Foto: Revista Ping Pong
Artículo publicado originalmente en Nagari.
No hay escritor sin riesgo. No hay mayor depravación que la de romper lo que ya no puede componerse cuando en el fondo del mar hay un Samsung Galaxy vibrando. Lo digo así, con una mansa violencia que levita al decirse. No hay de otra, diríamos en Puerto Rico. Al leer Mi novia preferida fue un bulldog francés(Alfaguara, 2016), me parece que ando tras un arte en fuga, como el de los que no tenemos país.
Legna sonea. Se lo dije. Entra la ansiedad, el miedo. Si no da susto, no está funcionando.
Y en sus cuentos, el héroe es el viaje. O el antihéroe, da igual. El mundo sigue siendo una cosa rota expresable, por necesidad, a través del «skaz», ese tipo de narración en primera persona más próxima a la palabra hablada que a la escrita. Más que leer, escuchamos.
Acierto: «La idea inicial de este libro, según la autora, que no soy yo, yo soy solo su mascota y su instrumento de inspiración, era escribir quince cuentos en primera persona para que el lector se sintiera más cercano al texto», dice la narradora en «Soba», la narración que cierra la colección (en voz del bulldog francés), y que hace las veces del fantasma de un arte poética usurpando el esqueleto de un cuento.
O mejor: una confesión.
La clave oculta frente a nuestras narices: «Frases ingeniosas que a ella se le ocurren con frecuencia y que escribe en su estado de Facebook y la gente enseguida pone me gusta». La gratificación es inmediata.
David Lodge afirmaría que este artificio es un espejismo. Una máscara. Caribe ñam ñam. Cuidado: muerde (Guillén). Se trata, pues, de “un esfuerzo muy calculado y una minuciosa reescritura por parte del autor «real». Dice Lodge. O sea, todos son Legna. Como la Venecia de Sergio Pitol: inabarcable.
Hay una Legna que es poeta; otra, dramaturga; una tercera es novelista. Cuando escribe cuentos, pujan las personalidades literarias. Legna a lengua de punta de hueso. «Yo sé quién soy en realidad y estoy capacitada para aceptarlo, incluso por escrito» («Mala»). Le creo. Como yo, ella no puede escribir con alguien durmiendo en la cama y alguien que dice eso así es serio. Aunque, confieso: mi novia preferida fue una gata siamesa.
Las posibilidades se presencian ante lo indómito y les va la mejor parte. En realidad, no hay nada de estados aleatorios ni frases coleccionadas por el bien de la sonoridad más que por lógica. Aquí hay atención a la mesa. Se sirven fríos la hipérbole («Si cuento la cantidad de personas que mis pobres ojos (astigmatismo y pérdida de visión) alcanzan a ver en pocos minutos, tal vez la cifra ascienda a un millón. En la derecha cien libros y en la izquierda el pasaporte», dice en «Miami»); el oxímoron («Se despertó en la noche con un grito mudo», dice en «Dios»); y la antífrasis («El comandante era una muchacha tibia»), entre otros aperitivos discursivos que machacan sentencia, ironía y sarcasmo con la misma pulsión que se muele la hierbabuena a la hora de preparar un mojito.
Se me antoja ver tanta complejidad con la libertad de la sencillez.
