Cuando me convertí en mi padre


Publicado originalmente en Otro Lunes.

Hoy estoy en la escuela de mi hija como personaje mítico. El héroe cotidiano de su vida, dice el cartel con mi foto, una biografía que ella se conoce de memoria y varios ornamentos dibujados a tinta por la mano artística de mi niña. Ella me presenta antes sus compañeros de clase. «Este es mi padre, mi héroe de todos los días». Me siento Atlas. El peso sobre mis hombros me oprime como una asfixia.
Recuerdo el día, hace mucho tiempo, en que tuve la oportunidad de pronunciar un orgullo similar durante una actividad muy parecida. Mas, en aquel entonces, la silla donde se suponía que se sentara mi padre era una añoranza vacía. Las razones de su ausencia no la conozco. Quizás se debía a las exigencias de su trabajo, o tal vez simplemente lo olvidó. No importa ya como tampoco importó aquel día. Creo. Simplemente procedí a hablar de mi héroe de todos los días: mi padre.
De niño, yo veía a mi padre como un gigante. Medía unos tres metros de alto. Su voz era potente como la de los dioses. Cuando hablaba, los vientos se desataban por el mundo, por lo que no convenía hacerlo enojar. Mi padre jugaba al béisbol y usaba una mascota tan grande que hasta se podían capturar nubes con ella. Siempre quise ser jugador de béisbol para poder utilizar la maldita mascota, pero mis manos me parecían que nunca serían tan grandes. Mi padre también poseía una envidiable colección de zapatos que, entre mis tareas, yo brillaba para él. Llegué a contar hasta veintidós pares de zapatos y me preguntaba si él sería capaz de vestirlos todos a la vez, cosa que nunca pude corroborar. Similarmente hiperbólica suponía ser su colección de corbatas, pero estas nunca pude terminar de contarlas todas. Tampoco encontré agujeros en las chaquetas de mi padre, por los cuales tenía que sacar sus potentes alas para volar por el tiempo.
Los sábados en la tarde, mi padre me llevaba de paseo en su auto. Sin el requisito de un asiento protector para niños en aquel entonces, mi lugar era a su lado, como todo un copiloto. Juraría que su carro era una carroza de fuego tirada por recios corceles irresistibles a la mirada de los transeúntes, porque la gente no podía evitar mirarnos, cosa que también era lo peor de salir a pasear con mi padre, pues todos se detenían a saludarlo, y esto convertía a nuestro tiempo de paseo juntos en una peregrinación muy interrumpida y lastimosa. Siempre debes tratar la gente por lo que los hace gente, me dijo un día. Todavía vivo bajo ese axioma.
Caminar junto a mi padre era otro asunto muy desigual. Él, con su tranco alargado e impecable; y yo, en mi intento constante de alcanzar sus pasos. Mi padre contentaba las flores cuando pasaba cerca de ellas. Hacía florecer a los naranjos y el árbol de aguacates que se posaba en nuestro patio daba tantos frutos que se podía alimentar todo el pueblo con ellos. Igualmente, el conocimiento del mundo salía por sus labios en historias increíbles y fantásticas que nunca parecían culminar, porque se reproducían en sí mismas. Ciencia, astronomía, ufología, gastronomía, literatura, deporte, ocultismo e historia… solo había que proponer el tema y sentarse a escuchar a mi padre.  Cuando mi padre me narraba el mundo, nuevas estrellas poblaban la oscuridad de la noche, cuando el rostro de mi padre era un claroscuro.
Mi abuela paterna un día me dijo: «Tú y tu padre son idénticos». La verdad era que yo lo veía tan así, probablemente porque yo era un mero mortal insignificante y él arreaba las nubes por la mañana antes de tomar el café e irse a ordenar el mundo.  Pero, de tanto escuchar sobre el parecido físico entre nosotros, comencé a idearme un concepto narcisista de mi padre. Incluso, hace poco, en mi página de Facebook, colgué una foto de mi padre, durante sus días de juventud militar, la cual incluso utilicé como avatar en el perfil de la conocida red social. La camisa era el orgullo de las planchas. Los puntas de su gorrillo de soldado trazaban la precisión de ángulos rectos. Las bruñidas divisas eran soles en sus hombros. Una que otra amistad, tal vez ofuscada por la magnitud de la imagen, me preguntó si ese era yo disfrazado de actor de cine.  Me sentí muy halago. Al fin, pensé, luego de tantos años, comenzaba a parecerme a mi padre.
