La Casa de los Poetas Editores, que dirige Zoé Corretjer Jiménez, acaba de entregar los premios para su 3er. Certamen de Poesía 2014, cuya convocatoria se abría a trabajos «en torno al tema de la frontera y todos sus desprendimientos: fronteras geográficas, filosóficas, corporales, cosmogónicas y posmodernas, entre otras posibilidades». 

Beto Sotto Vento -un heterónimo bajo el cual he trabajado una serie de poemas bajo el título de Efímera- resultó ganador del primer lugar del certamen antológico. 

Beto, ser callado, huérfano, de gustos extraños, un tanto anti-social, siempre al margen -cuando no marginado-, quiso presentarse al premio. Y aquí el poema: 

santurcesutra
por beto sotto vento

somos los incomprendidos, los subestimados
los fronterizos que llevamos muertos a pasos
para adoquinar la fatiga (el futuro una vez
estuvo en nuestras manos, hasta que nos salieron
cayos de sostener tanta nada)— y nos dijeron
que no había cabida, que la casa estaba llena
y nos dejaron sin techo para cobijar la
esperanza por ser unos locos, ser tan locas,
(Manuel Ramos Otero, exiliado y sin irse, se
venía en sus rostros, con la horrible ternura del
amor no correspondido pariendo fantasmas
rosados y malcriados) mientras tragábamos
la leche y el herrumbre de la patria avejentada
y en sotana— somos la constancia, la carencia:
los que esperaban el mañana todos los días
en camisetas del Che, entre humo, cervezas,
y conversaciones truncas sobre Sartre y Camus,
comiendo humus isleño y deshojando pretextos—
somos la palabra inmóvil como barro seco,
entre sombras de baba dormida en convenios con
la patria inventada— somos los versos perdidos
de un poema, somos la cizaña que estropeó el
trigo y llevamos la mirada agotada por el
horizonte enrojecido que se desgasta en cada
aliento venido a menos— somos la posibilidad
negada, la antología censurada, mitad
del gusano que se queda en la guayaba— somos los hijos
deformes de la oscuridad, la polifonía nominal
del interior silenciado que paseamos por la Ponce de León,
-allí estaba José María Lima, peregrinando con boca amarga,
alucinándonos, y nos preguntaba «¿Por dónde anda mi nombre?»-
esquinando duro con incertidumbre narcótica—
somos sombras muertas y grises que lamen grafitis
y orinan el aserrín de la promesa podrida—
somos cosas viejas profanadas y maltrechas de juventud
somos así, llenos de ambigüedades, amplios
e incompletos, discontinuos y defectuosos:
y conocemos este sutra porque sabemos
que es así, porque llevamos la legaña del
desvelo, faltos de amor, promiscuos en la igualdad
y en la forja del sueño mirando atardeceres
derretirse en Santurce entre los esqueletos
del país que nunca fuimos


Foto de Santurce, Puerto Rico: Wikimapia


A veces nos llegan tristezas inexplicables.

Ayer se suicidó Robin Williams y me sentí muy triste, no solo por la pérdida de un desconocido a quien seguí desde sus primeras apariciones en Mork and Mindy y sus intervenciones en Saturday Night Live, sino porque Soph, mi hija, lloró su muerte.

Para ella, se había ido Mrs. Doubtfire, el Alan Parish de Jumanji, el Genio de Aladdin, Teddy Roosevelt en A Night at the Museum y el Peter Pan adulto de Hook. Excepto por A Night at the Museum, estos filmes vieron la luz antes que mi hija naciera, pero no por ello los consideró viejos o caducos. Al contrario, para ella eran las fuentes vitales de su afición por el trabajo de Robin Williams.

La muerte no es un tema difícil de transmitir a los niños si se les habla dentro de una amplitud de la cosmicidad inherente a los seres humanos. Ahora, el suicidio, eso sí que mi hija no podía entender.
La he visto llorar así solamente en dos ocasiones: durante la muerte de su abuelo y ahora.