La libertad. Esa ingrata que, como Dios, se cree que existe. Como el mapa de Cuba que la narradora de ««Tatuaje» lleva tatuado en el costado. Ahí. Sí. En las costillas, donde más duele, dice. «Macho, la patria es la patria». Es un asunto de sentimientos y hemorroides: «cuando les da por salir al exterior lo más aconsejable es hacer reposo», dice la voz narradora -quizá la autora implícita del libro; quizá la autora biográfica- que hila el conjunto de relatos con una serie de cuen-tweets, aforismos o status updates repujados por su disposición tipográfica. En fin, una puesta en escena. Una performance. 
Mientras, los textos eslabonan las voces variopintas que apalabran el libro y desafían al lector que mira bajo la falda del principio organizador. Es una perversión, lo sé. Sería más fácil si se quitara la ropa. Mas, total, ya no queda pureza que flote.
Asociar los sentimientos con las zonas escatológicas no asusta. En verdad que no. Se trata de una metonimia para cursar entre lo absurdo y la memoria. En fin, uno es como se recuerda ser.
Y por el fondo de estos relatos, la figura de la madre, como la fantasmagoría de una patria en la distancia. O perdida. En «Clítoris», es tanto la voz de la cordura como el vínculo con un estado anterior de inocencia que la narradora, quien padece de una intensa moniliasis que equivocadamente diagnostican como gonorrea, ya no recuperará. Al final, mientras la madre lleva a la narradora a presenciar a Electra Garrigó, la insigne obra de Virgilio Piñera, nos damos cuenta del registro Beckettiano con dos cucharadas de Ionesco como retoma y replanteamiento de un orden mítico, donde priman los conflictos de la genealogía de la sangre.
La madre (patria) es resentida. En «Tatuaje», la narradora se inscribe el mensaje «No hay amor como el de madre», y es justamente en la palabra «madre» que una infección se desarrolla. «Casi me coge una linfangitis», confiesa, «[p]ero gracias a Dios cicatricé bien. De todas formas, un día yo lo voy a retocar, aunque sea solamente la palabra madre» 
De sátira a Satirikón. Si no, se es tragedia o se es bicicleta.
No hay GPS para la voluntad. La fatalidad es, ciertamente, un tatuaje en las sombras de los actantes. Aquí, el que no está muerto físicamente, está por morir de algún otro modo.
En «Lepidóptero», un hombre que padece de un cáncer metastizado le habla a su hija y trata de recomponer una memoria de la vida para ella que solo se articula en poesía y en la biblioteca que el padre le dejará a la hija. El cáncer es el caracol; el cuerpo, su casa.
Lo fascinante de la escritura de Legna es que se nutre de suficiente realismo trágico del Caribe postindustrial, en reverberaciones de El llano en llamas, de Juan Rulfo. 
¿Estridente? Por supuesto. La isla pesa. Y que no se nos olvide al tránsito por los mundos fantásticos de Piñera digeridos como slogans: «Tu cabeza es un paraíso sin música lleno de chinas pelonas, aire y miedo».
Mi novia preferida fue un bulldog francés marca un desorden en el tiempo. Una ruptura y a la vez anclaje con la literatura caribeña. 
Por riesgo nada más, merece el esfuerzo.





