10. Olvido

las cosas que quedan
entre migajas y café frío
son menos de las que tuve
entre la saliva y el aliento

quizá si me tocas me aplazo
quizá si me nombras me borro
o quizá nada de esto sea necesario

no sé ampararme a tedios pactados

voy granulándome como una mala foto
un paisaje que se desgana




10. Iridiscencia

esa forma de habitar
en que me siento

y te tomo
de la mano

rompe los colores
desmemoriados y tibios

en la soledad
que atraviesa la luz



A veces escribir es desescribirse. Asumir las formas y romperlas en rebeldías tiernas. No se trata de un futurismo trasnochado, sino más bien de el desmantelamiento del porvenir ante la pulsión del desastre. Agotados los modelos, la unidad falsea, engaña, y entonces solo nos quedan pedazos de lo contenido. El fragor vacuo. Seguimos siendo tan inconexos como en el principio de los principios. Ya lo decía Blanchot: “Escribir es entregarse a la fascinación de la ausencia de tiempo.”

Mas escribir es tiempo. Narrar es ordenar una secuencia de eventos en alguna manera lógica. Crono-lógica. ¿Se puede contar de otro modo?

Tal parece ser el norte estético en Variedad de malestares, la colección de relatos de Lydia Davis de la cual no hay forma de salir ileso.

Como siempre, el resto del artículo lo pueden leer en Nagari

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