1. Finalmente, perdí la paciencia. Todos los meses me llega. Varias veces. Se trata de una invitación a "Don/Doña Elidio La Torre Lagares" a publicar un poema en su sitio web y que "No pierda esta ocasión de poder divulgar su obra". Así que, en el espíritu del "Flarf Poetry", decidí enviarles un bello poema para espantar a este grupo que suena a scientology para poetas, pero a quienes les debo el origen de un nuevo movimiento poético: "Poesía Plasma".

Indistintamente del resultado, pasará a ser parte de mi libro Agallao.

Aquí el poema:

«Plasma»

Yo digo bazuca. Azúcaaaah.
¡Prrrrrrrrrrrrrrrrraaaaaahh! ¡Weeeeeepa!
Los manatíes se zumban de flor en flor.
Mostro: hay ángeles aplastados
como iguanas en el pavimento.
Un----------------------jú.
Helado de bacalao y las hienas de avena
que van en party bus al samsara.
Gregorio nunca fue cucaracha.
Con la pauta, el maquinón, malianteo.
Con la pauta, el maquinón, malianteo.
Lolita, Lolita, ¿por qué me has abandonado?
que verde fue tu presencia y mi hastío.
Alé, alé; alé, alé.
Achú. Salud.
Soy alérgico a la no-poesía.
Quiero Taco Bell bajo molinos de viento.
Mazorca la porca, la horca, la puerca.
Como un duende.
Se murió San, ¿qué San? Sancocho.
8.8? 8!
Ay, ay, ay bendito del grifo que bota agua
¿Qué agua? Aguanta lo que te viene,
le dijo la hormiga al elefante.
Ommmmmmmmmmmm.
¡Sacude, sacude! Zancudo.
Pafu, pafu. Suena la trompeta.
La luna es el barro de la noche,
que tiene acné de estrellas.
A fuegoski molotovski mojonovski.
¡Ooooooooooooh! ¡Esa raga cervantina!
Plasma™.

2. Entonces, ¿qué es poesía Plasma?

[plasma]

(πλάσμα, "algo creado o formado")

El plasma es uno de los cuatro estados fundamentales de la materia.
El plasma carece de equilibrio electromagnético.

El plasma se forma con las mismas propiedades conductivas de los metales.

El plasma es Heavy Metal.
El plasma es incandescente.

El plasma es la forma más abundante de materia en el universo.

El Sol es plasma.
La mayoría de las estrellas yace en estado de plasma.

La poesía es un estado de la materia.
La poesía es plasma.

Plásmate.




era de una plaza,
que es la medida de la soledad,
pero en la cama cabíamos los dos

no sé cómo, pero sí:
nos bastaba como la paciencia-
un codo aquí, un brazo allá,
rodillazo allí, patada acá-
parecíamos haber inventado
un nuevo tantra

en las inflexiones de los cuerpos,
sin embargo, supimos articular el verano
donde dormía nuestro sueño
de náufragos sin mar,
desnudos y acucharados
el uno con el otro
sin zozobra

así debimos haber tenido veinte hijos

pero el asunto es que, tras varios años,
hemos sobrevivido sin mutilaciones mayors
y con una sola hija

y permanecemos enteros,
así, como dos que son uno-
prendidos como la memoria
del fuego, que no tiene

desnudos y acucharados,
nos convencimos de que el amor
es el caldo que ahoga el frío

y nos sorbemos a robos de tiempo
y nos servimos con la cuchara grande
cada vez que podemos

y aunque la cama hoy es
varias plazas más amplia,
todavía desarropo la oscuridad
para curvar en tus contornos,
el fuego de la memoria, que sí arde,
aunque aún parecemos dos náufragos
entre todo ese inmenso mar de cama

que nos sobra 

(publicada originalmente en Otro lunes)

La historia comienza, según la mitología de los Piesnegros, con un viejo que, a falta de mayores precisiones, digamos que nació viejo- o se engendró viejo. Ya de por sí sabemos que vivía en soledad y tristeza porque no es fácil ser un signo de lo que uno mismo desconoce. En su relativa orfandad carecía de recuerdos de su niñez, pues nunca fue niño, y es raro que uno extrañe algo que nunca tuvo. La medida de la nostalgia siempre es el tiempo, que es el que otorga las pérdidas y ensancha las distancias, pero Viejo desconocía el hecho porque carecía de memoria, pues se trataba de un sujeto eternamente viejo, o joven, da igual al momento.

Viejo se sorprendió a sí mismo admirando la gran nada de la que era dueño y señor, un sentido de propiedad inferido de la ausencia de otras formas de vida. Ni siquiera existían paisajes y contornos sobre los cuales pasear la mirada, así que de tanto vacío aprendió sobre el tedio. Aquella sobriedad de eternidades no proporcionaba divertimento ni satisfacciones, cualidades de lo pasajero, porque Viejo no conocía el deseo. Así, imaginó animales, ríos, cascadas y montañas y los vertió en una forma. Al momento, no tenía nombres para ellos, simplemente sus imágenes. Así, al concluir la faena de ordenar lo que pensaba, el viejo contempló toda aquella creación muda. También nació la violencia.

