Publicado originalmente en Dominicana en Miami

El árbol de mango se tuerce doblegado por la brutalidad del viento. Desmembrado, brama hacia cielo de estaño. El ruido agrieta la lluvia y estremece la idea de seguridad que se alberga entre las paredes de mi casa. El árbol cae. Su peso arrastra la materia de los años que llevaba en el mismo lugar, mudando hojas, dando frutos, aferrado a su porción de suelo. En su caída, se lleva parte de la cerca, derriba el portón de entrada, besa la acera. En este momento, mientras el mangifera colapsa, varias casas se inundan, gente pierde sus techos, la corriente de los ríos desbocados arrastra el mundo a su paso.

Al día siguiente del Huracán María en Puerto Rico, queda un silencio que solo el silbido de las ráfagas postergadas rasga. Un olor fétido inunda la lluvia, que no cesa, y nos preguntamos si, en efecto, el olor era la muerte del país que teníamos. Días más tarde nos enteramos que las correntías desenterraron los muertos de un cementerio y flotaron calle abajo como maderos a la deriva.

No hay comunicación celular. La radio suena a rumor de nada. La energía eléctrica es un corazón que deja de latir. El servicio de agua potable se desangra hasta secarse. Como en un cuadro de Goya, el sueño de la razón produce monstruos.

Es un desastre natural, dirán a los pocos días. Es natural que la naturaleza depure y regenere. Lo del desastre va por nosotros, si acaso, pues nos ocupa la culpa de construir sin previsiones afines con nuestra realidad tropical.

Entonces, el olvido. Los desaciertos. La medida incorrecta de las palabras que se ponen como diques de la esperanza y la opinión pública. Los discursos se dislocan más rápido que la fila o la cola para buscar gasolina, hielo o agua. Trump viene y arroja papel toalla como si se tratara de «hoop shots». Las ayudas llegan. Se pierden. Se las roban. Se olvidan. La zona montañosa de Puerto Rico queda incomunicada. Devastada. La economía del desastre encontrará su nido. Buena carnada para el peje blanco.

Cuando un huracán viene, el desastre ocurre de golpe. Pero la capacidad para enfrentarlo -o, en su defecto, su ausencia- es lo que se queda. Aquí murió gente. Aquí desaparecieron comunidades. Puerto Rico no se levanta. Hay que levantarlo.

A decir verdad, antes del huracán María, ya el desastre tenía forma de Junta de Control Fiscal que reafirmaba la condición vulnerable del estado político en Puerto Rico. O su nulidad.

Nos mintieron. No éramos libres ni asociados de nada. La quiebra fiscal llegó como un efecto directo del simulacro y la soledad es una caja grande de pinturas secas.

Se requerirán varios años de purgación y reformulación para sobreponernos de la debacle. 180,000 boricuas se han ido de la isla desde María y los que quedan. Al momento, hay escuelas que permanecen sin abrir. Comunidades aisladas y sin agua potable. Y más de 50% del país no tiene luz eléctrica. Pero la oscuridad no es nueva. Ya estaba.

Nos mintieron (¿Ya lo dije?). No éramos lo que nos dijeron que éramos, pero tal vez así es que podremos ser lo que queramos. Solo cuando no se tiene nada somos verdaderamente libres para desearlo todo.

Así, a pesar de las tinieblas y las carencias, aquí estamos. De vuelta a la pluma y a la libreta (tecnologías de siempre), pensando, entre velas, si quedan palabras para esgrimir la adversidad.  

Escribir un país es una forma inacabada de literatura. A nosotros nos tomará varias reencarnaciones intelectuales para asumirla con bravío, pero el arte siempre redime. Libera. Reconstruye. Por concesión de sus facultades imaginativas, hace la existencia posible.

La inspiración -ese viejo pretexto para justificar la pereza de trabajar el arte- no hay que buscarla. Tres meses después, aún está sentada afuera esperando un plato de comida, o techo, o simplemente un par de oídos de le escuchen.

Y es cierto. El futuro no es lo que solía ser. Será lo que seamos capaces de recordar.



Publicado originalmente en Otro Lunes.

