El mensajero también es el mensaje

Yuri Herrera (foto de Editorial Periférica)
Artículo publicado en Otro Lunes.

Algunos libros pasan al por siempre de manera callada. Así, sin onomatopeyas. Sin crack ni boom. Igual que se meten de manera inocua en las bibliotecas y de pronto, cuando menos lo esperas, se descubren. Seducen. Se desvisten de limbo del lo leo más tarde. Y entonces, ahí están. Y ahí quedan.

Señales que precederán al fin del mundo (Periférica, 2009), la segunda novela de Yuri Herrera, ha traspasado la frontera imaginativa para consolidar a su autor como una de las voces más importantes de nuestra América. En su traducción al inglés por Lisa Dillman, la crítica literaria ha distinguido a Signs Preceding the End of the World (And Other Stories, 2015) como una de las exquisiteces literarias de este año. Incluso, de los últimos cinco años.

Y entonces, es menester visitar la obra de nuevo.

Herrera, fabulador bona fide y egresado el programa de escritura creativa de la Universidad de Texas en El Paso, entreteje su novela como si hilara los tiempos del mundo. La historia de la historia de la historia. Su registro es mítico, plural, efablemente místico. Aquí persevera la búsqueda de espíritu y no da más que para espectros. Por aquí transitan voces que han de manifestarse como arquetipos, correspondencias inefables con la transitoriedad consecuente de esas historias que se dicen al viento, así, a pulmón de pluma.

La novela de Herrera recoge la historia de Makina, la heroína que emprende una misión cabalgando el cronotopos de la travesía. El sentido de movimiento lo ocupa todo. De su innombrable pueblo natal a la «Ciudadcita» al «Gran Chilango» (Ciudad México). Atraviesa el desierto. Cruza la frontera. La movilidad es atenuante, desde los espacios narrativos hasta el manejo del lenguaje, ese otro territorio donde el deseo es el único dominio. Un peregrinar sin otro desaliento que comprobar que la tierra prometida no existe. Por tanto, es una novela del siempre buscar. No hay más ternura que esa: buscar y diluirse en la búsqueda.

Y regresar.

Como nota el novelista Sergio Gutiérrez Negrón en su reseña de la novela, Makina no tiene intención de quedarse una vez cruce la frontera. Ella partía «para nomás volver», instigada por su madre, con la misión de encontrar a su hermano al otro lado de la frontera de cristal, en dónde, desinflado por el sueño de tener un terreno de su propiedad, se había instalado en la pérdida. O en la perdición.

Aquí sí da igual.

«Vaya, lleve este papel a su hermano», le dice la madre, por lo que Makina adquiere doble signo: portadora de un mensaje y de mensajera en sí misma. La protagonista visita a el señor Hache, a quien el hermano de Makina le respondía en algún momento, con el fin de obtener coordenadas más o menos específicas sobre el paradero del muchacho. El señor Hache es un «reptil en pantalones», e induce a que Makina acepte a entregar un paquete a cambio de guiarla en la consecución de su búsqueda. Sin hacer más preguntas, acepta. «Una no escoge cuáles mensajes lleva y cuáles deja pudrir», dice Makina empoderada por designio y orden del narrador que sostiene la obra; «Una es la puerta, no la que cruza la puerta».

Por eso, regresará.

Ella es la mensajera. Y el mensaje.

Maya Jaggi, de The Guardian, lo ha notado bien: por aquí hay Juan Rulfo; por aquí cruza Carlos Fuentes; pero también la mitología clásica y la mesoamericana.

Todo cambia y la identidad es, más que búsqueda, elección. Logra así Herrera una especie de «interzona», una región de cruces de lenguajes, pueblos y sueños, modificados por el gentilicio que le venga. «Son paisanos y son gabachos y cada cosa con una intensidad rabiosa», nos dice el narrador. Esto es una señal que, sin duda, precede el fin del mundo de Makina.

