Afluencia

Lulu Delalama


Le cuelga el ruedo a la luz en su esmero por acordar el atardecer. Se me ha hecho tarde muchas veces y ahora que me sorprende la noche, pienso que el tiempo no tiene caso. O sí lo tiene, pero se me antoja ahora, ahora que el silencio se ha apoderado del viento por unas horas, que no tiene caso. El silencio a veces es tan fenomenal que acapara todos los movimientos y los ruidos.

A una distancia relativa de las cosas que tuve –la pérdida es la única certeza-, la memoria parece resolverse en su lugar. Las caricias sin causa, como decía la Storni, o los anhelos que se deshojan. Ya no tiene caso saber quién los recogerá. Se queda uno siempre aplazado por las secuencias del sol. El mundo no es sin sal. Vaya por una gramática de la metafísica.

Antes las despedidas de años eran fabulosas, inmensas. Alguna vez importó poco el afán del tiempo, no porque me sobraba, sino porque, tras varios encuentros personales con la muerte, me parecía en sobreestima. No obstante, despedir un año para recibir otro, más que un ritual de vida, solía ser una buena excusa en mi familia para hacernos gente- un poco más humanos. Y por unas horas, se separaban las afiliaciones religiosas y políticas por comer y beber en igualdad de condiciones y en la misma mesa.

Éramos muchos. Mis tres hermanas, sus esposos e hijos, mi madre, mi padre, las abuelas, padrinos, madrinas, tíos, mi esposa y mi hija. El resto del año, quien sabe cuántas otras veces nos volveríamos a ver juntos, pero importaba tanto como preguntarnos cuántas estrellas poblaban el universo.

Si de algo se va a morir de algo uno, es de todo menos de poca vida. La poca vida no es causal de muerte, porque la poca vida no es vivir, es morirse. Y morirse no es la muerte, sino el camino hacia ella.

El asunto es que una mañana fría de diciembre, el cáncer apagó a mi madre y desde entonces, pues, nadie en la casa fue igual. La orfandad obra de maneras misteriosas.

La casa se redujo, o yo crecí. No sé qué sucedió primero, o en qué orden, pero siguen siendo muchos los signos en el mundo, como escribió Hölderlin, aunque me inclino a signar el paradigma Bukowski: “La soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo”. Una barbaridad. O un ocaso afable.

Entonces, ya no sé con qué fichas tendré que aprender a comerciar. Hay que aprender a recoger las misas de lo irreparable. O aprender a ser lobo.

Total. El árbol de Josué no sabe que se llama así, ni que sus ramas en medio del desierto de Mojave le parecieron a alguien los brazos de un profeta que implora a los cielos.

El asunto es que, como diría Rilke, las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos no solo son inexpresables, sino que ocurren en un plano de la existencia que desplanta la materia física. Si valiera de algo, diría que es un asunto del alma, o una dimensión desconocida. La hondura estos días es una piscina de cuatro pies.

Ni se diga más. Me acompaña un gato presumido, con su estima saludable, y un flask de whiskey. Las palabras vienen a mi compañía. El año comienza lento.


Foto: Publicada en Cultura Colectiva


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