Pero no existe viaje para el héroe sin su infierno. Un día, como en una novela de Daniel Wallace,  mi padre salió de la casa y no volvió. El árbol de aguacates dejó de dar frutos y se secó. Terminó como madera para algún fogón. Las zarzas y la maleza se tragaron las flores del jardín. Por muchos años, no hubo viento, pero si una lluvia que debió durar mucho tiempo, porque las memorias hasta comenzaron a inundarse y ha disolverse en el agua como Polaroids malogradas a la intemperie y por eso es que muchos detalles todavía andan hundidos bajo algún charco. Para colmo de males, mi padre me legó un silencio plomizo. Mi madre nunca pudo explicarlo y yo tampoco.
El mundo se tornó violento y no podía ser atendido de otra manera que no fuera con una fuerza en sentido revertido.  No encontré mayor agresión que buscar palabras en dónde aparecieran.
De niños, el lenguaje nos parece suficiente porque desconocemos su limitación. Pero cuando salimos del cascaron de la inocencia, entonces es un asedio, una constante evocación de nuestra discontinuidad. Habría que matar el lenguaje para sobrevivir, pero no; no podemos. Como en ese cuento de Poe, “William Wilson”, matar nuestra otredad es suicidarnos. Así que todas esas palabras que comencé a encontrar, pero a las que no les encontraba uso, se apilaron en historias y poemas que no tenían otra intensión que no fuera explicarme el mundo a mí mismo.
Las palabras no llegaron en una soledad plena. Llegaron en Los hombres del hombre, de Eduardo Barrios, y en “El artista del hambre”, de Kafka; llegaron con el guardián del Salinger y los sureños desbancados de Faulkner; llegaron con Fuentes y García Márquez y con Cervantes; llegaron con los viajes a Marte de Bradbury; llegaron con el viejo de Hemingway; llegaron con Kerouac y Ginsberg y Kesey; llegaron con Chesterton y Conan Doyle y Borges, y después se fueron.
Vinieron otros, pero de la misma manera se fueron.
Vagué sin rumbo. Solo. Mudo.
Un día pensé que quizás yo era un personaje en la mente de un escritor que había llegado al final de las palabras. Que yo no era de verdad. Que yo no era yo, sino la idea de un «yo».
Curiosamente, un día en que visitaba a mi madre y compartía con ella monosílabos y un café, la puerta de entrada a la casa se abrió y un destello lleno la sala de estar. Mi padre hizo su entrada. Estaba de vuelta.
Sin embargo, su auto no era ya una carroza de fuego. De hecho, me sorprendió ver que él era más bajo que yo. Quizás se encogió, pensé, como que siempre fue del mismo tamaño y simplemente se trataba de un asunto de perspectiva. El árbol de aguacates no renació tampoco, por supuesto. Y, quién sabe en qué nube mi padre había perdido su guante de béisbol, y me alarmé al percatarme de que él no tenía veintidós pares de pies. Vino con pocas palabras, como si no tuviese mucho que decir. Simplemente, era mi padre, ahora con un caminar más lento y la mirada esa de alguien que ha visto demasiado por mucho tiempo.
Pero entonces, abrió la boca y me dijo algo que hacía tiempo que yo no escuchaba. Mi padre me dijo: «Te quiero», y me convencí de que nunca poseyó alas.
Y hoy, precisamente, al culminar el día del héroe cotidiano en la escuela de mi hija, siento mis piernas crecer. Podría tener veintidós pies. La silla que me acomoda comienza a quedarme pequeña. Siento molestias en la espalda. Siento que el mundo podría florar en mi boca.
De pronto, me convierto en mi padre: un mito, una amplitud disminuida.
Todo lo que resta es literatura.


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