McOndo 2.0 (20 años después): en Nagari

Foto: 89decibeles.com

Publicado originalmente en Nagari.

Seguramente, 20 años no son nada, dice el tango. Indeed, querido, me dijo Edmundo Paz Soldán en el Twitter. A dos años de la muerte voluntaria de Kurt. Los usufructos son irremediables, como el gangsta rap y el mundo que dejaba de ser uno, mientras la Plaza Roja en Moscú era invadida por el perfume a patatas fritas de algún McDonald’s aledaño. En la pantalla de mi televisor todavía rondaba la sombra de Bill Clinton tocando el saxo en MTV y luego continuó tocando el sexo cuando lo de Mónica. La Hillary juró venganza y dijo que algún día sería presidente ella también. Acá, el gobernador de Puerto Rico hacía del jogging su mejor propuesta de campaña. En fin, que en mi mente todavía 1996 es como el 1999 de Prince, pero adelantado, pues fue cuando primero tuve la infamia de sentarme a trabajar como editor y aprender el mundo que ahora desaprendo.

No vale mucho el porvenir hasta que a uno le fuman las ganas de verse atenuado por un libro, un libro de esos que escarmienta a uno como si fuera un cubo de hielo en una mañana adjunteña de diciembre. Caídos los muros, corridas las cortinas de hierra, el concepto de guerra fría suponía escoger entre Windows 95 y Macintosh. Es angustiante, Alberto Fuguet, y lo sabes, como sabes qué arma escoger entre el lápiz y la carabina.

Y así McOndo.

Alguien dijo patatas fritas, ¿no? La mitología es oscura y está llena de terrores.

Cuando Fuguet y Sergio Gómez presentaron al país McOndo a Latinoamérica cuando –por hacer corta la larga historia- un editor rechazó dos cuentos para una antología a ser editada en los Estados Unidos. Los cuentos carecían de magia realista, dijo. Los textos, cuentan Fuguet y Gómez en lo que resulta ser el prólogo a McOndo, que los cuentos rechazados bien pudieron haber sido escritos por cualquier otro escritor en cualquier país del primer mundo.

Entre Borges y su ensayo “El escritor argentino y la tradición”, publicado en 1953, y donde el escritor asegura que “La idea de que la poesía argentina debe abundar en rasgos diferenciales argentino y en color local argentino me parece una equivocación”. Que si las contradicciones, Che. Que si los nacionalistas simulan venerar las capacidades de la mente argentina pero quieren limitar el ejercicio poético de esa mente a algunos pobres temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo. Se escucha el fluir de la sangre como crece la grama.
                                  
Si le hubiesen hablado de neoliberalismo, seguro lo hubiese entendido, por genio, pero no sabría de qué le hablaban. Entonces, en una época donde las sociedades comienzan a tratarse de manera homogénea, con características simétricas, en tanto costumbre como en finanzas, economía y mercado. Quedamos glocalizados en las oligarquías. O algo así.

La idea es que a estos dos escritores –Fuguet y Gómez– se les ocurre, junto a David Toscana, montar un conjunto de cuentos a imagen y semejanza de la antología Cuentos con Walkman (Santiago de Chile, 1993), obra promovida como el usufructo de «una nueva generación literaria que es un post-todo: post-modernismo, post-yuppie, post-comunismo, post baby-boom, post-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico, hay realismo virtual». 

Post. Post post.

Nuevamente, McOndo. Mass-mediático. Digital en pañales (pues, era 1996, ¿qué esperaban?). Antología  y corriente a la vez. Incompleto. Parcial. Arbitrario. Una antología de tiempos previos a la corrección política.

Aquí Blacamán el bueno ya no vende milagros y Melquíades el mago ya no tiene credibilidad. 

El mundo de McOndo no es un punto geográfico en un mapa, sino que es, ante la caída de las utopías, una actitud o estado del ser.

A decir verdad, Fuguet no sabía lo que era/es McOndo, pero sí sabe lo que no es. Así me lo dijo en 2006, a diez años de McOndo, para el lanzamiento de Cortos. Que ni manifiesto ni movimiento. «Es, de alguna manera, un adjetivo, otra manera de decir bizarro o freak o raro o hiperrealismo», confesó. «Es una manera rápida de resumir lo que implica ser Latinoamérica a fines del siglo pasado y los comienzos de éste».

Las palabras son de él. El sampling es mío.

Fue en 1996 cuando, junto a Sergio Gómez, se dio la tarea de compilar una antología de 18 cuentistas –jóvenes o emergentes, entonces- entre los que se encontraban Rodrigo Fresán, Edmundo Paz Soldán, Martín Rejtman y Ray Loriga. Ahí todos, arrancándose el cordón umbilical de todo lo anteriormente hecho, y quién sabe si hasta por hacerse.

Porque sí. Porque querían. Porque era necesario.

El lanzamiento de la antología concurrió entre el famoso aroma a papitas fritas en un McDonald’s de Santiago. (¿Realismo mágico? ¿En serio?)

Los críticos literarios a través del continente americano comenzaron a padecer de retortijones frecuentes, y que no hay nada de mágico en esta realidad. 

La primera colección de cuentos de Fuguet, Sobredosis, generó una especie de culto por la obra y perturbó el orden del conformismo canónico. No era para menos: títulos como “Deambulando por la orilla” y “Los muertos vivos” suenan como alegorías de la llamada Generación X que emergiera con la novela del mismo título, escrita por Douglas Coupland, y el rock de Nirvana. De estos escritores se escribirán grandes cosas, pero poco se dirá sobre que fueron el primer grupo demográfico globalizado. 

Chile, Bolivia, Colombia o Puerto Rico. No importa. Hay Novocain para el alma y se llama igual en todas partes.

McOndo se agradece, ¿no? Santiago Gamboa, Jordi Soler y David Toscana comparecieron al llamado antológico. El mundo es otra cosa desde acá. En McOndo, hay otra cara de la realidad latinoamericana. El reconocimiento del entorno urbano y cosmopolita en casi todos los cuentos de la antología evidencia que ellos buscaban construir una identidad arraigada en un pasado mítico ni en la recreación de una historia nacional (apuntan Kelly Hargrave y Georgia Smith Seminet). Habrá quien se rasgue las vestiduras, pero a ellos le interesaba entender el mundo actual y cómo éste les afecta directamente.

A los mcondianos les agobiaba el pasado como un download con conexión lenta. Una postmodernidad en países donde apenas había llegado la modernidad solo dejaba espacio para otra Latinoamérica, la que no posee un origen común ni la catarsis de un dolor compartido. Tal es la materia de los desencantos.

Una vez me dijo Fuguet que a Latinoamérica le quedaban todavía cien años de soledad más.

«El gran tema de la identidad latinoamericana (¿quienes somos?) pareció dejar paso al tema de la identidad personal (¿quién soy?)» escribieron Fuguet y Gómez para la historia. «Los cuentos de McOndo se centran en realidades individuales y privadas […] Pareciera, al releer estos cuentos, que estos escritores se preocuparan menos de su contingencia pública y estuvieran retirados desde hace tiempo a sus cuarteles personales».

Nuevamente, el sampling.

Tras la partida de Borges y Cortázar en los ’80, había mucho que nunca se podría lograr de la misma manera. Parecía que se habían llevado la diversión y el juego. Había que rehacer el mundo de otra manera.

El afán era el modelo para armar una red. Ver si había vida al otro lados de las fronteras. Comprobar que el mundo era, en efecto, un lugar menos solo.

Al otro lado estábamos nosotros, los que leíamos. Los que escuchábamos. 





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