renée Alberts


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