Hoy estoy en la escuela de mi hija como personaje mítico. El héroe cotidiano de su vida, dice el cartel con mi foto, una biografía que ella se conoce de memoria y varios ornamentos dibujados a tinta por la mano artística de mi niña. Ella me presenta antes sus compañeros de clase. «Este es mi padre, mi héroe de todos los días». Me siento Atlas. El peso sobre mis hombros me oprime como una asfixia.
Recuerdo el día, hace mucho tiempo, en que tuve la oportunidad de pronunciar un orgullo similar durante una actividad muy parecida. Mas, en aquel entonces, la silla donde se suponía que se sentara mi padre era una añoranza vacía. Las razones de su ausencia no la conozco. Quizás se debía a las exigencias de su trabajo, o tal vez simplemente lo olvidó. No importa ya como tampoco importó aquel día. Creo. Simplemente procedí a hablar de mi héroe de todos los días: mi padre.
De niño, yo veía a mi padre como un gigante. Medía unos tres metros de alto. Su voz era potente como la de los dioses. Cuando hablaba, los vientos se desataban por el mundo, por lo que no convenía hacerlo enojar. Mi padre jugaba al béisbol y usaba una mascota tan grande que hasta se podían capturar nubes con ella. Siempre quise ser jugador de béisbol para poder utilizar la maldita mascota, pero mis manos me parecían que nunca serían tan grandes. Mi padre también poseía una envidiable colección de zapatos que, entre mis tareas, yo brillaba para él. Llegué a contar hasta veintidós pares de zapatos y me preguntaba si él sería capaz de vestirlos todos a la vez, cosa que nunca pude corroborar. Similarmente hiperbólica suponía ser su colección de corbatas, pero estas nunca pude terminar de contarlas todas. Tampoco encontré agujeros en las chaquetas de mi padre, por los cuales tenía que sacar sus potentes alas para volar por el tiempo.
Los sábados en la tarde, mi padre me llevaba de paseo en su auto. Sin el requisito de un asiento protector para niños en aquel entonces, mi lugar era a su lado, como todo un copiloto. Juraría que su carro era una carroza de fuego tirada por recios corceles irresistibles a la mirada de los transeúntes, porque la gente no podía evitar mirarnos, cosa que también era lo peor de salir a pasear con mi padre, pues todos se detenían a saludarlo, y esto convertía a nuestro tiempo de paseo juntos en una peregrinación muy interrumpida y lastimosa. Siempre debes tratar la gente por lo que los hace gente, me dijo un día. Todavía vivo bajo ese axioma.
Caminar junto a mi padre era otro asunto muy desigual. Él, con su tranco alargado e impecable; y yo, en mi intento constante de alcanzar sus pasos. Mi padre contentaba las flores cuando pasaba cerca de ellas. Hacía florecer a los naranjos y el árbol de aguacates que se posaba en nuestro patio daba tantos frutos que se podía alimentar todo el pueblo con ellos. Igualmente, el conocimiento del mundo salía por sus labios en historias increíbles y fantásticas que nunca parecían culminar, porque se reproducían en sí mismas. Ciencia, astronomía, ufología, gastronomía, literatura, deporte, ocultismo e historia… solo había que proponer el tema y sentarse a escuchar a mi padre.  Cuando mi padre me narraba el mundo, nuevas estrellas poblaban la oscuridad de la noche, cuando el rostro de mi padre era un claroscuro.
Mi abuela paterna un día me dijo: «Tú y tu padre son idénticos». La verdad era que yo lo veía tan así, probablemente porque yo era un mero mortal insignificante y él arreaba las nubes por la mañana antes de tomar el café e irse a ordenar el mundo.  Pero, de tanto escuchar sobre el parecido físico entre nosotros, comencé a idearme un concepto narcisista de mi padre. Incluso, hace poco, en mi página de Facebook, colgué una foto de mi padre, durante sus días de juventud militar, la cual incluso utilicé como avatar en el perfil de la conocida red social. La camisa era el orgullo de las planchas. Los puntas de su gorrillo de soldado trazaban la precisión de ángulos rectos. Las bruñidas divisas eran soles en sus hombros. Una que otra amistad, tal vez ofuscada por la magnitud de la imagen, me preguntó si ese era yo disfrazado de actor de cine.  Me sentí muy halago. Al fin, pensé, luego de tantos años, comenzaba a parecerme a mi padre.
