La casa de hojas de Mark Z. Danielewski




Publicado originalmente en Otro Lunes.

Cuando Mark Z. Danielewski publicó dieciséis años atrás su obra maestra Casa de hojas, las disonancias tipográficas y la mímesis mediática suponían más una parodia del mundo cibernético que un mero juego artístico en busca de nuevas potencialidades para el libro. La novela desafía lo normativo tanto en sus modos de grafía como en la manera que destroza constantemente las expectativas del lector. Casa de hojas no solo es un objeto de arte, sino que también es una propuesta de lectura que haría a T.S. Eliot volver a escribir «La tradición y el talento individual».

Sin lector, no hay texto, y Casa de hojas requiere su presencia para materializarse. Es el libro del lector y su relación con los signos.

Por supuesto, un libro es un objeto físico que, aunque no necesariamente acaba, tiene reducción espacial. En la lectura occidental, leemos de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, desde la primera página hasta la última. El texto queda enconchado entre las tapas de cartón que abrazan el contenido y nos orientan en la dirección que debe leerse el libro. Por supuesto, desde el En Babia, de José I. De Diego Padró, pasando por la Rayuela de Cortázar y las Especies de espacios de Perec, hasta 2666 de Roberto Bolaño, siempre han existido las mentes inquietas que hacen de la literatura una forma de cuestionamiento de sí misma, de lo que somos y de cómo nos programamos. Danielewski, aparentemente, dispone de tiempo en demasía para estos asuntos y se dedica a trastornar la idea que supuso una vez ordenar el texto en códices.

Casa de hojas se torna paródica en algún momento, si no desde el comienzo. La proyección azul de hiperenlaces a manera de páginas Web o la tinta azul de la palabra «casa» en el título de la obra simulan en papel la presencia de hiperenlaces y supone que, en algún lugar dentro y fuera del texto, hay  un portal de información donde se albergan los referentes. El texto se libera de sus formas y hablar de contenido es como decir desborde. En realidad, es una hiperglosia indecorosa.  

Hay composiciones o collages a color desde la primera página de inserción como antítesis de una variada disposición tipográfico que sucede y propone otra forma de narrar el texto. Es otra lectura. Inclusive, la página final del libro –presentada luego del índice y de los créditos al libro- lleva la inscripción «Yggdrasil» en la forma de una T, seguida por cuatro líneas de texto y una quinta línea que contiene una única letra: la O gigante en negritas.

Yggdrasil, en la mitología nórdica, es un árbol perenne que mantiene unido los diferentes mundos del universo.

¿Seremos nosotros el árbol?

Aunque la página pareciera una decisión aleatoria, radical y perversamente absurda (a este punto, cualquier cosa es admisible en la novela), la referencia cosmogónica lanza al lector a creer la nada o a desperdiciar el todo.

Danielweski, con esta su primera obra, suscita una meditación sobre la condición desbancada del libro como fuente primaria de conocimiento. Por más de tres mil años, el mundo letrado solo era accesible por medio del monopolio de la palabra escrito y/o impresa, una comodidad devaluada ante la proliferación de los medios digitales, los sistemas de reproducción y portabilidad de texto y la imagen en movimiento. Para Danielewski no; para Danielewski el papel es rey. De ahí la paradoja de Casa de hojas: entre tantas mediaciones y digresiones digitales, en medio de la ecología híbrida de medios, la palabra impresa sigue siendo dominante.

La novela se amolda, entonces, a nuestra condición posthermenéutica y voluble, amorfa y rizomática, en donde la información se consume de la manera en que llega y por el medio que sea.

No hay centro, si se quiere.

Entonces, nos comprendemos como una metáfora extendida del cuerpo desmembrado. Si la novela, en su unidad formal y estilística, es un cuerpo unitario, la dispersión de las partes, segregadas como textos nómadas a lo largo del recorrido de la lectura, se antepone a la noción de entereza. Un anuncio de Soloflex o de cosméticos de belleza (ejemplos en los que el cuerpo humano se desmiembra para venderse) nunca sería un principio estructural en un thriller, pero sí, es la idea limítrofe.

A falta de mejores palabras, el todo no es mayor a la suma de las partes, sino que la operación es contraria. En Casa de hojas, el interior de la casa en Ash Tree Lane es mayor a la apariencia de la casa exterior.

Suficiente.

Quizá el mayor entendimiento de Casa de hojas es su actitud con otras formas de narrativa, como el cine y la fotografía. La novela de Danielweski viene mediada por la película The Navidson Record, un filme compilado por Will Navidson –fotoperiodista ganador de un Pulitzer–, su esposa Karen y un puñado de otros sujetos interesados en estudiar el interior de la casa de hojas. A su vez, el filme es mediado por Zampano, personaje sin escrúpulos para discernir y elegir entre fuentes reales y fuentes apócrifas mientras las mismas sustenten su investigación del film.

Borges. Cervantes. John Barth. ¿Quiénes más se suman?

Al momento de su muerte, la narración de Zampano queda incompleta, pero cae en manos de Johnny Truant, artista de los tatuajes, quien da orden al manuscrito que leemos, incluyendo las notas alcances y demás anotaciones al texto. 

Lo demás es leerse.

Nada sobrevive en estado de pureza. Nada se sostiene ante la impermanencia de las cosas. Las verdades son deterioros al viento que van desnudando los huesos para desvelarnos otras formas, que, a fin de cuentas, no sirvan para otra cosa que recordarnos nuestra humanidad.

Tal vez, menos ensimismado con el realismo mimético o con las exploraciones de la psiquis humana, Casa de hojas expone al lector a una actividad netamente cerebral. Quizá el verdadero protagonista de esta novela que rompe la noción de novela sea el lector.

Conocemos el monstruo delicado, mi hipócrita lector- mon semblable, — mon frère!

En efecto, somos el árbol.










You may also like

Blog Archive