El sonido al desaparecer: sobre un poemario de Paul Auster


Escrito publicado originalmente en Nagari.
Los libros no envejecen; el lector sí. Siempre. El libro es sonido. ¿Acaso hay sonidos viejos? El sonido, como lo que nunca se ha visto, siempre es nuevo. Oír el silencio que sigue a la palabra de uno mismo, ¿caduca? ¿Hay silencios nuevos? Por supuesto que no, pues el silencio siempre es uno. Lo que envejece es el lector, no el narratario, o aquel a quien se dirige el texto. No, no hay libros viejos. Los viejos somos nosotros, los que asistimos al velatorio evocado del poema.
¿Que Barthes se cargó al autor? Blanchot tampoco queda absuelto. Pero, en fin: los que morimos somos nosotros. Los de detrás del muro. El muro es muerte.
Hay una contemporaneidad temible en los versos de Paul Auster, ese que deglutamos como novelista y escribe ensayos y libretos pero que en realidad es poeta. Desde la soledad, vuelve a empezar hasta que desaparece. Como en su breve colección de poemas Desapariciones (1975), el que Auster se eteriza. Auster es un Houdini. Viene desapareciendo a lo largo de su obra. Se disuelve. Se desdobla. Puff. Desvanece. Desde Fantasma (1986) hasta Invisible (2009), Paul Auster ha sido Paul Auster. La desaparición es una forma de ruptura. Una ingente suma de pormenores. Esa es su nostalgia.
Mas, ¿lo perdemos siempre? Siempre habrá una voz que no es la suya. Siempre habrá una prosa que presuma de poema, o un poema que se crea prosa. Lo sabe Auster, que escribía teatro. ¿A qué nos debemos, si no es a la contingencia?
Desapariciones traiciona a su título y a la vez le honra. Nada queda y todo permanece. Los muchos y aquí. Una autofagia vital donde el poema es su propia finalidad y su peor enemigo.
«Lo que respira, por tanto,/ es tiempo y sabe ahora/ que si vive/ es solo en lo que vive», escribe Auster en el cuarto poema de la secuencia. «Y seguirá viviendo en él», añade.
Desaparecer es consignar una presencia.
En el principio fue el silencio. Lo sabemos. La mirada. El autor, descartado, no deja otra esperanza que la del homicidio. Nos asesina. Nos parte. Auster no le escribe a un lector fijo en el tiempo. El lector transita. Cambia. Se deteriora. Es una faena dura la de ser lector, porque lee y muere, muere porque se sabe vivo. No como el autor- mon semblable, tu es morte-, por tanto, el libro es como la fotografía: firme. Un momento en el espacio (Esto lo escribí en otro lugar, pero la culpa es de Andrea Cote o de Jonathan Lethem).
La voz. Eso. De cada cosa que ha visto, dirá algo. La voz siempre está viendo. Desapariciones desaparece en 1975 igual que en 2016. Se queda desapareciendo. No hay escapatoria. Está atrapado. La materialidad del libro envejece, se mancha, se aja, se deteriora. El libro, en este momento, está muriendo. El agua se evapora. La boca no sufre ningún escape que no devore la palabra de uno mismo, aunque no sea de uno mismo, sino de Paul Auster, que desaparece mientras tomamos jugo de poema. Como si fuera a respirar por última vez.
Así es que se quedan los poemas. Entonces, nos da hipo. De hipotexto.
Las palabras comienzan a repetirse. Ingente. Ciudad. Solo. Los muchos. El muro. Es el final del tiempo lo que empieza. Y así acaba el libro. Al lector –mon fantôme, mon frère– no le queda de otra y debe volver al principio. Releer los poemas. O sea, desaparecer. En 1975 y en el aeropuerto de Nueva York repartían volantes con la Parca impresa en evanescente tinta y acompañada del aviso: «Hasta que las cosa cambien, aléjese de Nueva York, mientras pueda hacerlo».
Bienvenidos a la Ciudad del Miedo, es el título del panfleto. Una guía para los visitantes de la ciudad de Nueva York, la ciudad de Auster, que ha hecho con la Gran Manzana lo mismo que hizo Joyce por Dublin. En 1975, Nueva York se desintegraba a cortos plazos. Como San Juan en 2016.
Una ciudad es una ciudad es una ciudad.
Los poemas de Auster son laberínticos, claustrofóbicos, desoladores. Son una ciudad, sí, como Ciudad de Cristal (1986) también es una suerte de recorrido textual. Difiere la lectura no solo en el medio de explotación del texto (Desapariciones es poesía y Ciudad es novela), sino en la plenitud de la segunda ante el carácter raso del poemario que leemos. Monótono y uniforme. Aplanado. Un paisaje derribado. Ruinas evocadas en el minimalismo de los versos. Lo que queda, ¿no? Como si el gran poeta de pronto se hubiese quedado sin palabras, o como si las palabras fueran lo único posible que queda tras el deterioro.
Desapariciones es un paisaje precario. Una ciudad sin otro habitante ni otra salida que no sea la palabra. Un libro extraño. Olvidado.
La palabra se queda. Nosotros desaparecemos. Así es la vida secreta de los libros incomprendidos.
¿Quién es el muerto ahora, Barthes?


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