Entonces, descansó.

Admirando su creación, la pensó poca cosa, y le hubiese tomado más tiempo al viejo repetir su magnánimo acto, de no ser porque el tiempo es una medida de la cual no saben los que viven en la eternidad.

Y se sintió solo. Muy solo.

El asunto aquí transita de manera desperdigada e imprecisa, por supuesto, pero lo que importa es que Viejo decide crear a una mujer y a su hijo. Tras nombrarla, el viejo imaginó la voz y precisó la necesidad de la palabra, que aunque es precisa de propósito, solo media, se aproxima, comercia y tranza, pero nunca es el objeto en sí. Así el mundo comenzó a poblarse de metáforas, pero de su ambivalencia nació la duda, que no tardó en manifestarse.

¿Y cómo le vamos a hacer, ahora con nosotros viviendo aquí?, preguntó la mujer. De algún modo, tendremos que alimentarnos. Además, toda esta creación me parece tan grande y tan vasta para nosotros tres. Debes crear otra gente.

El Viejo la escuchó. Pensó detenidamente. ¿Poblar su creación? ¿Y si los nuevos pobladores le exigían que siguiera poblando el mundo? La posibilidad propuso una aritmética incontenible, una poética del espacio única. Si continuaba poblando el planeta, llegaría el momento que no habría cabida para nadie más.

Voy a tomar este pedazo de estiércol seco de bisonte y lo voy a arrojar al río, dijo Viejo. Si flota, entonces la gente como vivirá para siempre. Si se hunde, entonces la gente morirá.

El estiércol, que al ser producto de la ingesta vegetariana de los bisontes, asemejaba una compacta pero liviana torta de paja seca, flotó.

La mujer, no muy complacida, propuso otra manera de obtener la respuesta:

No, dijo. Yo arrojaré una piedra al río. Si flota, viviremos para siempre; si se hunde, pues entonces moriremos.

Así lo hizo.

La piedra, por supuesto, tajó el aire en una curva y penetró las verdes aguas hasta desaparecer en su fondo.

Pues así lo has decidido, sentenció el viejo. Habrá un final para la existencia de la gente.

Cómo concluye todo esto, es la materia de la cual se llenan los dilemas.

Pudiésemos decir que el niño crece, mata al padre y se casa con la madre. O tal vez que la mujer espera a que muera el viejo y entonces ella asume el poder. Quizá se trata, una vez más, y en la tradición de Lillith, Eva o la Malinche, de echarle la culpa de los males del mundo a la mujer. O sencillamente se trata de una alegoría de la naturaleza del lenguaje, que, según Lacán, siempre es paternalista porque proviene del registro de lo imaginario, mientras que lo simbólico lo rige la madre.

Pero no.

Todo esto es para iluminarnos con una gran verdad: la mierda flota y las piedras se hunden.

Y lo demás es literatura.




Gabriel García Márquez se ha transformado. Es otra forma de la materia. Se ha llevado su cuerpo y nos ha dejado las palabras. Ningún otro escritor del siglo XX ha tenido mayor impacto en la literatura mundial que el querido y bien ponderado Gabo. Hay hasta quien quiera despreciarlo, pero jamás puede ignorar su alcance. De su realismo mágico, del cual nunca se proclamó creador, me deslumbraba más esa magia realista de la cual muestra plenitud de poderes en El otoño del patriarca, novela que el propio García Márquez gustaba nombrar como su novela predilecta. La mía también.

Una obra maestra. Un reto escriturario. Un experimento compuesto por seis capítulos dispuestos en un cubismo narrativo de poco más de seis extensas oraciones y narrada desde la óptica de una tercera persona plural, cortesía del gusto faulkneriano de García Márquez.

El otoño del patriarca se publicó casi una década después de la exitosa Cien años de soledad, en un momento donde los lectores y la crítica esperaban que la nueva entrega de García Márquez ensayara la formula de su predecesora. Como decir Cien años de soledad II. Pero no. En su lugar, el Gabo apareció con un texto donde la parodia hierve a modo de palimpsesto revertido y absorbe, literalmente, los discursos coloniales de la conquista de América, los funde con la idiosincrasia de los indígenas de Hispanoamérica y crea una secuencia narrativa cuya fábula es infinitamente abarcadora. La obra transcurre en veinticuatro horas, y a la vez toma toda la eternidad. La noción de tiempo se diluye en la suspensión dentro un punto geográfico estático y genérico, metonimia de la historia de las dictaduras en América.

Eso.

La obra viene infundida de cambiantes perspectivas focalizadoras, que modulan desde la recreación mitológica hasta la crónica histórica como visitaciones fantasmagóricas que toman posesión de ese narrador que no es «yo», sino un «nosotros». Mestizaje e hibridez se textualizan en El otoño del patriarca como representación del sujeto colonizado en las Américas.

Y el resto del artículo lo acceden en este enlace:

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