Los sonetos de Orfeo, o así habló Yván Silén


Foto por Néstor Barreto

Publicada originalmente en Nagari

Un día, Yván Silén poseía el tiempo. Y lo injurió. Y lo escupió a la cara. Luego se marchó a los rascacielos y gozó de su espíritu y de su soledad y durante años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó- y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y lo escupió de nuevo. Lo injurió. Cuando regreso de los rascacielos, trajo consigo la tristeza de Orfeo. Entonces, la hizo poesía.

Orfeo canta y de aquí el carácter formal de Los poemas de Orfeo, un conjunto de 87 sonetos dispuestos en cuatro estadios, como si se tratara de "Las cuatro estaciones” de Vivaldi. Silén se sumerge como un buzo por la tráquea del desamparo. La soledad. La libertá. La poesía. Pugna el pulso por las venas plateadas hacia el mundo de los humanos. Rilke, reprochamos por lo bajo, es el poeta de las torres de marfil desde donde canta a lo caduco, a lo transitorio, a la movilidad. Para Silén, el poeta resiste, y la resistencia se asume como poesía que piensa.

Es el peligro de la poesía. Mientras, Orfeo se ríe, se burla, escupe y agoniza.

Para Virgilio, Orfeo suponía una suerte irremediable de soñador degradado a melancólico y llorón. Ovidio lo concebía un poeta egoistico de retórica soflamada y autoindulgente. Horacio lo veía como un signo de civilización. Para Ficino, Orfeo constituye un figurado orden cósmico del universo, el punto de encuentro entre Dios, la humanidad y el Estado.

Para Rainer María Rilke, Orfeo es gnosis del mundo y el cuerpo, el poder último. Se celebra lo que se tiene.

Siempre el mismo Orfeo y siempre distinto. La reencarnación es un modo de fracaso mientras Dios se hace "constante reciclaje de la poesía".

El reconocimiento de la evidente factura nietszchiana en los versos de Silén tendría mayor relevancia de no ser porque el maestro Silén es su propio género.

Silén alcanza los sonetos. Los tuerce. Los mutila. A Zaratustra, como a Orfeo, le queda la decepción. A Silén, es lo único que puede hacerle verdaderamente libre.            Llueve sutilmente contra la noche del espejo mientras la poesía acontece en lo extraordinario y exótico de la imaginación.

Silén revierte a Rilke. Lo parodia. Lo reduce. Lo ama. La nada es el catalítico.

En "La mirada de Orfeo", Blanchot dice que "es posible que mantengamos la misma relación con los mitos que Orfeo con la esposa perdida [...]"

Orfeo, conocemos, pierde a Euridice como el Orfeo de Silén pierde a su patria. Silén es el no ser. O el noser. "Líbrame, Orfeo, de ser puertorriqueño ilustre”, dice en el soneto VII y la patria canta contra el cielo. La oscuridad prolija. La muerte avanza. Orfeo desciende al mundo de los muertos donde la Patria amasa el olvido. La oscuridad es solo ausencia de luz.

El efecto trágico de la mirada impasible se recrudece con la desesperación de lo efímero, lo que se desvanece justo cuando se pretende alcanzar. La dimensión de esta pérdida es inconmensurable, porque sobreviene después que el poder del arte de Orfeo parecía
quebrantar el de la muerte.

Las imágenes escatológicas evocan, como en Sartre, el rechazo del cuerpo del mundo y a la vez su deseo. Las referencias sexuales recrudecen la percepción de las bajas pasiones. Sexo oral. Masturbación. Sodomía. Lengua. Lenguaje. Y se violenta y penetra al lector. Desenfrena en virus. La muerte colma. La muerte vence. El infierno es total.

En un mundo desacralizado, gobernado por el discurso más que por la palabra, debemos ir a buscar la parte de nosotros que permanece en el reino de las sombras.