El desconsuelo de mi hija era algo nuevo para mí. ¿Como consolarla ante la pérdida de alguien tan ajeno y tan cercano a nuestras vidas? Algo sí era claro: ella y yo, aunque evidentemente en tiempos distintos, habíamos crecido con Robin Williams.

Uno es lo que consume. Mas, en el caso de mi relación con mi hija, no puedo decir que los filmes que ella adoraba de Williams figuran en mi filmoteca (aunque ese abismo lo resuelve Netflix y Amazon Video estos días). Aparte de Aladdin y Mrs. Doubtfire, no recuerdo haber compartido algún otro filme del fenecido actor con Sophia.

Mi Robin Williams es el mismo que el que adoraba mi hija. Pero a la vez, eran diferentes.

Seguramente mi afición por el trabajo de Williams deviene a su inclinación por interpretar personajes dramaticómicos, tragicomediantes que se enfrentan a la vida en su absurdo pletórico, su dolor infeccioso y de abrumadora belleza. ¿Cómo no verme retratado en el John Keating (que guiña al poeta romántico John Keats), un maestro que enseña poesía de maneras poco ortodoxas a un grupo de jóvenes y despierta en ellos el amor por las palabras y la vida en Dead Poets Society?

«We don't read and write poetry because it’s cute, we read and write poetry because we are members of the human race; and the human race if filled with passion... poetry, beauty, romance, love... this is what we stay alive for,” dice Keatings a sus estudiantes.

¿O en The World's Greatest Dad, donde encarna a un escritor poco publicado que tiene que dar clases para subsistir? ¿O el Chris Nielsen de What Dreams May Come, que viaja hasta la otra orilla para buscar al amor de su vida, fallecida en un accidente automovilístico? ¿O el Andrew Martin de Bicentennial Man, un androide que desea el don de la mortalidad con tal de poder adquirir las sensaciones que informan la experiencia humana? En Good Will Hunting, tras varias sesiones fallidas y enmarcadas por un ansioso antagonismo, el doctor Sean Lambert (Williams) logra apaciguar los demonios de Will Hunting (Matt Damon) y abrazarse en la empatía al descubrir que ambos comparten una niñez turbulenta.

Empatía. Donde el sonido del dolor y la alegría se equaliza.

El arte nos absorbe de maneras misteriosas.

Lo que queda conmigo de estos filmes, persiste de forma subcutánea. Una transposición de los deseos reprimidos proyectados en los personajes de Williams, sería el diagnóstico. Una proyección inevitable. Identificación. Nuevamente, empatía, si tan solo por un ismo del Ego.

En todas estas películas, hay una pulsión de muerte presente hilando sus tramas -aunque en Will Good Hunting sea tan solo conceptual, pues al final, el doctor Lambert abandona su vida profesional para viajar por el mundo-.  Siempre hay una inconformidad latente, sofisticada, presuntuosa con la cual los personajes buscan resolverse, incluso en filmes más célebremente oscuros, como Insomnia, donde Williams hace el papel de Walter Finch, un escritor de novelas negras que se convierte en homicida y también pierde la vida.

Las distensiones entre la realidad inmediata y la realidad idealizada siempre alcanzan los filmes de Robin Williams. Después de todo, el trasvestismo de Mrs. Eupheginia Doubtfire es esa medida desesperada del personaje Daniel Hillard para acortar la distancia entre el estado de las cosas y las cosas sin estado: ante su divorcio y la renuencia de su esposa a dejar que vea a sus hijos, Hillard solo puede ver y estar con sus hijos bajo visitas supervisadas, según la corte, una vez a la semana. Ese territorio de lo extraño, ese claroscuro existencial, resulta ser el estadio que polariza los momentos de felicidad de Hillard/Mrs. Doubtfire.

Hay que dudar del fuego. Siempre.

O me. O life.

