The Grand Budapest Hotel, cortesía de Stefan Zweig


«No nada más erróneo que la idea, algo demasiado común, de la imaginación de un escritor en constante funcionamiento», dice el personaje-autor interpretado por Tom Wilkinson en una de las escenas iniciales de The Grand Budapest Hotel, la más reciente producción cinematográfica del guionista y director Wes Anderson. «En realidad, él no tiene que inventar sus historias; sólo tiene que dejar que los personajes y los acontecimientos encuentren su camino hacia él».

Carga la cita cierta resonancia alegórica y, a la vez, confesional.

The Grand Budapest Hotel (2014) es una joya cinematográfica que se informa a partir de la vida y obra de Stefan Zweig, escritor olvidado que amasara una legión de seguidores durante las décadas de los '20 y '30 antes de cometer suicidio junto a su esposa en Brasil. Su círculo de amistades iba desde Joyce y Rilke hasta Einstein y Strauss. Un infinidad de poemas, obras teatrales, ensayos, cuentos y novelas confirman su densa bibliografía. «Yo robé de Zweig», confesó Wes Anderson durante una entrevista con el Telegraph de Londres.

El filme es el relato de un autor (presuntamente, Zweig, interpretado por Wilkinson) a través de su propia autoficción (interpretada por Jude Law) en quien se delegan las historias vinculadas al Gran Budapest según las confiesa el señor Moustafa (F. Murray Abraham), quien relata la historia de su juventud, cuando era conocido simplemente como Zero (Tony Revolori), el botones del hotel que se convierte en discípulo y protegido de Monsieur Gustave (Ralph Finnes), dueño del hotel y otro de los personajes que, en cierto modo, se modelan bajo Zweig. Así que, desde la perspectiva actancial, el filme es un juego de refracciones.

Esto, de por sí, es una de las características de la literatura de Zweig.

La historia gira hacia el relato policial y de misterio cuando Madame D. aparece asesinada y M. Gustave es acusado por la familia de la víctima, no tanto por ser un sospechoso inmediato como por los sentimientos de indignación que brotan entre los herederos de la inquilina del hotel, quien en su testamento delega en Gustave la custodia de una invaluable pieza de arte, «Boy with Apple». Como Zweig -un ávido coleccionista de arte, manuscritos y partituras musicales-, M. Gustave estima el arte más que cualquier otra riqueza que Madame D. pudiese haberle dejado, por lo que procede a robar la obra antes que la familia la localice. La comedia de errores se desvela a partir de entonces, en la medida que M. Gustave es llevado a prisión -no por robar la obra, sino bajo acusación de homicidio- y escapa para probar su inocencia.

Zweig se presencia a lo largo del filme en todo momento.

La narrativa se mueve como en Novela de ajedrez, probablemente la obra maestra del autor austriaco. Se hila entre secretividades (como decía Campoamor, «el aya de las pasiones») como en Ardiente secreto. Pero, sobre todo, como admite el mismo director del filme, el modelo es La piedad peligrosa.

Cinematográficamente, el filme también es sumamente literario, en particular el recurso consabido de Anderson (ya explotado magistralmente en otro magistral film de este director, Moonrise Kingdom) de lo que denomino escenas instalación. En cierto modo, hay prestaciones del fluxus, donde la composición cinematográfica no es el fin, sino el medio. Hay cierta tendencia al videoarte, donde la imagen lo es todo en su función performática, de cierto modo aislada, como si se tratara de una fotografía estática o, quizás, una instalación. Como consecuencia, deviene una sensación de alargamiento del tiempo. La película, de apenas una hora y cuarenta minutos de duración, deja la sensación duplica el tiempo, un efecto al que ayuda el frecuente uso de la panorámica (a veces, intencionalmente bruscos, sea horizontal, vertical, circular o de barrido), donde la cámara camina con el espectador en lugar del jump cut, donde los saltos en la acción quedan marcados más perceptiblemente.

Y los colores... los rosados y los amarillos y dorados como en Polaroids de los '60. Los rojos intensos en contraste con la clonación del look photocrom de principios de siglo XX. Un poema.

El filme es aún más convincente dado el elenco que anima a los personajes: a los ya mencionados protagonistas se unen William Dafoe, Bill Murray, Adrien Brody, Edward Norton, Harvey Keitel, Jeff Goldblum, Jason Schwartzman y Owen Wilson, entre otros.

Es una película para sentarse y mirarla. Disfrutarla. Admirarla. Y, sí, reírse. Es, en fin, una comedia.



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