Inés Baucells, ABC.es

De la muerte de la novela, circulan varios certificados de defunción. Eduardo Mendoza la enterró. Lo que queda es la novela de entretenimiento. Eso. Pero ya era un cadaver que Walter Benjamin venía arrastrando sin respeto por las calles. El novelista se ha separado del pueblo, decía. Norman Mailer pensaba que la actividad novelística era una futilidad y el novelista, un necio. A Jonathan Franzen le ha valido verga y Philip Roth tiró la toalla cuando dijo que la novela jamás competiría con el cine. Un ermitaño, como lo veía Wordsworth. En el futuro no se publicará a ningún escritor con menos de 5,000 amigos en Facebook, dice Javier Rodríguez Marcos. Mendoza maldice el posmodernismo y Vargas Llosa lo secunda. La literatura light trata de parecerse a estas diversiones reduciendo al máximo los obstáculos al lector, dice el Premio Nobel peruano. Lo fácil, ¿no?

No queda nada. Todo está en ruinas, decía Ortega y Gasset.

Buen título ese para una novela. Todo está en ruinas.

Nada mejor para entender el espinazo argumental de la novela de Percival Everett, Erasure (Borradura), donde se postula la interrupción de los esquemas narrativos utilizando la metaficción y la surficción como clave paródica en una novela carnavalesca que se desdobla, en sí misma, como un Doppleganger.

Para algo sirve la posmodernidad, después de todo, si tan solo para conformar las trizas de nada en algo.

La historia, desde un punto de vista estructural, es rizomática: se desplaza en diferentes direcciones y se dirige a varios niveles de lectura. Es fragmentada, entrópica y, por tanto, su presentación no es cronológica. Es caótica. La búsqueda en la memoria del padre muerto se contrapone a la pérdida de la memoria que sufre la madre viva. Lisa, la recelosa hermana del narrador, Thelonious Ellison, contrasta su vida lineal y pública como médico en una clínica de abortos con la historia del otro hermano de Monk (apodo del narrador), Bill, también médico y cuya vida privada se resquebraja cuando se declara homosexual y sus hijos no aceptan la revelación.

Novela de sofá, ¿eh?

Pero en el fondo, Erasure es un simulacro del panorama literario e intelectual actual y su relación (¿aislamiento?) en tanto cultura de masas.

Entonces, sí, existe un argumento central entre tanta fragmentación. Esa trama se enuncia y se controla a través, claro, de Thelonious Ellison (que apunta a un cruce entre la leyenda del jazz Thelonious Monk y escritor afroamericano Ralph Ellison). Inmediatamente, se nos pone en el lugar de las relaciones culturales de raza/poder. En la universidad, se nos dice, se une a las Black Panthers porque necesitaba probarse a sí mismo que era “lo suficientemente negro”.

Ellison, un intelectual criado en un hogar privilegiado, en algún momento recoge una copia del libro de Juanita Mae Jenkins, We’s Lives in Da Ghetto, y se indigna por el uso del lenguaje callejero afroamericano que se registra en la novela. Mas aún, lo que lo desconcierta es el éxito de ventas del libro. El personaje narrador es también escritor de ficciones que nadie lee, a pesar de su relativo éxito crítico. No puedo leer tus novelas, le dice su hermana en alguna conversación. Son engrudos, casi acertijos, como arrojar el lector en el medio un denso lago de palabras en el cual debe hacer mayor esfuerzo para nadar hasta la orilla. Monk se frustra cuando lee en el Atlantic Monthly la reseña de la novela de Juanita Mae Jenkins, quien aparenta aparecer en todas partes, desde promociones en las librerías hasta los afamados talk shows mañaneros. Frustrante.

Descompuesto por el éxito de lo que estima es la comercialización de la marginación cultural estadounidense, Monk escribe Ma Pafology, bajo el seudónimo de Stagg Leigh.

La novela dentro de la novela es parte de los procedimientos de caja china que Everett sigue en la construcción de Borradura. A través del cuadro chino llegamos a conocer a los temores del personaje principal, sueños, delirios, alucinaciones de escritor, notas para futuros relatos y el proceder intelectual de su autor, particularmente cuando inserta una ponencia académica sobre el S/Z de Roland Barthes. Too much. Y genial.

Pero a través Ma Pafology (provista íntegramente dentro de Erasure), Monk logra, a través de su personaje Leigh, apalabrar su alterego, un sujeto completamente opuesto al equilibrio intelectual del autor real. El despliegue en la caracterización me parece un trabajo genial, en la medida que Leigh se va revelando como un Doppleganger, o doble complementario, tema fascinante en autores como Poe, Dostoievsky, Cortázar y el puertorriqueño José de Diego Padró.

El Doppleganger da paso a la carnavalesco y lo grotesco según la novela se va enriqueciendo con protestas de movimientos anti-aborto (incluso, uno de sus miembros termina asesinando a Lisa), los programas de entrevistas y delirios imaginativos de conversaciones entre personajes históricos como Hitler, Eckhart y Klee, entre otros. El carnaval subvierte el orden.

