Fortalezas de aislamiento, o vivir entre rejas.


Primero de una serie de comentarios socio-culturales sobre el Puerto Rico moderno.

La pregunta nos ha estado esperando: ¿Cuándo fue que comenzamos a encerrarnos?

Camino a mi casa, la noche anda despoblada, silente. Nadie camina la calle. Algún gato me mira desde los botes de basura. Imagino que las estrellas susurran con luz escondida. No habría manera de verlas, a pesar que en trayecto está abandonado iluminación. San Juan adolece de oscuridades. La necrópolis de badenes en el pavimento me hace reducir la velocidad. No es curioso que le llamen “muertos”. En algunos lugares de México y España van por el nombre de “guardias muertos”.

Al llegar a mi casa, debo mirar varias veces para cerciorarme de que la entrada queda libre de amenazas (aunque uno nunca sabrá si lo está). Cruzo los tres portones de rejas de acero. Un ritual. Como en un video juego. Hasta que uno siente que llega a salvo.

Entonces, pienso: ¿quién vigila la celda?

En Puerto Rico hay cerca de diez mil reclusos en los recintos penitenciarios de la isla y cerca de millón y medio en arresto domiciliario. Los metros cuadrados zonificados por rejas en las ventanas, portones y verjas registran una cantidad impresionante de acero. A veces, la reclusión es de doble signo, puesto que ya no basta la jaula, sino que es meritorio aislarnos tras el acceso controlado. Así vivimos: en una hipérbole de seguridades. 

Y en algún lugar, nos perdemos.

Tengo la impresión de que nuestra historia de la libertad pérdida se ha manifestado en la industria acerera que fija la materia prima para estas jaulas de privación en las que hemos convertido nuestra existencia. Tanto encerramiento nos deja sin perspectiva del horizonte. El síndrome de nuestro enclaustramiento nos va dejando sin conversaciones, sin otro sonido que el del silencio y el televisor; sin palabras para construir otra realidad posible.  

El país nos tiene de rehén.

Un viaje por lo que queda de Santurce o Puerto Nuevo convence al más escéptico de que una industria poderosa encontró un mercado cautivo en Puerto Rico, que no produce acero. Son kilómetros sin brújula dispersos en su entropía ordenada alrededor de la ciudad y el país.

En 1959, en Estados Unidos, la industria del acero se paralizó en una huelga que duró ciento dieciséis días. Como consecuencia, las importaciones del metal desde Japón, Alemania y Brasil hacia los Estados Unidos comenzaron a debilitar una industria nacional. Entrados los 60, con la proliferación de urbanizaciones en Puerto Rico, alguien debió ver posibilidad dentro de la crisis.

La Puerto Rico Iron Works, que estuvo en Puerto Rico desde inicios del siglo XX, fundada por Antonio Ferré Bacallao, asumió un papel fundamental en la construcción de carreteras durante la modernización vial, construcción de puentes y otras de construcciones faraónicas en Borikén. La industria obtuvo su mayor desarrollo cuando a la misma se integró Luis A. Ferré, quien luego fuera gobernador de Puerto Rico de 1969-1974.

El cemento y el acero, sabemos, se alientan como dos de nuestras obsesiones. Y ciertamente, las rejas se han convertido en la orfebrería de la modernidad.

Una de las casas en mi vecindario muestra lo que me parecen nudos celtas en cuadrados de 12 x 12 pulgadas. Alguna que otra es torcida en forma de flamenco –creo, podría ser un cisne-. Rejas rudimentarias, ornamentales, con púas, con cruces de San Jaime o con Fleurs de Lys como terminaciones. A veces, una simple cabeza de flecha en acero cumple el propósito de hacerle la intrusión difícil al transgresor.

Pero no por artística o elaborada deja de significar lo que nunca parecemos recordar: nos hemos cancelado en las celdas.

¿Desde cuándo venimos poniendo el candado desde adentro?

En las dos casas que viví durante mi niñez, nunca supe de rejas en las ventanas ni en la puerta de entrada a la casa. Las verjas harán buenos vecinos, pero en mi casa siempre se le daba la bienvenida al que llegaba. Las rejas, para mí, no existían hasta que llegué a San Juan, donde, cada vez que abordo el tema de las rejas, alguien me mira con extrañeza. Como si yo cuestionara una verdad inalienable, o algún atributo biológico de la raza humana.

Las rejas siguen ahí, pero, al parecer; son invisibles, una especie de arquitectura fantasmagórica en nuestras residencias. Claro, la tecnología digital ha traído cámaras de seguridad, sistemas de vigilancia por circuito cerrado, alarmas contra robo que nos alumbran el teléfono celular con notificaciones que compiten con las Twitter y los medios noticiosos, pero las rejas… las rejas siguen ahí.


Así nos acostumbramos a nuestras fortalezas de aislamiento, entre el miedo que no se dice -porque no se pronuncia su nombre- y la violencia que repetimos en la apatía.


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