Selfies del fin de una civilización



Al inicio de Robar en American Apparel (Melville House, 2009), de Tao Lin, Sam se levanta a mediados de tarde y lo primero que hace es corroborar su correspondencia electrónica. Es su primer impulso, que pronto es secuestrado por un sentido de frustración al ver que Sheila no le había escrito. Es un Eros atrofiado que se interrumpe. Así que simplemente mira la pantalla de su ordenador como “El tonto en la colina”, la canción de los Beatles. Se ducha. Se viste. Hay un sentido de higiene y pudor que pulsa en su condición de escritor solitario de culto, que coacciona simplemente para sentarse frente a la computadora. Abre el archivo que contiene sus poemas, pero ni los lee. Simplemente desvía su atención hacia el correo electrónico nuevamente. En poco tiempo, oscurece en la ciudad.

Y así transcurre la vida de Sam, un escritor que no escribe, trabaja en un café vegetariano y roba baterías (pilas) que luego vende en Ebay. Su vida entera es una abstracción que solo cobra sentido tanto se mediatiza por las redes sociales, chats, correos electrónicos. Es un sujeto colonizado por la cultura de masas, los estilos de vidas prescritos y las grandes marcas de bienes de consumo. No tiene vida anímica alguna y su mejor rostro posee la insipiencia de la neutralidad. En la plena inmediatez del tedio, ejecuta cincuenta saltos de calistenia que lo dejan exhausto. “Por Dios, me sentía jodido acostado”, le confiesa por chat a su amigo Luis. “Necesitaba dormirme”.

El deseo se separa de su dispositivo colectivo, diría Gilles Lipovetsky. Se atemperan las entusiasmos. El sistema induce al “descanso”.

Esa recurrente evasión de la realidad va informando la peculiar novela que Tao Lin monta como si se tratara de una instalación. Escrita con desnudez retórica y sinsentido cotidiano, es un trabajo narrativo compacto, con la tensión de un sábado por la noche en Times Square y, a la vez, tan relajado como la neo-bohemia postindustrial de los manhattaneers. Los personajes de Robar en American Apparel tienen conciencia ecológica, sus conversaciones frecuentemente se remiten a un epicureísmo vegetariano, y nunca aparentan cobrar conciencia del tiempo más allá de la inmediatez. Es decir, es una novela de la manufacturación de la memoria en modo verbal presente.

Si Hemingway adoraba los sustantivos, porque lo acercaban a una realidad material que deseaba apropiar, Lin los alterna con el uso exhaustivo de pronombres indefinidos. La ambigüedad es un eco de sí misma: frecuentemente, los verbos asumen dos objetos: “¿Acaso somos bohemios o algo? “ o “Crees que debemos suicidarnos o comenzar a llorar o golpearnos los testículos”, por ejemplo. La ambivalencia en la vida de estos jóvenes es patética, enfermiza. “Qué nos sucede”, se pregunta Sam. “Creo que nos estamos volviendo locos”, le corresponde Luis.

Nótese que en el caso de las oraciones interrogativas, los signos que las señalan quedan ausentes. Son preguntas formuladas de manera enunciativa.

No hay nada que preguntarse. La incertidumbre es expresada como certeza.

Así queda propuesto cierto narcisismo seudointelectual en el cual los personajes asumen que lo saben todo cuando en realidad sus conversaciones apuntan a la propia insuficiencia del lenguaje hablado para sostener una conversación coherente, por lo que se dedican a llenar el aire de sinsentidos. La dialéctica se expresa de manera ilógica, imperfecta; a veces, casi como una mayéutica absurda y sin síntesis, donde lo que aparentemente importa es sofocar la incomodidad del silencio.

De pronto, la vida es Beckett y esperar a Godot en MySpace.

O robar en American Apparel.

Por tanto, estamos ante un tratado sobre el lenguaje y su insuficiencia en el mundo material.

