Y aquí estamos. Entreténganos.

Una señora vestida elegantemente de negro, le regalaba al espectador una sonrisa radiante. Su cabello abultado imponentemente con el rigor que provee el fijador para el pelo. Lucía un atractivo collar que rimaba bien con las pantallas, igual de llamativas, y que parecía dominar el plano central de la foto. Me parecía toda una semiótica del buen vestir como ordenaría, probablemente, una festiva celebración de gala, mas se significaba en todo lo contrario. Amparada en lo lúgubre, la mujer posaba junto a un féretro, en el que descansaban los restos de su esposo.

Tal es la manera en que negociamos con las pérdidas.

Para mí, que me crié en una casa adyacente a una funeraria, la muerte como entretenimiento me deja la instigadora incomodidad del desconcierto. Movidos por una conciencia de lo especular, bajo la tiranía de los sentidos en los tiempos de la tele-realidad, hemos entrado a la dimensión de la morbografía, si se me permite acuñar el término: un plano donde la realidad del horror se torna en imagen de consumo.

La muerte vive dentro de nosotros, escribió Rilke, y tal vez de ahí nacen las maneras extrañas en que obramos para superarla o, a lo sumo, aceptarla. Nada, entonces, como una fotografía: espacio y tiempo capturados por la luz. Como un buen cuento.

Pese a que entrado el siglo XX la costumbre se pierde, las fotos con muertos datan desde la invención misma de la cámara fotográfica, cuando se convirtió en una costumbre de la burguesía victoriana. La fotografía post-mortem, como se le conoce, solía ser menos costosa que comisionar una pintura. También era más real. Equivalía, entonces, a una postulación del ritual mortuorio como acto performático, una puesta final en escena. Así, el dolor, el espanto y la pérdida son sublimadas a formas inolvidables de celebración.

Mucho ha transcurrido desde que a los muertos se le colocaban dos monedas en los ojos para cubrir el importe de transportación que cargaba Caronte por cruzar el Estigio.

Recientemente, luego de comentar acerca del impacto que me dejó ver la dama que sonreía su dolor junto a su difunto marido, un amigo me respondió que, en realidad, yo no había visto nada. Esto es un chiste constante, me dijo. Y procedió a mostrarme varias fotos, todas colgadas en los incipientes muros de Facebook, en donde, más que rendirle honras al muerto, parecían sesiones fotográficas para un portfolio de modelaje.

Una de las fotos más impactantes mostraba a tres chicas que se abrazaban en torno al cuerpo embalsamado de un joven. Sonreían pícaramente a la cámara. Una de ellas enarbolaba su lengua en su mejor recreación de Miley Cirrus. El mejor elemento compositivo de la foto consistía en la articulación sensual de la pose y el gesto, totalmente desatendidas de la presencia del cadáver. O tal vez no. Tal vez esa era la manera en que deseaba ser recordada junto al muerto.

Un tercer ejemplo mostraba a una familia completa que se hizo fotografiar junto al cadáver del hijo menor, un niño de 8 meses de nacido y tan solo horas de muerto. La madre sonreía soles con la criatura entre sus brazos. El padre hacía pechos. Los hermanitos se veían entusiasmados ante la idea de que les tomarían una foto que terminaría en las redes sociales. Pero la imagen otorgaba otra impresión: parecía una feliz familia al cierre de un bautismo o un cumpleaños, posibilidad cancelada por la descripción al calce: “Funeral de Joselito”.

Michela Marzano, en su libro titulado La muerte como espectáculo, observa que representar un objeto no necesariamente se remite a la manera de copiarlo o de reproducirlo en imagen. Se trata, en igualdad de términos, de asignarle un valor, de volverlo a la vida, de (re)animarlo. El cuerpo, que en este sentido es nuestro objeto del deseo, se apalabra en metáfora, en transferencia de significados que lo nombran como un «objeto particular». Así, adquiere un sentido nuevo. El cuerpo es evocado. Se trae a escena de nuevo. Reaparece para un encore. Se torna presente. Se queda presente.