Curiosamente, el tema del suicidio prevalece en el trabajo de Williams. En Dead Poet's Society, el personaje de Neil, ante su aparente inhabilidad para enfrentar un futuro sobre el cual él no tendrá voluntad propia, decide quitarse la vida. En The World's Greatest Dad, Lance Clayton (Williams) falsifica una nota tras la muerte de Kyle, su hijo, por asfixia suicida, y luego procede a escribir y publicar un falso diario de su hijo Kyle, lo que le trae el reconocimiento literario que tanto anhelaba Clayton (aunque el reconocimiento es para Kyle). Y ni se mencione que la insistencia de Andrew Martin en Bicentennial Man por convertirse en humano. Es decir, ante su realidad insensible, Andrew quiere morir.

Y aquí hay crónicas anunciadas de la muerte de Robin Williams.

Robin Williams era un payaso serio. Y como payaso al fin, escondía muchas tristezas con las cuales nos hacía reír.

Eso es todo.

Entonces, abrazo a mi hija. La consuelo. Le hago de payaso. La hago reír y por un momento olvida su tristeza. Como en Patch Adams.

Y en realidad, sigo siendo el Fisher King.



Este poema dedicado a Andy Warhol se publicó en mi libro «vicios de construcción» (2008). En la celebración de su onomástico del artista pop, lo comparto de nuevo.  

[tienda de descuentos en San Juan]

como pienso en ti esta noche, Andy Warhol,
vagando las góndolas de Topeka
amándote en la canasta de metal
como arqueólogo en busca de fósiles;
amándote así, letal y sobrio,
con hambre de todo y apesadumbrado,
buscando quince minutos de fama;
que no invento mi código de barra
y ni siquiera sé si yo existo.

te vi, Andy Warhol, príncipe del pop
con tu póster de Marylin, buscando
un chico dulce que prestara el cuerpo
tu pelo argentado por las estrellas
flecos de platino apuntando en todas
direcciones de la rosa náutica;
que es tu corazón tan eléctrico,
ecléctico, dialéctico, irónico.

¿adónde vamos hoy, Andrés Warhola?
¿traes contigo ese teléfono de Dios?
llevas en el pecho una cruz de balas
y vendas ceñidas como cinturón.
pero tu lata de sopas orienta
hacia esa rola crasa de Lou Reed,
bajo un cielo pintado por Basquiat,
cielo negado de Manhattan.

¿dónde brindaremos con Coca Cola?
dime, Andrés, ¿iremos a The Factory?
¿pintaremos de verde las aceras?
¿me harás un par de zapatos carmesí?
¿pondrás mi rostro en un billboard santo?
¿masificarás mi lamento en arte?
mira que sí: el dinero es una musa,

y mis labios se mueren por su beso.

Foto de Andy Warhol: Jack Mitchell.

«No nada más erróneo que la idea, algo demasiado común, de la imaginación de un escritor en constante funcionamiento», dice el personaje-autor interpretado por Tom Wilkinson en una de las escenas iniciales de The Grand Budapest Hotel, la más reciente producción cinematográfica del guionista y director Wes Anderson. «En realidad, él no tiene que inventar sus historias; sólo tiene que dejar que los personajes y los acontecimientos encuentren su camino hacia él».

Carga la cita cierta resonancia alegórica y, a la vez, confesional.

The Grand Budapest Hotel (2014) es una joya cinematográfica que se informa a partir de la vida y obra de Stefan Zweig, escritor olvidado que amasara una legión de seguidores durante las décadas de los '20 y '30 antes de cometer suicidio junto a su esposa en Brasil. Su círculo de amistades iba desde Joyce y Rilke hasta Einstein y Strauss. Un infinidad de poemas, obras teatrales, ensayos, cuentos y novelas confirman su densa bibliografía. «Yo robé de Zweig», confesó Wes Anderson durante una entrevista con el Telegraph de Londres.

El filme es el relato de un autor (presuntamente, Zweig, interpretado por Wilkinson) a través de su propia autoficción (interpretada por Jude Law) en quien se delegan las historias vinculadas al Gran Budapest según las confiesa el señor Moustafa (F. Murray Abraham), quien relata la historia de su juventud, cuando era conocido simplemente como Zero (Tony Revolori), el botones del hotel que se convierte en discípulo y protegido de Monsieur Gustave (Ralph Finnes), dueño del hotel y otro de los personajes que, en cierto modo, se modelan bajo Zweig. Así que, desde la perspectiva actancial, el filme es un juego de refracciones.

