En celebración del equinoccio de otoño, y a partir de hoy, 20 de septiembre de 2014, estará mi primer libro de relatos, Septiembre, disponible de manera gratuita hasta el 23 de septiembre, que es "El día que llovió dinero en Adjuntas". En el libro, claro está.

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Sobre el libro, Eugene Mohr, fenecido crítico literario, dijo entonces:

«Las 13 historias en la colección quedan unificadas por temas comunes, por la voz narrativa de un niño entre sus primeros años de escuela primaria y la graduación de escuela secundaria, y por Adjuntas, en donde las historias se desarrollan o hacia dónde apuntan. El Adjuntas* de La Torre Lagares no es simplemente un pueblo pequeño. Es un lugar de niebla y lluvia y noches frías, un lugar aislado por las montañas que lo separan del resto del mundo de vacías, pero encantadoras, promesas.

Septiembre tiene varias significaciones en las historias. Un número de adjunteños participó en la revuelta del Grito de Lares el 23 de septiembre. El clima es, entonces, cambiante, puesto que septiembre marca el paso del verano al otoño, de la juventud a la madurez. "Septiembre" es un hermoso y conmovedor testimonio de un hombre que hace las paces con su juventud marcada por comedia, visión, esperanza, pasión y dolor que nunca podrá ser exorcizado».

Septiembre fue publicado en el 2000 por Editorial Cultural y recibió premio del Pen Club de Puerto Rico ese año.



Este artículo habla sobre el trasero de Jennifer López y se publicó en El Nuevo Día el 9 de abril de 2000. Sin embargo, como ocurre con ciertos cuerpos celestiales de nuestra galaxia, su temática reincide en la cotidianidad de nuestra cultura popular. Luego de ver su presentación en  los Fashion Rocks Awards, no tuve más opción que desempolvar el escrito. Tal vez, de aquí a otros 14 años no tenga que volver a remezclarlo. Pero, ese es el asunto con los mitos. 


De su cuerpo de continente resaltan los dos portentosos tambores africanos que carga por trasero, y que han hecho del tener glúteos abultados, más que una moda, una característica distintiva de la sensualidad femenina, y yo, como muchos otros y otras, me deleito en su feminidad. Y hay quien diga que no, que eso es sexista, que eso es explotación de la mujer, pero a mí, en este momento, me importa un bledo, porque yo creo que detrás de de Jennifer López, además de sus nalgas, se ordena el inevitable cenit eterno de la evolución de la raza. 

Big, big booty. What you got? A big booty.

Bueno, tal vez ande filosofando sobre un par de nalgas, pero nos cualesquiera nalgas: se trata de las nalgas de Jennifer López, cotizadas entre las más famosas y selectas del mundo.

Kim Kar...who?

Y yo las miro, y mis amigos las miran, y tú las miras y nosotros las miramos y hasta parecemos niños de campo en cumpleaños de pueblo. Es nuestra naturaleza. De hecho, un estudio reciente revela que, de todas las partes del cuerpo humano, lo más que miramos -hombres y mujeres, ¿eh?- son las nalgas.  
Ya alguien había dicho que no se le puede dar la espalda a nadie. 

Big, big booty. What you got? A big booty.

De los entrevistados, unos dijeron que lo primero que miraban eran los ojos; otros aseveraron que el rostro, pero todos concordaron en que, en momento determinado, también miraban las nalgas. 100% de los hombres entre 44 y 54 años dijeron que miraban las nalgas de las mujeres. En general, entre los entrevistados de todas las edades, el echarle una miradita a las sentaderas siempre obtuvo sobre el 57%. ¿Conclusión? Nadie nunca pasa las nalgas por alto, tengan éstas apariencia de peras, manzanas o pollos entecos. 

Y somos tan ingratos que pensamos que las nalgas son sólo para sentarse, lo que provoca pensar en todos esos poemas que han cruzado mis ojos y mi mente- tantos poemas que han vagado por mis libretas de apuntes, y ninguno- ni uno sólo ha tenido el honor de ser dedicado a ese par de fieles compañeras que van con nosotros a todas partes. Se han escrito poemas dedicados a los ojos, a los labios, a la boca, a las manos, a la espalda, al cabello, pero nadie ha escrito a las nalgas; odas a las narices, a las cebollas, a los jarrones, pero ninguna dedicada a esos dos santos hemisferios glúteos. 

Buns of steel, anuncia la promoción de un conocido programa de ejercicios para fortalecer esa parte de la anatomía. 

