Veintiún gramos de Jocelyn Pimentel, en Nagari


A veces la poesía hay que decirla por lo bajo, arrastrada por la página, sin sonoridades extremas. Lo menos siempre es más cuando se mira desde la posibilidad. El poeta se queda en la nominalidad de lo simple, que es difícil. Es una operación cuántica. Bajar hasta el fondo de la palabra y quedarse en un poema sin salida. Entonces, hay que volver. Una y otra vez, con el ansia del respiro siempre fresco. Y me parece que así son los poemas de Jocelyn Pimentel en su primera publicación, Veintiún regresos, galardonado con el premio Nacional de Poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
Jocelyn Pimentel es una poeta de raro vuelo. Anteriormente, ya había sido reconocida por los poemas de la Caligrafía del silencio en  el certamen del diario El Nuevo Día de Puerto Rico y un puñado de publicaciones en revistas. Su estilo se circunscribe predominantemente a poemas tamaño de bocado. Digeribles en una sentada. EnVeintiún regresos, no solo queda vaticinada la fijación de la lectura y sus incidentales repeticiones –el lector ha de volver a cada poema con detenimiento insistente- sino que alude a los “veintiún gramos” que “pierde una persona la morir/ dicen que es el peso del alma/ o el exceso de equipaje/ que supone el tenernos” (“distancias 0.1”). El número es impar, por lo que en el último regreso no hay vuelta atrás. Queda la palabra como morada de la memoria.
Si fuera jeringa, sería vivificadora.
Poemas como “adiós”, “distancia” y “vacío” –entre otros– incluso vienen calibrados como los gramajes en el costado del tubo. Son poemas que entran por la vena como un suero magnífico y melancólico, como si su dosis tratara de reponer las perdidas. Como en el poema “Ítaca”, habita una anemia pronunciada por la duda. El cuerpo famélico es un estadio transitorio hacia alguna forma de muerte emocional. “[M]ejor no hablar:/ el gesto siempre/ antecede/ a la partida”. No hay duda: un regreso infiere una partida inicial, desprendimiento originario, necesidad de regresar al nexo roto. “[C]uando regreso a ti/ piensan mis manos/ en la caricia que no supe leer,/ en la mujer que se me escapa/ al borde de esta partida”.
Este poemario, si algún día olvidara su nombre, podría llamarse partida, una cartografía del vacío y su equipaje.
Veintiún regresos es un poemario de otra manera de emigración: la partida desde un cuerpo hacia otro, sin otro cargo de conciencia que no sea fallarse a uno mismo, una maleta que pesa poco o pesa mucho. No importa. “[M]igrar/ del hombre isla/ migrar/ desde/ hacia/ hasta/ para/ por/ otra tierra/ otro mar/ otros silencios:/ en oleada de olvido/ migrar/ para alcanzarme”.  Claramente, las preposiciones marcan esa relación espacial del sujeto hablante y su objeto poético.
A pesar de la narrativa interna que hila el libro, Jocelyn Pimentel trabaja un conjunto de finos poemas que puede ser abordado por bibliomancia. Así son las cosmicidades. Cualquier página al azar es buena para comenzar la lectura, desatendiendo el ordenamiento que inicialmente otorgara la poeta. En fin. La idea no timbra en lo que dice directamente, sino en las tensiones semánticas que, en su opresión mutua, destilan el sentido de los poemas. Los adjetivos aparecen cuando se necesitan. Los adverbios se pueden contar. En su lugar, aquí se va a todas con la imagen, el límite mismo de la poesía.
De cualquier manera, tenemos un bocado de poema que nos deleita desde la intimidad resquebrajada, como si estos poemas hubiesen sido escritos desde la soledad en compañía en una habitación pequeña. “[E]sta habitación,/ ese agujero/ arrojado a las vías”. Lo que queda es apagar el fuego o encenderlo, como sugiere “adiós 0.5”. Se trata de la relación sentimental y su anverso, que es el deterioro. “[M]irar que al hogar han llegado las cenizas”, dice la hablante que une estos poemas al final de la primera sección del libro, titulada “sin manos ni sur”.
El fuego consume, pero no genera vida. Es rehacer el renacer.
El segundo movimiento del poemario, “nuestro éxodo”, es una extensión de las partidas que van poblando Veintiún regresos. Se habita y se deshabita. La carne –el conductor– queda exiliada y hueca. Un cierto sinsentido embarga la materialidad. Se queman puentes, el adiós es un ritual donde persiste la idea del “aquí y el allá”, cuya ambigüedad es maleable, como ir del presente al pasado, igual que pudiese sugerir ir del presente al futuro. “¿[Q]ueda entonces vedado el olvido?”, se plantea la hablante.  De la voz y su secuestro, queda el reducto de la melancolía.
A medida que avanza el poemario, van gotereando los versos como si se arrojaran desde el filo de la aguja, en caída libre por las figuraciones del aire. “Ítaca no cabe ya en las geografías”, dice el poema que da título a la segunda sección. Una mujer inventa su patria “y acontecen/ sus pasos/ como mapas”. En Ítaca, conocemos todos, vivía Ulises junto a Penélope y su hijo. Poblada de olivos, cipreses y laureles, Ítaca es el comienzo, la partida y el regreso en La Odisea. Pero no, no es Ítaca (como dijo el poeta Corretjer). En Ventiún regresos, el viaje de vuelta es fútil. “[H]e dejado/ de tejer tu ausencia/ en las noches” proclama “Penelope” hasta la gloriosa despedida de “Postal”: “somos / una partida/ el eterno irse// no me esperes”.
Son veintiún regresos. Veintiún gramos. Veintiún días rompiendo el frío.
Lo que se queda no es la ausencia. Lo que se queda es el poema, inyectado  fluyendo por el torrente sanguíneo alucinando que es olvido.


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