En “Perdido en la casa encantada”, relato que da título a la legendaria colección de John Barth, nos enfrentamos a las destemplanzas liminares de lo que comprende ser una construcción narrativa de niveles complejos. El maestro Cortázar decía, como Bosch, que el cuento debía surcar una flecha por el espacio, de un punto a otro, sin mayores desvaríos. Con Barth, el método posee la suntuosa complejidad de un mándala. Y una historia es una historia es una historia.

Barth es un escritor experimental, sabemos. Se distingue por sus relatos metaliterarios, evocadores del proceso creativo y las complejidades que el autor representa mayormente a través de construcciones sintácticas enrevesadas, como las hileras de (hasta) siete citas anidadas una dentro de otras. Es el nunca acabar. Sus cuentos poseen texturas, capas de significado que siempre llevan a los cuestionamientos sobre la autonomía del texto.

Por ejemplo, un relato como “Glosolalia” supone una arquitectura de seis párrafos en bloques de texto, de corta extensión, con seis narradores distintos. Exige la historia un lector alerta, ágil no en destrezas lectoras sino en las maquinaciones asociativas que expanden el texto. Cada narrador es una figura histórica distinta que dice lo mismo que sus homónimos y cuyos respectivos interlocutores no tienen idea de lo que los glosolalistas, como gente que habla en lenguas, dicen. La evidencia genética es inequívoca y contundente: John Barth es hijo directo de Jorge Luis Borges.

A Borges, de seguro, no le hubiese molestado del epíteto de escritor posmoderno –al menos no en el sentido que Federico de Onís lo utilizó–, pero Barth se ha consolidado como uno de los escritores de mayor influencia en la llamada literatura de la posmodernidad, a pesar de que hace quedar mal quedar mal de vez en cuando. Sus relatos rara vez pueden escapara del contexto en el que se circunscriben.

A fin de cuentas, un narrador es una autoridad de poder dentro de una jerarquía textual.

En “Perdido en la casa encantada”, nos encontramos un narrador cuya voz es enunciada por otro narrador que, en última instancia, es apoderado por el autor del relato, sea implícito o real. Los tres pugnan por protagonismo mientras Barth intenta contarnos una historia que es una historia que es una historia.

En la narración, a pesar de que nunca tenemos idea clara de quién es el narrador central, nos encontramos en un juego autorreferencial que absorbe al lector y lo invita a recrearse. “Perdido en la casa encantada” se convierte en una casa encantada en sí misma. Hay trampas; salas claustrofóbicas; salidas sin escape. Ya en “Título”, otro de los relatos del conjunto, el narrador nos dice: “La pregunta final es la siguiente: ¿Puede nada ser significativo? ¿No es esa la pregunta final? Si no lo es, el final está cerca. Literalmente… Todo ha sido dicho una y otra vez”.

En “Perdido en la casa encantada”, la narración nos advierte que “[h]asta ahora no hay diálogo verdadero, muy pocas descripciones sensoriales y nada sobre el tema. Y ya va demasiado tiempo sin que nada ocurra”. Como en el cuento de nunca acabar, o como en una banda de Mobius, Barth sugiere que el lector recorte la frase “Había una vez y dos son tres había una historia que comenzaba” (Once upon a time there was a story that began), provista como parte de “Cuento de hadas” y cuyo texto íntegro consiste en dos oraciones a manera de instrucciones para formar una banda de Mobius. “Nunca escaparemos de la casa encantada”, dice el narrador.

Y sí: es un cuento sobre escribir un cuento sobre escribir un cuento. Mas la pregunta es, ¿el de quién? ¿Y dicho por quién?

La aparente trama es simple. La familia de Ambrose, un joven adolecente, viaja hasta Ocean City para pasar un día de playa durante las festividades del 4 de julio. Una vez allí, Ambrose entonces invita a Magda, la chica que él pretende, a visitar la casa encantada. Peter, el hermano mayor del protagonista, decide acompañarlos, pero una vez dentro de la casa, se escapa con la chica, dejando a Ambrose solo. El narrador se lamente y dice que, en este punto de la historia, no tiene sentido continuarla: “A este paso, nuestro héroe permanecerá en la casa encantada por siempre”.

No hay día de la independencia y ni siquiera verá fuegos artificiales.

Ambrose busca la salida, no la encuentra; se pierde; se vuelve a perder. Es un laberinto en el que ha caído. Nuevamente, Borges: “El jardín de los senderos que se bifurcan”.

Ambrose decide que escribirá una historia del suceso y se convierte en símbolo del escritor que se pierde en la búsqueda de su historia. Frustrado, Ambrose pondera sobre su existencia en la vida y sobre las maneras en que podría organizar y ordenar su historia.

Y hay más.

“Perdido en la casa encantada” elabora una analogía entre el primer encuentro sexual de Ambrose y la experiencia de escribir el primer cuento de su vida. Habría razones para especular, pero si en efecto es Ambrose el narrador principal de la historia –Ambrose que cuenta la historia de Ambrose que intenta contar la historia de Ambrose–, entonces son legítimamente comprensibles la ansiedad y la aprehensión que el chico siente al llevar a Magda a la casa encantada.

Así, la visita se convierte en ritual de iniciación tanto en su vida sexual como en su vida de escritor.

Si el sexo es reconocimiento de la existencia –es un encuentro con un “otro”– Ambrose termina solo mientras la gente se pasea por el tablado en parejas. Así, la manera de lidiar con esa realidad es escribiendo una historia. Y si la gente en la casa encantada confluye como espermatozoides alocados, Ambrose será el esperma solitario que no fecundará.

A lo que llega Barth es a presumir de la escritura como un acto solitario. El mismo termina como búsqueda fútil por la autodefinición, prueba, en parte, de que la historia es una historia es una historia.

Incompleta siempre. Inacabada.

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