El punto es que a todos nos gustan, pero, ¿qué diría usted si alguien le dice “Me gustan tus nalgas” con la misma naturalidad que le dicen “Me gusta el color de tu pelo”? Dios nos libre de abocetar semejantes piropos, aunque la verdad es que para cuando le elogian el cabello, a uno ya le han calculado el trasero desde diversos ángulos. Ah, pero piedad, Señor, piedad. Verificar la tablilla ajena es puro comportamiento natural humano. 

El argumento, mi hipócrita lector -mon semblable, mon frère!- es científico.

El eminente investigador puertorriqueño Juan A. Rivero, profesor distinguido de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, dice en su libro Las llamadas del sexo que las nalgas cumplen una función biológica en la preservación de las especies. A algunos animales se les infla en pecho, a otros les cambia de color, pero en los humanos, que estamos capacitados para tener sexo en cualquier época del año, las llamadas sexuales visuales son de otra índole. 

Según Rivero, las nalgas son atractivas porque, cuando la especie humana se tornó bípeda, los músculos glúteos tuvieron que agrandarse y fortalecerse para lograr que la pelvis y el tronco se mantuviesen alineados con la cabeza del fémur y permitir la posicíon erguida del cuerpo. Como antes el hombre tenía sexo como los animales, y ahora… ahora, pues, la situación no viene al caso, pero sí le digo que como las mujeres tienen el cuerpo más arqueado que el hombre, la evolución hizo el cambio más conspicuo en ellas. 

She got the boom, shake the room/ that's the lightning and the thunder.


Así, la función de las nalgas en la mujer trasciende el aspecto mecánico y asume, ante la escasez de otros medios visuales, un interés erótico que despierta el viejo instinto animal. 

Los hombres podremos estar dispuestos al eterno “¡sí!”, así, con cortejado por signos de exclamación and all that jazz; pero es exclusivamente femenino el clavarnos un “no” en medio del pecho, como una estaca de hielo. Eso es lo que yo llamo poder. Las mujeres deben saber utilizar muy bien el suyo.

Shake your bon-bon o “mueve tu cucu”. 

Ya sea vistiendo mini faldas o hot pants, bailando macarena o perreando, el deseo por resaltar el trasero es un definitivo llamado al sexo —un retroceso al instinto primario— una vuelta al génesis, o el cierre de un círculo, que a su vez es un reclamo legítimo de la desemejanza biológica (biológica, puramente biológica) entre los hombres y las mujeres— esas diferencias que nos hacen como aire y fuego. Créame que el único propósito de utilizar zapatos de tacón alto, moda que data desde el siglo XVII, es resaltar las nalgas y exaltar la sensualidad de los relieves y contornos del cuerpo femenino. 

Las nalgas son esa parte de nuestra anatomía que habla en silencio.

Bueno, cada quien, a su manera, entenderá el lenguaje en que le hablen y lo que le digan, porque hay nalgas y hay nalgas, pero, ¿alguna vez le han dado un saludo de pelotero? Me refiero a ese ritual cada vez que un jugador llega a primera base y el coach le da sus palmaditas de cariño. Seguro que sí, aunque usted jamás haya jugado béisbol, lo disfruta. Es algo especial. Digo, no a todo el que va errabundo por los senderos de Dios le permitimos que nos toque las pompis. Las nalgadas en el béisbol tienen la apacibilidad de un beso en cada mejilla. Pero no por ello vamos agarrándanos de nalgas. Inconcebible. Y es que las nalgas, sabemos bien, son más de lo que aparentan ser.
Mi planteamiento trata de algo más que una mera fijación con un par de sentaderas sin las cuales nuestra cuerpo se vería impedido de caminar y que son nuestras mejores aliadas a la hora soportar una vacuna. Las nalgas, insisto, son poder: el poder de la seducción, un arte que es más instintivo y efectivo en las mujeres que en los hombres, lo que lo convierte en un arma importante para las féminas, porque ese arte atraviesa el deseo y el goce y va más allá de lo sexual o de lo productivo. Los hombres, como espectadores, estamos vinculados al aspecto productivo y concreto del acto sexual, pero la seducción femenina, en cambio, está arraigada al universo de lo simbólico—a lo sugestivo—a lo insinuado; viaja en lo intangible— en la fantasía y la imaginación. Se destila entre rituales lúdicos. Constructo o no, es así.

Me gusta la manera en que Jennifer López evoca todo esto y me recuerda que, sin una mujer, no hay nada completo, porque no hay vida; que sin ticket, no hay laundry; que la rosa trae espinas y que no hay fuego sin aire. Me gusta creer que una mujer puede ser tan suave como un susurro y tan fuerte como un desprecio. Me gusta entender porque si los hombres inician el juego, las mujeres cantan las jugadas. 

