Philos para Sophia



Escrito publicado originalmente en Nagari.

Parecería que todos los comienzos de año escribo el mismo artículo siempre y que no puedo escaparme de ello. Es la inevitabilidad prensada entre las palabras, supongo. El laberinto del cual uno nunca escapa. Un poema que se persigue taciturno e indefenso. Toda poesía viene presumida por el lenguaje, y a uno ya no le dan las palabras cuando se sabe medida, porque el por-siempre no da, así que uno se repite. Se reescribe. Como un axioma, o mejor, como una suma elemental que aunque siempre da el mismo resultado, las andanzas a medio camino te van recordando que no, que suma más. Entonces, uno se cree un libro de Karl Ove Knausgaard. No hay literatura más cercana que la vida que se vive.

Así que asumo mi narcicismo escriturario de comienzos de año bajo una lógica circunstancial: uno se siente que, en efecto, vive más y que, por tanto, debe decir las cosas que acostumbra callar, sobre todo cuando calan hondo, porque son importantes y son parte de los pedazos que uno va dejando por el mundo. Nada más importa.

Yo, que he tenido varias fechas de nacimiento, porque me he muerto al menos una vez menos, siempre hablo del día que nació mi hija como el principio de lo que queda de mí. Aquel día 19, dieciséis eneros atrás, observé por vez primera cómo el cuerpecito desnudo y ensangrentado rehusaba el trato higiénico de la enfermera, plegada en llanto. Así es como se llega al mundo, me dije. Un pedazo de carne sin lenguaje, vulnerable, incapaz de otra cosa que no sea llorar.

“Bienvenida a la vida, Sophia”, le dije, instado por la enfermera, que me pedía ayuda para controlar la criatura.

Entonces abrió los ojos y me escrutó como si dos orbes de halógeno atravesaran una densa nada.

El mundo de acuerdo a Sophia

A los tres años, ya Sophia limaba filos. Como la noche que me senté en el patio de mi hogar a mirar un inusual espectáculo de estrellas, que en Adjuntas hace de techo nocturnal, pero que en la ciudad es una delicada rareza. Y al notarme admirado con el cielo, Sophia preguntó: «¿De qué están hechas las estrellas?». Hidrógeno y helio y otros gases calientes, pensé, pero mi contestación fue: «De luz». Sophia quedó pensativa, sus ojos inundados de una acuosa emoción, y finalmente me dijo: «Como nosotros. Hechos de luz».

Y no hizo más preguntas mientras se acomodaba entre mis brazos.

Parecía una escena extraída de un cuento escrito tres años antes.


El árbol de la sabiduría

Ya entrada en su educación formal, Sophia llegó una tarde desde el colegio insuflada de emoción porque había visto la película que narra la historia bíblica del jardín del Edén. No paraba de hablar de cómo Dios había creado a Adán y a Eva y que si esto y lo otro, pues el resto de la historia es harto conocido. Cuando terminó su relato, dejó caer una de sus ya acostumbradas preguntas molotov: «Papá, ¿y por qué Dios dejó el árbol de la sabiduría en medio del jardín si no quería que comieran de él?».

Aunque sorprendido por el cuestionamiento, me limité a decirle que si esto y lo otro y el resto de la contestación que se supone uno provea.

Que conste: una pregunta molotov que se responde con diplomacia sólo va a generar una reacción similar en sentido opuesto.

—Bah. Si yo fuera Eva, también hubiese probado del árbol—me dijo


La máquina cazapeluches

En el diner que frecuentábamos a menudo Sophia y yo, habitaba una máquina caza peluches, de esas que exigen que uno invierta diez dólares antes de capturar el premio valorado, que siempre es una fracción de lo que se gasta en obtenerlo. La inclinación a evadirla me perseguía como un cargo de conciencia. Después de todo, no quería aparentar de ridículo o de inútil ante los ojos de mi hija. Mas, como sucedió lo que tendría que suceder algún día: Sophia se enamoró, a primera vista, de un Carebear púrpura y el que, según sus palabras, debía tener consigo de inmediato y que si yo podía capturarlo para ella. Mi respuesta fue negativa, porque uno nunca gana con esas máquinas, porque uno gasta más en ellas que lo que vale el premio, y que esto y lo otro en déjà vu, y además, no soy muy bueno en eso, pero a ella pareció importarle lo que debió entender como una entelequia, y solo me dijo: «No sabrás lo que puedes lograr si nunca lo intentas, papa».

Ni modo. Aunque sus palabras me sonaban a una cita de Dora la Exploradora, inserté un dólar en la susodicha máquina cazapeluches.

Por supuesto, no sólo atrapé al cariñosito, sino que en el proceso llegó otro peluche en cuyo pecho estaba impreso el logotipo de Superman.

—Te lo dije—comentó triunfante mi hija—. Nunca lo sabes si no intentas.


Índigo

Bastante tiempo después me encontré con una amiga especialista en ángeles, cristales, feng shui y otros fetiches metafísicos, y a pocos minutos de conocer a Sophia, me dijo frente a la niña: «Tu hija es una niña índigo». Sophia, era de esperarse, quiso saber qué era eso de índigo, que a qué se refería la señora, porque la palabra le parecía linda.

—Un color— le dije.

—¿Cómo cuál?

—Como un tono de azul.

Azul, repitió. Su rostro entonces se compungió en la extrañeza, sus ojos atravesando la distancia de una idea disforme y desconocida hasta que la fue formando en la cercanía de lo literal.

—Yo no soy azul; soy canelita— afirmó. Luego me miró casi compasivamente y me dijo—: Pero tú eres más blanco.

Luego me ofreció su consuelo:

—Pero no te preocupes por eso. Yo te quiero así, no importa.


Amor por la sabiduría

No sé quién terminó educando a quién, pienso. Ciertamente, creo que he aprendido más de Sophia que lo que yo haya podido enseñarle. Hace poco alguien me preguntó cuál había sido el momento más importante de mi vida, volví a transportarme a aquel primer encuentro en la sala de partos, cuando mi hija abrió los ojos y me escrutó como si dos orbes de halógeno atravesaran una densa nada. Creo que decían algo así como «Bienvenido tú a la vida».


You may also like

Blog Archive

Search This Blog

Loading...