Lo que no consume el fuego: «Errata de fe», de Carlos Roberto Gómez.

Foto: www.listindiario.com
Artículo publicado originalmente en Otro Lunes.

Una fe de erratas es tanto una cortesía como una decisión económica sobre el material publicado que enmienda. Se da “fe” o conocimiento de los errores menores que puedan poblar un texto. Es tanto una cortesía como es acto de honestidad.

En una suerte de juego con el término, el editor y poeta caribeño Carlos Roberto Gómez nos entrega su más reciente colección poética, titulada Errata de fe (Isla Negra 2016).

La única certeza siempre es la duda.

La obra se construye en cuatro espacios: «Heridas como labios», «Ocho estudios incompletos», «Las cosas que perdimos en el fuego» y «Fe de erratas». A cada una de las secciones acude una actitud lingüística que se distingue autónomamente; mas, la ilación de los fundamentos estéticos del libro le entrega atributos de circularidad. En efecto, las herramientas primordiales de Gómez Beras son la metáfora, la personificación y las construcciones sensoriales en paralelismos discursivos, montados en esa concatenación onírica que crea tensiones entre los significados del poema. «En el quejido de los gatos./ En el bostezo de la noche./ En el oleaje los folios./ En la sonata de los intentos», dice en «El testigo».

A veces, el montaje de las imágenes es casi cinematográfico, lo que no sorprende cuando consideramos poemas como «The Remains of the Day», «A Man and a Woman», «Scent of a Woman» o «Things We Lost in the Fire», que conversan con las producciones fílmicas que los textos homologan.

Errata de fe se abastece en el lirismo como extensión de las varias tradiciones de vanguardia poética donde el arte y la vida se van trenzando como el mismo ímpetu. Su procedencia vital es la tradición vanguardista francesa y latinoamericana, sin duda.  A esto, se añade el poeta sabio en animación de un mundo poético que traduce por medio de imágenes en voz de un hablante que parece haber caminado largos tramos, como en «Imagen y paisaje»: «En el bosque del tiempo se suceden dos otoños», comienza, «[E]l que se refleja inmutable en el lago/ y el que regala un sendero a quien se extravía./ ¿En cuál de ellos hace su nido/ el pez inaprensible de tu recuerdo?».

El que vive, cifra la vivencia. En su afán por aprehender lo inaprehensible, el poeta solo puede comerciar con el mundo mediante un intercambio de significados.

Vivir es un arte, sin duda; amar, una vocación.

En la primera sección predomina la voz de un poeta maduro, experimentado, una voz que recompone la memoria en intensos mitos que le sirven para explicarse a sí mismo frente al mayor misterio de la existencia, que es el amor. Como la muerte, al amor solo le conocemos cuando llega; pero a diferencia del primero, al amor se le vive para recordarse. «[N]o puedo vivir sino amando”, dice el poeta cuando hace un llamado a la amada; “[y] no puedo amar sino equivocándome».

La humildad del que ha sido golpeado por esa instancia de equivocación recurrente se deja sentir en «Tu cuerpo es un faro»: «Tu noche es el falso despertar de mi aurora/ Tus quizás borran la ruta de mis victorias». De los verdaderos amores, ciertamente, uno nunca sale ileso.

La palabra se agota, se desgasta, se deteriora en los labios, que balbucen como una herida, pero el poeta persiste. Se requiere amar para saber amar, y «[e]l amor tiene algo de dos trenes/ detenidos bajo un aguacero», dice en «El encuentro». Por eso, las manos de la amada solo ratifican el hambre nueva de mañana.

El hambre es la pulsión de vida y todos merecemos padecerla, dos y tres y más veces. Padecerla nos acerca y nos separa del dolor.

En la segunda parte del libro, «Ocho estudios incompletos», un conjunto de «études» comprende la totalidad del movimiento. Los poemas, todos en tercetos sin rimas, evocan otra esfera del decir en la poética de Gómez Beras: «Ven, acércate como tú sabes./ Duerme a mi lado, mientras finges que estás despierta./ Mañana el amor nos construirá otro paréntesis» dice la voz lírica en «Étude #2», en la que el amor es una fuente de conocimiento. El camino del amor no es un argumento sutil, es cierto. Su puerta es la devastación. De los poemas de esta sección, queda un sabor a poesía sufí que abraza al universo, la naturaleza y el cuerpo: «Sobre una mesa coja hicimos el amor./ El sexo fue cópula natural y orquestada,/ pero el amor es vacilante, incómodo e imperfecto» («Étude #8»).

La parte más vital del libro es, a mi entender, la tercera, en la que escuchamos a un poeta dirigirse a su hija, a quien pide perdón por nombrarla centro del universo. «Algún día comprenderás que hay luces que nos ciegan y nos alumbran/ para toda una existencia», le dice en «Sol de Galileo».

Las palabras se usan y las oraciones se hacen, dijo una vez Gilbert Ryle. Una posibilidad permanente mientras aún después que ya no se escucha.

A través de los poemas que hilan se nos revela un poeta en entrega lo mejor que puede dejar a su descendiente: las palabras. Es otro tipo de amor: el que rebasa las metáforas y se sostiene en la intemporalidad. Es el amor que no espera retorno porque nunca sabe de irse; es el amor que persevera sin esperar nada a cambio. Es una manera de quedarse. «La vida es un río que no termina», dice el poeta en «El río contenido».

El poemario cierra con la cuarta parte, «Fe de erratas», donde el autor se remite a la metapoesía y a otras recurrencias intertextuales que prueban que la poesía de Gómez Beras se traslada siempre al plano de la forma. La complejidad no estriba en el decir, sino en el hacer. «La poesía/ es la fe que, por incierta y cegadora,/ nos regala, como en un rapto, el universo», dice en «Fe». La estrategia de las imágenes obra por medio de correspondencias entre el mundo anímico del hablante y la realidad reconocible a su alrededor. No es casualidad que, en el poema «La metáfora», Gómez Beras nos aliente: «La voz del poeta es camino/ –una cosa es otra cosa es otra cosa-/ que se abre como un abanico sagrado».

El poeta es siempre vidente. Donde no ve la luz, la inventa.


La tarea del lenguaje es resistir la opresión del olvido, que a veces asoma como dígito del tiempo. De ahí, que la poesía haga las veces de su memoria, aunque, cuando se trata de amar, uno nunca mira el camino recorrido, sino los suspiros aún por llegar- los que ningún fuego consume.


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