Viejo, el Creador, en Revista Otro Lunes


(publicada originalmente en Otro lunes)

La historia comienza, según la mitología de los Piesnegros, con un viejo que, a falta de mayores precisiones, digamos que nació viejo- o se engendró viejo. Ya de por sí sabemos que vivía en soledad y tristeza porque no es fácil ser un signo de lo que uno mismo desconoce. En su relativa orfandad carecía de recuerdos de su niñez, pues nunca fue niño, y es raro que uno extrañe algo que nunca tuvo. La medida de la nostalgia siempre es el tiempo, que es el que otorga las pérdidas y ensancha las distancias, pero Viejo desconocía el hecho porque carecía de memoria, pues se trataba de un sujeto eternamente viejo, o joven, da igual al momento.

Viejo se sorprendió a sí mismo admirando la gran nada de la que era dueño y señor, un sentido de propiedad inferido de la ausencia de otras formas de vida. Ni siquiera existían paisajes y contornos sobre los cuales pasear la mirada, así que de tanto vacío aprendió sobre el tedio. Aquella sobriedad de eternidades no proporcionaba divertimento ni satisfacciones, cualidades de lo pasajero, porque Viejo no conocía el deseo. Así, imaginó animales, ríos, cascadas y montañas y los vertió en una forma. Al momento, no tenía nombres para ellos, simplemente sus imágenes. Así, al concluir la faena de ordenar lo que pensaba, el viejo contempló toda aquella creación muda. También nació la violencia.

Entonces, descansó.

Admirando su creación, la pensó poca cosa, y le hubiese tomado más tiempo al viejo repetir su magnánimo acto, de no ser porque el tiempo es una medida de la cual no saben los que viven en la eternidad.

Y se sintió solo. Muy solo.

El asunto aquí transita de manera desperdigada e imprecisa, por supuesto, pero lo que importa es que Viejo decide crear a una mujer y a su hijo. Tras nombrarla, el viejo imaginó la voz y precisó la necesidad de la palabra, que aunque es precisa de propósito, solo media, se aproxima, comercia y tranza, pero nunca es el objeto en sí. Así el mundo comenzó a poblarse de metáforas, pero de su ambivalencia nació la duda, que no tardó en manifestarse.

¿Y cómo le vamos a hacer, ahora con nosotros viviendo aquí?, preguntó la mujer. De algún modo, tendremos que alimentarnos. Además, toda esta creación me parece tan grande y tan vasta para nosotros tres. Debes crear otra gente.

El Viejo la escuchó. Pensó detenidamente. ¿Poblar su creación? ¿Y si los nuevos pobladores le exigían que siguiera poblando el mundo? La posibilidad propuso una aritmética incontenible, una poética del espacio única. Si continuaba poblando el planeta, llegaría el momento que no habría cabida para nadie más.

Voy a tomar este pedazo de estiércol seco de bisonte y lo voy a arrojar al río, dijo Viejo. Si flota, entonces la gente como vivirá para siempre. Si se hunde, entonces la gente morirá.

El estiércol, que al ser producto de la ingesta vegetariana de los bisontes, asemejaba una compacta pero liviana torta de paja seca, flotó.

La mujer, no muy complacida, propuso otra manera de obtener la respuesta:

No, dijo. Yo arrojaré una piedra al río. Si flota, viviremos para siempre; si se hunde, pues entonces moriremos.

Así lo hizo.

La piedra, por supuesto, tajó el aire en una curva y penetró las verdes aguas hasta desaparecer en su fondo.

Pues así lo has decidido, sentenció el viejo. Habrá un final para la existencia de la gente.

Cómo concluye todo esto, es la materia de la cual se llenan los dilemas.

Pudiésemos decir que el niño crece, mata al padre y se casa con la madre. O tal vez que la mujer espera a que muera el viejo y entonces ella asume el poder. Quizá se trata, una vez más, y en la tradición de Lillith, Eva o la Malinche, de echarle la culpa de los males del mundo a la mujer. O sencillamente se trata de una alegoría de la naturaleza del lenguaje, que, según Lacán, siempre es paternalista porque proviene del registro de lo imaginario, mientras que lo simbólico lo rige la madre.

Pero no.

Todo esto es para iluminarnos con una gran verdad: la mierda flota y las piedras se hunden.

Y lo demás es literatura.




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