La profundidad de la grieta: de Natalia Livinova

Foto de Marco Zanger

Escrito publicado originalmente en Nagari.

Una grieta supone un surco de disidencia. Rompe lo que de otra manera es uniforme. En su afasia, la grieta evoca la imperfecta belleza de lo desigual y no puede ser dicho de otra manera que no sea en poesía, su propia suspensión de incredulidad. La grieta alude a la fractura, la división, abrirse en dos. La grieta es el silencio donde se conjuran unos versos magníficos de Natalia Litvinova, convocados en la cicatriz de su título, Grieta.

La poesía contiene su propio anverso de posverdad y en esto estriba la manera en que se separa de ser mero poema. En su humildad infinita, asume la grandeza de su inmanencia. Los versos de Litvinova atenúan con precisión horológica el ahora exacto que habita en la boca de quien los vive. Es también la realidad una grieta en el sueño, dice un epígrafe de Athos Dimmulá en la apertura del cuaderno que se diseña sobre tres momentos: «Grieta», «Cartas de la locura» y «Balbuceo de la noche».

«Grieta» emana desde el tropiezo y la caída. De las heridas cicatrizadas en sonrisa. De las ortigas y el invierno. De la materia que desvanece y queda como memoria. El retorno es imposible. Volver en ruso no es lo mismo que en castellano, dice en «Aullar como quien». Volver en los dos idiomas. Doblemente imposible, afirma.

La grieta es una boca. Habla. Hay que frenar el tiempo antes de que sea tarde.

Litvinova -rusa de nacimiento, argentina por adopción; traductora por consecuencia y poeta por principio- se acerca sin solemnidades a los sujetos poéticos que resquebrajan por su poesía. El amor la roe. Los caballos son ciegos. De su boca emana la espuma del mar. La casa que deshabito exhala poemas, declara en «Pero no hay mar». Son los habitantes de la grieta en busca de su rostro, dice Juan Carlos Mestre en el prefacio a la colección. La grieta de este mundo que abre a las simas del otro, añade.

Siempre en el otro. 

Desconocerse es carecer de conciencia de uno mismo. Mirarse en el espejo y no encontrar que las imágenes no compaginan. Realidad y expectativa no riman. En el disloque, resuelve el enajenamiento, el territorio temático de la segunda sección de Grieta, «Cartas de la locura». ¿Qué voy a hacer? ¿Cerrar el espejo?, se pregunta la voz enunciante. en el espejo incide la imagen que el mundo espera de la hablante y la imagen propia de ella. Aquí, la forma: la corta secuencia de cinco poemas a modo de cartas se propicia en base a oraciones interrogativas. ¿Qué época del año es esta? ¿Qué pasa en el mundo para que te extrañe? ¿Puede ser egoísta el que está solo? ¿Es valiente aquel que elige callar? La retórica no viene dispuesta a contestarse, sino a pensarse. Tal vez, escribirse. Hoy de mí brotaron poemas, dice en «Carta de la ausencia»; no pude más que estar en ellos.

Escribir es un grito en la fotografía del ojo, por si el ayer no entra en el futuro del poema, dice en «Ahora», poema de la primera parte del libro.

En una época donde, precisamente, lo homogéneo es tanto anatema como apología para un bien de consumo, Litvinova se remite a la austeridad léxica sin precisar de la vitalidad de la expresión. Hay soledades tan prolijas, ha dicho ya en «Hay soledades» en la primera parte; me vi en el espejo. La tercera secuencia, «Balbuceo de la noche», declara que sola no puedo comprender la noche.

Soy extraña para la noche, dice en «Destilación». El cuerpo eriza. Se consume. Toda abre, menos la luz. La luz. Esa otra ausencia. La noche me vuelve fértil, amansa el tedio en el poema "Unión".

La soledad. El silencio. La oscuridad. Lo sucinto evoca la inconsecuencia del decir. Después de todo, ¿quién la escucha? ¿Hay tanto que decir?

La poeta se prende de estrategias poéticas que asimilan algunas formas del decir breve. Por ejemplo, en «Petición», Litvinova desarticula la disposición tradicional de versos de 5,7 y 5 sílabas y lo amolda en un patrón de 5-5-7: «Un nudo. Una flor. / Dios brevemente. / No. No tan brevemente.»  

En «Nidos», la autora se apodera de los aforismos: «El polvo cubre lo que relumbra. El vacío se agita/ en la mano./ Quien llega adelanta su partida.//El césped cobija». Esto, sin pecar de paremiología.

Lo cierto es que, en estos versos, el sentido (si hay afán de ello) se evapora por los intersticios del poema, esas grietas entre las que la causalidad es un fantasma, o un perfume destilado de la memoria.

La memoria.

Repetirla hasta que aparezca. Para que se quede. O para crearla.

Por eso habita la extrañeza. La poeta, desde su espacio lírico, cruza de la estrategia lingüística -desde lo lúdico hasta la asociación sonora- a la referencial -el destierro, la lejanía, la grieta que intenta enunciar. Nunca vi una muerte tan transparente, dice en «Una muerte clara». Nunca vi una muerte tan desamparada. Nunca vi una muerte. Nunca. La patria se le deshace. Nunca volví a ver una muerte tan clara, lamenta, «Como aquel septiembre del año invisible, cuando la patria se extinguía como un animal preciado y solo yo lo supe».

La grieta, más que fin, es origen. Tocá la flor y te abrirá la piel. Se tiene a sí misma. Lleva la mano hacia su sexo. La huele. El perfume se pierde. El deseo es un barco de papel que navega por el ansia y entre versos. Tocá tu propia noche. La oscuridad protege, dice en "Cántico".

Tocá. Tocá. Tocá.


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