Escribir la violencia no es escribir sobre la violencia. Es un modo de sobrevivirla. Sobreponerse a ella. De es vivirla. Uno puede tratar de convivir con ella y asumir la amnesia. El olvido y la desmemoria suelen ser mecanismos de defensa ante la violencia urbana, que encarna la monstruosidad de la ciudad erosionada, y así domesticamos el dolor y el miedo. Olvidar es vivir. Mas en Dicen que los dormidos, de Sergio C.  Gutiérrez Negrón, Premio Novela del Instituto de Cultura Puertorriqueña 2013, encontramos un intento de aunar las palabras y recuperar la memoria ante la insuficiencia de las palabras. Más que ser una crónica sobre una problemática en el Puerto Rico moderno,  se trata de una bella historia del sufrimiento, una crónica íntima para lidiar la violencia.
           
Hay que bregar con eso.
            
La escritura de Sergio C. Gutiérrez Negrón siempre ha estado más allá de los claroscuros literarios. Es un narrador que narra con la misma sugestión que un poeta hace poesía. Desde su primera novela, Palacio (Libros AC, 2011), nos acostumbra a decir lo que estima necesario, dejándonos el resto en las manos, así, como si nos tocara hacer malabarismos de sentido para completar ese ciclo que se cumple en todo texto. Para que un narrador logre algo así, es fundamental conocer el lenguaje, un proceso que no se enseña, pero que sí se aprende. Así es que Sergio escribe narrativa: bajo las operaciones de la poesía.
            
Que no se malentienda: Dicen que los dormidos tiene mucho que decir, pero más que crónica de la violencia en Puerto Rico, lo que importa es ese lugar dolido de enunciación del narrador, Luis, desde donde vamos mirando las otras vidas que pueblan este universo narrativo. O sea, lo que sabemos de los demás personajes, viene focalizado por un narrador en primera persona que, de paso, utiliza la instancia gramatical de la segunda persona singular. Las novelas escritas a un «tú» no pueden ser muy extensas si van a ser exitosas, pero más que eso, aquí hay un recipiente del texto que nos antecede. No es un desdoblamiento de sí mismo y tampoco le habla al lector; le habla a un hermano perdido y nosotros, como voyeristas, observamos y escuchamos. Entrar en las trampas de la segunda persona gramatical y salir ileso es, de por sí, un acierto. Como acierto es pronunciarse desde su lugar social de clase media, probablemente la espina dorsal del país. Desde Buenos días, Tío Sergio, de Magali García Ramis, no creo que haya otra mejor novela que hable tan convincentemente de los que vivimos constreñidos entre dos polos sociales.

Un valor superior que guarda esta novela es la de hacer cosas complejas con suma sencillez. Esto, podría decirse, también es de poetas. La premisa narrativa que da pie a la novela es una anáfora en la realidad puertorriqueña: unos maleantes tirotean a una persona por equivocación. La anáfora, de hecho, es esa herramienta primordial utilizada estilísticamente para contarnos Dicen que los dormidos. En la filosofía, la anáfora es el proceso desde el inicio del ser hasta su realización. Así que nada de esto es casualidad en una novela que viene formulada como un Bildüngsroman. Pero la materialidad narrativa se solidifica cuando la persona tiroteada es el hermano mayor del protagonista, que se anula en un estado de coma por cuatro años, y en el proceso afecta a toda su familia, particularmente a Luis. Es un sufrimiento colectivo, sí, pero Luis sufre solo. Al final, es lo único verdaderamente suyo.

El resto del escrito lo acceden aquí:
http://otrolunes.com/33/otra-opinion/cronica-intima-para-bregar-con-la-violencia/




¿Qué es el humanismo?

Martin Heidegger respondería que es el esfuerzo por el cual la especie humana es libre para su humanidad y encuentre en ello su dignidad.

El asunto es: ¿se puede ser humano sin humanismo?

Desde las teclas de Edmundo Paz Soldán nos llega Iris, una novela importante en la nueva literatura hispanoamericana. Por decirlo de algún modo, Iris pertenece al campo de la ciencia ficción, o ciencia especulativa, territorios en los que el escritor boliviano no es extraño. Ni él ni muchos de nosotros. Si bien la ciencia es una ficción en muchos países de nuestra América, la ciencia de la ficción especulativa ha sido una fuente inagotable de riqueza, como se consigna, por ejemplo, en Cuba, cuya gran producción en esta modalidad literaria ha dado paso al celebrado Premio David de Ciencia Ficción. Nos basta remontarnos al México de 1775, donde Manuel Antonio de Rivas, un fraile franciscano, imaginó, a manera de prólogo a su almanaque astronómico, un viaje a la Luna. Incluso, Rubén Darío, príncipe del preciosismo modernista, hizo sus propios intentos de incursión en el género con su historia “Verónica” (publicada luego bajo el título “La extraña muerte de Fray Pedro”). Y en una novela de 1899, el guatemalteco Máximo Soto Hall escribió El problema, en el que imaginaba un futuro cercano en el cual América Central sería tomado por un gran súper poder político que, en el presente narrativo de la novela, excavaba un canal interoceánico.

Cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia.

¿O no?

