Cuando mis cenizas te encuentren | Despedida a mi padre



Durante mi niñez, papá solía contarme historias que, aunque distintas todas, parecían tener un mismo final. Las mejores trataban de sus días soldado en Alemania. En algunas, él llegaba lleno de Zigaretten y Schokolade que compartía en algún pueblo remote de Berlín, a veces- Bavaria, otras. 
A veces mi padre le enseñaba a algún compañero de pelotón a pedir comida en inglés y, conscuentemente, salvarlo del hambre. La mejor historia era la de mi padre conociendo a Elvis Presley. Eran historias que cuando él contaba, parecía engrandecerse. 

Se hacía gigante. 

A veces, me conformaba con escuchar su voz porque su rostro se perdía entre las nubes. Mi padre siempre conservaba una historia maravillosa. Él no sabía mucho de afectos, pues no tuvo una niñez fácil. Pero cada una de esas historias era todo lo que él tenía para reparar por la distancia. Por ejemplo, quizá no podía decir un "te amo", pero me contaba -con insistencia- la alegría que sintió cuando yo nací, lo que hizo, donde estaba, qué dijo cuando me vio, y, siempre concluía contándome que yo no paraba de llorar y que el mismom día que nací, a las seis o siete horas de haber salido del vientre de mi madre, me comí un guineo maduro majado en leche.

Al contarme esto, se destornillaba de la risa como si hubiese acabado de suceder.

Entonces, yo sabía que era su manera de decirme: "Tú me importas".

Para mi padre, que era reservado para sus cosas personales, las historias le eran puentes que llevaban a otras cosas. Cuando no tenía nada que contar, callaba.

Su silencio -como todos- decía tantas cosas.

Mi padre vivía orgulloso de sus logros, pero igual le dolían sus errores. Lo sé desde el día -él único día- que me dijo: «Pérdoname por todas las cosas que he hecho mal».

Mi padre, Elidio La Torre Pérez, se convirtió ese día en algo más que una historia. Mi padre, enlistado como zapador o trabajador de combate, se convirtió en otra cosa ese día: se convirtó en una nueva forma de vida.

Como le dije una vez, "Viejo, no hay nada que perdonar".

Hoy -sábado 7 de abril de 2018- no estoy en este momento en que se honra su mayor deseo, que era ser enterrado con los honores de haber servido al ejército de los Estados Unidos, al que él tanto reclamaba que le debía. 

La vida ha cruzado voluntades: justo cuando a él lo honran, mi hija -su nieta- es recibida para cursar estudios en el programa conjunto de Rhode Island School of Design y Brown University en Providence, Rhode Island.

Para mí y para mi hija, es el mejor homenaje que le podemos hacer desde la distancia. 

Te quiero, Papi. Espero que tú y mami me estén escuchando en voz de mi hermana Roshelly Joan, quien lee estas palabras al momento que tus cenizas descienden al panteón legionario. De seguro, nos volveremos a ver algún día cuando mis cenizas encuentren las tuyas.

Esa será la mejor historia. 


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