A partir del próximo jueves 1ero hasta el sábado 3 de octubre de 2015, la Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras será la cede de la West Indian Caribbean Literature Conference que contará con la participación de un nutrido grupo de académicos, escritores e investigadores de las literaturas, lenguas y escrituras del Caribe. Las sesiones de la conferencia girarán en torno al tema “Debemos aprender a trabajar juntos para dialogar un poco sobre la cultura”.

La actividad contará con la participación de la novelista y académica haitiana-canadiense Myriam J. A. Chancy; el escritor dominicano y profesor de lenguas, Rey Emmanuel Andújar; y la escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres.

Chancy se ha destacado como crítica literaria con trabajos instrumentales para apertura de estudios haitianos en la universidad. Su trabajo literario, por su parte, aborda la historia, espiritualidad y sexualidad tanto en el contexto haitiano como en la diáspora.

Andújar, destacado escritor caribeño que hiciera de Puerto Rico su residencia por mucho tiempo, combina la ficción con el performance, sobre todo los estudios de la expresión del cuerpo. Sus trabajos literarios han sido reconocidos en Puerto Rico, Estados Unidos y en la República Dominicana.

Por su parte, Mayra Santos Febres mantiene vigentes y presentes los temas de género, raza y cultura popular en sus trabajos de ficción y de poesía 

La conferencia se dará inicio en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras con sesiones a partir de las 9:00 a.m. a través de diversas localidades en el Recinto Universitario.


Este evento es es co-auspiciado por el Departamento de Inglés de la Facultad de Humanidades, el Instituto de Estudios del Caribe de la Facultad de Ciencias Sociales, la Red de Proyectos Interdisciplinarios y el Decanato de Estudios Graduados e Investigación.

Visite el blog de la conferencia en: http://www.westindianconference2015.org/
Yves Bonnefoy

Mi escrito para Otro Lunes, revista de cultura hispanoamericana, dirigida por Amir Valle:

El duelo entre Xeuxis y Parrasio tenía, como fin, determinar quién de los dos podía representar la realidad de modo más impresionante a través de su pintura. Acudieron ambos artistas entonces con sus obras ocultas bajo sendos mantos que desvelarían ante un juez como parte de un acto público en Atenas.

Xeuxis, notorio por su altanería y por llevar su nombre bordado en oro sobre la capa que solía vestir, dejó al descubierto su cuadro, en el que se representaba un racimo de uvas cuya viveza y realismo era tal, que hasta los pájaros que volaban cerca, al notar la imagen, acudieron a picotear el lienzo con insistencia.

Aunque estaba convencido de su impresionante victoria, Xeuxis invitó a Parrasio a que desvelara la cortina con la que cubría su apuesta artística en la competencia. La cortina es el cuadro, contestó Parrasio. Xeuxis, luego de corroborar por sí mismo que, en efecto, Parrasio no bromeaba, concedió la victoria. Yo engañé a los pájaros, dijo; pero tú me engañaste a mí.

La historia de Xeuxis, según la cuenta el procurador imperial romano Gayo Plinio Segundo en su Historia natural, nos presenta un artista que privilegiaba más iconología sobre la iconografía. El arte, pensaba él, estaba en el detalle y no en el tema. Pero Parrasio, como ha visto Lacán, logra establecer una gramática de la existencia: los animales son atraídos, pero los humanos somos engañados.

Así, Parrasio nos deja con un cuadro de una cortina que oculta algo y nunca sabemos qué es: una realidad a la cual no tenemos libre acceso. Solo podemos imaginarla, hacer las paces con ella. O inventarla.

Es lo que hace Yves Bonnefoy en Las uvas de Zeuxis (Era, 2013), donde nos plantea, de manera reflexiva, los modos de la naturaleza del arte y su relación con la realidad. Habría que comenzar, claro, como cuestiona la traductora y prologuista del libro, Elsa Cross, por definir qué es la realidad. ¿Un fenómeno? ¿O es la esencia que se oculta tras el objeto que vemos? Lo que nos enlaza es la mirada, pero, ¿qué es lo que se ve?