Las fotos recientes del boxeador Christopher "Perrito" Rivera durante su velatorio, en el cual el fenecido púgil apareció ataviado con capa, guantes, trusas y botines en medio de un improvisado ring de lucha, elevan el ritual funerario a instalación artística. En la una de las más difundidas fotos, la madre, la viuda y el hijo del boxeador posan como estrellas del hip-hop junto al muerto.

Así, la morbografía nace como ideal de subordinación de lo individual (por utilizar una frase de Lipovetsky) a las reglas racionales colectivas.

Como extraídos de un thriller de lo absurdo, por los diarios de mi país han pasado muertos de pie, en ambulancia y en motocicletas. Las imágenes son de cierta magnitud carnavalescas. Recientemente, en homenaje televisado tras la muerte del comediante boricua Luis Raúl, el director de la funeraria fue entrevistado y le hicieron preguntas inconsecuentes sobre los arreglos pre-funerales.

Y aquí seguimos. Entreténganos.

En un programa de telerrealidad transmitido por The Learning Channel, titulado Best Funeral Ever, la escritura de lo morboso alcanza un estado definitorio en tanto creatividad. Los episodios son recuentos de entierros con motivos celebratorios que van desde barbacoas, pirámides alimentarias y toros mecánicos hasta ruedas de la fortuna y duelos tipo viejo oeste. La personalización de la memoria se impone a la tradición homogeneizadora del funeral convencional. El tabú queda granulado, reducido a polvos y sombras en virtud de un valor fundamental y más acaparador, que es la última frontera de una ideología que es tanto individualista como exhibicionista.

En esta espectacularización del acto fúnebre, el contenido mediático es apropiado y reapropiado.

Con las luces encendidas, es menos peligroso.

La muerte de pronto es una imagen que no solo nos invade, sino que la consumimos con apacibilidad, humor e indiferencia, formas sutiles de aceptar, como diría Séneca, la única certeza de nuestra existencia.



La lectura de un texto siempre se carga de prejuicios.

Barthes está muerto, digo yo. Lo hemos matado. La escritura podrá ser la destrucción de toda voz, de todo origen, un lugar neutro donde acaba por perderse toda identidad, pero es el lector quien se encarga de la resurrección de la idea del autor sobre el texto. Aunque la escritura ya no es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar el sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe. El lector tampoco es un hombre (o mujer) sin historia, sin biografía y sin psicología. El lector es el hipócrita hermano que siempre llega repleto de dígitos que le preceden.

Funciona de esta manera: cuando el texto es abordado por primera vez, si el texto y/o su autor son desconocidos previo al acto lector, la subjetividad toma formas de lo anticipado. Nunca es una lectura en crudo. Siempre existirá un pre-texto contra el cual se extrapolará el texto por descubrirse. Es una relación matemática. El texto será mayor o menor al conjunto de asociaciones previas. Nunca será igual, pues no hay dos textos iguales.

Ocurre igual cuando se “conoce” al autor y el texto pasa a ser secundario. La estima del segundo dependerá de la valoración que se tiene del primero. El texto se torna en accidente. Nuevamente, la reconstrucción del trabajo literario en la lectura trabaja como la ideología: a través de los sujetos.

Barthes decía que en cuanto un hecho pasa a ser relatado, “con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo”, se produce la ruptura. La voz se desprende su matriz. El autor se disuelve en su propia muerte. Se emancipa la escritura.

Pero solo hasta que alguien lo lee. Leer es zombificar.

