La materia de la proximidad: sobre «Chinatown a toda hora y otros poemas», de Andrea Cote Botero



Publicado originalmente en Nagari
Afuera, la tierra quemada de sed no tiene color con el cual presumir de vida. El cielo de peltre cuela el viento como una cafetera. Hay un puerto calcinado, digo cuando pienso en mi país, cuyo nombre, hoy, padece de antilogía. Mi gata premia la tristeza que se ve desde mi ventana y me trae un pájaro muerto. Alguna poesía puede ser así. Un hueso roído que fosforece en otro plato. Sobre todo, en este momento después en que, Entonces, a mi lado, el Chinatown a toda hora y otros poemas (Valparaíso México, 2017) de Andrea Cote-Botero. La necesidad es terrible. 24/7. Como la poesía de Andrea, necesaria.
El tomo de poemas lo comprenden tres libros, Puerto calcinado (2003), La ruina que nombro(2015) y el libro objeto Chinatown a toda hora. El libro, como su autora, peregrina desde Barrancabermeja, en la provincia de Santander, Colombia, a la ciudad de Nueva York, pasando por las geografías que el tiempo no desbanca, como lo es el territorio interior. Los poemas de Puerto calcinado se contornan por la topografía de la infancia. Las hablantes son voces habitadas desde diversos tiempos a veces; otras, parecería tratarse de un desdoblamiento de la voz lírica. «También acuérdate, María», inicia el poema «La merienda» que abre el conjunto. Una elipsis argumental. También, dice. Añadido a lo anteriormente nombrado, que el lector nunca escucha. «También acuérdate, María,/ de las cuatro de la tarde/en nuestro puerto calcinado./ Nuestro puerto/ que era más bien una hoguera calcinada» («La merienda»). Hay una deserción implícita de la cual la memoria no deberá (¿no podrá?) escapar. Ese puerto existe. Es el puerto de la niñez. Timbra un matiz de Blanca Varela, cuya obra, Andrea Cote conoce bien.
La palabra se dice para romper el silencio y en su movimiento, abre un agujero en el aliento. La voz del poema «La merienda» parece hilar la conciencia de Puerto calcinado, en tanto reverbera en poemas como «Llanto», «Noche en ti» y «Siembra triste», donde el enunciante poético, de algún modo, anticipa el dolor que acarrean las partidas y los abandonos. Las orfandades no tienen que ser siempre biológicas. Las derivas también son autoinfligidas. Más que una instancia dialéctica del universo de Blake (inocencia + experiencia = síntesis de vida), Cote Botero supera en partes iguales al designio racional y el empirismo romántico –decir concepto e intuición, o conciencia e inconsciente- y los amasa en imagen poética. Así, el puerto calcinado también es un puerto desecado, o jardín de la sequía donde el silencio son treinta y dos ataúdes («Casa de piedra»).
La muerte es un florero bermejo barranca abajo, mientras lo miramos con todo el fragor del silencio. La muerte es el gajo mayor de la violencia sobre la cual estos poemas buscan abrirse. El puerto es la frontera del río. La ceniza del agua. El río corre y se hunde en la tierra. «Hace parte de las cosas que cuando se están yendo, parece que se quedan» («Puerto calcinado»).
El fuego consume y nada es casual. Confiere un imaginario propio. Cuando Bachelard concibe la imaginación como energía de metáforas que nutre el espíritu poético, o «la fuerza misma de la producción psíquica», sabemos que el fuego no solo destruye, sino que también pesa como luz. La luz es recordar, avivar la memoria. Esto es Puerto calcinado, un fuego íntimo y universal. Como en Novalis, el fuego implica amor- un amor al entorno, que es como decir un amor propio. Así de sutiles son las correspondencias en Andrea Cote-Botero. No hay rebeldía sin luz.
Se pasa de todo y se pasa el dolor. La casa. El paisaje. La memoria. Es otra la geografía.