Esto, de por sí, es una de las características de la literatura de Zweig.

La historia gira hacia el relato policial y de misterio cuando Madame D. aparece asesinada y M. Gustave es acusado por la familia de la víctima, no tanto por ser un sospechoso inmediato como por los sentimientos de indignación que brotan entre los herederos de la inquilina del hotel, quien en su testamento delega en Gustave la custodia de una invaluable pieza de arte, «Boy with Apple». Como Zweig -un ávido coleccionista de arte, manuscritos y partituras musicales-, M. Gustave estima el arte más que cualquier otra riqueza que Madame D. pudiese haberle dejado, por lo que procede a robar la obra antes que la familia la localice. La comedia de errores se desvela a partir de entonces, en la medida que M. Gustave es llevado a prisión -no por robar la obra, sino bajo acusación de homicidio- y escapa para probar su inocencia.

Zweig se presencia a lo largo del filme en todo momento.

La narrativa se mueve como en Novela de ajedrez, probablemente la obra maestra del autor austriaco. Se hila entre secretividades (como decía Campoamor, «el aya de las pasiones») como en Ardiente secreto. Pero, sobre todo, como admite el mismo director del filme, el modelo es La piedad peligrosa.

Cinematográficamente, el filme también es sumamente literario, en particular el recurso consabido de Anderson (ya explotado magistralmente en otro magistral film de este director, Moonrise Kingdom) de lo que denomino escenas instalación. En cierto modo, hay prestaciones del fluxus, donde la composición cinematográfica no es el fin, sino el medio. Hay cierta tendencia al videoarte, donde la imagen lo es todo en su función performática, de cierto modo aislada, como si se tratara de una fotografía estática o, quizás, una instalación. Como consecuencia, deviene una sensación de alargamiento del tiempo. La película, de apenas una hora y cuarenta minutos de duración, deja la sensación duplica el tiempo, un efecto al que ayuda el frecuente uso de la panorámica (a veces, intencionalmente bruscos, sea horizontal, vertical, circular o de barrido), donde la cámara camina con el espectador en lugar del jump cut, donde los saltos en la acción quedan marcados más perceptiblemente.

Y los colores... los rosados y los amarillos y dorados como en Polaroids de los '60. Los rojos intensos en contraste con la clonación del look photocrom de principios de siglo XX. Un poema.

El filme es aún más convincente dado el elenco que anima a los personajes: a los ya mencionados protagonistas se unen William Dafoe, Bill Murray, Adrien Brody, Edward Norton, Harvey Keitel, Jeff Goldblum, Jason Schwartzman y Owen Wilson, entre otros.

Es una película para sentarse y mirarla. Disfrutarla. Admirarla. Y, sí, reírse. Es, en fin, una comedia.



Lo que ha cambiado es la manera. La forma. El contenedor. El impulso original sigue intacto. Siempre habrá necesidad de contar historias.

Primero fue el sonido. Luego la imagen. O quizás fue al revés. En todo caso, la matriz del lenguaje es el deseo, lo que no se tiene o se posee. (¿Se puede desear lo que se tiene? ¿O se apetece?) La tenencia es siempre impermanente. Y si se trata de objetos materiales, uno los desea hasta que los tiene. Luego las cosas poseen a uno. En fin, ese es el espacio de la metáforas y del lenguaje, reponer en algo nuestra inconsecuencia material en el tiempo.

Por eso, nuevamente, es que existen las historias.

Persiste en nosotros, las especies hablantes, el efecto dialógico del lenguaje, la comunicación de las ideas, el intercambio de información y la preservación de la gnosis cultural. Pero esta concesión solo privilegiaba a un grupo social letrado que ejercía predominio sobre la cultura de la letra impresa.