Publicado originalmente en Nagari.

A veces hay que romper cosas. El colapso de los modernismos, le llamaba Berman. Tanto orden es solo un modo vial. Como la experiencia del tiempo y el espacio. Un maeslstrom que nos hace pensar que somos los únicos y absolutos poseedores de la experiencia, que a la vez se adviene como una amenaza. En la literatura, quien mejor sabe de esto es Borges. Y los que vamos a su logia a escucharlo disentir.
Sí. A veces hay que romper las cosas. Otras simplemente, como todo lo sólido, se desvanecen en el aire (Marx). Como cuestión del modo -hay un punto exacto (Cerati) que siempre intentaremos acorralar en la idea de que así haremos llevadera la pérdida.
La pérdida. El lenguaje. La forma de las metáforas, las aproximaciones y las mentiras. El tajo es hondo. Y no, las fracturas y las fisuras no cicatrizan siempre. Supuran un verso. Una belleza terrible ha nacido (Yeats).
¿Cuánto nos mintieron? Quizá no es cuestión del adverbio, sino del verbo.
De todas las bellezas que nos hablaron, ninguna sobrevivió el espanto de despertar al cuento fallido. Ficción de pulpa. One size (doesn’t always) fit all. También hay una economía de las ideas.
Me detengo aquí a mirar la colección de escritos experimentales titulada Boricua Beauty, una antología concebida como cuatro volúmenes separados que a su vez componen una totalidad. De esos casos en que las partes superan el todo. Como en Macedonio. O de Diego Padró. O Lezama Lima. Mas, Boricua Beauty carece de la formalidad de estos vates. En su lugar, su formalidad es de bates.
Las tradiciones, sabemos, se prenden y se apagan. Nos quedamos con el sincretismo que la dialéctica suda. La diégesis es una mimesis pudorosa, con vestimenta. Hay que verlo con recato y lascivia lectora. Probablemente, en el evangelio según Tyler Durden (Club de Lucha, de Chuck Palahniuk), encontramos ese salmo responsorial que nos vacila: “Es sólo cuando perdemos todo, que somos libres de hacer lo que queramos”.
Los escritores de esta antología son extremadamente atrevidos. Krystel Bravo, Irene Margarita Irizarry, Tatiana González, Angela Orozco, María María Burgos, Xaymara, Yadeliz Lacén, Lian, Carmen, Zahid, Jéssica Fernández, JoFran Méndez, José Raúl Porrata, Eugenio Gil de la Madrid, Carlos Vélez y José Ignacio llegaron con la idea de escribir cuentos y terminaron arreando épicas. Me preguntó alguien si estos chicos no habían escrito una novela en grupo en lugar de una antología de textos cortos. O una obra de teatro. Ellos pensaban en la película de sus vidas.
La antología es la primera edición del proyecto-laboratorio editorial llamado Caminos Convergentes. A ver. Qué. Sale.
Alguno que otro ya se había almorzado a John Barth y a Donald Barthelme. Cortázar era el postre. Pero también venían a son de death metal, reggaetón y salsa. Es la que. Sus intereses académicos van desde la química y la biología, pasando por las ciencias políticas y periodismo, hasta la escritura creativa y las artes visuales. Todo a la vez. Sus mundos particulares son diversos y separados, pero en la página, ellos son un mismo país. Un país donde cohabitan los desencuentros. Nunca se sabrá si decir la historia en primera, segunda o tercera persona. Esto, dicho pesares.
Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Boricua Beauty?
Comenzaron convocados en un taller de escritura creativa inscrito bajo el nombre de “Narrativas Emergentes”. Lo de narrativas era por la intención de que el taller girara en torno a formas de la narración poco convencionales. Néstor Barreto. Oliverio Girondo. Bruno Soreno. Roger Federman. Bolaño. Ginsberg. Palés. ¿Hugo Ball? Aderece con Wittgenstein. Barthes. Traiga su propio condimento. Manga, video juegos, animé. El plan del plan. Boom. Nunca somos una sola cosa.
La aspiración final de todo escritor es ser leído, y sin embargo, estos escritores se saben mejor como lectores. Para desmontar algo, merece el esfuerzo saber cómo se monta primero. Estipulado. Especialmente, si se trata de literatura.
Inolvidable todavía es la noche en que (y aquí me incluyo) nos amanecimos en los predios de la Universidad de Puerto Rico escribiendo lo que nos viniera en gana. Vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte. Vi. Desde todos los puntos. Nunca nos recuperamos.
En tiempos como estos que atropellan la historia presente, el individuo intenta a imitarse a sí mismo (Nietzche). Es como un futurismo ético. O una sátira a aquello que nos dijeron que era y que luego resultó que no fue.
Correspondería aquí ensayar un examen filológico de los textos, pero no acabaría. La hiper/inter/intratextualidad de los escritos avasalla una lectura rápida. Boricua Beauty no pide prisa. Su organicidad es excéntrica. Abigarrada. Experimental. Cada pieza es una viñeta que sugiere detenimiento. Observación. Como ir a un museo. Además, cada autor cuenta con varias piezas -entre tres y cuatro por cada uno de los/las colaboradores/as- dispuestas como experiencia de lectura y no segmentadas por autor en habitual orden alfabético. No. Boricua Beauty es como el dolor: no puede transmitirse, apalabrarse o decirse. Hay que sentirlo.
Pero la alegría trabaja igual.
Boricua Beauty es plurilingüe, filosófico, político. Lírico. Celebra y llora. Grita y calla. Vive y muere. Es un tantrum y es tantra. Y cada letra de estos cuatro tomos les pertenece a ustedes como igual a nosotros.
Nos mintieron. Nada de lo que nos prometieron se cumplió. Ahora, tenemos derecho a hacer lo que queramos. Desde el desastre, ha de levantarse una nueva palabra.

Círculo de Poesía, selecta revista electrónica de poesía, le otorga espacio a unos cuantos de mis poemas. Ya se me hace como que la idea de un libro de poesía. El último que di a prensas fue Vicios de construcción hace 9 años, cuando también era más ingenuo.