Envestida de nociones posmodernas (donde se habla, inclusive, de la posmodernización de la ciencia ficción), la arquitectura de Iris nos llega desmantelada, fragmentada, dispuesta a través de múltiples ópticas focalizadoras. Particularmente, la parte titulada «Reynolds», en la que el narrador es un Yo colectivo en primera persona plural, es una de las más efectivas.

Es un trabajo literario, sin duda y sobre todo.

Pertenece al linaje de la novela distópica hasta ahora dominada por las letras occidentales: Orwell, Burguess, Azimov, Dick son reconocibles, así como se adeuda conDune, Blade Runner y The Matrix, maravillas cinematográficas todas. Mas lo que recurre en las páginas de Iris es un realismo escondido, un realismo presente que se esconde tras el dominio del fascismo corporativo, la dominancia de las fuerzas económicas que rigen el mundo y, por supuesto, del negocio de la guerra. Es obvio que no se ve aunque se trate de Iris (la alusión al ojo no es gratuita). El valor residual de las luchas de poder en esa región menos transparente -representación de nuestro mundo inmediato- refuerza la pregunta que sí se esconde tras la premisa narrativa que da pie a la novela: ¿Qué es ser humano?

El ser humano es el ser, diría Heidegger. El hombre es el topos de la patencia porque es el único que puede preguntarse por el ser. Mas los personajes de Iris no parecen cuestionarse su existencia, sino aceptarla como designio biológico o, en su defecto, obra de una maquinación mayor. En Iris, las máquinas han llegado a intervenir en la cotidianidad y en han desarrollado un alma.

¿Qué es ser máquina?, sería la interrogante a contestar.

Inteligencias artificiales y cyborgs pueblan las páginas de la novela de Paz Soldán y ya el sujeto humano se desmaterializa, pierde su soporte y libera sus limitaciones sensoriales. En algún lugar, McLuhan delira, como Iris, que es alucinante y se alucina.

En efecto, las nociones posthumanistas de Peter Sloterdijk parecen implantarse con vida propia y de manera invasiva. La existencia es un acto físico, de ocupación de un espacio sin tiempo –un arrebato constante-, en el que la humanidad se entiende dentro de su valor como animal racional, donde la constante contingencia es imperativa, la incertidumbre es un estado de la existencia y la necesidad de luchar contra los esencialismos convoca los sentidos como ejercicio distintivo de lo que sería la vida humana. Los seres humanos son domados, domesticados, criados como bienes de consumo.

Dentro del desorden siempre hay un orden. En Iris, el dominio político, social y económico es dictado por Saint Rei, una corporación todopoderosa que se ha apoderado de la explotación minera del X503, un mineral que se encuentra en una región montañosa considerada como sagrada por los terrícolas. Saint Rei es la historia de una colonización política y económica. Un palimpsesto, inclusive, de aquellas afectaciones del plano religioso tras la perversión metafísica a la que alude Sloterdijk, y la que alucina el vacío y a la vez que injerta la necesidad de sobreponerse a ello. La respuesta está en la droga química suit, que la mayoría de los personajes consumen en la soledad de lo privativo; el yün, una poderosa planta alucinógena, y el culto a Xlött, el dios sobre el cual descansa la otra ilusión: la de la libertad de los irisianos. Así quedamos ante sujetos estructurados por líneas de pensamiento pre-humanista ante las cuales el post-humanismo se elabora como una réplica filosófica hacia una existencia donde la frontera entre lo natural y lo artificial se difumina.

La memoria es, a fin de cuentas, un implante.

Seguramente, el mayor logro de esta novela de Edmundo Paz Soldán es el lenguaje, dotado de un carácter de oralidad popular proveniente de un telar de neologismos entretejidos con vocablos del mandarín, del quechua (¿un ciber-indigenismo se asoma?) y del inglés, particularmente aquellos concernientes a la cultura popular de consumo y la informática, alterando de paso –en su efecto superlativo- la sintaxis del castellano tradicional. La elaboración de lenguaje es casi un imperativo en la mente creadora de Paz Soldán, una obligación que viene comprometida con la creación de toda un espacio cultural, con su flora, su fauna, su gastronomía y patrones de consumo mediático. Magistral, sin duda.

La antítesis de este mundo dominado por el poder corporativo es Orlewen, el caudillo rebelde y con causa que inicia su propia lucha solitaria contra los colonizadores dentro de un sistema donde la identidad no es displicente, inválida o nula, sino otro motivo en las relaciones de poder.

Siempre hay uno. Siempre hay un Uno.

Es el fracaso del humanismo, no del ser humano.

Si en la ficción tradicional la fabulación estriba en ofrecernos un mundo discontinuo y separado del que conocemos como realidad inmediata, como ha dicho Darko Suvin, en la ficción especulativa presenciamos al menos un elemento de esa discontinuidad representativa en conexión real con nuestro mundo. Con esta novela, Edmundo Paz Soldán emancipa el estudio de la condición humana de las fronteras dialécticas que dominaron el siglo XX, y de las cuales aún se nutre, anacrónicamente, nuestro imaginario.

La ciencia ficción ha sido cultivada por grandes plumas como la de Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Cásares, cuya novela La invención de Morel, considerada uno de los trabajos más importantes de la literatura de ciencia especulativa. En fin, que Iris, de Edmundo Paz Soldán, es el paso definitivo hacia otro plano literario.

Iris podría muy bien fijarse como la primera novela latinoamericana del siglo XXI.

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