Devoción



En la catedral de San Patricio, las remodelaciones se llevan a cabo con un ruido silencioso. El andamiaje recorre las columnas, las paredes y el techo como si se tratara de un exoesqueleto. Parroquianos y visitantes transitan con imperturbable indiferencia ante las obras de reconstrucción de la catedral, que lleva más de ciento treinta años en la ciudad de Nueva York. Desde la entrada en la 5ta. Avenida hasta el altar mayor, se restaura todo: el órgano, los bancos, los vitrales y nichos de altar a un costo de setenta y cinco millones. A nadie le incomoda. Nadie duda de su propósito. A fin de cuentas, el concepto de la religión es oprimir la duda y obliterar el cuestionamiento.

En los bancos, veo a varios feligreses hincados ante el altar, las manos entrelazadas, elevando peticiones andamiaje arriba.

Es un silencio ruidoso.

Jóvenes y viejos ensimismados en su comunicación de altas esferas bajo la mirada severa de los oficiales de seguridad eclesiástica que vigilan la catedral. Los ojos cerrados, la cabeza inclinada, la postura de humillación ante un poder que no es -asumidamente- de este mundo. Desde uno de los nichos laterales, la imagen de Santa Brígida de Kildare abre sus brazos, desprendida hace tanto tiempo de su pasado celta como diosa del fuego, la luz, la sabiduría y la poesía.

En una esquina, usted puede obtener una moneda conmemorativa de su visita a la Catedral de San Patricio por cinco dólares. Se aceptan donaciones también. Y pude firmar el libro de visitas digital por una donación, para lo cual se acepta VISA, Master Card y American Express. Las velas de peticiones son a $2.50.

La devoción es, entonces, un bien de consumo.

Miro a los feligreses y su sufrimiento personal, que ahora es público. Si fuera Facebook, estarían actualizando sus mensajes y diciendo: "Tengo miedo" o "Sufro" o "Estoy jodido". El sufrimiento nos prepara para la gloria. Solo hay que creerlo. Créelo.

La fe confiere, como decía Nietzsche, el sacrificio de la libertad, el orgullo y la emancipación espiritual; connota subyugación, irrisión y mutilación.

Y así, rendimos todas nuestras libertades de la misma manera que hemos entregado nuestro espacio civil al infame Patriot's Act. Es el precio de la libertad, que es como nombrar un oxímoron, pues la libertad se supone venga sin ataduras.

El mundo terrenal, el reino del cuerpo, es un recinto de males. Nos acabamos a plazos en la intransigencia del tiempo y nos desbocamos, inequívocamente, hacia el deterioro de la materia. El mundo terrenal no tiene nada que ofrecernos, excepto miseria, enfermedad, muerte. El sufrimiento es la única verdad de la vida, diría Buda. En el cristianismo, es solo a través de las tribulaciones que entramos al reino de Dios. En la nueva Jerusalem, no habrá dolor ni lágrimas, pero, de nuevo, para ello debemos sufrir.

La fe cristiana -como el presente orden de Estado- requiere del sacrificio. Ceder a los instintos de los deseos es pecaminoso, nos sume en la minucia de la carne y por ello debemos sentirnos culpables. Ser cristiano es renunciar a nuestra naturaleza animal, apuntó Nietzsche. Es el predominio del espíritu sobre el cuerpo. El Bien, lo bueno, es del reino de otro mundo incorpóreo.

Creer es renunciar. La fe desarticula la duda, que, al final del camino, es la base de la sabiduría.

Y los feligreses, algunos en llanto, con su vacío y su desamparo, inclinados ante la majestuosidad en reconstrucción, se entregan en oración -que es como decir palabra, o metáfora- implorando quién sabe qué o por qué o por quién, en la convicción de que serán escuchados.

Mas esa es la única certeza de que, después de todo, seamos seres espirituales. La necesidad de inventar un lenguaje con el que podamos comunicar lo que no es de la carne es una validación de que, en efecto, nuestra vida concurre en el mundo de lo intangible. De ahí el silencio de los templos y las catedrales. Como en los cementerios.

Por un momento, creo sentir como ellos (¿Cambiaría mi mundo por un instante de devoción como el que yo atestiguo?).

Precisamente, parte de la naturaleza humana es saberse en desigualdad ante un poder superior, un algo no inmediato, un desconocido abstracto que será mayor que la suma de nuestras partes, que al momento de nombrarlo parecería que lo poseemos, mas no es así, pues su constancia es elusiva. Cuando se encierra lo inexplicable -que es el ámbito de la espiritualidad- dentro de la razón, entonces destilamos la religión.

Y por un instante, bebo, como con devoción, el vino del silencio. Un bien de consumo.


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