Entre los poemas que selecciona el editor Mijail Lamas, creo que este es mi preferido: 


guaguancó de la casa demolida

una vez. después, el deterioro. detengo
el camino en el pueblo de algún día. loco-loco
pero tranquilo. azul sobre azul. el cielo
tímido. la casa en que una vez viví.
la aplanadora demuele la madera y ahoga
ese algo extraño encerrado en una salsa
de Roberto Roena que asciende en su vaho
iluminador por la memoria. mi padre me toma
de la mano. el silencio es criminal.
la ausencia crece y lastima. un ave que cae
de muerte en pleno vuelo. perdido
como un guaguancó del adiós, en mi vida
ya no habrá reparos. pero no lo sé aún.
la casa desaparece. como yo ::



En enlace a los poemas queda aquí:
http://circulodepoesia.com/2017/05/poesia-de-puerto-rico-elidio-la-torre-lagares/


La revista Burdeliana's Poetry de Colombia publica una selección de poemas de mi autoría. Son poemas perdidos. Otros todavía dentro del cascarón. Reptiles de tinta. Si me buscan, doy en error. 404. Not found.

Hace poco alguien me preguntó si yo era escritor y que qué había escrito. Yo me hice la misma pregunta. De todos modos, pensé en este poema, que le dedico a Carlos Roberto
Gómez Beras, que fue quien me lanzó la pedrada a la ventana. 


EL PRIMER VUELO


el deseo
precedió a la palabra
antes que las cosas
tuviesen nombre,
en aquel tiempo
cuando éramos
dos islas distantes,
indistintamente
de la consecuencia
de una en la otra

previo al sonido,
no podía existir el silencio,
hasta que transigimos
una moneda de cambio,
un lenguaje
para entender
el suelo común:
una metáfora
que aunara
todo lo que somos,
que siempre,
de alguna manera,
es lo que nunca fuimos

de: Ensayo del vuelo, (inédito)


La selección completa queda aquí:
http://www.burdelianaspoetry.com/escritores-puertorriquenos/error-404-seleccion-de-poemas-de-elidio-la-torre-lagares/

Foto por Néstor Barreto

Publicada originalmente en Nagari

Un día, Yván Silén poseía el tiempo. Y lo injurió. Y lo escupió a la cara. Luego se marchó a los rascacielos y gozó de su espíritu y de su soledad y durante años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó- y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y lo escupió de nuevo. Lo injurió. Cuando regreso de los rascacielos, trajo consigo la tristeza de Orfeo. Entonces, la hizo poesía.

Orfeo canta y de aquí el carácter formal de Los poemas de Orfeo, un conjunto de 87 sonetos dispuestos en cuatro estadios, como si se tratara de "Las cuatro estaciones” de Vivaldi. Silén se sumerge como un buzo por la tráquea del desamparo. La soledad. La libertá. La poesía. Pugna el pulso por las venas plateadas hacia el mundo de los humanos. Rilke, reprochamos por lo bajo, es el poeta de las torres de marfil desde donde canta a lo caduco, a lo transitorio, a la movilidad. Para Silén, el poeta resiste, y la resistencia se asume como poesía que piensa.

Es el peligro de la poesía. Mientras, Orfeo se ríe, se burla, escupe y agoniza.

Para Virgilio, Orfeo suponía una suerte irremediable de soñador degradado a melancólico y llorón. Ovidio lo concebía un poeta egoistico de retórica soflamada y autoindulgente. Horacio lo veía como un signo de civilización. Para Ficino, Orfeo constituye un figurado orden cósmico del universo, el punto de encuentro entre Dios, la humanidad y el Estado.

Para Rainer María Rilke, Orfeo es gnosis del mundo y el cuerpo, el poder último. Se celebra lo que se tiene.

Siempre el mismo Orfeo y siempre distinto. La reencarnación es un modo de fracaso mientras Dios se hace "constante reciclaje de la poesía".

El reconocimiento de la evidente factura nietszchiana en los versos de Silén tendría mayor relevancia de no ser porque el maestro Silén es su propio género.

Silén alcanza los sonetos. Los tuerce. Los mutila. A Zaratustra, como a Orfeo, le queda la decepción. A Silén, es lo único que puede hacerle verdaderamente libre.            Llueve sutilmente contra la noche del espejo mientras la poesía acontece en lo extraordinario y exótico de la imaginación.

Silén revierte a Rilke. Lo parodia. Lo reduce. Lo ama. La nada es el catalítico.

En "La mirada de Orfeo", Blanchot dice que "es posible que mantengamos la misma relación con los mitos que Orfeo con la esposa perdida [...]"