Si las nalgas, como dice el profesor Rivero, son un llamado visual al sexo, y, por consiguiente, a la procreación de la especie, entonces Jennifer López es más que un nuevo canón de estética en el mundo, o el rompimiento con el prototipo de mujer bulímica, la fabricación estentórea de un ideal de belleza que sublima el deseo en muerte como bien de consumo.

I wanna take that big 'ol booty shopping at the mall...

JLo, en fin, es el arquetipo del llamado a la unión de las almas y cuerpos de todos los que llevamos sangre latina— la evolución de la Raza— la preservación de todo lo que es hispano, y sobre todo, de la identidad puertorriqueña. 


Bueno, no se lo tiene que tragar. Yo tampoco me creo la mitad de lo que dije. Solo buscaba una excusa para mirar el video, desempolvar mi escrito y celebrar a JLo.

El juego es mirar. 

Big, big booty. What you got? A big booty.



Nosotros, escritores y escritoras del país expresamos nuestra indignación y repudio ante la violencia contra la mujer en Puerto Rico, consternados particularmente por la rebaja de cargos en el veredicto del juicio al asesino de Ivonne Negrón Cintrón. Como escritores y escritoras, no estaríamos haciendo uso útil de la palabra en su razón más básica si no nos expresamos ante este caso. 

En una argumentación que promueve la desvalorización y menosprecio a la vida de las mujeres, la defensa en este caso propuso como razonable la idea, tantas veces perpetuada, de que un hombre se “ciegue” ante la negativa de una mujer de darle sexo. Un jurado encontró razonable el planteamiento de que un hombre “ciego” apuñalase 26 veces a una mujer y la cortara en trozos luego de matarla. No vio premeditación, justificó al hombre. Si perpetuamos este mensaje como aceptable y correcto, tenemos un pueblo en peligro. 

El mensaje implícito de que los hombres pueden “apasionarse” ante la negativa de las mujeres a acceder a sus avances sexuales, o cualquier avance, es un mensaje licencioso a la continuidad de la violencia que impera en la Isla en contra de la mujer. Cada vez que asentimos al mensaje de que los excesos de “amor o pasión” llevan a un hombre a asesinar, apuñalar, disparar, violar o golpear a la mujer dejamos indefensas a nuestras madres, hermanas, hijas y amigas que caminan junto a nosotros día a día. 

Tenemos una gran responsabilidad de indignarnos y manifestarnos. Tenemos la obligación de reeducarnos. Debemos establecer claramente que el amor y la pasión no han estado nunca ni estarán relacionados con ningún acto violencia. Tenemos urgencia de incluir en la educación la valoración de la vida de nuestros hombres y mujeres por igual. Exigimos que se incluya la educación con perspectiva de género en nuestras escuelas. 

Ante los hechos, exigimos educación urgente al país. Este comunicado es un repudio a la violencia a la mujer, pero no resulta una defensa a la mujer solamente sino una defensa a nuestra sociedad puertorriqueña y una defensa a la humanidad. 
Firman este comunicado: 1. Marlyn Cruz-Centeno 2. Anuchka Ramos Ruiz 3. Miranda Merced 4. Alexis Pedraza 5. Alejandro Álvarez Nieves 6. Alexandra Pagán 7. Amárilis Pagán Jiménez 8. Ana María Fuster Lavín 9. Andrés O’neill Jr. 10. Ángel Isian 11. Ángel L. Matos 12. Ángel M. Agosto 13. Angelo Negrón 14. Arnaldo A. Alicea Vega 15. Bárbara González Camacho 16. Benito (Benny) Massó 17. Camille Harris 18. Carlos Vázquez Cruz 19. Carmen Marín 20. Christian Manuel Marrero 21. Cindy Jiménez Vera 22. Damaris Suarez Lugo 23. David Caleb Acevedo 24. Dr. Ricardo Rodríguez Santos 25. Eduardo Brobén 26. Edwin Figueroa Acevedo 27. Elidio La Torre Lagares 28. Emilio del Carril 29. H Roberto Llanos 30. Héctor Morales Rosado 31. Héctor Rincón Zanuit 32. Iris Alejandra Maldonado 33. Iris Miranda 34. Isabel Batteria 35. Jesús Manuel Santiago 36. Jorge Eugene López-Rivera 37. José E. Muratti-Toro 38. José Ernesto Delgado 39. José H. Cáez Romero 40. José Manuel Solá Gómez 41. José Rafael Solís 42. Juan Félix Algarín 43. Karina Gómez 44. Kisha A. Ayala-Álvarez 45. Luis Francisco Cintrón Morales 46. Luis Negrón 47. Lynette Mabel Pérez 48. Magaly Quiñones 49. Mairym Cruz Bernal 50. Manolo Coss 51. Mara Clemente 52. Marta Emmanueli 53. Mary Ely Marrero-Pérez 54. Max Chárriez, Editorial La Tuerca 55. Mayda Colón 56. Melany Minnete Rivera 57. Miriam Montes Mock 58. Moisés Agosto Rosario 59. Nancy Debs 60. Natalia Ortiz-Cotto 61. Peter M. Shepard Rivas 62. Profesora Nina Torres Vidal 63. Roberto Ramos Perea, dramaturgo 64. Ruben Rolando Solla 65. Rubis Marilia Camacho 66. Sandra Santana 67. Tina Casanova 68. Walberto Vázquez 69. Wenceslao Serra Deliz 70. Xavier Valcárcel 71. Yara Liceaga 72. Yolanda Arroyo Pizarro 73. Yvonne Dennis 74. Zayra Taranto 75. Zulma Oliveras Vega 76. Zulma Quiñones
77. Yolanda Izquierdo
78. Alexandra Román


