Artículo publicado originalmente en Nagari.
En La Metamorfosis, Gregorio Samsa se levanta un día, luego de tener un sueño intranquilo, y descubre que se ha convertido en un monstruoso insecto.  ¿Qué me ha ocurrido?, se pregunta al advertir que sus gruesas piernas ahora son numerosas patas. A cien años de su publicación, leemos la obra maestra de Franz Kafka con la misma fascinación que se lee un libro filosófico o un texto sagrado para un modo sereno de espiritualidad. Sólo el poeta toma la responsabilidad del yo, dice Cioran. Disperso o no.
De enfrentarse a Kafka con un ojo en distancia ya uno sabe que el curso de la literatura mundial se ha transformado. Lo supo Sartre, Borges, García Márquez y Cortázar, adscritos todos al mundo kafkiano con reverencia.  Doris Lessing dice en La grieta que la humanidad debe estar más unida. Al final, dice Fiodor, todos provenimos de alguna cita en “El capote” de Gogol. Yo digo que todos vivimos en un cuento de Kafka.
César Aira ha comentado que Kafka consideraba a La Metamorfosis como una historia humorística. En efecto, “¿cómo podríamos considerarlo trágico, o siquiera patético? ¿Acaso alguien se ha transformado en insecto alguna vez?” se pregunta Aira. Las interrogantes podrían cursar en otra dirección: ¿Quién no se refracta como un insecto?¿Quién no ha sido prisionero de su soledad? ¿Quién no ha sido monstruo?
Cierto: nuestra fascinación con lo monstruoso es una manera de explorar lo diferente y lo prohibido.
El cuerpo del monstruo es un cuerpo cultural, ha observado Jeffrey Jerome Cohen en sus estudios sobre la teoría del monstruo interior. El cuerpo del monstruo es un texto, como ocurre con el Frankenstein de Mary Shelley, en el que la texto refracta la Criatura. En efecto, si el monstruo creado por Víctor Frankenstein es una recopilación de órganos y miembros de diversos humanos, el texto es una proliferación polifónica, una aglomeración de voces y textos que hacen de la novela otro monstruo en sí mismo. En La Metamorfosis, el texto sería sanguijuela que busca al lector con el carácter parasítico que distingue a los padres de Gregorio.
El monstruo, apunta Cohen, siempre evade las categorizaciones porque el monstruo mora a las puertas de la diferencia. Por eso asusta.
Lo diferente siempre pugna con el consenso. La estipulación admite al propio texto de Kafka. Cierto, conocemos el Dorian Gray de Oscar Wilde, o el doppleganger de Poe en El barril de amontillado; quizá por la misma línea que el Dr. Jekyll & Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson y transitando por “El Capote” de Gogol, pero La Metamorfosis es la culminación del monstruo. Años más tarde, Patrick Süskind culminaría esta tradición del monstruo interior con la creación de su Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de El perfume. Frondoso es ese árbol genealógico de Kafka.
La verticalidad de la obra tan solo sería posible por virtud del símbolo y la metáfora. Y en el fondo, sin embargo, La Metamorfosis supone lo que es: una historia de soledad, ansiedad, y sobre todo, desamor.
Siendo el proveedor de su familia, Gregorio se entrega con estoicismo a la burocracia capitalista que destruye su vida anímica. “¡Qué cansada es la profesión que he elegido!” dice temprano en la narración y quizá los largos recorridos que debe efectuar diariamente de ida y vuelta de su casa al trabajo detonan la sórdida frustración que le consume. “Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese marchado,” dice con respecto a su trabajo. Su padre lleva cinco años retirado del empleo; su madre padece de asma y se muestra sumamente susceptible a los problemas de respiración; su hermana, Greta, por su joven edad, es dependiente del hogar. En otras palabras, el parasitismo de la familia de Gregorio no deja otra salida al protagonista de Kafka que transformarse en insecto: quiere ser la plaga que remueva a la familia de su zona de confort.
Si hay algo que distingue la literatura de Kafka es ese carácter claustrofóbico en sus narraciones. En “El artista del hambre” vemos un individuo arrinconado por elestablishment y llevado a su condición más trágica como artista desplazado.  En “La condena”, un padre concluye que su hijo, un joven comerciante, es un ser sumamente egoísta, por lo que lo induce a que, arrinconado en el sentido de culpabilidad, cometa suicidio. En “La ventana a la calle”, un hombre tan solo puede mirar el mundo a través de la ventana y conformarse con escuchar los ruidos de “la armonía humana”, sin otra manera de pertenecer a ella. “Un médico rural” tiene como protagonista a un galeno cuyo sentido común e incapacidad de tomar las riendas de su vida lo llevan a la tragedia personal, representada en la violación de la que es objeto su criada Rosa, de la que el médico es culpable por su estupidez, y en la pérdida de sus caballos.
Las complejidades bizarras, el surrealismo imperante en la vida de estos personajes y el subsecuente absurdo que desprende de dichas operaciones cotidianas constituyen la impronta kafkiana. Dos obsesiones rigen la obra de Franz Kafka, ha notado el gran Jorge Luis Borges: “La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas”. Con una facilidad en el decir interpuesta sobre complejas pero elegantes elaboraciones sintácticas, la obra de Kafka se nos hace un algo de todas las veces.
Al final de la obra, cuando ya Gregorio no es un estorbo, la familia se viste en ropajes de domingo y sale a tomar el sol en las afueras de la ciudad. Es una escena de luz y felicidad, como ninguna otra en la obra. Durante el viaje en tranvía, el padre y la madre de Gregorio advierten el esplendor de adolescente que florece en Greta y piensan que ya tiene madurez y cuerpo para ser ofrecida en matrimonio a algún pretendiente que acomode a la familia.
No hay alegoría ni hay poesía.
El monstruo es limítrofe a todo cuanto es posible. Entonces, el pathos kafkiano va erosionando con la compasión del lector hacia la figura de Gregorio. Porque nos vemos en él. Nos sentimos en él. Nos borramos con él.
De tal naturaleza son las orfandades en familia.
En efecto: todos vivimos, en algún momento, un cuento de Kafka.

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