Pero no existe viaje para el héroe sin su infierno. Un día, como en una novela de Daniel Wallace,  mi padre salió de la casa y no volvió. El árbol de aguacates dejó de dar frutos y se secó. Terminó como madera para algún fogón. Las zarzas y la maleza se tragaron las flores del jardín. Por muchos años, no hubo viento, pero si una lluvia que debió durar mucho tiempo, porque las memorias hasta comenzaron a inundarse y ha disolverse en el agua como Polaroids malogradas a la intemperie y por eso es que muchos detalles todavía andan hundidos bajo algún charco. Para colmo de males, mi padre me legó un silencio plomizo. Mi madre nunca pudo explicarlo y yo tampoco.
El mundo se tornó violento y no podía ser atendido de otra manera que no fuera con una fuerza en sentido revertido.  No encontré mayor agresión que buscar palabras en dónde aparecieran.
De niños, el lenguaje nos parece suficiente porque desconocemos su limitación. Pero cuando salimos del cascaron de la inocencia, entonces es un asedio, una constante evocación de nuestra discontinuidad. Habría que matar el lenguaje para sobrevivir, pero no; no podemos. Como en ese cuento de Poe, “William Wilson”, matar nuestra otredad es suicidarnos. Así que todas esas palabras que comencé a encontrar, pero a las que no les encontraba uso, se apilaron en historias y poemas que no tenían otra intensión que no fuera explicarme el mundo a mí mismo.
Las palabras no llegaron en una soledad plena. Llegaron en Los hombres del hombre, de Eduardo Barrios, y en “El artista del hambre”, de Kafka; llegaron con el guardián del Salinger y los sureños desbancados de Faulkner; llegaron con Fuentes y García Márquez y con Cervantes; llegaron con los viajes a Marte de Bradbury; llegaron con el viejo de Hemingway; llegaron con Kerouac y Ginsberg y Kesey; llegaron con Chesterton y Conan Doyle y Borges, y después se fueron.
Vinieron otros, pero de la misma manera se fueron.
Vagué sin rumbo. Solo. Mudo.
Un día pensé que quizás yo era un personaje en la mente de un escritor que había llegado al final de las palabras. Que yo no era de verdad. Que yo no era yo, sino la idea de un «yo».
Curiosamente, un día en que visitaba a mi madre y compartía con ella monosílabos y un café, la puerta de entrada a la casa se abrió y un destello lleno la sala de estar. Mi padre hizo su entrada. Estaba de vuelta.
Sin embargo, su auto no era ya una carroza de fuego. De hecho, me sorprendió ver que él era más bajo que yo. Quizás se encogió, pensé, como que siempre fue del mismo tamaño y simplemente se trataba de un asunto de perspectiva. El árbol de aguacates no renació tampoco, por supuesto. Y, quién sabe en qué nube mi padre había perdido su guante de béisbol, y me alarmé al percatarme de que él no tenía veintidós pares de pies. Vino con pocas palabras, como si no tuviese mucho que decir. Simplemente, era mi padre, ahora con un caminar más lento y la mirada esa de alguien que ha visto demasiado por mucho tiempo.
Pero entonces, abrió la boca y me dijo algo que hacía tiempo que yo no escuchaba. Mi padre me dijo: «Te quiero», y me convencí de que nunca poseyó alas.
Y hoy, precisamente, al culminar el día del héroe cotidiano en la escuela de mi hija, siento mis piernas crecer. Podría tener veintidós pies. La silla que me acomoda comienza a quedarme pequeña. Siento molestias en la espalda. Siento que el mundo podría florar en mi boca.
De pronto, me convierto en mi padre: un mito, una amplitud disminuida.
Todo lo que resta es literatura.