Si algo ha traído la ruptura del monopolio de la publicación convencional es la proliferación de modos alternos de producción cultural y literaria. Las narrativas transmedia, inicialmente advertidas por estudiosos como Henry Jenkins y Carlos Scolari, suponen una manera de contar historias a través de una diversidad de medios y plataformas de comunicación. Entre estas, las redes sociales como Twitter y Facebook han venido a ser solo algunas de las piezas en la elaboración de narrativas en las que, consecuentemente, es el consumidor (aún visto como lector) quien da compleción al mensaje (Reader’s Response, anyone?) y lo lleva a nuevos linderos de transformación en la medida que el recipiente del mensaje participa, se agrega a la cadena de transmisión y difunde el mensaje. Es un prosumidor (productor/consumidor). Por tomar una cita de Arthur Frank, de su libro «Letting Stories Breathe», las historias dejan de pertenecer a los narradores y oyentes de la historia porque todas las historias posan como ensamblajes repetidos de fragmentos en prestación que hacen que dependan de fuentes narrativas compartidas.

Así, vamos a velocidad digital desde el relato impreso en papel al relato narrado en 140 caracteres, a los posts en Facebook y a las imágenes en Instagram (en inglés, ya Instagram es un verbo: «Instagram it»). O, en su efecto, en los tres a la misma vez. Los «hashtags» (#) se convierten en semas. Los «status updates» son textos de la historia de un personaje mayor, que es el del usuario (Todos somos una ficción, ¿no?). Las imágenes vuelven a ocupar su centro de culto en la sociedad occidental ojocentrista y dicen mil palabras. ¿O será que las mil palabras dicen una imagen?

Ojo (las pretensiones son a propósito): hablan. Dicen palabras.

Así que para los que se anticipan a proclamar el triunfo de la era de lo visual, les recuerdo que las palabras también son imágenes.

Entonces, llegamos esa reciente invasión textual en nuestras vidas que llamamos meme, una unidad cultural no genética para la transmisión de información.

El resto del artículo lo acceden en Nagari, revista de creación.


En la catedral de San Patricio, las remodelaciones se llevan a cabo con un ruido silencioso. El andamiaje recorre las columnas, las paredes y el techo como si se tratara de un exoesqueleto. Parroquianos y visitantes transitan con imperturbable indiferencia ante las obras de reconstrucción de la catedral, que lleva más de ciento treinta años en la ciudad de Nueva York. Desde la entrada en la 5ta. Avenida hasta el altar mayor, se restaura todo: el órgano, los bancos, los vitrales y nichos de altar a un costo de setenta y cinco millones. A nadie le incomoda. Nadie duda de su propósito. A fin de cuentas, el concepto de la religión es oprimir la duda y obliterar el cuestionamiento.

En los bancos, veo a varios feligreses hincados ante el altar, las manos entrelazadas, elevando peticiones andamiaje arriba.

Es un silencio ruidoso.

Jóvenes y viejos ensimismados en su comunicación de altas esferas bajo la mirada severa de los oficiales de seguridad eclesiástica que vigilan la catedral. Los ojos cerrados, la cabeza inclinada, la postura de humillación ante un poder que no es -asumidamente- de este mundo. Desde uno de los nichos laterales, la imagen de Santa Brígida de Kildare abre sus brazos, desprendida hace tanto tiempo de su pasado celta como diosa del fuego, la luz, la sabiduría y la poesía.

En una esquina, usted puede obtener una moneda conmemorativa de su visita a la Catedral de San Patricio por cinco dólares. Se aceptan donaciones también. Y pude firmar el libro de visitas digital por una donación, para lo cual se acepta VISA, Master Card y American Express. Las velas de peticiones son a $2.50.

La devoción es, entonces, un bien de consumo.

Miro a los feligreses y su sufrimiento personal, que ahora es público. Si fuera Facebook, estarían actualizando sus mensajes y diciendo: "Tengo miedo" o "Sufro" o "Estoy jodido". El sufrimiento nos prepara para la gloria. Solo hay que creerlo. Créelo.

La fe confiere, como decía Nietzsche, el sacrificio de la libertad, el orgullo y la emancipación espiritual; connota subyugación, irrisión y mutilación.