Leigh se apoderará de Monk. Cuando el autor insiste en enviar su novela para consideración editorial (luego de al menos tres rechazos de otro de sus trabajos más serios), su agente literario lo llama para informarle que My Pafology ha sido aceptada para publicación. Ellison se desconcierta, como es de esperarse de un intelectual de su categoría. La novela es, a falta de mejor decir, basura. Una mierda. No obstante, dado a que necesita el dinero para ayudar a su madre, acepta el adelanto de un cuarto de millón de dólares.

Leigh crece. A su vez, se desdobla en el personaje de My Pafology, Van Goh. Es excéntrico. Obstinado. Un exprediario, le dice a su editora, a quien rehúsa ver. Leigh exige que el cambio de título de la novela y la quiere llamar Fuck. Las expectativas de ventas son tan grandes, que los editores aceptan.

Fuck.

Vienen los talk shows, las entrevistas y la creación de Ellison (me refiero a Leigh) se convierte en ganadora de un premio nacional a la mejor novela, en cuyo jurado Ellison participa. Leigh es todo lo que Ellison no es. El Doppleganger se lo permite.

Como en el carnaval, su condición social es abolida, por lo que las convenciones son derrocadas, el deseo se libera y un nuevo orden de cosas emerge.

Leigh demuestra poder cuando exige que el título de My Pafology se cambie a Fuck, y los editores de la gran casa publicadora multinacional aceptan.

El final es espectacular.

El Doppleganger, o el otro, facilita la tensión y la reversión: hay una realidad y su opuesto, una anti-realidad. A partir de esa instancia de focalización, el elemento lúdico enriquece el espacio narrativo, ya que tenemos dos relatos distintos desde los punto de vista de Ellison y de Leigh, más un tercero, que es Van Goh. Leigh y Van Goh funcionan como una máscara, elemento vigorizante en este parodia de la vida literaria. La máscara es el espacio alternativo.

En Erasure, Ellison va en busca de su identidad. Al final, el Otro, la máscara, se fusiona con su portador.

Seguramente, la metáfora del desmembramiento de la novela la acapara Casa de hojas, de Mark Danielewski (de quien hablaremos luego). Lo que está en crisis es un modelo de novela, no el género, afirma Agustín Fernández Mallo. Con Erasure, el personaje de Leigh confirma lo que tanto preocupa a los estudiosos: la novela está muerta.

Pero Percival Everett la resucita, la zombifica, si tan solo para matarla con gusto otra vez.


Artículo publicado originalmente en Nagari 



4. Época

tarda el recuerdo
en endurecer la tiranía
de lo fugaz, esa prisa
de amarnos que se descalza
lenta en los muebles donde,
mirando el sol de octubre
vaciamos el silencio trozado
sin aire de los cuerpos
pospuestos en su quietud

yo me descompongo en sílabas
rotas y tú adoleces de palabras
para componerme en lo irrepetible

una suspensión de los sentidos
quedará aún después del último beso














3. Sonámbulo

Juraría que yo estaba despierto
cuando el sol te apalabró 
en la mañana




2. Inefable

siempre hay algo
que desdice el olvido,
como la tarde afable
en Congress Avenue,
cuando corrías en la lluvia
zapatos en mano
y te ofrecí cobija
bajo el paraguas rojo
que se me ocurrió 
llevar ese día
-la mejor idea
de mi vida-

sonreíste

bajo el paraguas
solo cupimos tú y yo,
y un café, y luego el vino

mi corazón aún sigue
allí, en Congress Avenue,
bajo la lluvia



1. Melifluo.

tender tu cuerpo a bondades lentas
hasta melificar en la constelación

que puebla mi boca
donde tus labios fabrican

la memoria de los poemas
que guardaré a ojo

cerrado de morder a medias
cuando tu voz se deshila y enlaza

el mundo que suena a ti
y llevo melaza en los dedos


En 1940, en un ensayo titulado “Necesidades de empresas editoriales puertorriqueñas”, Manuel García Cabrera, un editor español radicado en Puerto Rico, comentaba que “[e]n nuestra isla se siente la necesidad social del libro” y comentaba la falta de un sistema de libros y bibliotecas en el país. García Cabrera también aludía en su argumento al insigne pensador Antonio S. Pedreira, quien en su seminal ensayo Insularismo (1936) acotaba que “en Puerto Rico no se lee”. Ambas perspectivas se complementan en su proposición de causa y efecto: no se producen libros, no se lee. O viceversa. En todo caso, una forma de violencia contra el derecho a la educación y el progreso de un pueblo.

Al parecer, no hemos cambiado tanto. En Puerto Rico, quizás, ya no se trata de falta de espacios de producción editorial, sino de puntos de distribución y venta. Pero el problema de acceso a los libros tradicionales es legítimo.

En un país donde la imprenta, una invención del Medioevo, llegó apenas a principios del siglo XIX, el amor por los libros y el fomento a la lectura nunca materializaron como proyecto social de Estado. La historia es larga y tormentosa, y merece atención aparte, sobre todo porque el libro es un producto de consumo cultural que se ha visto afectado muy particularmente por los vaivenes de las crisis económicas. Aquel que creció y construyó su mundo con el libro tradicional, se queda con ese placer. Los que no tuvieron esa oportunidad, ya no podrán experimentarla a plenitud, sea en Puerto Rico, Panamá o Nicaragua.

El resto del ensayo lo acceden aquí: 



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