Platón, en el “Libro X” de La república, dice que “hay muchas camas, pero solo una idea de cama”. Así, una cama es la que existe en la naturaleza, la que crea el artesano y la que recrea el pintor. Lo mismo con los poetas, dice: son imitadores por excelencia. Hay una realidad y el poeta solo pude accederla con las palabras, nunca asirse de ella. Platón argüiría que esto, más que virtud, es limitación del poeta, porque le hace trabajar desde la parte inferior del alma. El poeta será siempre parte de ese “Estado enfermo” que no tiene espacio en la república.

En el poema “Las uvas de Zeuxis,” que da inicio al conjunto, la voz del hablante nos dice: “Un saco de tela mojada en el arroyo es el cuadro de Xeuxis, las uvas, que los pájaros furiosos desearon tanto, horadaron tan violentamente con sus picos rapaces que desaparecieron las uvas”. La idea es clara: la realidad se come a la ficción. Mas aquí se refleja cierta correspondencia entre el objeto que inspira la obra y el objeto representado en la obra. Para pintar las uvas, tiene que preexistir las uvas. Es un calco, una reproducción. Por tanto, como en los poemas de El territorio interior (1972), la poesía se pugna con la inmediatez. Hay un mundo lejano, ido, recuperable solo a través del lenguaje y la reflexión, que son tiempo.

En su valor poético a través de los tres ciclos de poemas en Las uvas de Zeuxis, Bonnefoy nos presenta la idea de la palabra que intercede entre el objeto y el estímulo nervioso por el cual entra al cerebro y se reconoce, en un intento, tal vez, por restaurar una inmediatez irremediablemente tardía. De Zeuxis, sabemos, nunca quedaron obras. Así que Bonnefoy nos recrea el cuadro y hasta lo descompone, a la usanza de las grandes imaginaciones poéticas. Son dos racimos de uvas lo que Zeuxis pinta, mas, en realidad no son las uvas de Zeuxis: son las que el poeta matiza para nosotros.

En el poemario, Zeuxis no logra desprenderse de su deseo pues, sin pensar en la transitoriedad de las cosas, está ensimismado en mimetizar las uvas. Las aves vienen, él las batalla. Le roban las uvas que utiliza como inspiración- que es como decir, atentan contra la idea tras la cual modelará su obra. Así, se pasea entre trazos e intentos fútiles de completar el cuadro. “¡En vano! ¡En vano! Su proyecto no tenía tiempo de tomar siquiera forma”, nos dice la voz lírica.

¿Qué ha pasado?

“¿Ha perdido el sentido de lo que es el aspecto de una fruta, o no sabe ya desear o vivir?”

Bonnefoy, hasta cierto punto, dialoga con Mallarmé, quien pensaba que la poesía no refleja el universo, sino que lo construye. En Las uvas, una idea similar parece tomar mayor vuelo en el poema “Más sobre la invención del dibujo”, en la que la hija del alfarero de Corinto termina de “trazar con un dedo sobre el muro el contorno de la sombra de su amante”. La luz de una lámpara incide sobre el cuerpo de su amante, que la perturba. Con un pedazo de tiza, traza el cuerpo del hombre. “Esto es lo que explica el futuro, de otro modo incomprensible, que el dibujo ha tenido en la historia”. La hija del alfarero “no tenía más proyecto que recordar una forma” ante la partida contingente del amante. “No te muevas por favor”, le dice.

Allí reposa la lámpara que arderá por los siglos.

Al final, lo que se sobrepone, más que la poesía, es la idea de que existe la poesía.



    

Primero de una serie de comentarios socio-culturales sobre el Puerto Rico moderno.

La pregunta nos ha estado esperando: ¿Cuándo fue que comenzamos a encerrarnos?

Camino a mi casa, la noche anda despoblada, silente. Nadie camina la calle. Algún gato me mira desde los botes de basura. Imagino que las estrellas susurran con luz escondida. No habría manera de verlas, a pesar que en trayecto está abandonado iluminación. San Juan adolece de oscuridades. La necrópolis de badenes en el pavimento me hace reducir la velocidad. No es curioso que le llamen “muertos”. En algunos lugares de México y España van por el nombre de “guardias muertos”.