Publicada originalmente en Nagari
Un gato se forma de la misma materia que la noche. No importa el color de su pelaje, sus ojos responden a la luz como un latido de luna. Cuando camina, traza un poema en el aire que desestima la impropiedad de su soberbia. Un gato nunca es una mascota si no quiere. Un gato escoge a su dueño. Como un poema. O como una novela titulada El gato que venía del cielo escrita por Takashi Hiraide.
Quizá es formidable el prejuicio. Quizás estoy predispuesto a leer un libro que lleve ese título porque en mi casa me acompañan Dumpling, Koko y Gatsby.
Un gato debe tener tres nombres, dice Eliot. Es su alegato. Tienen maravillosas personalidades disímiles y suscitan rivalidades esporádicas. Quizá sea el animal más literario, por darse a tomar la siesta entre libros, sobre el escritorio y/o junto al teclado de la computadora.
Sin tensiones cortantes ni sucesos extraordinarios, la novela de Takashi fascina por la sutileza de su poesía. Por su aire cotidiano. Por su decir sosegado. Lejos de ser una fabulación moralizante, El gato que venía del cielo me parece una meditación zen sobre la transitoriedad del mundo, pero más aún, de nuestras vidas. No es tanto lo que Chibi, el felino que fija la historia, haga o deje de hacer, sino la transformación que provoca en el matrimonio cuya casa el gato invade.
El matrimonio padece en la longitud del bostezo. Una pareja dada a los silencios y los espacios particulares que reclaman dos personas que comparten profesiones afines. Él, escritor; ella, correctora de pruebas. La casa que habitan marca la temporalidad en una fase de sus vidas.
Obligados por contratiempos a dejar la antigua casa en que vivían, se encuentran en la urgencia de mudarse. Buscar casa es agotador. Buscar casa es buscar el lugar de ensoñación. Ni se diga encontrar hogar. Por tanto, la pareja se mueve hasta un «espacio limitado en forma de abanico plegado» que les servirá de casa. Ancha. Con poco tráfico y con jardines a ambos lados. Lo suficiente a veces basta.
Lo cierto es que, doblegada por el costo de vida, la inestabilidad laboral de los ’80 y el precio inaccesible de las propiedades, la pareja llega convencida de que nunca serán dueños de su casa y, ya entrados en los treinta y tantos, no desean tener hijos.
Los personajes allegados a la pareja que ya casi no habla entre sí nos van indicando el paso del tiempo. Se enfrentan a situaciones. La piel va cediendo a la gravedad. Cambian de estadio de la materia. Nada permanece estático. Nada nunca lo es.
Entonces, el gato. El arquitecto de epifanías.
Ponerle nombre a un gato es harto complicado. Desde luego no es un juego para los muy simplones. Así, Chibi aparece un día en la casa de los vecinos. Su pelaje blanco. Grises y circulares manchas salpican su lomo. Hay un jardín. Hay un olmo anciano. La noche se desvela por un callejón que se formula en la silueta de un relámpago. Un niño se encariña con el felino e insiste en quedárselo. El narrador escucha y ve a través de su ventana. Sonríe. A pesar de que no es su gato, su vida no será la misma.
Nada nunca es lo que fue. La Fortuna domina más de la mitad de la vida humana, el narrador cita a Maquiavelo. A lo que resta o sobra, se trata de hacerle frente con lo que el filósofo y poeta italiano denominaba virtù. O mostrar bravío ante la adversidad y las situaciones desafiantes. La Fortuna es como un río que se desborda, inunda y se impone. Solo queda lo que podamos hacer ante la inevitabilidad.
Por eso, la llegada de Chibi a la vida de los protagonistas es transformadora. Por un lado, Chibi no era de los que suelen «restregarse contra las piernas de la gente». Altivez. Gatidad. Ni el menor deseo de congraciarse con nadie, como diría José Emilio Pacheco. Por otro, el narrador no es muy dado a los gatos. Su esposa, no obstante, le nombra como «el gato del Callejón del Relámpago» y queda prendada del felino. De pronto, habita el sentido en una relación que anda algo lastimada por el tedio y la falta de comunicación.
A veces no es tan fácil darse la media vuelta y claudicar (¿Decidir es saberse en libertad?).
Las cosas terminan por encontrar su sitio y no son más silenciosos los espejos (Borges).
El narrador, editor por mucho tiempo, se había dado a la renuncia de un trabajo más o menos estable –aunque, como él mismo dice, un oficio sin brillo de lo más fastidioso– a cambio de apostar a convertirse en novelista. El trueno solo ocurre cuando llueve. A los 30 años, el mundo parece irremediablemente cruel, pero la llegada de Chibi parece edulcorar la incipiente vida del escritor y su esposa. Incluso, cuando se ven precisados a mudarse nuevamente, la mujer sugiere robarse el gato al momento de marcharse.  Resultaba difícil «entender que aquel que entraba hasta lo más profundo de la casa, hasta el fondo mismo de nuestros corazones, no fuera más que un simple invitado». 
El hombre quiere ser pescado y pájaro, dice Neruda, pero el gato solo quiere ser gato.
Chibi se hace necesario. Vital. La pareja se abstrae del espacio seguro y confortable que provee la rutina para ir asiéndose y haciéndose del mundo que les rodea al ir curiosamente tras las andadas del gato. Cuando salían a la ciudad, el animal los esperaba pacientemente frente a la puerta. La mujer reclamaba aquellos signos como prueba fidedigna de que, en efecto, aquel era su gato.
O no.
El gato, de hecho, nunca se dejó tomar en brazos por la pareja. El gato nunca ve a su dueño con la certeza de sentirse protegido. El gato solo es gato.
Y llega lo inesperado. Chibi deja de visitarlos y desconocen su paradero. Lo atípico de la desaparición se detenta con aprehensión. La temeridad se va formulando en la sombra de la incertidumbre. Chibi no regresa y la pareja se deshabita en el vacío que deja. La ausencia se resiente en el pulso terso de la soledad que les queda a cada trazo remanente de la memoria.
Ya no tienen gato, solo el recuerdo del animal. El desconsuelo se hace un nido.
Chibi desaparece. ¿Escapa? ¿Muere?
A partir de entonces, las vidas de los protagonistas se sumirán por fin en ese acto de querer recuperar lo que ya no se tiene, lo que, al igual que el lenguaje, solo sirve para alimentar la memoria e invocar las pérdidas. En fin, algo a lo que por fin podrán mirar y contemplar en el tiempo como algo vivido.
Entonces, Chibi vive.
Solo el gato sabe de su verdadero nombre.