Orfeo, conocemos, pierde a Euridice como el Orfeo de Silén pierde a su patria. Silén es el no ser. O el noser. "Líbrame, Orfeo, de ser puertorriqueño ilustre”, dice en el soneto VII y la patria canta contra el cielo. La oscuridad prolija. La muerte avanza. Orfeo desciende al mundo de los muertos donde la Patria amasa el olvido. La oscuridad es solo ausencia de luz.

El efecto trágico de la mirada impasible se recrudece con la desesperación de lo efímero, lo que se desvanece justo cuando se pretende alcanzar. La dimensión de esta pérdida es inconmensurable, porque sobreviene después que el poder del arte de Orfeo parecía
quebrantar el de la muerte.

Las imágenes escatológicas evocan, como en Sartre, el rechazo del cuerpo del mundo y a la vez su deseo. Las referencias sexuales recrudecen la percepción de las bajas pasiones. Sexo oral. Masturbación. Sodomía. Lengua. Lenguaje. Y se violenta y penetra al lector. Desenfrena en virus. La muerte colma. La muerte vence. El infierno es total.

En un mundo desacralizado, gobernado por el discurso más que por la palabra, debemos ir a buscar la parte de nosotros que permanece en el reino de las sombras.

Llueve sutilmente contra la noche del espejo mientras la evidente factura existencialista invita a la futilidad de las correspondencias, puesto que Silén es su propio género. El presente es la alegría. Llueve contra la noche del olvido. Llueve. La futilidad. El desabrido sentido de lo inútil abarca los versos.

El poeta tuerce los sonetos. Los retuerce. Los mutila. A Zaratustra, como a Orfeo, le queda la decepción. Al Orfeo de Silén, solo le hace libre.

La pérdida irreconciliable es polvo de palabras. Solo le vale el mito, que si bien, por un lado, ofrece un sustrato permanente en tanto estructuras del imaginario, por otro se pluraliza en versiones que cada poeta adopta por la superposición de imágenes, la disposición
cambiante de sus elementos, ofreciendo al lector la configuración de un caleidoscopio, lo que Elizam Escobar ha llamado la experiencia ezquizoide. El espejo es el carrusel kaleidoscopio del rostro (Soneto XIV).

Entonces, la trasgresión. «Escribirá hasta que tenga a la muerte enterrada/ en mi cerebro. Escribiré hasta que Dios/ (Apolo y Orfeo) resucite conmigo de/ la muerte» (XIII). Orfeo es esquizoide. Boricua. Vertiendo las copas del suicidio. «Orfeo gotea sangre de su falo» (Soneto XIV). Escribir empieza con la mirada de Orfeo, dice Blanchot.

Las imágenes de impotencia- los toros que suben heridos por la pubis, las cabezas degolladas, las navajas por las vulvas, la esperma amontonada e inútil,  entre otras- apuntan a la esterilidad de la historia. No hay placer, solo repulsión al orden; no hay creación, solo disolución. El verso, en su semantización soez, apela a lo inconsecuente:

¡Cabrón de Oniros! ¡Ángeles de Dios! ¡Cabrones!
¡Vagabundos del Hades de San Juan! ¡Orinador
de las estatuas! Galatea, hetera! ¿Quién
te dio permiso del suicidio?

El Orfeo de Silén no es el Orfeo cantor que conmovió con la magia de su lira a las fieras, a los hombres y a los dioses. Es un Orfeo porno-lírico esquizo, no un hacedor de portentos. Pero igual desciende al Hades a buscar a los muertos y encuentra sus fantasmas colgados de sonetos. Los dolores leídos nos ayudan a soportar los dolores vividos.

La colonia, como dice Escobar en el ensayo de cierre, significa lo esquizo. El desempleo, la censura, el exilio, la marginación y la irremediable reclusión se metonimizan en las muertes que ordenan la necrópolis de Los Poemas de Orfeo. Es, en fin, una poesía de la pérdida de la lógica del sentido y del lenguaje. «Inútil,/ Euridice es la belleza del espejo./ Tarados los poetas/ que mastican las navajas» (LXIV).

El orden queda roto en el anarquismo semántico de Silén. La solvencia léxica y la poesía como destrucción y resistencia son tan solo espolones de esa tristeza necrótica que, más que un lamento, celebran la única certeza posible ante que es la discontinuidad en su contingencia.