En un momento de la novela, Sam y Sheila acuerdan –por correo electrónico- asistir al Film Forum para ver juntos un documental. “En el vestíbulo del teatro, no se hablaron”, nos dice el narrador en tercera persona que compone la historia para nosotros –en primera persona, Sam seguramente no hubiese tenido nada qué decir, a pesar de que se dice escritor-. Al final, intercambian comentarios y cada cual parte para su destino. Es lo más cercano a un momento de intimidad entre los dos personajes.

No hay parergon.

Los mejores diálogos –los más “elocuentes”, si se quiere– son impersonales, meras conversaciones cibernéticas donde advertimos la conciencia del lenguaje: carece de palabras acortadas o abreviadas como usualmente sucede en la taquigrafía mediática. Esto nos advierte que los personajes manufacturan la noción de memoria presente en constancia con un lenguaje, que si bien es limitado, suelen utilizarlo con propiedad. Por ello, no es casualidad que Sam y Paula busquen diversión en un partido de Scrabble, un juego cuya finalidad es construir palabras.

Precisamente, mientras juegan Scrabble –incitados por un documental que ven en la tele acerca del popular juego de mesa- , Sam y Paula llegan al contacto físico. Mientras Sam piensa todavía en crear palabras para continuar el juego –“Voraz”, le viene a la mente–, Paula le facilita un condón. El acto causa perplejidad en Sam, quien rechaza el ofrecimiento. “¿Qué debo hacer entonces?”, pregunta Paula. “Nada”, es la respuesta. Y proceden a quedarse dormidos.

La incapacidad de sentir y amar, si tan solo por el goce físico, queda cancelada. Los signos de interrogación –qué aquí sí aparecen transcritos en el texto- no nos indican la pregunta, sino que apuntan a la verdadera preocupación de la novela: estos jóvenes de veinte y tanto se encuentran perdidos en maravillas sin brillo.

Son, a fin de cuentas, los hijos abandonados por los personajes de las novelas de Douglas Coupland. El vacío, sin embargo, es el mismo. 

La novela de Tao Lin valida esa conmoción del individuo contemporáneo en la sociedad de consumo masificado, de la que habla Lipovetsky, como plena emergencia de un modo único de socialización y de individualización, de un modo nunca antes se había visto en la historia de la humanidad. La imposibilidad de contacto sexual, y la preferencia hacia las prácticas autoeróticas de Sam también subrayan el concepto del sujeto narcisista, cuyo individualismo social se desliza hacia una zona sin anclajes ni compromisos, donde todo es desapego emocional en la contingencia.

Así, llegamos a la visita de Sam a la tienda American Apparel, la compañía de ropa y lencería con matriz en Los Ángeles y que precia en sus autoproclamadas prácticas filantrópicas, filosofía ambientalistas y activismo político. También se jacta de buen trato a sus empleados. Sam, sin razón aparente, roba una pieza de la tienda por la que es apresado. “Ve y roba en otra corporación de mierda”, le dice el agente de seguridad que detiene a Sam; “[t]enemos condiciones laborales justas”. Pero robar se convertirá en un impulso que deviene en satisfacción, sobre todo si se trata de prendas de vestir hipster en espacios reapropiados y gentrificados. La subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas quedan pulverizadas, diría Lipovetsky. Tras una serie de visitas a celdas en estaciones policiales, que parecen no calar en Sam, lo inevitable es la indiferencia.

El vacío del sentido, no obstante, no conduce a un pesimismo superlativo, mucho menos a un grado cero del absurdo. Si a algo lleva, es a prescindir de Dios –o de la espiritualidad a plazos, aunque sea caduca.

El desapego es paulatino; el descompromiso, vehemente.

“Mi teléfono celular está casi sin pilas”, dice Sam al final.

Y esa es la tragedia.


(La historia la pueden acceder en la más reciente entrega de la revista de creación Nagari.) 
Foto:  HTMLgiant 




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