El jornal de poesía The American Poetry Journal ha nominado mi poema «natural disasters #2: wooden ears fish» a los aclamados Pushcart Prize. Me parece que la nominación es justa, basada en los méritos del poema y no el incesto cultural. Igual, creo que soy el primer puertorriqueño de la isla que recibe una nominación, aunque esto no importe.

El Pushcart y la antología anual Best of the Small Presses, publicada cada año desde 1976, es el proyecto literario más respetado en los Estados Unidos. 

Cientos de imprentas y miles de escritores de cuentos cortos, poesía y ensayos han sido representados en las páginas de sus colecciones anuales. 

Los escritores que se percataron por primera vez aquí incluyen a: Raymond Carver, Tim O'Brien, Jayne Anne Phillips, Charles Baxter, Andre Dubus, Susan Minot, Mona Simpson, John Irving, Rick Moody y muchos más, incluyendo a Junot Díaz.

La revista Ariel Chart también ha nominado otro de mis poemas, "dead father in the storm", para presentarme al reconocimiento con dos participaciones. 

La idea de la nominación es que prestigia tanto al escritor como a la publicación. Llegar a la antología es un logro. 

Que la fuerza me acompañe. 

Cualquier cosa por ver la sonrisa de mi hija. 

Hugh Kretchsmer

Publicada originalmente en Nagari.

Me olvido del Me acuerdo de Georges Perec sangrando a mi lado. Luego resulta ser que es mi sangre que invade el papel un día en que se cegará el mundo. Desde entonces vivo de olvidos.
Me olvido de alguna tarde de domingo bajo un naranjo apagado en las sombras. Mi perro está a mis pies y me enseña sobre la compasión.
Me olvido de las mañanas con el café atardeciendo temprano.
Me olvido de la noche en que la puerta de mi casa cierra de manera estridente y el techo se destapa como una botella.
Me olvido de una boda en que hago de chico de los anillos y son muchas bodas y muchas otras más, pero siempre yo porto los anillos.
Me olvido del pedregal que hace de patio a la casa de mi infancia Nestlé de fresa.
Me olvido del Mustang blanco de mi padre.
Me olvido de Molly Hatchet tocando en San Juan mientras enarbolan la bandera confederada.
Me olvido que tengo los pies grandes y tal vez por eso las distancias me parecen cortas.
Me olvido del antiguo Asilo de Beneficencia en ruinas y de un tipo que merodeaba en sus interiores en Converse All Star y tutu.
Me olvido de la recreación viviente de la natividad en la que yo hago de Melchor y me pintan la barba con corcho quemado y no se me borrará por cinco días. En la misma escena, además de José, María y el niño Jesús, hay un astronauta.
Me olvido del cine Esperanza, adonde llevo mi hermana RJ para ver Annie y ella se duerme en mis brazos. It’s the hard. Knock. Life.
Me olvido de la calle llena de niebla por donde pasean los fantasmas de pan temprano en la madrugada cuando las hojas en los platanales brillan en el argento del rocío.
Me olvido del rosario que mi madre cuelga del retrovisor el día que la Muerte se antoja de tenerme entre sus brazos por un rato. Me injuria. Me escupe.
Me olvido del sonido de la radio susurrando en la madrugada, cuando despierto por el frío y suena U2 como fundido en un salmo moribundo. Casi indistinguible, pero presente. Algo de no encontrar lo que se busca. Como un olvido que intenta buscar lo que no encuentra.
Me olvido de las estrellas embovedadas en el interior de mi cráneo cuando en realidad es que me voy al techo de mi casa a mirar el cielo en la noche.
Me olvido de «Don’t Dream It’s Over». Prefiero morir en tus brazos esta noche.
Me olvido de las caminatas por el monte. Llegar a algún lugar imposible. O dar vueltas en círculos. Perdernos como materia en deterioro.
Me olvido de la guitarra que mi abuela carga por el pueblo como si viviera de tocar mariachi. Lo cierto es que es mi regalo de cumpleaños y que rezó a tres muertos para comprarlo. Esto también lo olvido.
Me olvido del catecismo los sábados y la abeja que me pica luego de la lección en que la maestra habla de la creación bondadosa de Dios.
Me olvido del primer cuento que escribí, «Y la cuna mecerá», como igual olvido que el título es una canción de Van Halen.
Me olvido de la guerra de Irak, en vivo por CNN, y yo y mi novia enmudecemos luego de hacer el amor. Pensamos que el mundo llega a su fin. Que ya no habrá amor posible.
Me olvido de la mentira triste en que vive mi país.
Me olvido de que lo bueno alguna vez volverá a ser mejor.
Me olvido de Siddartha.
Me olvido de la cama de mis padres, que una vez prendí en fuego.
Me olvido de la noche que te veo tomada de la mano de la luna. En tu corazón guardas las pinturas con que iluminarás la noche que seré huérfano.
Me olvido de mi hija que calza el sol en las mañanas y tiene la piel como el trigo y tiene manos de las cuales brotan creaciones maravillosas.
Me olvido de la mirada de mi madre en el Día de Acción de Gracias cuando ella por fin decide vestirse de luz.
Me olvido del sabor del helado de chocolate en una playa sobrepoblada de extraños y mi hija y yo observamos la glotonería de los pelícanos.
Me olvido de las horas que pernocto navegando las maravillas del ciberespacio.
Me olvido que fregué platos en un restaurante en la primera avenida, entre la 57 y la 59 Este, en Nueva York. Había un hombre de Harlem que pensaba que Puerto Rico era plano.
Me olvido de 1ero de agosto de 1981. Otro astronauta.
Me olvido de la chica con el tatuaje de mariposa, el que, cada vez que beso, aletea.
Me olvido que una vez me casé y fue una ceremonia íntima entre familiares. Servimos cordero y vino. No fue ninguno de mis amigos. Igual que a la última vez que presenté un libro mío.
Me olvido que la oscuridad es un lugar normal.
Me olvido del tipo que aparece en una foto tomada el 7 de enero de 1987 y en la que el extraño aparece junto a mi padre. El tipo de la foto trae Ray Ban’s Clubmaster. No se le distingue la mirada y probablemente no tiene espíritu. Es obvio. Se ve pálido.
Me olvido que una vez las cosas eran de cierta forma y de otra. Que el tiempo, como las ideas, transita al cielo de las cosas que mueren pero no pierden su vida útil.
Me olvido que algún día este escrito me recordará.

