La piña del agave, o la plenitud, según Irizelma Robles



Mayahuel, la de los cuatrocientos pechos, amamantaba a sus cuatrocientos hijos. Su representación entre la cultura náhuatl la asocia a la planta del maguey o el agave, puesto que su marido Petácatl, dios de la fertilidad, las curaciones divinas y peyote, se asociaba con la elaboración de brebajes mágicos y otros procesos de fermentación de bebidas maravillosas, como supone ser el pulque. Mayahuel, fecunda y generosa, es la Gran Madre que otorga vida.

Dar una vida, perder otra. Por eso, el agave, en su forma azul, florece una vez a los diez años de su vida y se dispone a morir.

Irizelma Robles Álvarez, puertorriqueña, toma esta metáfora como maderamen en su más reciente entrega poética, Agave azul, un libro que dedica y entrega a su hija Salomé Cortés Robles como el quiote del agave tequilana o azul. En sí, el poemario dirige sus pencas en diversas orientaciones, sostenidas en las siete secciones del libro (“Agave azul”, “Aljibe”, “El tiempo en el mercado”, “Pulque”, “Cielo rojo”, “El cazador y la húmeda” y “Aguamiel”).

El poemario es más que palabras sobre papel.

El resto del escrito lo acceden en Nagari.


You may also like

Blog Archive