Nace una belleza terrible: Antología Boricua Beauty

Publicado originalmente en Nagari.

A veces hay que romper cosas. El colapso de los modernismos, le llamaba Berman. Tanto orden es solo un modo vial. Como la experiencia del tiempo y el espacio. Un maeslstrom que nos hace pensar que somos los únicos y absolutos poseedores de la experiencia, que a la vez se adviene como una amenaza. En la literatura, quien mejor sabe de esto es Borges. Y los que vamos a su logia a escucharlo disentir.
Sí. A veces hay que romper las cosas. Otras simplemente, como todo lo sólido, se desvanecen en el aire (Marx). Como cuestión del modo -hay un punto exacto (Cerati) que siempre intentaremos acorralar en la idea de que así haremos llevadera la pérdida.
La pérdida. El lenguaje. La forma de las metáforas, las aproximaciones y las mentiras. El tajo es hondo. Y no, las fracturas y las fisuras no cicatrizan siempre. Supuran un verso. Una belleza terrible ha nacido (Yeats).
¿Cuánto nos mintieron? Quizá no es cuestión del adverbio, sino del verbo.
De todas las bellezas que nos hablaron, ninguna sobrevivió el espanto de despertar al cuento fallido. Ficción de pulpa. One size (doesn’t always) fit all. También hay una economía de las ideas.
Me detengo aquí a mirar la colección de escritos experimentales titulada Boricua Beauty, una antología concebida como cuatro volúmenes separados que a su vez componen una totalidad. De esos casos en que las partes superan el todo. Como en Macedonio. O de Diego Padró. O Lezama Lima. Mas, Boricua Beauty carece de la formalidad de estos vates. En su lugar, su formalidad es de bates.
Las tradiciones, sabemos, se prenden y se apagan. Nos quedamos con el sincretismo que la dialéctica suda. La diégesis es una mimesis pudorosa, con vestimenta. Hay que verlo con recato y lascivia lectora. Probablemente, en el evangelio según Tyler Durden (Club de Lucha, de Chuck Palahniuk), encontramos ese salmo responsorial que nos vacila: “Es sólo cuando perdemos todo, que somos libres de hacer lo que queramos”.
Los escritores de esta antología son extremadamente atrevidos. Krystel Bravo, Irene Margarita Irizarry, Tatiana González, Angela Orozco, María María Burgos, Xaymara, Yadeliz Lacén, Lian, Carmen, Zahid, Jéssica Fernández, JoFran Méndez, José Raúl Porrata, Eugenio Gil de la Madrid, Carlos Vélez y José Ignacio llegaron con la idea de escribir cuentos y terminaron arreando épicas. Me preguntó alguien si estos chicos no habían escrito una novela en grupo en lugar de una antología de textos cortos. O una obra de teatro. Ellos pensaban en la película de sus vidas.
La antología es la primera edición del proyecto-laboratorio editorial llamado Caminos Convergentes. A ver. Qué. Sale.
Alguno que otro ya se había almorzado a John Barth y a Donald Barthelme. Cortázar era el postre. Pero también venían a son de death metal, reggaetón y salsa. Es la que. Sus intereses académicos van desde la química y la biología, pasando por las ciencias políticas y periodismo, hasta la escritura creativa y las artes visuales. Todo a la vez. Sus mundos particulares son diversos y separados, pero en la página, ellos son un mismo país. Un país donde cohabitan los desencuentros. Nunca se sabrá si decir la historia en primera, segunda o tercera persona. Esto, dicho pesares.
Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Boricua Beauty?
Comenzaron convocados en un taller de escritura creativa inscrito bajo el nombre de “Narrativas Emergentes”. Lo de narrativas era por la intención de que el taller girara en torno a formas de la narración poco convencionales. Néstor Barreto. Oliverio Girondo. Bruno Soreno. Roger Federman. Bolaño. Ginsberg. Palés. ¿Hugo Ball? Aderece con Wittgenstein. Barthes. Traiga su propio condimento. Manga, video juegos, animé. El plan del plan. Boom. Nunca somos una sola cosa.
La aspiración final de todo escritor es ser leído, y sin embargo, estos escritores se saben mejor como lectores. Para desmontar algo, merece el esfuerzo saber cómo se monta primero. Estipulado. Especialmente, si se trata de literatura.
Inolvidable todavía es la noche en que (y aquí me incluyo) nos amanecimos en los predios de la Universidad de Puerto Rico escribiendo lo que nos viniera en gana. Vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte. Vi. Desde todos los puntos. Nunca nos recuperamos.
En tiempos como estos que atropellan la historia presente, el individuo intenta a imitarse a sí mismo (Nietzche). Es como un futurismo ético. O una sátira a aquello que nos dijeron que era y que luego resultó que no fue.
Correspondería aquí ensayar un examen filológico de los textos, pero no acabaría. La hiper/inter/intratextualidad de los escritos avasalla una lectura rápida. Boricua Beauty no pide prisa. Su organicidad es excéntrica. Abigarrada. Experimental. Cada pieza es una viñeta que sugiere detenimiento. Observación. Como ir a un museo. Además, cada autor cuenta con varias piezas -entre tres y cuatro por cada uno de los/las colaboradores/as- dispuestas como experiencia de lectura y no segmentadas por autor en habitual orden alfabético. No. Boricua Beauty es como el dolor: no puede transmitirse, apalabrarse o decirse. Hay que sentirlo.
Pero la alegría trabaja igual.
Boricua Beauty es plurilingüe, filosófico, político. Lírico. Celebra y llora. Grita y calla. Vive y muere. Es un tantrum y es tantra. Y cada letra de estos cuatro tomos les pertenece a ustedes como igual a nosotros.
Nos mintieron. Nada de lo que nos prometieron se cumplió. Ahora, tenemos derecho a hacer lo que queramos. Desde el desastre, ha de levantarse una nueva palabra.


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