When the discussion warms up in Andrea Cote-Botero’s graduate seminar, English and Spanish flow freely, just as they do amid the afternoon foot traffic across the nearby Ciudad Juárez border. In the country’s only bilingual M.F.A. creative writing program, at the University of Texas at El Paso, students on this day are comparing how F. Scott Fitzgerald and Gabriel García Márquez depict West Egg and Macondo, the respective settings of their classic novels.
Many of the students around the table comment in Spanish, sometimes switching languages to highlight a point for the native English speakers. Ms. Cote-Botero hangs back, periodically interjecting in either language. A student from Mexico City consults another from Las Vegas on a passage in Fitzgerald’s “Great Gatsby,” occasionally glancing at Google Translate on a laptop.
El Paso’s Masters of Fine Arts program, started in 2006, draws mostly local residents from both sides of the border. A dozen of the 20 students are native Spanish speakers, and all speak at least some English and Spanish. They are motivated by the desire to write and read in another tongue, and to study with professors versed in other cultures. One student, a Texan of Palestinian descent, hopes the program will help her better express herself in Arabic.
While El Paso’s program is a unique educational experience, creative writing programs across the country are developing Spanish-based curriculums — a growth reflecting the nation’s changing demographics: Spanish is the primary language of more than 40 million people in the United States, up from 32 million in 2005, according to Census Bureau estimates.
Among the emerging programs, California State University in Los Angeles will offer its own bilingual M.F.A. next year. Hofstra University in Hempstead, N.Y., will start a Spanish-language creative writing degree in 2018, similar to one already in place at New York University. Students in the Spanish-language program and its English counterpart at the University of Iowa are now being encouraged to take each other’s classes.
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And while recovering from Hurricane Harvey this semester, the University of Houston started a Ph.D. with a Spanish-language concentration that emphasizes literary scholarship as much as writing (students must include a theoretical analysis with their creative writing dissertation).
“I see all these programs as a unit of sorts,” said Houston’s director, Cristina Rivera-Garza, “a group interested in developing the writers of the 21st century: bilingual, diverse and representative of the communities thriving in the United States.”
The Houston and Cal State programs are also developing activist efforts to support local Hispanic populations (Houston’s has grown by more than 200,000 from 2000 to 2016; Los Angeles County’s by about 600,000). Cal State’s program director, Alex Espinoza, said its students will help residents in largely Spanish-speaking East L.A. write biographical narratives that counter those “too often generalized in the media” — and by the Trump administration.
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Whatever their proficiency, students must grapple with both languages, said José de Piérola, the El Paso program director. “It can be a shock to be stressed in this way, but it makes you grow.”CreditIvan Pierre Aguirre for The New York Times
Indeed, these programs could be seen as something of an artistic challenge to the administration’s stance on Hispanic immigrants, represented by its plans to revoke the DACA program protecting undocumented students from deportation, the proposed Mexican border wall, and the removal this year of the White House Spanish-language website.
Collectively, the programs could play a significant role in developing young writers who publicly voice varied aspects of the Hispanic experience.
The Juárez-El Paso geography — two communities intertwined culturally and economically, separated by a parched Rio Grande barely waist deep — is a topic the students and professors have explored in their literary work. Perhaps the starkest difference between the cities is the drug-related violence on the Juárez side, which they depict with disturbing visceral images and blunt, uncensored vocabulary.
Juárez-El Paso is the largest metropolitan area on the border, with a combined population of more than two million, but the walk from downtown Juárez to downtown El Paso takes less than half an hour.