La pérdida de Orfeo, Euridice, es tanto el Eros como la vitalidad como la cordura o la patria. Desde una postura agambeniana, la violencia de estos poemas alcanza la tragedia de los campos de concentración en Europa o de las reservaciones indígenas en los Estados Unidos. La realidad es una reservación. O peor: la toma de poder que supone la presencia de una Junta de Supervisión Fiscal, creada en 2016 para escrutar y dirigir el destino económico de la isla de Puerto Rico, que pensaba que vestía de pan, tierra y libertad, hasta que despertó un día y se encontró desnuda.  

La poesía es espantosa, dice Silén (XLIII). El Zen azul ficcionará la nada. Tanatopolítica y necrofilia. La ceniza muerta del paraíso atribulado. Orfeo ha perdido su amor y se pudre como una estatua de gangrena en el viento.

Y la lectura… la lectura, señoras y señores, es del que lee.


Foto por Nitza Tufiño

Publicado originalmente en Nagari

El asunto es que el cadáver, como en el poema de Vallejo, ahí sigue muriendo.

Ayer. Hoy. Mañana.

Así lo vio el reverendo, el reverendo Pietri. Pedro. La piedra. En su militancia -en su poetancia- supo siempre quién era el enemigo. Esperando por el jardín del Edén, las aporías de vivir entre islas. De Manhattan a Puerto Rico un paso es.

Yo soy multitudes, dijo Whitman. Pero el obituario de Pedro, adelantado por décadas a todas nuestras muertes, no adolece del espíritu whitmaniano. Absurdo y brutal, el «Puerto Rican Obituary» da cuenta de la muerte del puertorriqueño postindustrial y despatriado. Poeta, dramaturgo y activista político, Pedro Pietri publicó hace más de cuarenta y cinco años su obra maestra, una concepción plutónica de la realidad boricua entre los rascacielos de la ciudad de Nueva York.

Lo vivido se empoza en los ojos como un charco de culpa.

Pero el «Obituario» de Pedro no era para los de aquí, sino para los de "allá", y tal vez por eso se nos pasó el bus. La disolución era parcial, un no-me-toques-un-dedo, aunque ya en la antología de Alfredo Matilla e Iván Silén, titulada The Puerto Rican Poets (Bantam Books, 1972) se signa la sombra, el otro- el malestar.

Reconocer es volver a conocer.

Pero «reconocer» –el signo– es un palíndromo: se lee igual de derecha a izquierda.

Lo que era extraño ahora resulta tan familiar y boricua es aquí como es en la luna. Al final, como Juan, Miguel, Milagros, Olga y Manuel, los protagonistas de la epopeya urbana de Pietri, trabajamos diez días a la semana, sin días de asueto, y morimos arruinados, endeudados, y tal morimos ayer, moriremos mañana. Déja Vú. Hay verdades que en verdad valen la hoguera.

En «Puerto Rican Obituary», poema que Pietri leyese por primera vez en 1969 (el año donde marchitaron las utopías) durante una demostración de los Young Lords, la muerte es espera, sueño, odio. Inercia. Un equilibrio entre evidencia y lirismo que por cáustico no deja de ser humorístico. El tono es elegiaco. Juan, Miguel, Milagros, Olga y Manuel mueren soñando con América- mueren despertando en medio de la noche gritando: «Mira, mira». Los Jets persiguen a los Tiburones y de pronto es West Side Story. East Side Story. Spanish Harlem Story. Los hiperónimos de un transpaís. «Puerto Rico, my heart’s devotion-- let it sink back in the ocean”, escucho a Anita cantar. ¡Mira, mira! 


La esperanza viste azarosa. Un boleto de la lotería. Un acto de clarividencia. Mas, no, no hay luz. En «Puerto Rican Obituary» reina lo escatológico, el gueto, la pobreza del alma. El efecto es paranormal. Anormal. Hay algo de médiumnité que transita en conversación con los muertos y planos exhaustos de la materia. Rise table, rise table. Parecería que Madame Sosostris, la mentalista en “La tierra baldía” de Eliot, nos lee el Tarot. Teme a la muerte ahogado, predice la sabia mujer.

Surreal. Morirse adrede -si a falta de eufemismos nos convendría mejor decir suicidarse- es confesarse. La idea es de Camus.

El «Obituario» hiede, como el papel de los libros, a muerte. A poeta en Nueva York. A tierra baldía. Es una temporada en el infierno y por la luna nada un pez. Por necrología no timbra en elegía, sino en llanto.

