La seriedad del payaso: la muerte de Robin Williams



A veces nos llegan tristezas inexplicables.

Ayer se suicidó Robin Williams y me sentí muy triste, no solo por la pérdida de un desconocido a quien seguí desde sus primeras apariciones en Mork and Mindy y sus intervenciones en Saturday Night Live, sino porque Soph, mi hija, lloró su muerte.

Para ella, se había ido Mrs. Doubtfire, el Alan Parish de Jumanji, el Genio de Aladdin, Teddy Roosevelt en A Night at the Museum y el Peter Pan adulto de Hook. Excepto por A Night at the Museum, estos filmes vieron la luz antes que mi hija naciera, pero no por ello los consideró viejos o caducos. Al contrario, para ella eran las fuentes vitales de su afición por el trabajo de Robin Williams.

La muerte no es un tema difícil de transmitir a los niños si se les habla dentro de una amplitud de la cosmicidad inherente a los seres humanos. Ahora, el suicidio, eso sí que mi hija no podía entender.
La he visto llorar así solamente en dos ocasiones: durante la muerte de su abuelo y ahora.

El desconsuelo de mi hija era algo nuevo para mí. ¿Como consolarla ante la pérdida de alguien tan ajeno y tan cercano a nuestras vidas? Algo sí era claro: ella y yo, aunque evidentemente en tiempos distintos, habíamos crecido con Robin Williams.

Uno es lo que consume. Mas, en el caso de mi relación con mi hija, no puedo decir que los filmes que ella adoraba de Williams figuran en mi filmoteca (aunque ese abismo lo resuelve Netflix y Amazon Video estos días). Aparte de Aladdin y Mrs. Doubtfire, no recuerdo haber compartido algún otro filme del fenecido actor con Sophia.

Mi Robin Williams es el mismo que el que adoraba mi hija. Pero a la vez, eran diferentes.

Seguramente mi afición por el trabajo de Williams deviene a su inclinación por interpretar personajes dramaticómicos, tragicomediantes que se enfrentan a la vida en su absurdo pletórico, su dolor infeccioso y de abrumadora belleza. ¿Cómo no verme retratado en el John Keating (que guiña al poeta romántico John Keats), un maestro que enseña poesía de maneras poco ortodoxas a un grupo de jóvenes y despierta en ellos el amor por las palabras y la vida en Dead Poets Society?

«We don't read and write poetry because it’s cute, we read and write poetry because we are members of the human race; and the human race if filled with passion... poetry, beauty, romance, love... this is what we stay alive for,” dice Keatings a sus estudiantes.

¿O en The World's Greatest Dad, donde encarna a un escritor poco publicado que tiene que dar clases para subsistir? ¿O el Chris Nielsen de What Dreams May Come, que viaja hasta la otra orilla para buscar al amor de su vida, fallecida en un accidente automovilístico? ¿O el Andrew Martin de Bicentennial Man, un androide que desea el don de la mortalidad con tal de poder adquirir las sensaciones que informan la experiencia humana? En Good Will Hunting, tras varias sesiones fallidas y enmarcadas por un ansioso antagonismo, el doctor Sean Lambert (Williams) logra apaciguar los demonios de Will Hunting (Matt Damon) y abrazarse en la empatía al descubrir que ambos comparten una niñez turbulenta.

Empatía. Donde el sonido del dolor y la alegría se equaliza.

El arte nos absorbe de maneras misteriosas.

Lo que queda conmigo de estos filmes, persiste de forma subcutánea. Una transposición de los deseos reprimidos proyectados en los personajes de Williams, sería el diagnóstico. Una proyección inevitable. Identificación. Nuevamente, empatía, si tan solo por un ismo del Ego.

En todas estas películas, hay una pulsión de muerte presente hilando sus tramas -aunque en Will Good Hunting sea tan solo conceptual, pues al final, el doctor Lambert abandona su vida profesional para viajar por el mundo-.  Siempre hay una inconformidad latente, sofisticada, presuntuosa con la cual los personajes buscan resolverse, incluso en filmes más célebremente oscuros, como Insomnia, donde Williams hace el papel de Walter Finch, un escritor de novelas negras que se convierte en homicida y también pierde la vida.

Las distensiones entre la realidad inmediata y la realidad idealizada siempre alcanzan los filmes de Robin Williams. Después de todo, el trasvestismo de Mrs. Eupheginia Doubtfire es esa medida desesperada del personaje Daniel Hillard para acortar la distancia entre el estado de las cosas y las cosas sin estado: ante su divorcio y la renuencia de su esposa a dejar que vea a sus hijos, Hillard solo puede ver y estar con sus hijos bajo visitas supervisadas, según la corte, una vez a la semana. Ese territorio de lo extraño, ese claroscuro existencial, resulta ser el estadio que polariza los momentos de felicidad de Hillard/Mrs. Doubtfire.

Hay que dudar del fuego. Siempre.

O me. O life.

Curiosamente, el tema del suicidio prevalece en el trabajo de Williams. En Dead Poet's Society, el personaje de Neil, ante su aparente inhabilidad para enfrentar un futuro sobre el cual él no tendrá voluntad propia, decide quitarse la vida. En The World's Greatest Dad, Lance Clayton (Williams) falsifica una nota tras la muerte de Kyle, su hijo, por asfixia suicida, y luego procede a escribir y publicar un falso diario de su hijo Kyle, lo que le trae el reconocimiento literario que tanto anhelaba Clayton (aunque el reconocimiento es para Kyle). Y ni se mencione que la insistencia de Andrew Martin en Bicentennial Man por convertirse en humano. Es decir, ante su realidad insensible, Andrew quiere morir.

Y aquí hay crónicas anunciadas de la muerte de Robin Williams.

Robin Williams era un payaso serio. Y como payaso al fin, escondía muchas tristezas con las cuales nos hacía reír.

Eso es todo.

Entonces, abrazo a mi hija. La consuelo. Le hago de payaso. La hago reír y por un momento olvida su tristeza. Como en Patch Adams.

Y en realidad, sigo siendo el Fisher King.



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