Alessandra Narváez-Varela used to walk across that border almost every day from Juárez to classes at the University of Texas, and to help out in the restaurant her family owns in El Paso. She has a B.S. in biology and a B.A. in creative writing. She spent a year in medical school, but “it didn’t feel like it was supposed to feel,” she said. Poetry did. Now 31, in El Paso’s bilingual M.F.A. program, she is writing to reconcile her dual identity and to give voice to women’s issues, especially involving female anatomy, that initially drew her to medicine. “Once you have that kind of conversation with the body you can’t let it go,” she said.
Oddly, while Ms. Narváez-Varela’s deepest roots lie in Spanish, she did not feel confident composing poetry in her native language. Her college writing had always been in English. “Maybe the Spanish speaker in me felt relegated to second-class-citizen status after adopting English as the language for my poetry,” she said.
I attended a presentation Ms. Narváez-Varela gave at a national writer’s conference in Los Angeles in which she explained how a workshop in the program had helped her find her Spanish voice.
She had written a poem in Spanish called “Ovarian Cancer,” filled with graphic imagery (she compared cancer to a bleeding fetus). Classmates had told her the beat pattern didn’t flow and criticized her use of rhyme. Ms. Narváez-Varela realized she had been unconsciously translating from English. She projected on a screen a copy of the poem, hand-edited by classmates, and an English translation, pointing out to the audience phrases she had originally conceived in English.
“Spanish, and the way it’s used to create music in poetry, differs radically in terms of syllables and rhyme,” she discovered. “It was a humbling workshop for me, but an enlightening one, too.”
Ms. Narváez-Varela went on to explore Mexican and American identities using Spanglish, the mixing of languages in the same sentences. In her poem “Real Mexican,” she describes, in raw and troubling language, a Mexican-American ex-convict so confused about his Hispanic identity he doesn’t know what name to call himself. In the opening line the character says: “Tony, Toño, Antonio, Anthony, it doesn’t matter, honey....”
“I had never before adopted a persona that explored Spanglish’s complexity and its meaning to me as a Mexican citizen naturalized in the U.S.,” Ms. Narváez-Varela said. “I realized this was a projection of my own anxieties as a Mexican-American. I had unconsciously judged others by the way they spoke Spanglish.” She said she was trying to show how the character’s use of Spanglish “is a vital manifestation of his identity as a marginalized member of both societies.”
Writing the poem helped her see the artistry of “a language as valid and beautiful as English or Spanish, as hybrid as African-American English, and therefore as deserving of a place in poetry.” Huizache, a journal of Latino literature, has just published “Real Mexican.”
Many important Hispanic fiction writers have attended traditional M.F.A. programs. I spoke with three of the masters — Sandra Cisneros, Junot Díaz and Esmeralda Santiago — about how they bridge two languages in their writing and about their graduate school experience. Each said that their M.F.A. programs did not recognize the Spanish-speaking side of their identities, either by assigning Latino authors or by supporting the Spanish element of their work.
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Sandra Cisneros said that her thesis adviser criticized her use of language, impeding her connection to Spanish.CreditRussell Contreras/Associated Press
Ms. Cisneros, who is Mexican-American, described an interaction with her thesis adviser at the prestigious Iowa Writers’ Workshop when she began writing “The House on Mango Street.”
She had written the novella in English but inflected it with Spanish phrasings. The adviser criticized her for overusing the word “little,” unaware how frequently the suffix “ito” — for little or cute — is used in Spanish.
The incident, she said, impeded her connection to Spanish. “I didn’t realize it until after I’d left Iowa,” Ms. Cisneros said. “I was writing a letter in Spanish and I thought, this is the voice of ‘The House on Mango Street.’”
In her choice of a single word in her native language, Ms. Cisneros was able to greatly affect meaning.
When she named the young narrator of “The House on Mango Street” Esperanza, she wasn’t just giving her a pretty name. “Esperanza” can mean waiting, expectation or hope in English. In the story, the girl poetically expresses a blend of feelings about her name, saying, “In Spanish, it means too many letters. It means sadness, it means waiting. It is like the number nine. A muddy color.”
