Vapor, de Javier Ávila



El vapor se difunde en el aire. Infiere translucidez.  Es una fase fantasmagórica de la materia, transita entre mundos o estados físicos de la existencia. Su imperativo molecular es el equilibrio. El vapor es el estadio intermedio hacia su condición líquida, por lo que siempre alberga la posibilidad de otra cosa- la transformación posible, la disolución en formas paralelas de existencia.
Quizás nada de esto ocupó la mente de Javier Ávila a la hora de condensar en un tomo, precisamente titulado Vapor, toda su producción poética hasta el presente.
El título casi sugiere cómo este libro debe leerse: relaciones paralelas que se relacionan a través de vasos comunicantes desde un mismo Yo poético. Es decir, estos son los mismos poemas separados por las gradaciones de sus respectivos registros. Después de todo, la palabra de vapor es un cognado y sirve bien los dos idiomas de manejo en esta antología.
Ávila no es un poeta del azar.
Reconocido desde su debut literario con Vidrios ocultos en la alfombra, la obra poética de Ávila se completa con Simetría del tiempoCriatura del olvido y el Premio Nacional de Poesía ICP, El papel del difunto. El volumen, como conjunto, cierra una etapa en la escritura de Javier Ávila, autor de la celebrada novela Different y que fuera llevada al cine en años recientes. Javier Ávila, que todavía se precia en ser considerado una de las voces jóvenes de la poesía puertorriqueña transnacional, cierra con este tomo una etapa de su carrera.
Javier Ávila es un apostador del juego. Por ello, estas traducciones no son fidedignas: son lo que me atreveré llamar aproximaciones a los originales, una búsqueda de sentido que a veces se traiciona por los mismos límites del lenguaje que correspondientemente se persigue. En el mejor de los casos, la brillantez del español se tiene que conformar con las opacas aproximaciones de las equivalencias semánticas en inglés. Otras veces, es el idioma inglés el que hace que los poemas más prosaicos en español adquieran brillante agilidad poética. Por ejemplo, en “La sangre”, en el verso “La sangre ya no quiere perder tiempo. /Se arrastra con euforia” se traduce como “Blood isn’t in the business/ of wasting time. It slithers/ euphorically”.  La sangre se desliza de un concepto ambiguo y pasivo -una personificación de la sangre que pierde el tiempo y donde nada sucede- a uno más concreto: es el “negocio” de perder el tiempo, lo que implica transferencia, comercio y, sí, ganancia, aunque también encierra pérdida. Mientras, en el verso en español la sangre simplemente repta –tantas posibilidades que vienen a la mente-, la versión en inglés utiliza el verbo “slithers”, movimiento particular de las serpientes. La labor del poeta es siempre hacer lo abstracto más palpable, más cercano. Aquí, en todo caso, triunfa la poesía.
En otras instancias, como en “Vicente en el invierno”, es el poema en español el que sale victorioso: “Agrietado, su rostro/ perdido entre las horas/ contempla las orquídeas/ que Ariana cultivaba” traduce como “His wrinkled face is lost/ amidst the hours./ He contemplates the orchids/ Ariana once planted” en “Vicente in the Winter”.  Como en una cinta de Moebius, los dos poemas mantienen simetría en el número de versos, pero, a partir del citado ejemplo, notaremos que la versión en español, que se expresa en una sola oración, ha requerido que se recomponga en dos para significar la idea aproximada de su equivalencia en inglés. Por otra parte, aunque “wrinkled” confiere la grieta del rostro, su connotación tienen menos peso que decir “agrietado”.  En la versión del poema en español, la profundidad del verso es insondable. Mas, no obstante, lo que sostiene el tránsito de un poema a otro se salva: la noción del tiempo.
Las aproximaciones de Vapor vienen a funcionar como el anverso y el reverso de una misma realidad poética, relación determinada por el alcance de la lengua objetivo, convirtiendo al conjunto de la obra en un proyecto de proporciones borgianas. Son códigos opuestos dichos desde un mismo eje existencial.
Esas son las apuestas del vaivén.
Esa indeterminación ligera, movible, es condicionada por la geografía particular del poeta, que se hace locus de sus dos lenguas literarias. En fin, Javier Ávila simplemente cohabita espacios entre los que se mueve como en un Neptanla. Es diáspora dentro de la diáspora.
Así se da la lectura del libro- uno puede leer los poemas en español, en inglés, o cruzando de uno al otro. Como una banda de Mobius, ya no se sabe cual llegó primero (aunque sabemos que fueron originalmente concebidos en español, ¿habrán sido pensados en inglés?).
Vapor es indeterminación. Flujo. Solvencia. Un intento por sostener un equilibrio, en este caso semiotizado por los lenguajes en boca del autor y los sujetos líricos que detentan la voz a través de la colección, que recoge los cuatro libros traducidos por el propio autor. como los
No debe ser casual que en las antigüedad griega, e incluso durante el Medioevo y el Renacimiento, la salud física y mental del individuo se consideraba, precisamente, en términos del equilibrio del cuerpo, el cual quedaba determinado por los cuatro humores de Hipócrates, aquellos tipificados como la sangre, la flema, la melancolía y lo colérico, y cuyo desequilibrio producía los llamados “vapores” nocivos del cuerpo, y por ende, la enfermedad del individuo. Estos poemas sangran, estos poemas lloran de tristeza, los poemas están enojados con la vida, y a veces hasta son extrañamente impasibles.
Así, Vapor, editado en una bello tomo compacto, editado por Libros AC, es la totalidad de los síntomas: los “humores” del libro gozan de una belleza enfermiza, de lucidez enfebrecida y de un patetismo alegre.
En sí misma, la poesía de Javier Ávila se caracteriza por el goce de su cinismo irremediable. Es una poesía de actitudes y posturas que avanza entre juegos de palabras y, sobre todo, descansa en los valores polisémicos plantados así, como en toda escritura, conscientemente.  Se vale el autor del uso recurrente de litotes (“No saber es lo que buscas”) y de su deliciosa ironía (“Quede bruto/ cuando me acusó/ de abuso/ intelectual”), en relaciones sintácticas antitéticas, casi quiasmáticas (“Vivo bien y no sé cómo aceptarlo/ sabiendo que no vives”). Dispone Ávila, muy particularmente, de un ingenio fáustico en sus versos, pero lo más distinguible de esta poesía es que es, en efecto, un producto de la cultura letrada, de la razón y la inteligencia escrituraria, llena de subtextos, cuya broma más perversa no es el humor ácido y sarcástico del autor, sino la pasividad agresiva con la cual el poema sutilmente violenta al lector.
Oscar Wilde decía que, en asuntos de suma importancia, lo vital latía en el estilo, no en la sinceridad. La poesía de Javier Ávila supone a veces esa postura performática en la que, en poemas como “Objeto”, “Despojo”, “Fugitivo” y “Desvanecimiento”, los poemas son formas autónomas de vida que escriben al autor, al hablante y al lector, y no lo contrario. En efecto, daría la impresión de que son los poemas los que escriben y piensan este lado de la realidad.
Entonces,  el lenguaje se evaporiza.
Toma forma del sueño humano.
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