Ética para afrontar el deterioro: sobre «Láser» de Samuel Medina



Este ensayo apareció publicado originalmente en Nagari: Revista de Creación


Si la poesía no fuera impostura, sería verdadera.

Decirnos a plazos, que es como decir a versos, es una manera resoluta de escribirnos a pasos deteriorados. Las palabras nunca van a poder contenernos en esas elaboraciones semánticas que por densas a veces se hacen impenetrables, y por ende, invisibles. No hay mayor duda que la razón. Así que al asomarnos a Láser, segundo poemario del poeta Samuel Medina, nos atenaza lo escueto.

Total. Si por demasiado no se avanza tanto, por mucho no va a verse mejor. Así somos en estos tiempos del 30% agrandado.

Láser es un conjunto de veintiocho poemas que se traslada con unidad espacial o direccionalidad. A los treinta y un años, Medina, fundador de la editorial y librería Libros Ac, ha palpado muchos libros, ha amasado muchas palabras, y ahora se detiene para volver, por primera vez desde Sushi (2008), con un coctel de libro -suerte de crónica, autoficción y poesía- en el que el poeta, más que sublimarse, se abraza a la posibilidad de concretarse sin prescindir del sujeto que preexiste al texto.

O mejor decir: estos son los poemas de Samuel. Él anda por ahí. Así, con el alma de poeta que ha caminado un largo trecho en poco tiempo.

El tono del poemario es un simulacro de poesía confesional, un fundamento estético del libro que no presume de imaginería rebuscada ni artificios exuberantes. Tersa y neutral, la orfebrería poética es interpretada como gesto, a veces irónico. El hablante que transita por los poemas, situado en plena conciencia de Millenial, se ha desposeído del capitalismo lingüístico con que se suele medir la poesía. Digo, ¿cuántas veces no nos hemos referido a las palabras como un «tesoro léxico»? ¿O hablamos de la «riqueza del poema»?

«Láser» es un poema dicho de manera espontánea y sucinta, y esto no es gratuito. La economía en el decir no es solo la moneda de trueque de muchos de los poetas de su generación, sino que también hablan de un mundo en escasez y deterioro, un entorno que se disuelve; un mundo que se desintegra, como en el poema “Ponce”, donde la ciudad “apesta”, mientras el hablante comenta sobre “el centro del pueblo,/la plusvalía de los edificios abandonados,/ el Distrito de Negocios,/ el doctorado en Farmacia,/ las carreteras de Ferré,/ los semestres que nos esperan[…]”

Se habla como se vive y se vive como se habla. 

Como que la palabra glamour origina de gramática. 

Y menos que glamoroso y enrevesado, Láser se dice entre modos de carencia.

En «Anuncio», la comercialización y la contaminación visual de Santurce toman protagonismo: «En la parada dieciocho/ se buscan hombres/ con experiencia/ en concreto». El concreto, de paso, posa como fantasmagoría del paisaje. La ciudad carece de espacios verdes. El protagonismo del concreto es claustrofóbico (Concreto podría ser un título alterno al libro). A medida queLáser transita por Santurce, Condado, Miramar, columpiándose entre Carolina y Bayamón, poemas como «Movimiento del concreto» y «Cabeza contra el pavimento» ratifican la urbanidad de estos poemas.

Precisamente, en el poema «Concreto», la voz nos dice: «Dejar/ caer/ la flor,/ precisamente,/ por su belleza». Lo concreto se yuxtapone a lo abstracto; la tarea del poeta es concretar lo que de otra manera es amorfo; lo concreto es sólido y todo lo sólido se desvanece en el aire.

Las palabras dejan de ser tiernos capullos de sabiduría y se aparecen como bienes de consumo, denigrados a su función face value, sin profundidad, tal sucede en “Memorias del subdesarrollo”, donde los verdaderos amores «son aquellos/ que nos llevan a la estación/ de Puerta de Tierra/ con abogado y maletín en mano». Los abogados, «letrados» de la ley y el orden, divisan la palabra normativa (la palabra desgajada de su función poética). En el poema hay promesas incumplidas (la palabra traicionada), excusas (la palabra disfrazada), perdones (la palabra humillada), lamentos (la palabra dolida) y despedidas no dichas. «Y desde las distancias/ pesamos, en total desacierto,/que nos gimen/ y nos lloran». Las palabras, en su futilidad, desdicen el consuelo. Se producen y se consumen como objetos que, en boca del poeta, se van descomponiendo en nada.

Tales son la porosidades de Láser.

En el «San Juan de Puerto Rico», persisten en la reiteraciones del hablante en un mundo sin poesía. En un penthouse que mira a la Laguna del Condado, dos gemelas aspirantes a ejercer la carrera de medicina le «hablan sobre sexo,/ relaciones entre parejas,/ pelo púbico,/ bikinis, la playa y el Sol», para luego conversar sobre Wimbledon, «tratamientos láser,/ los moretones en las rodillas,/ Harvard, Chicago, MIT» durante toda la noche, que culmina de manera inconsecuente. Mientras las chicas se retiran, la voz del poema dice: «Y en la esquina está el putero,/ el que sus amistades,/ hijos de abogados,/ me recomendaron».

La frivolidad como valor de cambio, o la plenitud paradójica de la existencia moderna.

Los sujetos en estos poemas encuentran en el porno una recreación; los strip clubs, una aventura. El sexo no llega a ocupar más preponderancia que la de un divertimento. Del amor, pues, no hay rastro mayor que el deseo. «Si yo fuese tú, me conseguiría un tronco de mujer» dice el personaje de «1510 Ponce de León» en su desdoblamiento. «Mira que los años/ y la vista/ no regresan.//A menos que alguna/ te haya vuelto loco», añade. Luego, concluye: «Como las bibliotecas». Entonces dos amores se unen: el objeto del deseo se alegoriza como el amor por las bibliotecas, ambos tan reales como idealistas. 

La nota biográfica es ineludible: el 1510 es el lugar donde alberga Libros Ac en Santurce.

Por eso hace falta el dictamen, la palabra que conforma una ética para afrontar el deterioro, como supone el poema «Decálogo»: «Hablarás y tu voz/ se convertirá en concreto». Al final, concluye: «Defenderás nuestra progenie».

Un poema que sobresale en el conjunto es «Metonomia», el cual hace prestación de la consabida anáfora «Estoy contigo en Rockland» del tercer movimiento del «Aullido» de Allen Ginsberg, que Medina transforma en «No estoy contigo en Santurce». Magistral y cargado de poesía, el poema canta: «No estoy contigo en Santurce…/donde según el Censo/ las cifras/ y nuestros números languidecen/ y las caídas, como las riquezas/ ya no se distinguen tan fácilmente». 

La ciudad no solo se deteriora y se deshabita, sino que se amansa, pierde su pudor. Los poemas se pierden al viento y su labor domesticadora fracasa. 

¿Quién habrá de escucharlos y leerlos? Todo lo que queda es una melancolía barnizada: «y ahora el amor es un puente/ y la memoria, la travesía/ y así el mundo se nos hace claro».

El poema apunta a una poética madura, tensada por la belleza de haber bebido de las decepciones. A veces resuena como la matriz de los demás poemas incluidos en el libro; a veces, como otra cosa porvenir.

Y eso es bueno.

Láser es un libro de percepciones excitantes, lleno de las bondades de un poeta que se nos entrega en el desafío de conservarse a sí mismo. Es una aportación a esa literatura que se viene destilando en un país de descontentos y desencantos, un tipo de extrañamiento con el que a veces solo el poema se entiende. Y por eso, hay que escribirlo jugándose el destino.


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