Y así, rendimos todas nuestras libertades de la misma manera que hemos entregado nuestro espacio civil al infame Patriot's Act. Es el precio de la libertad, que es como nombrar un oxímoron, pues la libertad se supone venga sin ataduras.

El mundo terrenal, el reino del cuerpo, es un recinto de males. Nos acabamos a plazos en la intransigencia del tiempo y nos desbocamos, inequívocamente, hacia el deterioro de la materia. El mundo terrenal no tiene nada que ofrecernos, excepto miseria, enfermedad, muerte. El sufrimiento es la única verdad de la vida, diría Buda. En el cristianismo, es solo a través de las tribulaciones que entramos al reino de Dios. En la nueva Jerusalem, no habrá dolor ni lágrimas, pero, de nuevo, para ello debemos sufrir.

La fe cristiana -como el presente orden de Estado- requiere del sacrificio. Ceder a los instintos de los deseos es pecaminoso, nos sume en la minucia de la carne y por ello debemos sentirnos culpables. Ser cristiano es renunciar a nuestra naturaleza animal, apuntó Nietzsche. Es el predominio del espíritu sobre el cuerpo. El Bien, lo bueno, es del reino de otro mundo incorpóreo.

Creer es renunciar. La fe desarticula la duda, que, al final del camino, es la base de la sabiduría.

Y los feligreses, algunos en llanto, con su vacío y su desamparo, inclinados ante la majestuosidad en reconstrucción, se entregan en oración -que es como decir palabra, o metáfora- implorando quién sabe qué o por qué o por quién, en la convicción de que serán escuchados.

Mas esa es la única certeza de que, después de todo, seamos seres espirituales. La necesidad de inventar un lenguaje con el que podamos comunicar lo que no es de la carne es una validación de que, en efecto, nuestra vida concurre en el mundo de lo intangible. De ahí el silencio de los templos y las catedrales. Como en los cementerios.

Por un momento, creo sentir como ellos (¿Cambiaría mi mundo por un instante de devoción como el que yo atestiguo?).

Precisamente, parte de la naturaleza humana es saberse en desigualdad ante un poder superior, un algo no inmediato, un desconocido abstracto que será mayor que la suma de nuestras partes, que al momento de nombrarlo parecería que lo poseemos, mas no es así, pues su constancia es elusiva. Cuando se encierra lo inexplicable -que es el ámbito de la espiritualidad- dentro de la razón, entonces destilamos la religión.

Y por un instante, bebo, como con devoción, el vino del silencio. Un bien de consumo.


La historia de Genérika. Nadie la conoce y más bien, el término pasa como una categoría de mercadotecnia. En cierto modo, lo es. Todos somos oferta y demanda.

El diario La Vanguardia aloja en su página cibernética un enlace para este blog, que ya va por las 573,000 visitas desde que subiera en línea en el 2006, A.T. (antes de Twitter).

La pregunta inicial de los editores fue: ¿Qué es Genérika? El blog, no el concepto. Pero no hay concepto sin el blog.

Alguna vez comenzamos a vaciar el tiempo del espacio. Podemos situarnos en una circunstancia temporal común –digamos, un conversando por mensajes de texto o compartiendo en las redes sociales- pero separados por la distancia –digamos, por ejemplo, de Barcelona a San Juan-. Hemos aprendido a convivir en la virtualidad inefable de los medios de comunicación. Sin embargo, ocurre que en el mundo físico –nombrémosle, con el riesgo de errar, el mundo real- nos desplazamos por pueblos, ciudades y países con la sensación de que estamos en el mismo lugar siempre. Es una ilusión. Una fantasmagoría provista por nuestros impulsos de consumo. Vestimos, calzamos, comemos y tomamos los mismos productos en el mundo neoliberado y globalizado.

La aldea global de McLuhan tiene nombre, y se llama Genérika, un continuo donde la experiencia de vida se disuelve.

Eso es Genérika. Aquí en enlace de La Vanguardia

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