Resolución


Me percato de ello mientras camino junto a mi hija por el pueblo de mi infancia, las huellas quemando la acera hundida en el deterioro invisible del recuerdo. Aunque apenas comienza el año, me doy cuenta de que no pensé resoluciones de año nuevo.

Puede que no las necesite como puede que sobren. No sé. En años anteriores siempre elaboraba mi lista de cosas por hacer a lo largo del año venidero, indistintamente si las cumplía o no, eso al final no importaba, porque de no cumplirse alguna de las metas, las añadía a las del año próximo, y así sucesivamente, apostado en el riesgo de, a la larga, tener más resoluciones que meses para cumplirlas. El juego es inventar maneras en las que uno nunca se completa y puede que hasta tenga su encanto, seguro. Fallarle a algo que uno sabe que de todas maneras no va a cumplir es como reafirmarse uno mismo en la imperfección, y eso es como proclamar la vida. Pero este año no, no tengo resoluciones, y bien pudiera uno comenzar a morirse, diría mi abuela, porque sin meta no hay logro.

Una resolución es, ciertamente, un signo con tantas acepciones: acción y efecto de resolver o resolverse; ánimo, valor o arresto; actividad, prontitud, viveza; y cosa que se decide, entre otras. Algo serio este asunto de las resoluciones, a decir verdad.

Como siempre, les invito a leer el artículo completo en Nagari:


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