Un lobo de las estepas




El viento barre la calle Duke. Arrastra las hojas con la pereza de un lenguaje, un lenguaje insuficiente. O tal vez soy yo, que se me han ido las palabras. Da igual con las cosas de las que se puede hablar como de las que no se puede. El mundo es todo lo que ocurre, la suma de los acontecimientos.

Y también el silencio, que ocurre. Y también lo que no ocurre, que tampoco se calla.

De lo que no se puede hablar, es mejor callar, escribió Wittgenstein.

La metafísica no puede ocurrir porque no se puede contar. Solo se muestra, pero no ocurre. Está ahí. Como las hojas en la calle. Solo que no hay hojas. Así es la contingencia. Y el budismo también.

Digo, ¿qué es real? ¿O ilusorio? Sobre todo, ¿qué hago aquí?

Wittgenstein formula su crítica de la metafísica con una proposición agnóstica: existen los objetos de la metafísica tradicional, pero de ellos no cabe el conocimiento: existe lo místico (Dios), el sujeto metafísico, los valores morales y estéticos, pero están más allá de lo que se puede decir. 

Y sin embargo, alguna vez llegó a mis manos un ejemplar de El lobo estepario, de Herman Hesse. Yo era carroñero en la antigua librería de la Universidad de Puerto Rico y, ya con Siddhartha entre mis lecturas predilectas, no dude en hacerme de una copia rebajada en precio de Steppenwolf.

La novela, como El celador del centeno de Salinger, hule la sangre joven. La seduce. La busca. Y sin embargo, es la historia de un hombre a mitad de camino, Harry Haller, que deja al sobrino de la mujer que le arrienda el cuarto donde vive el protagonista. Anotaciones de Harry Haller, para locos solamente, se titula. Y dentro de este, se narra la tarde en que Haller recibe un folleto de manos de un hombre que anuncia un teatro mágico. El folleto se titula Tratado del lobo estepario.

A medida que lo va leyendo, Haller descubre que el folleto se dirige a él por su nombre de pila. Como si le hablara. Harry va descubriendo las polaridades entre su inteligencia racional y su volatilidad emotiva a medida que la realidad va fundiéndose con la ilusión.

Haller lucha contra la pulsión de muerte. Su existencia se ha disuelto en la insignificancia. A Harry Haller, un hombre de una intelectualidad reservada, le ha crecido un desencanto calloso. Sus pensamientos habitan en la claustrofobia. Es asfixiante la desesperanza. La única manera de superar el miedo a la muerte es muriendo.

Y sin embargo, no puede deshacerse de sí mismo.

La muerte no es ningún acontecimiento en la vida, dice Wittgenstein. Con la muerte nada cambia, sino que la vida termina.


Henry Haller pensaba que cuando cumpliera los 50 años, moriría. Le brota el terror de saberse lobo estepario y ahora le atormenta la idea de que, para seguir viviendo, debe integrar al animal solitario y sensual. Entonces, conoce a Hermine, una prostituta que, como la Kamala en Siddhartha, lo lleva del aliento por los temblores del placer. Ella se torna la carne de su espíritu.

Luego los celos. Pablo, un saxofonista que entra en amistad con el protagonista, lleva a Harry al teatro mágico. En el teatro verá su alma escenificada, le dice Pablo. En el interior del teatro, Harry se desplaza y va abriendo las puertas que encuentra a su pado. Tras cada puerta, encuentra un mundo. Una alucinación, si se quiere. Una revelación de su futuro. Hasta que llega a la puerta donde encuentra a Hermine desnuda sobre una alfombra. A su lado, Pablo, extasiado luego de haberle hecho el amor. Harry mata a Hermine. Aparece la figura de Mozart y condena a Harry a vagar por la vida hasta que aprenda a reír.

Steppenwolf es una búsqueda por integrar lo que difícilmente lograremos en vida.

Harry Haller pudo haber sido David Foster Wallace. O Kurt Cobain. O yo.


El viento barre la calle Duke. Arrastra las hojas con la pereza de un lenguaje, un lenguaje insuficiente. El mundo no le habla a mi voluntad ni quiere saber de ella.


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