Al inicio de Robar en American Apparel (Melville House, 2009), de Tao Lin, Sam se levanta a mediados de tarde y lo primero que hace es corroborar su correspondencia electrónica. Es su primer impulso, que pronto es secuestrado por un sentido de frustración al ver que Sheila no le había escrito. Es un Eros atrofiado que se interrumpe. Así que simplemente mira la pantalla de su ordenador como “El tonto en la colina”, la canción de los Beatles. Se ducha. Se viste. Hay un sentido de higiene y pudor que pulsa en su condición de escritor solitario de culto, que coacciona simplemente para sentarse frente a la computadora. Abre el archivo que contiene sus poemas, pero ni los lee. Simplemente desvía su atención hacia el correo electrónico nuevamente. En poco tiempo, oscurece en la ciudad.

Y así transcurre la vida de Sam, un escritor que no escribe, trabaja en un café vegetariano y roba baterías (pilas) que luego vende en Ebay. Su vida entera es una abstracción que solo cobra sentido tanto se mediatiza por las redes sociales, chats, correos electrónicos. Es un sujeto colonizado por la cultura de masas, los estilos de vidas prescritos y las grandes marcas de bienes de consumo. No tiene vida anímica alguna y su mejor rostro posee la insipiencia de la neutralidad. En la plena inmediatez del tedio, ejecuta cincuenta saltos de calistenia que lo dejan exhausto. “Por Dios, me sentía jodido acostado”, le confiesa por chat a su amigo Luis. “Necesitaba dormirme”.

El deseo se separa de su dispositivo colectivo, diría Gilles Lipovetsky. Se atemperan las entusiasmos. El sistema induce al “descanso”.

Esa recurrente evasión de la realidad va informando la peculiar novela que Tao Lin monta como si se tratara de una instalación. Escrita con desnudez retórica y sinsentido cotidiano, es un trabajo narrativo compacto, con la tensión de un sábado por la noche en Times Square y, a la vez, tan relajado como la neo-bohemia postindustrial de los manhattaneers. Los personajes de Robar en American Apparel tienen conciencia ecológica, sus conversaciones frecuentemente se remiten a un epicureísmo vegetariano, y nunca aparentan cobrar conciencia del tiempo más allá de la inmediatez. Es decir, es una novela de la manufacturación de la memoria en modo verbal presente.

Si Hemingway adoraba los sustantivos, porque lo acercaban a una realidad material que deseaba apropiar, Lin los alterna con el uso exhaustivo de pronombres indefinidos. La ambigüedad es un eco de sí misma: frecuentemente, los verbos asumen dos objetos: “¿Acaso somos bohemios o algo? “ o “Crees que debemos suicidarnos o comenzar a llorar o golpearnos los testículos”, por ejemplo. La ambivalencia en la vida de estos jóvenes es patética, enfermiza. “Qué nos sucede”, se pregunta Sam. “Creo que nos estamos volviendo locos”, le corresponde Luis.

Nótese que en el caso de las oraciones interrogativas, los signos que las señalan quedan ausentes. Son preguntas formuladas de manera enunciativa.

No hay nada que preguntarse. La incertidumbre es expresada como certeza.