La disolución de los sujetos concurre en la utilización eficaz del estilo indirecto libre. Las voces quedan supeditadas a un narrador en tercera persona de omnisciencia limitada que absorbe las demás voces. Magistral, sin duda. El lenguaje que se eleva como en un tantrismo sígnico. «Tienen gestos y gustos que revelan una memoria antiquísima y asombros de gente nueva… Hablan con una lengua intermedia con la que Makina simpatiza de inmediato porque es como ella», añade el narrado. La lengua «es una franja difusa entre lo que desaparece y lo que no ha nacido». Y es un personaje también.

Esa es la frontera de la frontera.

Señales que precederán al fin del mundo es una novela de la migración, cierto, pero sobre todo, de la contemplación identitaria.

Makina se va desprendiendo de aquello que va dejando atrás, por aquello de viajar liviana. Al cruzar el Río Grande- como quien cruza el Estigio- llega a otro mundo. «No es que sean hijos de la chingada, nomás han tenido que aprender a parecerlo», le dice a Makina el señor Pe a quien ella entrega el mencionado encargo del señor Hache. La tensión no es tan liviana. Es un indeterminismo, digamos algo cuántico, de la identidad: las funciones identitarias no se expresan con la mima definición en un mismo instante. Así, estos personajes contienen en sí dos modos de existencia paralela: lo que aparentan ser y lo que son. El modo, nuevamente, es la elección.

Este tema alcanza una interpretación más amplia cuando Makina da con el paradero de su hermano, quien, de plano, había aceptado tomar el lugar de un joven que se había enlistado en el ejército. Ante la proximidad de su intervención en combate al «otro lado del mundo», la familia del chico propone al hermano de Makina que asuma la identidad del joven soldado y se haga pasar por él. «Aceptó sin regatear», dice el narrador, y cambia su identidad pública a cambio de dinero. La transacción se ejecuta sin derecho al reembolso, sin apegos para el arrepentimiento y sin camino de ladrillo amarillo. «Ninguno de los dos reconoció de inmediato el espectro que tenía enfrente», nos narra la voz unificadora de este texto al describirnos el encuentro entre Makina y su hermano. No hay vuelta atrás.

La epifanía ocurre entonces.

Makina, al alejarse del cuartel, es apresada junto a otros inmigrantes que «eran o parecían paisanos». No habría ya manera de saberlo. Un vociferante policía ladra como cancerbero y observa que uno de los apresados trae consigo un libro de poemas. El oficial pretende que el hombre del libro de poemas escriba algo, pero el detenido permanece impávido e insensible a los mandatos de la autoridad. Entonces, Makina le arrebata el papel y el lápiz y escribe:

«Nosotros somos los culpables de esta destrucción, los que no hablamos su lengua ni sabemos estar en silencio. Los que no llegamos en barco, los que ensuciamos de polvo sus portales, los que rompemos sus alambras. Los que venimos a quitarle el trabajo, los que aspiramos a limpiar su mierda, los que anhelamos trabajar a deshoras… Nosotros los oscuros, los chaparros, los grasientos, los mustios, los obesos, los anémicos. Nosotros, los bárbaros».

Apunta aquí Herrera al trasunto capitalista de la civilización en el estado ilícitocrático –palabra que acuño, a falta de mejor expresión, para describir el estado de gobierno donde domina una corrupción elegida por el pueblo.

El mensaje de Cora, la madre de Makina, nunca llega a su destino puesto que la protagonista, al enfrentar a su hermano, se da cuenta de la futilidad misma del escrito. Mas en vez, lo que transmite –el otro mensaje que entrega– es el disgusto, la rabia, la violencia verbal del escrito que le entrega al policía. Makina, como los demás detenidos, terminan liberados por la palabra que se dice.

Entonces, el lenguaje se magnifica como personaje mismo.

Su viaje al inframundo termina y, como una heroína clásica, Makina emerge con una nueva gnosis del mundo.

Al final de la novela, solo se alcanza ver «su silueta recortada contra el sol».




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