Las uvas de Bonnefoy

Yves Bonnefoy

Mi escrito para Otro Lunes, revista de cultura hispanoamericana, dirigida por Amir Valle:

El duelo entre Xeuxis y Parrasio tenía, como fin, determinar quién de los dos podía representar la realidad de modo más impresionante a través de su pintura. Acudieron ambos artistas entonces con sus obras ocultas bajo sendos mantos que desvelarían ante un juez como parte de un acto público en Atenas.

Xeuxis, notorio por su altanería y por llevar su nombre bordado en oro sobre la capa que solía vestir, dejó al descubierto su cuadro, en el que se representaba un racimo de uvas cuya viveza y realismo era tal, que hasta los pájaros que volaban cerca, al notar la imagen, acudieron a picotear el lienzo con insistencia.

Aunque estaba convencido de su impresionante victoria, Xeuxis invitó a Parrasio a que desvelara la cortina con la que cubría su apuesta artística en la competencia. La cortina es el cuadro, contestó Parrasio. Xeuxis, luego de corroborar por sí mismo que, en efecto, Parrasio no bromeaba, concedió la victoria. Yo engañé a los pájaros, dijo; pero tú me engañaste a mí.

La historia de Xeuxis, según la cuenta el procurador imperial romano Gayo Plinio Segundo en su Historia natural, nos presenta un artista que privilegiaba más iconología sobre la iconografía. El arte, pensaba él, estaba en el detalle y no en el tema. Pero Parrasio, como ha visto Lacán, logra establecer una gramática de la existencia: los animales son atraídos, pero los humanos somos engañados.

Así, Parrasio nos deja con un cuadro de una cortina que oculta algo y nunca sabemos qué es: una realidad a la cual no tenemos libre acceso. Solo podemos imaginarla, hacer las paces con ella. O inventarla.

Es lo que hace Yves Bonnefoy en Las uvas de Zeuxis (Era, 2013), donde nos plantea, de manera reflexiva, los modos de la naturaleza del arte y su relación con la realidad. Habría que comenzar, claro, como cuestiona la traductora y prologuista del libro, Elsa Cross, por definir qué es la realidad. ¿Un fenómeno? ¿O es la esencia que se oculta tras el objeto que vemos? Lo que nos enlaza es la mirada, pero, ¿qué es lo que se ve?

Platón, en el “Libro X” de La república, dice que “hay muchas camas, pero solo una idea de cama”. Así, una cama es la que existe en la naturaleza, la que crea el artesano y la que recrea el pintor. Lo mismo con los poetas, dice: son imitadores por excelencia. Hay una realidad y el poeta solo pude accederla con las palabras, nunca asirse de ella. Platón argüiría que esto, más que virtud, es limitación del poeta, porque le hace trabajar desde la parte inferior del alma. El poeta será siempre parte de ese “Estado enfermo” que no tiene espacio en la república.

En el poema “Las uvas de Zeuxis,” que da inicio al conjunto, la voz del hablante nos dice: “Un saco de tela mojada en el arroyo es el cuadro de Xeuxis, las uvas, que los pájaros furiosos desearon tanto, horadaron tan violentamente con sus picos rapaces que desaparecieron las uvas”. La idea es clara: la realidad se come a la ficción. Mas aquí se refleja cierta correspondencia entre el objeto que inspira la obra y el objeto representado en la obra. Para pintar las uvas, tiene que preexistir las uvas. Es un calco, una reproducción. Por tanto, como en los poemas de El territorio interior (1972), la poesía se pugna con la inmediatez. Hay un mundo lejano, ido, recuperable solo a través del lenguaje y la reflexión, que son tiempo.

En su valor poético a través de los tres ciclos de poemas en Las uvas de Zeuxis, Bonnefoy nos presenta la idea de la palabra que intercede entre el objeto y el estímulo nervioso por el cual entra al cerebro y se reconoce, en un intento, tal vez, por restaurar una inmediatez irremediablemente tardía. De Zeuxis, sabemos, nunca quedaron obras. Así que Bonnefoy nos recrea el cuadro y hasta lo descompone, a la usanza de las grandes imaginaciones poéticas. Son dos racimos de uvas lo que Zeuxis pinta, mas, en realidad no son las uvas de Zeuxis: son las que el poeta matiza para nosotros.

En el poemario, Zeuxis no logra desprenderse de su deseo pues, sin pensar en la transitoriedad de las cosas, está ensimismado en mimetizar las uvas. Las aves vienen, él las batalla. Le roban las uvas que utiliza como inspiración- que es como decir, atentan contra la idea tras la cual modelará su obra. Así, se pasea entre trazos e intentos fútiles de completar el cuadro. “¡En vano! ¡En vano! Su proyecto no tenía tiempo de tomar siquiera forma”, nos dice la voz lírica.

¿Qué ha pasado?

“¿Ha perdido el sentido de lo que es el aspecto de una fruta, o no sabe ya desear o vivir?”

Bonnefoy, hasta cierto punto, dialoga con Mallarmé, quien pensaba que la poesía no refleja el universo, sino que lo construye. En Las uvas, una idea similar parece tomar mayor vuelo en el poema “Más sobre la invención del dibujo”, en la que la hija del alfarero de Corinto termina de “trazar con un dedo sobre el muro el contorno de la sombra de su amante”. La luz de una lámpara incide sobre el cuerpo de su amante, que la perturba. Con un pedazo de tiza, traza el cuerpo del hombre. “Esto es lo que explica el futuro, de otro modo incomprensible, que el dibujo ha tenido en la historia”. La hija del alfarero “no tenía más proyecto que recordar una forma” ante la partida contingente del amante. “No te muevas por favor”, le dice.

Allí reposa la lámpara que arderá por los siglos.

Al final, lo que se sobrepone, más que la poesía, es la idea de que existe la poesía.



    


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