Así queda propuesto cierto narcisismo seudointelectual en el cual los personajes asumen que lo saben todo cuando en realidad sus conversaciones apuntan a la propia insuficiencia del lenguaje hablado para sostener una conversación coherente, por lo que se dedican a llenar el aire de sinsentidos. La dialéctica se expresa de manera ilógica, imperfecta; a veces, casi como una mayéutica absurda y sin síntesis, donde lo que aparentemente importa es sofocar la incomodidad del silencio.

De pronto, la vida es Beckett y esperar a Godot en MySpace.

O robar en American Apparel.

Por tanto, estamos ante un tratado sobre el lenguaje y su insuficiencia en el mundo material.

En un momento de la novela, Sam y Sheila acuerdan –por correo electrónico- asistir al Film Forum para ver juntos un documental. “En el vestíbulo del teatro, no se hablaron”, nos dice el narrador en tercera persona que compone la historia para nosotros –en primera persona, Sam seguramente no hubiese tenido nada qué decir, a pesar de que se dice escritor-. Al final, intercambian comentarios y cada cual parte para su destino. Es lo más cercano a un momento de intimidad entre los dos personajes.

No hay parergon.

Los mejores diálogos –los más “elocuentes”, si se quiere– son impersonales, meras conversaciones cibernéticas donde advertimos la conciencia del lenguaje: carece de palabras acortadas o abreviadas como usualmente sucede en la taquigrafía mediática. Esto nos advierte que los personajes manufacturan la noción de memoria presente en constancia con un lenguaje, que si bien es limitado, suelen utilizarlo con propiedad. Por ello, no es casualidad que Sam y Paula busquen diversión en un partido de Scrabble, un juego cuya finalidad es construir palabras.

Precisamente, mientras juegan Scrabble –incitados por un documental que ven en la tele acerca del popular juego de mesa- , Sam y Paula llegan al contacto físico. Mientras Sam piensa todavía en crear palabras para continuar el juego –“Voraz”, le viene a la mente–, Paula le facilita un condón. El acto causa perplejidad en Sam, quien rechaza el ofrecimiento. “¿Qué debo hacer entonces?”, pregunta Paula. “Nada”, es la respuesta. Y proceden a quedarse dormidos.

La incapacidad de sentir y amar, si tan solo por el goce físico, queda cancelada. Los signos de interrogación –qué aquí sí aparecen transcritos en el texto- no nos indican la pregunta, sino que apuntan a la verdadera preocupación de la novela: estos jóvenes de veinte y tanto se encuentran perdidos en maravillas sin brillo.

Son, a fin de cuentas, los hijos abandonados por los personajes de las novelas de Douglas Coupland. El vacío, sin embargo, es el mismo. 

La novela de Tao Lin valida esa conmoción del individuo contemporáneo en la sociedad de consumo masificado, de la que habla Lipovetsky, como plena emergencia de un modo único de socialización y de individualización, de un modo nunca antes se había visto en la historia de la humanidad. La imposibilidad de contacto sexual, y la preferencia hacia las prácticas autoeróticas de Sam también subrayan el concepto del sujeto narcisista, cuyo individualismo social se desliza hacia una zona sin anclajes ni compromisos, donde todo es desapego emocional en la contingencia.

Así, llegamos a la visita de Sam a la tienda American Apparel, la compañía de ropa y lencería con matriz en Los Ángeles y que precia en sus autoproclamadas prácticas filantrópicas, filosofía ambientalistas y activismo político. También se jacta de buen trato a sus empleados. Sam, sin razón aparente, roba una pieza de la tienda por la que es apresado. “Ve y roba en otra corporación de mierda”, le dice el agente de seguridad que detiene a Sam; “[t]enemos condiciones laborales justas”. Pero robar se convertirá en un impulso que deviene en satisfacción, sobre todo si se trata de prendas de vestir hipster en espacios reapropiados y gentrificados. La subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas quedan pulverizadas, diría Lipovetsky. Tras una serie de visitas a celdas en estaciones policiales, que parecen no calar en Sam, lo inevitable es la indiferencia.

El vacío del sentido, no obstante, no conduce a un pesimismo superlativo, mucho menos a un grado cero del absurdo. Si a algo lleva, es a prescindir de Dios –o de la espiritualidad a plazos, aunque sea caduca.

El desapego es paulatino; el descompromiso, vehemente.

“Mi teléfono celular está casi sin pilas”, dice Sam al final.

Y esa es la tragedia.


(La historia la pueden acceder en la más reciente entrega de la revista de creación Nagari.) 
Foto:  HTMLgiant 


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