La brevedad es el arte de poder tornar lo importante y difícil en algo esencial y simple. Es el criterio de velocidad, en su dominio del espacio hablado o textual, lo que predomina estos días extraños. Pero, para nada consideremos que esto es una tragedia. Por el contrario, como ha dicho Julian Gough, es una oportunidad, otro modo del había una vez y dos son tres. Como en las Desafortunadas historias afortunadas de Daniel Grandbois, galardonado narrador e integrante de la banda Slim Cessna’s Auto Club.

Como les insinuara en un escrito anterior publicado en Nagari, pienso que nuestra sociedad de medios valora la brevedad y gratifica las formas textuales cortas que van desde el estribillo hasta el mensaje de texto, y que adquieren un grado de autenticidad y funcionalidad en nuestra vida cotidiana. A Grandbois, precisamente, hay que buscarlo por ahí. Por ahí y por el pasado.

En las Desafortunadas historias afortunadas de Grandbois, el microrrelato no es flash porque tiene pocas palabras o porque es de extensión breve, sino porque se trata de pequeños grandes monumentos textuales: masivos e imponentes; glamorosos y faraónicos.

Grandbois es un mago, un hechicero. Hace que los objetos cobren vida. Es mágico en el manejo de los argumentos pero no es realista. “Grandbois escribe como un místico cool, alimentado bajo una demencial dieta de glossalalia,” ha dicho el poeta Tim Z. Hernández. En todo caso, Grandbois es un transformador de tradiciones, las que luego toma, procesa y revierte en realidades poéticas únicas.
La condición humana vive tan aferrada al poder del relato que ya damos por sentado su poder extraño y embrujador.

En estas historias de Grandbois, el lector cae presa de sus encantos, articulados por medio de falacias patéticas, esas formas de personificación donde el autor infunde objetos y animales con emociones humanas. Ciertamente, el antropomorfismo se convierte en una de las estrategias de juego para el autor. También conocido como animismo, la vida de las cosas inanimadas ha habitado en la vivencia humana y la manera en que interaccionamos con nuestras percepciones.

De tan solo mirar los títulos de las historias en esta colección, apercibimos una lista de objetos que bien podrían habitar una cápsula de tiempo, como “El hilo”, “La goma de mascar”, “La nota”, “Dentífrico” o “La mancha”, entre otros.

La estrategia de Grandbois trabaja principalmente con tres elementos: primero, una situación desfamiliarizante que remueve al lector de su zona de confort; luego, sobreviene un giro en la narrativa donde la situación inicial de pronto se mueve en el espacio psicológico y/o emotivo del lector; y finalmente, un final sorprendente. Aquí cohabitan Maupassant e Italo Calvino, con Samuel Beckett haciendo las veces de puente entre los dos. (Aquí hay taller literario para el que quiera iniciarse en el microcuento).

“La mancha”, por ejemplo, inicia así: “La forma de una mancha sugería que tenía más abdómenes que una araña, pero no tenía patas”. Pero luego, “[e]scaleras arriba subía la mancha. Tenía patas después de todo”. Entonces, un hecho verificable retrae la historia hacia el hábitat del pacto con el lector, usualmente incitado por una declaración casi tautológica: “Las manchas usualmente gozan de renuencia a removerse”. Pensamos, por supuesto, en cualquier mancha obstinada, física o no, en vida real. En el cuento, al final, la mancha decide marcharse porque odia las alfombras.

Exacto.

Procedimientos similares notamos en “El seno”, historia que nos recuerda la novela de Philip Roth del mismo nombre. En la novela de Roth, un profesor de nombre David Kepesh se levanta un día, como un Gregorio Samsa promedio, convertido en una enorme teta. En el cuento de Grandbois, el protagonista flota del seno de su esposa, el cual él le ha cortado con una tijera.

Técnicamente, Daniel Grandbois inyecta sus relatos con generosas dosis de influencias que incluyen cuentos folclóricos (“Érase una vez un tronco sobre el cual tallaron un rostro humano”), leyendas (“Bill fue el último vaquero en la aldea esquimal”), mitos (“Un hombre y una mujer entraron en un túnel. Era más ligero en el interior de lo que esperaban. De hecho, cuanto más profundo se adentraban, más ligero se tornaba, hasta que la luz se hizo tan brillante que les dejó ciegos”), e, incluso, formas poéticas como el köan(“Parecía tan al azar como la desintegración de un isótopo en un antiguo bosque cuando no hay nadie allí para escuchar”). El humor, para colmar esta experiencia de lectura, se sustraer como reducto de lo implausible y el absurdo circunstancial de los microuniversos presentados en el libro. Así, nos sentimos tan cerca de nuestra risible condición humana.

Desafortunadas historias afortunadas no es un libro nuevo, pero, como todo buen porvenir, guarda la maravilla de lo que se descubre con agrado. Grandbois resulta un escritor en potestad de sus poderes imaginativos. Estas micronarraciones nos apremian, como dijera Barthes, en las actividades que conducimos a diario. Es decir, todo lo que nos afecta, en alguno u otro modo, nos llega como un relato. O mejor: un microrrelato de Grandbois.

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