Es frecuente escuchar que X trabajo es “excelente” por haber sido escrito por Y autor. Lo he venido atestiguando en talleres de creación literaria, en conversaciones con colegas y hasta en opiniones críticas de libros. La idea también me asaltó cuando yo investigaba sobre la novela puertorriqueña En Babia, de José I. De Diego Padró, proceso en el que encontré reseñas que versaban en torno a la “importante figura” del autor y no en base a las cualidades del texto (que, de paso, sí son merecedoras de elogio). La relevancia de De Diego Padró en las vanguardias literarias en Puerto Rico se impuso a su obra En Babia, un texto que, además de difícil, fácilmente entierra al autor, aún cuando el autor es un personaje dentro de la narrativa. Igual, nos referimos a Borges, Kafka y Cortázar como sinécdoques de cuerpos literarios, contrario a lo que ocurre con nuestra veneración de Don Quijote, que reclama existencia sobre la de Cervantes.

Hoy día, el posicionamiento del texto también queda interpelado por otro sinnúmero de factores previos, como lo podría ser un premio literario, una campaña de publicidad o la estima personal que se tenga del autor. De esta manera, el lector queda intervenido por factores exo-literarios que son parte del sistema de gratificación inmediata (y mutua) al que nos sometemos continuamente en la cultura de la espectacularización. En la medida que nos acercamos al texto, este se convierte en refracción intima, mas no por los valores de su operación textual, sino en la medida que su autor/a significa algo para el lector. Así, si el autor en algún momento murió, como declaró Barthes, entonces lo hemos zombificado.

Es una relación de necrofilia la del autor y su lector. El zombi es un eros sublimado.

El objeto de apreciación en este caso lo tomo del campo de experiencia inmediato, que es la literatura. Pero igual sucede en otros ámbitos como el arte plástico, la música y hasta la política.

El ojo de la afectación rastrea la sintaxis de la opinión crítica, sea “autorizada” o no. Es una lectura a primera vista. Ante la falta de publicaciones especializadas o espacios dedicados a la literatura en los medios de prensa convencionales, las plazas de esta emergente zombificación del autor han encontrado espacio fértil en los foros de redes sociales, blogs y revistas electrónicas, por mencionar los más frecuentados. Sucede que ya el escritor no sirve al reino exclusivo de las plataformas convencionales de impresión. Un escritor es un Homo Ciberneticus.

La afectación aludida puede ser suscitada por cualquier estímulo de placibilidad en el lector: afiliación política, presencia social, marketeabilidad, amistad y hasta su físico. O en su defecto, lo contrario ocurre: una desafectación, si se quiere, cuya mecánica es la misma fuerza en sentido inverso. En la medida que el autor es colocado en baja estima, su trabajo es devaluado o rechazado. Pero, en cualquier caso, se ratifica la presencia del autor nuevamente. Un muerto no-muerto.

Un agente literario me preguntó recientemente: ¿cuántos seguidores y amigos tienes en Twitter y Facebook? Yo pregunté: ¿Importa? Parecería que ya no lee un texto por lo que representa el texto mismo.

Sustituir la muerte del autor por su zombificación parecerá, supongo, una extensión de las teorías del reader’s response, pero en todo caso, va más allá y es más morboso: es un planteamiento post-mortem.

Así los textos son acomodados en demarcaciones limítrofes. Gustan o no gustan, mas el gusto es hábito, costumbre, familiaridad. Pensar fuera de la caja se convierte en la caja misma. Es el imperioso deseo de desarticular un orden para darle otro de carácter interior. Somos tales criaturas.

(Darle “Me gusta”)

Esto presenta un problema: ¿cuándo el texto es realmente bueno? ¿O cuándo el texto es realmente malo? ¿Cuándo el autor carga al texto o cuándo lo condena? ¿Dónde se desprende el culto a la personalidad de la personalidad del texto?

Ansiedad o paranoia, hablo de que la valoración del texto es un bien de consumo transferible como un fetiche. Es la danza de convención. La imagen se centraliza. El círculo se cierra. El cuerpo zombi es verbalizado. Es decir, repetido. Como Dorian Gray frente a su retrato. El autor es un yo desdoblado. El autor ya no es discreto y fantasmagórico. El autor es un resucitado.

Beware. Los autores comen gente como el aire.

Este artículo lo acceden completo en la revista de creación Nagari.

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