Llueve sutilmente contra la noche del espejo mientras la evidente factura existencialista invita a la futilidad de las correspondencias, puesto que Silén es su propio género. El presente es la alegría. Llueve contra la noche del olvido. Llueve. La futilidad. El desabrido sentido de lo inútil abarca los versos.

El poeta tuerce los sonetos. Los retuerce. Los mutila. A Zaratustra, como a Orfeo, le queda la decepción. Al Orfeo de Silén, solo le hace libre.

La pérdida irreconciliable es polvo de palabras. Solo le vale el mito, que si bien, por un lado, ofrece un sustrato permanente en tanto estructuras del imaginario, por otro se pluraliza en versiones que cada poeta adopta por la superposición de imágenes, la disposición
cambiante de sus elementos, ofreciendo al lector la configuración de un caleidoscopio, lo que Elizam Escobar ha llamado la experiencia ezquizoide. El espejo es el carrusel kaleidoscopio del rostro (Soneto XIV).

Entonces, la trasgresión. «Escribirá hasta que tenga a la muerte enterrada/ en mi cerebro. Escribiré hasta que Dios/ (Apolo y Orfeo) resucite conmigo de/ la muerte» (XIII). Orfeo es esquizoide. Boricua. Vertiendo las copas del suicidio. «Orfeo gotea sangre de su falo» (Soneto XIV). Escribir empieza con la mirada de Orfeo, dice Blanchot.

Las imágenes de impotencia- los toros que suben heridos por la pubis, las cabezas degolladas, las navajas por las vulvas, la esperma amontonada e inútil,  entre otras- apuntan a la esterilidad de la historia. No hay placer, solo repulsión al orden; no hay creación, solo disolución. El verso, en su semantización soez, apela a lo inconsecuente:

¡Cabrón de Oniros! ¡Ángeles de Dios! ¡Cabrones!
¡Vagabundos del Hades de San Juan! ¡Orinador
de las estatuas! Galatea, hetera! ¿Quién
te dio permiso del suicidio?

El Orfeo de Silén no es el Orfeo cantor que conmovió con la magia de su lira a las fieras, a los hombres y a los dioses. Es un Orfeo porno-lírico esquizo, no un hacedor de portentos. Pero igual desciende al Hades a buscar a los muertos y encuentra sus fantasmas colgados de sonetos. Los dolores leídos nos ayudan a soportar los dolores vividos.

La colonia, como dice Escobar en el ensayo de cierre, significa lo esquizo. El desempleo, la censura, el exilio, la marginación y la irremediable reclusión se metonimizan en las muertes que ordenan la necrópolis de Los Poemas de Orfeo. Es, en fin, una poesía de la pérdida de la lógica del sentido y del lenguaje. «Inútil,/ Euridice es la belleza del espejo./ Tarados los poetas/ que mastican las navajas» (LXIV).

El orden queda roto en el anarquismo semántico de Silén. La solvencia léxica y la poesía como destrucción y resistencia son tan solo espolones de esa tristeza necrótica que, más que un lamento, celebran la única certeza posible ante que es la discontinuidad en su contingencia.

La pérdida de Orfeo, Euridice, es tanto el Eros como la vitalidad como la cordura o la patria. Desde una postura agambeniana, la violencia de estos poemas alcanza la tragedia de los campos de concentración en Europa o de las reservaciones indígenas en los Estados Unidos. La realidad es una reservación. O peor: la toma de poder que supone la presencia de una Junta de Supervisión Fiscal, creada en 2016 para escrutar y dirigir el destino económico de la isla de Puerto Rico, que pensaba que vestía de pan, tierra y libertad, hasta que despertó un día y se encontró desnuda.  

La poesía es espantosa, dice Silén (XLIII). El Zen azul ficcionará la nada. Tanatopolítica y necrofilia. La ceniza muerta del paraíso atribulado. Orfeo ha perdido su amor y se pudre como una estatua de gangrena en el viento.

Y la lectura… la lectura, señoras y señores, es del que lee.




You may also like

Blog Archive