Territorio y paisaje son más bien antípodas que rara vez se encuentran. El territorio es el nido de lo imaginado- nunca lo percibimos en su complejidad inmensa.  El paisaje, por su parte, se remite a la percepción. Se mira, pero no siempre se ve o se aprecia. El paisaje es inducción, argumentaría Bachelard. Una instancia estética del entorno. Para Cote Botero, el paisaje suda potencial poético. Ante la inmensidad, búsqueda. Actitud de existencia. Es la inmensidad del paisaje el poema que se ensueña. Esta tierra es una herida que sangra («Llanto»). Amenaza el amor.  El paisaje es todo lo que ves, pero que no sabes que existe («Un rincón para quedarse»).
La resolución: «Acuérdate/ que tú eres la casa y las paredes».
El espacio añorado y significado como por el amor nunca pasa desapercibido. Más que geometría, es la materia de la proximidad, o la memoria. Su vitalidad origina en la subjetividad. Es sentir el espacio lo que le da sentido –lo íntimo y afectivo-, no el espacio mismo.
Las cosas hablan. Hay que escucharlas.
Tal vez ese era el destino inicial de Chinatown a toda hora, en su concepción original de libro objeto. Una intimidad única. El libro, originalmente, venía concebido como una cajita de comida china en cuyo interior, como un delectable low-mein, se enredaban los versos. La tercera sección del libro radica en el paisaje antagónico. Si en Puerto calcinado contemplamos el desierto, las piedras y la selva, Chinatown concurre poblado de cajas de arroz, anguilas, peces tiernos y la amalgamada cosmópolis que supone ser la ciudad de Nueva York.
El tono es lorquiano (¿qué otro poeta en Nueva York?). La naturaleza es suplantada por la arquitectura humana. La fabulosa celebración del objeto. Un giro en la estética. De Colombia a Estados Unidos un paso es. El tiempo, un valor guardado como motivo en Puerto calcinado, se convierte en enemigo. La gente puede dejarlo todo, pero no al vacío. «Se sabe que el ocio es la madre de la codicia» («El ocio»).
En Chinatown, la inmensidad de Puerto calcinado se fragmenta. «Hay:/ un terrón de asfalto,/ la policía,/ la fila de banco,/ café y la vida fabulada» («Lo mío es un fragmento»). Todo está aquí. Y nada es mío. Solo el poema. El poema que, contrario al espíritu whitmaniano, no aspira a encumbrarlo todo, sino a desposeerse de lo abarcador. La poesía de Cote Botero no es de acumulación, sino de destilación. Esto, a pesar del carácter peregrino de la voz.
Se bate el cobre. Se nombra la ruina. En el poemario que sirve de puente a Puerto Calcinado y ChinatownLa ruina que nombro, hay otro peregrinar: el del andante entre versos. Es un flâneur de la intimidad. Sí. La intimidad, nuevamente- la materia de confección en ese lugar donde las cosas oscurecen sin pausa. No hay rebeldía sin luz, proclama «Sobre perder». El tiempo es una cosa que pasa o que no. La ruina se nombra, porque nombrar la cosa, es matarla (Blanchot). Decir poesía, es saber de la muerte. La ruina que nombro es canjear la pérdida por memorias. La pérdida se queda; las memorias, se llevan. Se admiran como un paisaje. A fin, «cada paisaje es un presagio» («Paisaje») y refracta la realidad anímica del poeta y sus estados emotivos, como se ve en «Invierno» («El primer invierno fue un derrumbe»), «Padre entrando al paisaje» («Por suerte viene una tormenta,/ te lloramos con la furia/ y la osadía de los truenos») o «Estación de la luz» («la casa misma de todo lo que se desploma,/ hastiado de durar/ en el aire y la intemperie de la luz»).
Andrea Cote Botero, confirmada como una de las voces maestras de la literatura actual, me dijo un día: «Tienes que venir al desierto. El desierto enseña».
Afuera, la tierra quemada de sed no tiene color con el cual presumir de vida. El cielo de peltre cuela el viento como una cafetera. Desolación y desierto.
Alguna poesía puede ser así. Un hueso roído que fosforece en otro plato.


You may also like

Blog Archive