El Poeta en Nueva York de Lorca, en su saudade, conversa, como Pietri, con la muerte. Pero en Pietri no hay nostalgia: lo que hay es reproche, ira, realidades estructuradas en lenguaje. Una historia. O sea, la pulsión de recuperar las pérdidas. La muerte siempre. Inmanente en las cosas de la tierra. Asesinado por el cielo. Las formas -la realidad física- se arrastran como serpientes. Los árboles mutilados. Los animales con sus cabezas rotas. Nueva York, en lo ojos del poeta, brama violencia y destrucción. El poeta es un sujeto personal y culturalmente desarraigado. ¿Cuáles son las raíces que prenden?, se pregunta Eliot en su páramo. ¿Qué ramas se extienden en estos pétreos escombros?

Es inútil que la razón ciega pretenda que todo está claro. Camus, si vous plait.

La muerte pone huevos en la herida. El óxido siembra cristal y níquel.

Juan, Miguel, Milagros, Olga y Manuel: nacieron muertos y morirán muertos. Helados como Enrique, Emilio y Lorenzo en la “Fábula y rueda de los tres amigos” de Lorca. Momificados. Embalsamados. Rise table, rise table: death is not dumb and disabled.

Rareza y ansiedad persisten tanto en el «Obiturario» de Pietri como en "La tierra baldía" de Eliot. El obituario conforma la anomia y sus personajes se redifican en la futilidad. En la desolación. En la destrucción. Te mostraré el miedo en un puñado de polvo. El profeta Jeremías transmigra en Pietri, en Lorca, en Eliot. Mi pueblo, insensato, no me reconoce, dice. Puede conectar nada con nada. Hijos necios: diestros para el mal, ignorantes para el bien.

Pietri es la continuidad de lo discontinuo. El «Obituario» apalabra la experiencia. Lo testimonial. Si se quiere, un evangelio. Las ratas viven como millonarios y la gente ni siquiera vive. Parecería que el reverendo Pietri podía ver el futuro. Rise table, rise table. Las ratas viven de los desechos. De lo que queda. Es 2017 y lo que queda de país lo roen con crueldad. Puerto York no es exactamente Judá y Pietri no es Jeremías, pero largo es el trayecto desde el Spanish Harlem hasta el cementerio de Long Island.

Solo queda el vacío del sueño. El sueño del vacío.

These empty dreams/ from the make-believe bedrooms/ their parents left them/ are the aftereffects/ of television programs/ about the ideal/ white american family/ with black maids/ and latino janitors, profetiza Pietri.

El vacío es un lugar normal. Una idea de sitio. La soledad esquiva en los hoteles de Lorca es también la soledad en los hoteles baratos de Eliot. Es la soledad del barrio, cepillado por el efecto de enfriamiento del viento.

En. El puto. frío.

Y aun así, somos más afuera que adentro y no hablo de pacientes mentales. Hablo de boricuas, sin otro motivo para el viaje que el desamparo y la pérdida. La gravedad es real. Aquí no hay agua, solo piedra, dice Eliot en "La tierra baldía". La idea de la piedra es que es dura cuando pasan a uno por ella. Si fuera otra fábula, sería funeral con té y el Sombrero Loco presidiría las exequias.

Pudiésemos pensar que La carreta de René Márquez volvió y nos saló la mala leche. Ya no hay dulce de coco, Chaguito. Juan murió odiando a Miguel porque el auto de este era mejor. Miguel murió en odio hacia Milagros porque envidiaba su televisor a color. Milagros murió en odio hacia Olga porque ganaba cinco dólares menos que ella. Olga murió en odio hacia Miguel porque él se había sacado la lotería más veces. Manuel murió en odio hacia todos porque hablaban mejor broken English que él.

Las grandes obras nacen con frecuencia a la vuelta de una esquina. O en la puerta giratoria de un restaurante. O en la mirada disuelta por los horizontes permeables de una isla que, como un Prometeo encadenado, se deja comer las entrañas por los buitres.

Entonces, de algo valdrá admiramos en el deseo sin cansarnos unos de otros. De algo servirá el Qué-Pasa Power. De algo sirve que le digan a uno negrito como una expresión de cariño para apalabrar el amor.


Aunque el cadáver siga muriendo.

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