Al llegar a mi casa, debo mirar varias veces para cerciorarme de que la entrada queda libre de amenazas (aunque uno nunca sabrá si lo está). Cruzo los tres portones de rejas de acero. Un ritual. Como en un video juego. Hasta que uno siente que llega a salvo.

Entonces, pienso: ¿quién vigila la celda?

En Puerto Rico hay cerca de diez mil reclusos en los recintos penitenciarios de la isla y cerca de millón y medio en arresto domiciliario. Los metros cuadrados zonificados por rejas en las ventanas, portones y verjas registran una cantidad impresionante de acero. A veces, la reclusión es de doble signo, puesto que ya no basta la jaula, sino que es meritorio aislarnos tras el acceso controlado. Así vivimos: en una hipérbole de seguridades. 

Y en algún lugar, nos perdemos.

Tengo la impresión de que nuestra historia de la libertad pérdida se ha manifestado en la industria acerera que fija la materia prima para estas jaulas de privación en las que hemos convertido nuestra existencia. Tanto encerramiento nos deja sin perspectiva del horizonte. El síndrome de nuestro enclaustramiento nos va dejando sin conversaciones, sin otro sonido que el del silencio y el televisor; sin palabras para construir otra realidad posible.  

El país nos tiene de rehén.

Un viaje por lo que queda de Santurce o Puerto Nuevo convence al más escéptico de que una industria poderosa encontró un mercado cautivo en Puerto Rico, que no produce acero. Son kilómetros sin brújula dispersos en su entropía ordenada alrededor de la ciudad y el país.

En 1959, en Estados Unidos, la industria del acero se paralizó en una huelga que duró ciento dieciséis días. Como consecuencia, las importaciones del metal desde Japón, Alemania y Brasil hacia los Estados Unidos comenzaron a debilitar una industria nacional. Entrados los 60, con la proliferación de urbanizaciones en Puerto Rico, alguien debió ver posibilidad dentro de la crisis.

La Puerto Rico Iron Works, que estuvo en Puerto Rico desde inicios del siglo XX, fundada por Antonio Ferré Bacallao, asumió un papel fundamental en la construcción de carreteras durante la modernización vial, construcción de puentes y otras de construcciones faraónicas en Borikén. La industria obtuvo su mayor desarrollo cuando a la misma se integró Luis A. Ferré, quien luego fuera gobernador de Puerto Rico de 1969-1974.

El cemento y el acero, sabemos, se alientan como dos de nuestras obsesiones. Y ciertamente, las rejas se han convertido en la orfebrería de la modernidad.

Una de las casas en mi vecindario muestra lo que me parecen nudos celtas en cuadrados de 12 x 12 pulgadas. Alguna que otra es torcida en forma de flamenco –creo, podría ser un cisne-. Rejas rudimentarias, ornamentales, con púas, con cruces de San Jaime o con Fleurs de Lys como terminaciones. A veces, una simple cabeza de flecha en acero cumple el propósito de hacerle la intrusión difícil al transgresor.

Pero no por artística o elaborada deja de significar lo que nunca parecemos recordar: nos hemos cancelado en las celdas.

¿Desde cuándo venimos poniendo el candado desde adentro?

En las dos casas que viví durante mi niñez, nunca supe de rejas en las ventanas ni en la puerta de entrada a la casa. Las verjas harán buenos vecinos, pero en mi casa siempre se le daba la bienvenida al que llegaba. Las rejas, para mí, no existían hasta que llegué a San Juan, donde, cada vez que abordo el tema de las rejas, alguien me mira con extrañeza. Como si yo cuestionara una verdad inalienable, o algún atributo biológico de la raza humana.

Las rejas siguen ahí, pero, al parecer; son invisibles, una especie de arquitectura fantasmagórica en nuestras residencias. Claro, la tecnología digital ha traído cámaras de seguridad, sistemas de vigilancia por circuito cerrado, alarmas contra robo que nos alumbran el teléfono celular con notificaciones que compiten con las Twitter y los medios noticiosos, pero las rejas… las rejas siguen ahí.


