A punta de hueso: «Mi novia preferida fue un bulldog francés», de Legna Rodríguez Iglesias

Foto: Revista Ping Pong
Artículo publicado originalmente en Nagari.
No hay escritor sin riesgo. No hay mayor depravación que la de romper lo que ya no puede componerse cuando en el fondo del mar hay un Samsung Galaxy vibrando. Lo digo así, con una mansa violencia que levita al decirse. No hay de otra, diríamos en Puerto Rico. Al leer Mi novia preferida fue un bulldog francés(Alfaguara, 2016), me parece que ando tras un arte en fuga, como el de los que no tenemos país.
Legna sonea. Se lo dije. Entra la ansiedad, el miedo. Si no da susto, no está funcionando.
Y en sus cuentos, el héroe es el viaje. O el antihéroe, da igual. El mundo sigue siendo una cosa rota expresable, por necesidad, a través del «skaz», ese tipo de narración en primera persona más próxima a la palabra hablada que a la escrita. Más que leer, escuchamos.
Acierto: «La idea inicial de este libro, según la autora, que no soy yo, yo soy solo su mascota y su instrumento de inspiración, era escribir quince cuentos en primera persona para que el lector se sintiera más cercano al texto», dice la narradora en «Soba», la narración que cierra la colección (en voz del bulldog francés), y que hace las veces del fantasma de un arte poética usurpando el esqueleto de un cuento.
O mejor: una confesión.
La clave oculta frente a nuestras narices: «Frases ingeniosas que a ella se le ocurren con frecuencia y que escribe en su estado de Facebook y la gente enseguida pone me gusta». La gratificación es inmediata.
David Lodge afirmaría que este artificio es un espejismo. Una máscara. Caribe ñam ñam. Cuidado: muerde (Guillén). Se trata, pues, de “un esfuerzo muy calculado y una minuciosa reescritura por parte del autor «real». Dice Lodge. O sea, todos son Legna. Como la Venecia de Sergio Pitol: inabarcable.
Hay una Legna que es poeta; otra, dramaturga; una tercera es novelista. Cuando escribe cuentos, pujan las personalidades literarias. Legna a lengua de punta de hueso. «Yo sé quién soy en realidad y estoy capacitada para aceptarlo, incluso por escrito» («Mala»). Le creo. Como yo, ella no puede escribir con alguien durmiendo en la cama y alguien que dice eso así es serio. Aunque, confieso: mi novia preferida fue una gata siamesa.
Las posibilidades se presencian ante lo indómito y les va la mejor parte. En realidad, no hay nada de estados aleatorios ni frases coleccionadas por el bien de la sonoridad más que por lógica. Aquí hay atención a la mesa. Se sirven fríos la hipérbole («Si cuento la cantidad de personas que mis pobres ojos (astigmatismo y pérdida de visión) alcanzan a ver en pocos minutos, tal vez la cifra ascienda a un millón. En la derecha cien libros y en la izquierda el pasaporte», dice en «Miami»); el oxímoron («Se despertó en la noche con un grito mudo», dice en «Dios»); y la antífrasis («El comandante era una muchacha tibia»), entre otros aperitivos discursivos que machacan sentencia, ironía y sarcasmo con la misma pulsión que se muele la hierbabuena a la hora de preparar un mojito.
Se me antoja ver tanta complejidad con la libertad de la sencillez.
La libertad. Esa ingrata que, como Dios, se cree que existe. Como el mapa de Cuba que la narradora de ««Tatuaje» lleva tatuado en el costado. Ahí. Sí. En las costillas, donde más duele, dice. «Macho, la patria es la patria». Es un asunto de sentimientos y hemorroides: «cuando les da por salir al exterior lo más aconsejable es hacer reposo», dice la voz narradora -quizá la autora implícita del libro; quizá la autora biográfica- que hila el conjunto de relatos con una serie de cuen-tweets, aforismos o status updates repujados por su disposición tipográfica. En fin, una puesta en escena. Una performance. 
Mientras, los textos eslabonan las voces variopintas que apalabran el libro y desafían al lector que mira bajo la falda del principio organizador. Es una perversión, lo sé. Sería más fácil si se quitara la ropa. Mas, total, ya no queda pureza que flote.
Asociar los sentimientos con las zonas escatológicas no asusta. En verdad que no. Se trata de una metonimia para cursar entre lo absurdo y la memoria. En fin, uno es como se recuerda ser.
Y por el fondo de estos relatos, la figura de la madre, como la fantasmagoría de una patria en la distancia. O perdida. En «Clítoris», es tanto la voz de la cordura como el vínculo con un estado anterior de inocencia que la narradora, quien padece de una intensa moniliasis que equivocadamente diagnostican como gonorrea, ya no recuperará. Al final, mientras la madre lleva a la narradora a presenciar a Electra Garrigó, la insigne obra de Virgilio Piñera, nos damos cuenta del registro Beckettiano con dos cucharadas de Ionesco como retoma y replanteamiento de un orden mítico, donde priman los conflictos de la genealogía de la sangre.
La madre (patria) es resentida. En «Tatuaje», la narradora se inscribe el mensaje «No hay amor como el de madre», y es justamente en la palabra «madre» que una infección se desarrolla. «Casi me coge una linfangitis», confiesa, «[p]ero gracias a Dios cicatricé bien. De todas formas, un día yo lo voy a retocar, aunque sea solamente la palabra madre» 
De sátira a Satirikón. Si no, se es tragedia o se es bicicleta.
No hay GPS para la voluntad. La fatalidad es, ciertamente, un tatuaje en las sombras de los actantes. Aquí, el que no está muerto físicamente, está por morir de algún otro modo.
En «Lepidóptero», un hombre que padece de un cáncer metastizado le habla a su hija y trata de recomponer una memoria de la vida para ella que solo se articula en poesía y en la biblioteca que el padre le dejará a la hija. El cáncer es el caracol; el cuerpo, su casa.
Lo fascinante de la escritura de Legna es que se nutre de suficiente realismo trágico del Caribe postindustrial, en reverberaciones de El llano en llamas, de Juan Rulfo. 
¿Estridente? Por supuesto. La isla pesa. Y que no se nos olvide al tránsito por los mundos fantásticos de Piñera digeridos como slogans: «Tu cabeza es un paraíso sin música lleno de chinas pelonas, aire y miedo».
Mi novia preferida fue un bulldog francés marca un desorden en el tiempo. Una ruptura y a la vez anclaje con la literatura caribeña. 
Por riesgo nada más, merece el esfuerzo.







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