“I wanted it to be a traditional name that wouldn’t translate well into U.S. culture,” Ms. Cisneros said, “as well as one that would mean wish, desire and hope.”
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“Some words refuse translations,” said the Pulitzer Prize-winning writer Junot Díaz.CreditAlejandro Garcia/European Pressphoto Agency
Mr. Díaz, a Pulitzer Prize-winning Dominican-American writer, attended Cornell University’s M.F.A. program and now teaches at the Massachusetts Institute of Technology. In graduate education, he advocates for “ties to scholars working on the intersections of languages, on Creoles, on multilingualism.”
He explained his own mental translation process this way: “If I’m writing a character who is Spanish dominant, they talk and think within me in Spanish and I translate most of it into English. Some words refuse translations — sometimes it’s the joy of the word, or the energy it pulses with in the original Spanish sentence.” For example, Mr. Diaz freely employs English expletives in his work, but sometimes opts for rough Spanish equivalents.
Ms. Santiago, author of the memoir “When I Was Puerto Rican” and an M.F.A. graduate of Sarah Lawrence College, writes entire drafts bilingually. “I write as fast as I can and don’t worry whether what appears on the page is in English or in Spanish,” she said. “Later, when I’m editing, I will translate almost all of the Spanish into English if it’s for publication in that language. English and Spanish are for me the same language.”
In the El Paso program, faculty members strive to respond effectively to students who write in English, Spanish or both. Professors try to accommodate students in individual conferences by working in their preferred language. “I’ll speak in English and they’ll speak in Spanish,” said Daniel Chacón, one of 10 faculty members. “Then I might reiterate and clarify in Spanish.”
Whatever their level of proficiency, students must grapple with both languages. “They have to make the effort to bridge the gap,” said the director, José de Piérola. “It can be a shock to be stressed in this way, but it makes you grow.”
In one of Mr. de Piérola’s workshops, a student who spoke little Spanish led a group critique of a student’s short story. The story was in English, but he could not understand the group members who spoke in Spanish, and had to turn for explanations to fully bilingual classmates.
Many of the readings are available in translation, but even the students who feel challenged reading in the second language are encouraged to wrestle with the original texts. Some rely on tools like Google Translate, despite its limitations for interpreting literary language.
“When the Spanish speakers read American poets in English and vice versa, it changes their relationship to their own tradition,” Ms. Cote-Botero said.
She described how she might teach students to experiment with their writing by contrasting English and Spanish versions of the sonnet. She explained that Shakespeare standardized the English line using a steady five-beat pattern. “It’s closest to English speech and to the heartbeat,” she said.
One widely quoted example is Shakespeare’s opening line “Shall I compare thee to a summer’s day?” The Spanish form, on the other hand, is based on a 14-syllable line. When students “mix the two, interesting things appear,” she said. By remaining “inside the boundaries of your own tradition you’re more at risk for repeating yourself.”
With a bilingual approach, Mr. Chacón said, “you can play with your own language a little more. James Joyce was able to play with language because he grew up with Gaelic and paid attention to its sound.”
To expose his students to writing styles in other languages, he adds to his reading lists translations of Japanese Zen koans and the ancient Greek philosopher Aristotle.
By encouraging students to explore different literary traditions and settings, the El Paso program is about more than just two languages.
Looking back as she approaches graduation next month (her thesis is a book of poetry about women), Ms. Narváez-Varela said that writing bilingually has pushed her beyond her comfort zone. This was a key reason she chose the program, and she hopes to carry that experience into a community college teaching position.
As a Mexican woman exploring life beyond the border, she will continue through her poems, she said, to “ask the hard questions, and expect no answers, or several, as playfully and passionately as possible.”

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