Así nos acostumbramos a nuestras fortalezas de aislamiento, entre el miedo que no se dice -porque no se pronuncia su nombre- y la violencia que repetimos en la apatía.

Anuncian los editores de "Aurora Boreal", revista para los amantes del español editada desde Dinamarca, que su número correspondiente a septiembre de 2013 está en línea. Dicen los editores al respecto:

"Un especial de autores de Puerto Rico es en realidad una propuesta original de la escritora Yolanda Arroyo quien nos envió los primeros materiales de un grupo de autores. El 2012 fue un año de transición para Aurora Boreal® con el cierre de nuestra sede en Madrid y concentración de todos los esfuerzos de producción y edición desde Copenhague. En este cambio, el especial de Puerto Rico quedó injustamente parqueado por un buen tiempo en los archivos de la redacción. Si hoy podemos presentar en Aurora Boreal® esta selección de autores boricuas o radicados en Puerto Rico, es indudablemente gracias a la generosidad y perseverancia de muchas personas que respondieron no solo con sus textos sino también con una paciencia infinita en el proceso de edición y corrección final. 

Tampoco ha sido fácil la selección. 

Desde nuestra perspectiva hemos querido presentar a los autores en tres direcciones: poesía, puro cuento y microficción."

La nota editorial completa se aloja aquí.

Para adquirir Aurora Boreal® Número 13 de 2013 ISSN 1902-5815, versión impresa, favor de enviar solicitud a info@auroraboreal.dk.

Para obtener una copia digital, pueden pulsar acá.

Yo debo mi inclusión a Awilda Cáez, quien me extendiera la invitación. A leer, pues.

El director Dan Sickles es mejor conocido por Mala, Mala- documental sobre la comunidad transgénero en Puerto Rico. El día después de su estreno en Puerto Rico, Sickles se dirigió a Cayey en donde filmó el corto metraje titulado "I Ate the Cosmos for Breakfast", un video poema que toma el título y el texto de un trabajo de Melissa Studdard. El método es Terrence Malick-nesco. 

En fin, la correspondencia impresionante entre imagen y palabra:



"I Ate The Cosmos for Breakfast"
—After Thich Nhat Hanh


It looked like a pancake,
but it was creation flattened out—
the fist of God on a head of wheat,
milk, the unborn child of an unsuspecting
chicken — all beaten to batter and drizzled into a pan.
I brewed my tea and closed my eyes
while I ate the sun, the air, the rain,
photosynthesis on a plate.
I ate the time it took that chicken
to bear and lay her egg
and the energy it takes a cow to lactate a cup of milk.
I thought of the farmers, the truck drivers,
the grocers, the people who made the bag that stored the wheat,
and my labor over the stove seemed short,
and the pancake tasted good,
and I was thankful.

--poem by Melissa Studdard
Film by Dan Sickles.


Al comienzo de “El incidente en el Puente del Búho”, un agricultor simpatizante con las huestes de la confederación sureña durante la Guerra Civil Estadounidense es llevado al referido lugar para ser ejecutado. Mientras los federados norteños asisten al desdichado en los últimos preparativos, el hombre, con la soga al cuello, piensa en una manera de escapar. Lo que prosigue no es para nada sorpresivo: Peyton Farquhar muere ahorcado.

En el plano de contenido –ese qué que nos ordena-, eso es lo que ocurre; del lado del discurso, en el plano expresivo –ese cómo del cual se compone el arte literario-, hay más.

“El incidente en el Puente del Búho” es uno de los cuentos emblemáticos de su autor, Ambrose Bierce, dotado por un humor pesado y sarcástico, y una escritura visceral plena en ironía y mordacidad. La genialidad de Bierce es comparable en su dimensión literaria a la de Poe, Maupassant, o Quiroga. Los elementos de fantasía y ciencia ficción en su escritura suelen hacernos olvidar la profundidad mayor de sus relatos, que es la filosofía.

Como todos los meses, el resto del artículo lo acceden en Nagari.

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