Jinecienta: la historia de una jinetera en Tatuajes, de Amir Valle.




Entre los referentes en la literatura cubana posterior al desmantelamiento de la Unión Soviética, sobresale la figura de la jinetera mulata que enuncia y reformula una identidad nacional vista desde una ética del deterioro. Tras la pérdida del respaldo soviético para comida y combustible, y ante el recrudecimiento de las políticas estadounidenses hacia la isla caribeña, el estado cubano declaró el llamado Período Especial de los 1990, formulado como pericia estratégica para superar la crisis económica sin contravenir los ideales de la revolución y el compromiso socialista. Así, Cuba instaura una política económica sustentada en base, entre otros renglones, a la industria turística en cuyo desarrollo y crecimiento desencadenan otras formas taimadas de economía, como la del turismo sexual o la prostitución. La historia de la jinetera, que oficia a la luz de una ilusión o deseo de prosperidad, es un cuento de hadas enfermas. También es el sujeto de la novela Tatuajes (Berlín: Iliada Ediciones, 2017) del narrador y periodista cubano Amir Valle (1967, Guantánamo).
Sobre el tema, Valle ha apalabrado el carácter antropoético e investigativo del tema en libros como Jineteras (2006) y Habana Babilonia (2008), obras en las que el autor consagra sus dotes como prosista cernidos por la óptica periodística. En Tatuajes, el novelista nos trae la historia de Loretta y su disolución por las calles de La Habana como una "jinecienta", o, a mejor decir, una jinetera cenicienta.
La utopía es un sol que se ahoga en el Caribe. Una araña que teje en la esquina de un cuarto donde la ilusión queda atrapada. Loretta, como muchas de las jineteras de La Habana, aspiraba a una educación, la risa de un amor de ensueño y la estabilidad de un matrimonio duradero. Eternos campos de cerezas.
Pero no hay amor posible, como tampoco hay certezas absolutas. La nada es real. La historia de una jinetera es la historia de todas las jineteras.
La utopía -tratada en Tatuajes tanto como la plenitud del ser como - es siempre un espacio de especulación. Desde el presente narrativo de la historia, la Loretta que se ofrece al lector supone una suerte de reencarnación de Blanquita, el nombre original de quien fuera una vez esposa del exitoso empresario Raydel. Loretta, mulata de impresionante cuerpo, nunca desfasa su condición de juguete sexual tanto para su esposo como para el padre de éste. Loretta se convierte en un bien de consumo y no cumple otra función que no sea la de proporcionar placer. 
Consecuentemente, el prestigio y poder de Raydel erosionan bajo sus propios excesos. Cuando pierde el favor de aquellos que le beneficiaban, no encuentra otro modo de recuperar el dinero perdido que vendiendo a su mujer como prostituta.
El poder pierde garra. Hay que sobrevivir o, de otro modo, claudicar. Cabalgar hacia la supervivencia siempre.
No obstante, la disolución de los sujetos es otro modo de revolución, porque la disolución es liminar. Revela y descubre desde esa Habana Vieja "por donde aún no soplaban los aires de la restauración, el Prado y sus leones callados y renegridos, los edificios del Malecón, corroídos por el salitre" y "el muro cuarteado y estirado como una serpiente". La óptica es múltiple y la realidad se semiotiza en el texto con un narrador de visión interna que focaliza a través de Loretta, las cartas que ésta le escribe a su madre y la voz carnavelesca de Farah, quien se pronuncia desde la marginación, la persecución y esa otra segregación que es la enfermedad (muere de SIDA). No se es porque simplemente se es. Se "es" porque el espacio es asediado por lo que era y ya no es. Tatuajes sugiere -mas no dice- que sin la posibilidad de elegir, no hay libertad.
Pero no todo se disuelve en el aire. En Tatuajes existe un diálogo por lo bajo con la Cecilia Valdés de Cirilo Valderde. Loretta/ Blanquita incorpora el conflicto vital de la Cecilia de Valverde, quien por su naturaleza marginal de pobre y mulata que fracasa en sus aspiraciones sociales reconfigura una alegoría de la silenciada identidad cubana, tema recuperado en los ’90 por escritores como Martín Morúa Delgado y Reynaldo Arenas. Pero Tatuajes es también Tres Tristes Tigres de Cabrera Infante como es El sonido y la furia de William Faulkner: polifonía incontenible.
El trazo que deja Tatuajes, más que su realismo sin manteles, y al no ser una narración estrictamente lineal, es el de la novela difícil que exige un lector cuyo espacio sea el del sentido. Sin duda, Tatuajes debe ser vista –y estudiada- como una de las mejores novelas caribeñas de la primera década del siglo XXI.


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